Luces, cámara, amor Chapter 37
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Chapter 37

Bea

Al salir, me tomó de la mano y la apreté sin pensarlo. Sin miedo. Estar con él me hacía sentir tranquila, ligera, y ya no quería fingir que eso no estaba pasando.

La calle estaba casi vacía y el aire tibio ayudaba a que todo se sintiera en pausa. Kai se detuvo de pronto y me atrajo hacia él, despacio, con esa seguridad suya que no necesita anunciarse.

—Te lo dije —murmuró—. No iba a esperar a que saliera el sol para besarte otra vez.

Sonreí antes de que sus labios tocaran los míos.

Fue un beso firme, suave y sin prisa. No había urgencia, solo intención.

Después seguimos caminando de la mano, en un silencio que no era incómodo.

Era fácil. Demasiado fácil. Dejé de pensar en lo que podía salir mal y me concentré en lo que estaba pasando ahora.

En él. En nosotros. Lo demás podía esperar.

A lo lejos empezó a sonar música y, al girar la esquina hacia nuestra calle, un chorro de agua me dio directo en el brazo. Frío, inesperado.

—¿Qué…? —me giré empapada.

Kai se echó a reír, pero otro chorro le dio en la espalda y se le borró la expresión en medio segundo.

Frente a nosotros había un grupo enorme de gente, niños, adolescentes, adultos, todos armados con pistolas de agua, cubos y botellas cortadas. Gritaban en tailandés, bailaban y empapaban a cualquiera que pasara por allí.

—¿Qué está pasando? —pregunté retrocediendo un paso.

—Ni idea —respondió Kai mientras intentaba cubrirse sin mucho éxito.

—¿Nos están asaltando con agua? ¿Esto es legal?

Nos miramos, completamente chorreando, y Kai sacó el móvil.

—Es el Songkran —dijo leyendo la pantalla—. Año nuevo tailandés. Guerra nacional de agua. Dura tres días.

—¿Y empieza justo hoy?

—Eso parece.

Nos dio la risa de lo absurdo de la situación. Una chica se me acercó y me tendió una pistola de agua. La tomé sin pensarlo y miré a Kai con una sonrisa peligrosa.

—Bea…—dijo cauteloso levantando las manos—No te atrevas, Beatriz.

Demasiado tarde. Le disparé directo al pecho y ahí empezó todo.

Corrimos entre la gente, mojando y siendo mojados.

Él intentaba protegerme mientras yo lo traicionaba cada vez que podía.

Un señor nos lanzó un balde entero encima, Kai me levantó para cruzar un charco aunque ya estábamos empapados y casi nos caímos.

Nos reíamos tanto que dolía el estómago.

Alguien me dio flores, otro turista me chocó los cinco después de que le disparara a su amigo en la cara.

No entendía nada, pero me estaba divirtiendo como una niña.

Fue absurdo, caótico, y lo habría repetido mil veces.

Cuando llegamos al hotel estábamos irreconocibles. La ropa pegada al cuerpo, el pelo chorreando, los dos sin aliento. Me temblaba el cuerpo, pero no era frío, sino de euforia.

—Que alguien me pellizque —dije riendo—. Esto parece nuestra propia película.

Kai se acercó y apartó un mechón de mi cara.

—Es mejor que una película —respondió mientras su mano bajaba por mi brazo, dejando pequeños escalofríos en mi piel mojada—. Es real.

Entramos al hotel dejando un pequeño rastro de agua sobre el suelo del lobby.

Antes de poder decir nada, mi corazón se paralizó un segundo al reconocer a Rony, el sonidista de la película, apoyado sobre la entrada.

Usaba una camiseta negra, tenía un cigarro en la mano y esa cara suya del tipo de persona que siempre parece estar analizando frecuencias invisibles.

Nos miró lento de arriba a abajo y se detuvo un segundo en nuestras manos entrelazadas.

—Bonita noche para nadar —comentó sin cambiar la expresión.

Kai ni pestañeó.

—Altamente recomendable —respondió con total naturalidad—. Turismo cultural. Songkran le dicen.

Rony miró el suelo mojado, luego nuestras caras y por último, otra vez las manos.

—Claro, tradición local. Muy inmersiva.

Sentí el calor subir por el cuello pese a estar empapada.

—Deberías probarlo —añadió Kai, relajado—. Es terapéutico.

Rony dio una última calada y soltó el humo hacia un lado.

—Prefiero monitorear desde la cabina. El agua y los equipos no se llevan bien.

No pude evitar reírme.

Entramos los tres al ascensor. Las puertas se cerraron y el espejo nos devolvió una imagen bastante incriminatoria: ropa pegada al cuerpo, pelo chorreando y respiración todavía agitada.

Rony apretó el botón de su piso y nos miró por el reflejo, mostró una de esas sonrisas mínimas que nunca se sabe si es ironía o simple observación.

—No vi nada. No oí nada. No grabé nada.

El ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron.

—Buenas noches —dijo antes de salir.

Las puertas se cerraron otra vez.

Silencio.

Nos miramos y nos echamos a reír, pero Kai dejó de reír primero. Su mirada cambió, más lenta.

—Estamos fatal —murmuró, acercándose un paso.

—Totalmente.

Me tomó por la cintura y me empujó suave contra la pared del ascensor.

El beso llegó sin aviso. Caliente y urgente.

Todavía con la risa vibrando en los labios al principio y luego ya no.

Sus manos eran firmes, las mías se enredaron en su cuello, el contraste entre el agua fría en la piel y el calor subiendo sin permiso.

El ascensor pitó.

Nos separamos justo antes de que las puertas se abrieran, respirando más fuerte de lo que queríamos admitir.

—Contrólate —susurré.

—Créeme cuando te digo que este soy yo controlándome.

Salimos intentando parecer normales pero el suelo seguía mojado detrás de nosotros.

Al llegar a mi puerta se inclinó y me besó despacio, sin prisa, con intención.

Le respondí igual y apoyé mi frente en la suya.

Claro que quería invitarlo a pasar, lo deseaba, pero también quería que esto durara.

No quería que esto fuera solo una noche intensa.

El día de la alarma lo sentí casi como una señal, una pausa obligada que me recordó que quizá lo mejor era no correr, sino dejar que esto creciera bien, sin saltarme nada.

—Hey —dije bajando un poco la voz—. Esto… lo nuestro… me importa.

Sostuvo mi mirada sin interrumpirme.

—Por eso prefiero ir despacio.

Respiré hondo. Él sonrió con calma.

—Bea, no tienes que explicarte tanto. Lo entiendo. —Me acarició el rostro, mirándome como si no hubiera nada más importante en ese momento—. No voy a irme a ningún lado.

Eso me desarmó un poco más.

—Buenas noches, Kai. —Me despedí con un beso en los labios.

—Dudo que pueda dormir después de esto —dijo él riéndose.

Abrí la puerta, entré y la cerré suavemente. Me quedé ahí, apoyada en la madera, sonriendo como idiota. Tenía razón: dormir iba a ser imposible.