Chapter 40
Kai
Escuché la puerta abrirse y no fue necesario mirar, porque sabía que era ella.
Últimamente siempre llegaba más tarde que yo porque estaba montando los últimos detalles del set hasta tarde.
Llegaba con el paso lento, el cabello un poco más desordenado que en la mañana y aun así, cada noche me parecía más hermosa que la anterior.
No sé qué tenía el agotamiento en ella, pero le sentaba bien, le quitaba filtros y la volvía real. Mía.
Llevábamos días durmiendo juntos en mi suite… y sí, literalmente durmiendo. Lo cual, considerando el nivel de tentación que implicaba esa mujer usando mis camisetas, era una prueba olímpica de autocontrol.
Yo siempre había sido de ir rápido. Si había química, no me lo pensaba demasiado.
Si había ganas, me metía de lleno sin preguntarme mucho más.
Después ya se veía qué pasaba. Normalmente no pasaba nada, o mejor dicho pasaba lo de siempre: intensidad, ruido y promesas que nadie recordaba una semana después.
Con Bea no quería eso, no solo porque decidí hacerlo diferente, sino porque con ella me sentía distinto, más centrado, y eso no me había pasado antes.
Las semanas en las que Bea desapareció, sin responder ni dar señales, me dejaron tocado.
Sentí que había perdido algo importante sin haberlo tenido del todo.
Fue absurdo y aun así, su ausencia me pesó más de lo que debería.
Así que prefería ir lento y tenerla cerca, que correr y arriesgarme a perderla.
Con Bea no quería una noche increíble que luego se convirtiera en recuerdo.
Quería continuidad…despertarme en la mañana y que siguiera ahí.
Esto era nuevo para mí, pero me gustaba, aunque también me diera miedo. No miedo a acostarme con ella, sino a que se cansara de mí, o cambiara de idea, miedo a que se repitiera la historia que conocía demasiado bien.
Estaba en el sofá con la guitarra, dándole vueltas a una melodía que no me dejaba en paz.
No tenía estructura, no tenía letra, pero sonaba a Bea; a su risa cuando algo le hacía gracia de verdad, a su tono firme cuando mandaba en el set, a ese gesto suyo de morderse el labio cuando pensaba demasiado.
La canción todavía no existía, pero ya sabía que era suya.
—Hola —dijo, cerrando la puerta.
—Hola, Bee—respondí, cerrando el cuaderno con naturalidad.
Me miró con los ojos medio cerrados de cansancio, se quitó los zapatos, dejó la mochila en la butaca y caminó directo hacia mí. Se sentó y apoyó la cabeza en mi hombro. Suspiró igual que siempre cuando por fin bajaba la guardia. La abracé y me quedé acariciando su pelo.
La esperé con su pad thai favorito, lo había pedido con anticipación, sabiendo que, después de un día largo, era lo único que le apetecía. Cuando lo vio me dedicó una sonrisa suave, seguida de un beso.
—Eres un sol —murmuró, sentándose en el suelo junto a la mesa baja—. ¿qué tocabas?
—Estaba intentando recordar un riff viejo.
—¿Me enseñas?
—Claro —dije, levantando la guitarra.
Me acomodé detrás de ella en el sofá y la atraje hacia mí sin pensarlo demasiado. Le coloqué la guitarra sobre las piernas y pasé los brazos por encima de los suyos para marcarle los acordes, guiándole los dedos en el mástil.
—Este es Sol. Aquí. No, ese dedo está de vacaciones. Sube uno.
—No critiques mi talento emergente.
—Ahora cambia a Re… bien. Y luego Mi menor. Ese siempre suena más dramático de lo que es.
Intentó hacer el cambio y el sonido fue… cuestionable.
—Eso fue un crimen.
—Estoy presionando —respondió riendo.
—No lo suficiente.
Volvió a intentarlo, esta vez sonó un poco mejor. No perfecto, pero reconocible. A duras penas iba cambiando de acorde, concentrada como si estuviera desactivando una bomba.
—Espera —dijo—. eso suena a algo.
Repitió la progresión, más lenta.
—A la de I’m Yours, ¿no?
Sonreí.
—Sí. Es parecida.
Intentó el cambio otra vez, se le enredaron los dedos, soltó una risa y empezó a cantar el estribillo, bajito y entre carcajadas:
—“But I won’t hesitate no more, no more…” —se equivocó de acorde—. Espera, espera, esto no era así.
—Confío en que Jason Mraz también tuvo un mal día —murmuré, con la boca cerca de su oído.
Lo volvió a intentar. Rasgueó torpemente, cambió tarde y cantó igual, riéndose de sí misma.
—It cannot wait, I’m yours… —la última palabra salió medio desafinada y me miró indignada—. No te rías.
—No me estoy riendo.
—Te estás riendo por dentro.
—Estoy muy orgulloso en realidad.
Se rió, pero ajustó los dedos. Esta vez sonó limpio.
—¿Ves? Talento oculto —dije, pegando un poco más mi barbilla a su hombro.
Tenía la espalda pegada a mi pecho, el pelo rozándome la cara con ese aroma que adoraba, y mientras ella cantaba entre risas ese estribillo feliz que no le salía del todo bien, pensé que no necesitaba que sonara perfecto.
Luego comimos tranquilos, hablando de tonterías del set, de un mensaje absurdo de Alex que la hizo reír y de esas pequeñas cosas que empezaban a volverse rutina sin que te dieras cuenta. Lo cotidiano empezó a sentirse peligroso en el buen sentido, cómodo… quizás demasiado cómodo.
Se levantó con un bostezo, agarró su toalla y entró al baño. Me quedé en el sofá tocando acordes sueltos, intentando no pensar demasiado.
Cuando salió, levanté la vista y me quedé quieto.
Llevaba mi camiseta gris. La que a mí me queda ajustada y a ella le caía hasta medio muslo; el pelo húmedo, la piel aún húmeda.
No estaba intentando ser sexy, pero la tela mojada dejaba poco a la imaginación.
Mi cerebro intentó decir “cálmate”, pero mi cuerpo ya iba tres pasos adelante.
Se veía jodidamente perfecta. Cruzó la habitación y se metió bajo las sábanas con total naturalidad.
Dejé a Lily en el sofá y me metí con ella en la cama.
Me acomodé detrás, pegado a su espalda. Ella se movió instintivamente, buscó mi pecho y encajó la cabeza bajo mi barbilla.
Empecé a jugar con su pelo húmedo. Pasé los dedos sobre su espalda una y otra vez mientras ella se acomodaba contra mí.
Tiró una pierna sobre mis muslos y me rozó la nuca con la yema de los dedos.
El deseo estaba ahí, constante, tensando cada músculo cada vez que se movía contra mí.
La deseaba más de lo que me gustaría admitir, pero dormir así con ella, abrazados, respirando al mismo ritmo, resultaba incluso más íntimo que cualquier otra cosa que hubiera hecho antes.
Compartir cama con una mujer y además, desearla cada día más, era algo que si me hubiese contado alguien no lo creería.
Despertaba en mí esa sensación de que debía protegerla.
Era la primera vez que pensaba en un futuro con alguien, una locura, lo sabía…
Se durmió entre mis brazos pero yo me quedé despierto un poco más, solo para verla dormir. Se movió un poco. Me besó la clavícula con suavidad y entre sueños, susurró:
—Gracias por esperarme.
Mi pecho se apretó. Le besé la frente sin decir nada, la guitarra estaba en su rincón, el cuaderno cerrado. Pero la canción ya estaba escrita… la tenía entre mis brazos.