9. Bea
El último día libre antes de empezar el rodaje llegó. Mañana grabábamos, así que hoy decidimos salir sin rumbo fijo. Nada de agenda, ni mapas, ni recomendaciones de TripAdvisor, solo nosotros, un par de chanclas y la promesa tácita de aprovechar cada minuto.
Caminábamos por calles secundarias de Koh Samui, donde los cables eléctricos colgaban como lianas torpes sobre fachadas color pastel. El calor se deshacía lento sobre la piel, como una sábana húmeda que no terminaba de despegarse del cuerpo.
Entramos en un mercado local donde el olor a mango maduro se mezclaba con pescado seco y un aroma agridulce y picante imposible de identificar.
Kai me compró un paquetito de algo que parecía dulce pero no lo era; la primera mordida me arrancó una mueca dramática que terminó en carcajada y acabé con lágrimas en los ojos mientras él se doblaba de risa, satisfecho con el experimento fallido.
—Perdón —dijo, limpiándome la mejilla con el pulgar— no sabía que iba a picar tanto.
Para compensar, apareció con khanom krok, bolitas tibias de coco que se deshacían en la boca, y me las ofreció con esa sonrisa suya que siempre parecía traer una segunda intención.
—Esto sí te va a gustar, Bee.
Bee. Desde que nos conocímos me llamaba así, y aunque aún no supiera por qué lo hacía, tenía algo que me hacía vibrar el pecho cada vez que lo decía. Era sencillo pero se sentía verdadero.
Seguimos avanzando entre voces en tailandés, motos esquivando puestos improvisados y colores imposibles, saturados hasta el punto de parecer irreales.
Bajo un toldo gastado, una señora mayor tejía pulseras con los pies descalzos y un sombrero enorme de paja que le cubría medio rostro.
Kai se acercó sin dudar, escogió dos pulseras rojas trenzadas y pagó en efectivo, sin regatear.
Me sorprendió porque para mí regatear en sitios así era automático.
No se trataba solo de pagar menos, sino de leer a la otra persona, tantear hasta dónde podías llegar, encontrar ese punto medio donde ambos salían ganando.
Él, en cambio, ni lo consideró. Supongo que algo de mi ADN latino disfrutaba más de la negociación que del resultado.
Después se volvió hacia mí.
—Una para ti, una para mí.
—¿Por qué? —pregunté divertida, aunque ya extendía la mano.
—Quiero que tengamos algo —respondió mientras ataba la pulsera en mi muñeca—, algo que nos recuerde esto; que esto es todo lo que está bien.
El aire se me quedó un segundo atrapado en el pecho. Aún no me acostumbraba a la forma tan directa de Kai decir lo que quería y lo que pensaba. Lo miré mientras él se ajustaba la suya con concentración.
—¿Te parece una estupidez? —preguntó sin apartar la vista de mis dedos.
—No. Me gusta. Mucho.
Respondí demasiado rápido y me aclaré la garganta, pero él sonrió satisfecho. Luego sostuvo mi mirada con esa forma suya de observar sin decir nada y añadió:
—Vamos a encontrar la forma, Bea. Lo prometo.
Esa frase no garantizaba nada concreto, pero aun así me dio una paz inesperada. Caminamos más cerca, en silencio cómodo, y descubrí que revisaba la pulsera a cada rato. Me gustaba tener algo que fuera nuestro. Me gustaba él.
—Oye… —dije, mirando la pulsera.
—Él me miró.
—¿Sí?
Dudé un segundo.
—¿Por qué Bee?
Kai se rió.
—¿Ahora preguntas? —dijo, inclinando un poco la cabeza—. Pensé que lo habías dejado pasar a propósito.
Me sostuvo la mirada un segundo más, como decidiendo cuánto debía decir.
—La primera vez —empezó—, cuando dijiste “Beatriz”… me sonó a abeille.
—¿A qué?
—Abeja. En francés.
—¿Me estás llamando insecto?
Soltó una risa suave, negando con la cabeza.—Al principio fue solo eso. El sonido. —Hizo una pausa breve—. Pero ese mismo día dijiste que tus amigos te llamaban Bea, y yo ya sabía que no quería ser solo tu amigo.
Mi respiración se detuvo apenas.
—No quería llamarte como todo el mundo —añadió, más bajo—, quería algo que fuera mío.
Bajó la mirada a la pulsera, jugando con el hilo rojo entre mis dedos.
—Pero luego empezó a tener sentido. —Levantó la vista otra vez—. Eres inquieta, no paras y siempre estás creando algo, moviéndote, construyendo…
Mi pecho se apretó un poco.
—Y tienes carácter —añadió—, aunque no te das cuenta, pero cuando algo no te gusta, se nota.
—Eso no suena muy romántico.
—También eres dulce. Aunque acercarse a ti no sea tan sencillo.
El silencio entre los dos cambió de temperatura.
—Y cuando te acercas —añadió, mirándome directo—, haces que todo lo demás pierda importancia.
No supe qué decir. Él sonrió, más suave ahora.
—Así que sí, empezó como una broma de idioma.
Hizo una pausa. —Pero ahora, ya no podría llamarte de otra forma, Bee.
Sonreí, Kai no paraba de sorprenderme. Crucé mis manos sobre su cuello y lo besé.
—Eres lo más lindo que me ha pasado en mucho tiempo, Kai Moreau.
—Pues ve acostumbrándote —murmuró—, porque no tengo intención de dejar de serlo.
El cielo empezó a oscurecerse y el aire se volvió más denso, cargado de electricidad.
—Parece que va a llover, mejor entramos —comenté, mirando hacia arriba.
Él levantó la vista como si la lluvia fuera el mejor plan posible. Desde un local cercano se filtraba música suave, algo entre Soul y Jazz. Una gota tibia cayó sobre mi mejilla, luego otra. Retrocedí por instinto buscando techo, pero Kai me sostuvo la mano con firmeza tranquila.
—No corras.
La lluvia se soltó sin medias tintas, cálida y fuerte. Él me acercó hacia su cuerpo mientras el agua le recorría el rostro.
—Baila conmigo, Bea.
—¿Aquí? ¿Ahora?
—Claro — respondió posando su mano para tomar la mía.
No hizo falta más. Las calles se vaciaban, los toldos crujían bajo el peso del agua y nosotros girábamos torpes, riendo, resbalando un poco, cada vez más pegados.
En medio de un giro me atrapó de la cintura y me besó sin aviso.
Le respondí con la misma intensidad, dejando caer cualquier reserva que aún me quedara.
Nos besamos bajo la lluvia, empapados. Parecíamos la descripción gráfica de la portada de todos los clichés cinematográficos de romance, y amé cada segundo. Me separé apenas, respirando agitada.
—¿Te has dado cuenta de que siempre terminamos mojados?
Kai bajó la mirada y sonrió con esa mezcla de calma y picardía que ya conocía demasiado bien.
—Me gusta ese patrón —dijo, acercándose a mi oído—. Aunque, podríamos explorar otras formas de mojarnos. Solo para confirmar la teoría.
Lo miré entre divertida y avergonzada. Su expresión no exigía nada; simplemente dejaba la idea flotando. La vergüenza se transformó en calor y en una certeza suave que me hizo dar un paso hacia él para besarlo de nuevo.
—Me encantaría explorar esas formas —le susurré.
Su sonrisa se ensanchó mientras el trueno rompía el momento y la gente comenzaba a correr. Terminamos refugiándonos en un local sin nombre, con sillas plásticas y varias personas igualmente empapadas.
La ropa se pegaba a la piel, el cabello caía desordenado sobre nuestras frentes y todavía nos reíamos sin aliento. Me senté junto a la pared abrazando mis piernas; él se acomodó a mi lado, las gotas recorriendo su rostro.
Frente a nosotros, una madre jugaba con su hijo pequeño, que lanzaba aviones hechos con servilletas mojadas. Ella lo miraba con una concentración absoluta. Observé a Kai contemplarlos. Había algo en su expresión, algo que entendí en el instante en que giró la mirada hacia mí.