Luces, cámara, amor 7. Kai
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7. Kai

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KAI:

[foto: Bea, desde lejos en la oficina, inclinada sobre los planos, el cabello suelto cayéndole hacia un lado, un lápiz entre los labios mientras revisa concentrada]

¿Me explicas cómo se supone que uno se concentra cuando tú te ves así?

BEA:

Trabajando… como se supone que estás haciendo tú. No es mi culpa que hayas olvidado tus prioridades.

KAI:

Mis prioridades están clarísimas: Actuar y tú.

No necesariamente en ese orden.

KAI:

De hecho, me gustaría repetir una de ellas.

Empezando por el beso de esta mañana.

BEA:

Ambicioso para alguien que debería estar repasando sus líneas.

KAI:

Las repaso en mi cabeza. Entre un beso y otro.

BEA:

¿Es es una invitación?

KAI:

Cena. Esta noche. Tú y yo.

BEA:

¿A qué hora nos vemos?

KAI:

A las 8. Esta vez no pienso esperar a que el sol salga para besarte.

BEA:

Eso espero.

La esperé en el lobby, el reloj marcaba las ocho cuando la vi llegar. Sonrió al verme y no sabía si era por mí o porque simplemente estaba de buen humor, pero me gustaban las dos opciones.

—¿Estás segura de que quieres salir? —pregunté cuando se acercó—. Podemos quedarnos aquí si estás cansada.

Me miró como si no se esperara esa opción.

—Quiero salir. Me vendrá bien y además estoy contigo.

La manera en que lo dijo, sin esfuerzo, me dejó quieto un segundo. Después le ofrecí el brazo, y ella lo tomó de la manera más natural.

—Entonces mi único plan esta noche es sencillo —dije mientras caminábamos—. Que te lo pases bien.

—¿Eso incluye interrogarme sobre mi jornada laboral?

—Eso incluye que me cuentes lo que quieras.

Se rió. Podría acostumbrarme a ese sonido demasiado fácil.

Cenamos en un sitio pequeño cerca del hotel.

Bea eligió una mesa en la terraza, venía directa del trabajo con el pelo un poco desordenado y ojeras suaves de un día largo.

Se sentó cruzando las piernas sobre la silla, se veía cómoda, sin intentar impresionar y eso me encantaba; que no se arreglara para gustarme, que no actuara distinto, que estuviera así, real, agotada y preciosa.

La comida estaba buena, no era espectacular, pero Bea sí.

La veía hablar, moverse, contar una anécdota sobre un carpintero del set que solo escuchaba boleros mientras trabajaba.

Reía, se tocaba el cabello, se movía mucho cuando hablaba.

Usaba las manos y se inclinaba hacia mí sin darse cuenta.

No podía dejar de mirarla. Me encantaba todo lo que hacía.

—¿Y tú? —preguntó de pronto—. ¿Qué viene después de esta película?

No me lo esperaba, sin embargo me gustó que lo preguntara.

—Tengo un par de ofertas. Vancouver. Nueva York. Nada cerrado todavía.

—Vancouver suena cómodo. Cerca de casa.

—Sí. Mi agente está viendo fechas, contratos y todo eso. Diría que es el momento de aprovechar la racha y no frenar… —Me encogí de hombros—, pero parte de mí quiere parar un poco. Hacer música. Respirar. Trabajar sin estar pendiente de una cámara cada cinco minutos.

Sonreí de lado.

—No es la respuesta que a mi agente le encantaría escuchar.

La miré. —Ahora, si lo que quieres saber es dónde encajas tú en ese escenario…esa es otra conversación. La pregunta correcta es: ¿qué harás tú después de esto?

Se quedó quieta un segundo. Se le notó. No era tímida, pero cuando algo le importaba bajaba la guardia un poco. No estaba atacándome sino midiendo el terreno. Si supiera que ahora mismo haría maletas mañana si me lo pidiera.

—No tengo nada cerrado —dijo—. Volveré a Madrid. En septiembre iré a París por mi cumpleaños. Se lo prometí a mi hermana. Después… lo que salga. Publicidad, algún proyecto, ya sabes cómo funciona.

Asentí, aunque lo único que podía pensar era en que Madrid, o París en ese caso, estaban a un océano de distancia.

—Ya.

—¿Ya? ¿Eso es todo?

—No —respondí—. Estoy procesando distancias.

Sonrió. —No suena muy romántico.

—No soy romántico. Soy práctico. Si quiero verte, lo organizo —La miré directo—. Y quiero verte, Bee.

Bajó la mirada un segundo y luego la levantó para volver a sostenerla.

—La verdad… he estado pensando en eso—dijo más despacio—.En cómo podríamos vernos después de esto.

—Lo vamos a resolver. No tengo intención de que esto se convierta en una anécdota de un rodaje. Si tú quieres algo más, yo también.

Tomé su mano sin dramatismo.Terminamos de cenar sin prisa. No necesitábamos seguir hablando del futuro, bastaba con esa sensación nueva y tranquila de que ninguno estaba pensando en despedidas. Al menos, todavía.