Luces, cámara, amor Chapter 42
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Chapter 42

Kai

—Mi madre se fue cuando tenía siete años —le dije sin rodeos—. Solo dejó una nota y ni siquiera era para mí sino para mi papá.

Respiré hondo antes de continuar. Resultaba curioso que nos hubiéramos refugiado de la lluvia, porque había cosas que no se quedan bajo techo. La imagen de esa madre con su hijo, la risa del niño… algo en mi pecho, algo que llevaba años quieto, empezó a moverse sin pedir permiso.

—Ese mismo día se me había caído un diente. Lo envolví en papel y lo puse debajo de la almohada convencido de que si hacía todo bien ella volvería a buscarlo.

Bea no dijo nada. Me sostenía la mirada con una calma firme, sin lástima ni dramatismo, solo con esa presencia suya que hacía que uno se atreviera a seguir hablando.

—Durante años pensé que el problema era yo.

Que tal vez era demasiado inquieto, demasiado intenso, demasiado algo.

Mi papá y mi abuela hicieron todo lo que pudieron; para mí siempre fueron los que llenaron el espacio que dejó ella.

Aun así, cada vez que alguien tocaba la puerta, una parte de mí esperaba que fuera ella, diciendo que había sido un error.

Tragué saliva, pero no quise esquivar la emoción. Hablarlo era incómodo pero al mismo tiempo, liberador.

—Cuando empecé a actuar fue raro. Al principio creía que me gustaba por las luces y los aplausos.

Con el tiempo entendí que cada vez que me paraba frente a la cámara y sentía los ojos sobre mí, era como si por fin importara.

Pensaba que, si brillaba lo suficiente, tal vez desde donde estuviera ella podría verme… y regresar.

Hice una pausa. Bea no me apuró.

—Supongo que por eso quiero intensamente, porque sé lo que se siente cuando alguien se va y no explica nada. No sé hacerme el interesante ni jugar a que no me importa. Me gusta decir lo que siento, estar presente, apostar aunque no tenga garantías.

Me encogí de hombros y respiré más profundo antes de decir lo que de verdad importaba.

—Lo que no deja de asustarme es que alguien se acerque lo suficiente para conocerlo todo —lo bueno y lo no tan bueno— y aun así decida irse. Me da miedo no ser suficiente, o ser demasiado para que alguien se quede.

Al levantar la vista, vi cómo las lágrimas le caían en silencio.

No solía hablar de esto con nadie porque no quería provocar lástima, pero lo que veía en ella no era eso, era empatía y un dolor que entendía el mío.

Tomó mi mano con firmeza, la sostuvo entre las suyas y sentí sus dedos rozar los míos, acariciando mis nudillos con el pulgar en un gesto lento, casi protector.

—Ojalá pudiera abrazar a ese niño que esperó en la puerta —susurró—. Hoy te abrazo a ti, porque no fue tu culpa y eres profundamente digno de amor. Sobre todo cuando amas como lo haces.

Puso mi rostro entre sus manos para que la mirara.

—Estoy tan agradecida de haberte conocido, Kai.

Cerré los ojos un instante y dejé que sus palabras se asentaran. Algo se aflojó dentro de mí, una tensión antigua que llevaba años instalada. No era una herida cerrada ni una solución definitiva; era más bien una pequeña abertura por donde entraba aire nuevo.

Bea no intentó arreglar nada. No buscó respuestas brillantes ni soluciones rápidas. Su presencia bastaba. En sus ojos no había duda, pero sí una vulnerabilidad que me conmovió más que cualquier cosa.

—No sé a dónde va esto —dijo con voz suave—, lo que sí sé es que quiero estar, elegir quedarme. Yo te veo Kai, con todo lo que eres, y me siento increíblemente afortunada de haberte conocido.

Me quedé quieto porque nunca nadie me había hablado así, sin condiciones ni ajustes previos, sin pedirme que fuera menos o más. Me acerqué despacio y apoyé mi frente en la suya; cerramos los ojos al mismo tiempo.

—Te quiero, Bea —susurré.

—Y yo a ti, Kai —me respondió.

Nuestras manos seguían unidas. Bajé la mirada y noté que sus dedos rozaban la pulsera en mi muñeca, esa pequeña promesa roja que habíamos comprado horas antes bajo el sol.

La lluvia comenzó a aflojar sin que lo notáramos de inmediato. El golpeteo fuerte contra el techo se transformó en un murmullo suave, casi íntimo.

—Ya paró de llover —dijo en voz baja.

Asentí sin soltarla todavía. Me gustaba esa burbuja, esa sensación de estar exactamente donde debía estar.

—¿Volvemos? —preguntó con una sonrisa que mezclaba ternura y timidez.

—Vamos —respondí, acariciando el dorso de su mano con el pulgar.

Al salir, el aire olía a tierra mojada y fruta madura. Todo brillaba con ese resplandor húmedo que dejan las tormentas tropicales. El camino de regreso al hotel era corto, pero lo recorrimos sin prisa, en un silencio cómodo que no necesitaba palabras.