Chapter 35
Kai
No sé cuánto tiempo me quedé mirándola después del beso. Un segundo. Dos. Tal vez nada. Lo suficiente para saber que estaba sonriendo como un idiota y no tenía la más mínima intención de esconderlo.
Bea tenía las mejillas encendidas, el pelo un poco revuelto, los labios rojos y respiraba rápidamente. Se veía increíble y yo me sentía peligrosamente satisfecho de ser el responsable.
Ese beso no fue un impulso, sino una decisión.
Cruzar una línea y no mirar atrás. No dijimos nada, no hicimos bromas, ni promesas.
Nos quedamos ahí, sentados, con el sol empezando a salir y la ciudad todavía medio dormida.
Yo en cambio estaba despierto. Más despierto de lo que había estado en semanas a pesar de no haber dormido nada.
—¿Puedo besarte otra vez? —pregunté, aunque ya me estaba acercando. No esperé la respuesta. Ella solo cerró los ojos y la besé de nuevo, y después otra vez… y otra. Besos suaves, luego lentos, luego más firmes. Quería memorizar su boca.
Ella se reía bajito mientras me decía:
—Espera…—Pero no se alejaba ni un centímetro.
Sus dedos estaban enredados en mi camiseta y los míos agarrados a su cintura como si temiera perderla de repente.
Le besé las mejillas, la mandíbula, la comisura de los labios.
Le acaricie el rostro, su cabello, su cintura y apreté sus nalgas como si mis manos no supieran quedarse quietas.
La atraje más cerca con desesperación, porque estaba feliz.
Ridículamente feliz. Llevaba semanas queriendo esto y por fin la tenía entre mis brazos.
—Joder, Bea —murmuré entre beso y beso—. No tenías que huir. Te habría esperado todo el tiempo del mundo.
Ella soltó una risa suave y la volví a besar porque no tenía la más mínima intención de parar.
—¿De qué te ríes? —susurré contra su boca.
—De ti —murmuró, sin dejar de sonreír.
—¿Ah sí? —Rocé su nariz con la mía—. Pues prepárate porque todavía no he terminado contigo.
La besé otra vez, lento y profundo, hasta que la sentí derretirse un poquito más contra mí, soltando pequeños suspiros inevitables y la miré de nuevo. Dios, era preciosa. Me incliné, la rodeé con los brazos y la levanté del banco sin previo aviso.
—¡Kai! ¿Qué haces? —soltó riendo.
—Te secuestro —respondí, como si fuera lo más lógico del mundo—. Para asegurarme de que no te evapores de nuevo. ¿Qué te parece?
—¡Estás loco!
Con esa respuesta se acomodó en mis brazos. Recostó la cabeza en mi hombro y sonrió. Mientras caminaba con ella en brazos por los pasillos medio dormidos del hotel, sentí que podía correr una maratón. No me había sentido tan vivo en semanas.
Frente a su puerta, bajé sus pies de nuevo al suelo.
—¿Quieres pasar? —preguntó mirándome fijamente.
Obvio.
Entramos. La habitación olía a ella: vainilla mezclado con coco.
Algo suave que me descolocaba cada vez que lo respiraba.
Dejó la llave sobre el escritorio y se quitó los tenis sin decir nada.
Yo me quedé de pie, clavado en el umbral, como un idiota.
Mis ojos recorrían cada rincón del cuarto, como si fuera un mapa secreto: un libro a medio leer en la mesita, un neceser abierto con sus cosas a medio salir, una botella de agua casi vacía en el escritorio junto a las gafas que nunca usaba. Era su espacio y me gustaba estar ahí.
Cuando volví a mi, ella ya se había girado. Me miraba desde la ventana. Me acerqué, la tomé por la cintura y la levanté otra vez. Sus piernas se enroscaron alrededor de mí sin que tuviera que pedirlo, aferrándose a mí, como si su cuerpo ya supiera cómo moverse conmigo.
—Kai… —susurró.
Sus dedos se hundieron en mi pelo, tirando de mí con fuerza. Mis manos agarraban su cadera con ganas de tocarlo todo y cuando soltó ese pequeño y suave gemido contra mi boca perdí cualquier intención de controlarme.
La dejé caer sobre la cama y me coloqué encima de ella. Sus piernas aún estaban alrededor de mí. Respiraba rápido pero sonreía y me miraba con esos ojos brillantes que me daban ganas de hacer cosas imprudentes. Lentamente quité mechones de cabello que caían sobre su rostro, acariciándola.
—Eres hermosa —solté.
La besé lento, bajando por su cuello, dejando marcas invisibles que sabía que ella sentiría horas después.
Sus manos bajaron también. Se deslizaron por mi espalda y me agarraron por la cintura, tirando de mí con intención.
Mi cuerpo ya estaba tenso, duro contra la tela.
Cuando me presionó contra ella, el aire se me fue de los pulmones.
No fue un roce accidental, fue completamente deliberado.
Sus caderas se movían una y otra vez buscando la fricción que nuestros cuerpos pedían.
Soltó un gemido contra mi boca, alto esta vez, incontrolable.
Entonces la agarré con más fuerza. Una mano en su cadera, la otra bajando por su muslo.
La apreté contra mí sin suavizar nada. Quería que sintiera exactamente lo que me estaba haciendo.Volví a besarla, profundo y posesivo.
Mi boca exigente, mis manos recorriéndola sin paciencia.
Su espalda se arqueó debajo de mí, ofreciéndose sin pedir permiso, mientras sus manos se encargaron de quitarme la camiseta.
El roce se volvió más lento. Su respiración ya no era estable y tampoco la mía.
Podía sentir cómo mi control se afinaba al límite.
Un hilo muy fino entre mantener el control y dejarme ir por completo.
Me incliné, mi frente contra la suya, respirando fuerte.
—No juegues así conmigo —murmuré.
Su sonrisa fue lo contrario de arrepentida. Maldita sea.
Bajé la mano por su muslo, despacio esta vez. La sentí temblar cuando mis dedos se deslizaron más arriba, cuando mi boca volvió a su cuello y bajó con intención clara.
—Kai… —volvió a decir, pero esta vez no sonó como una advertencia.
Respiré contra su piel, perdiendo el poco control que me quedaba. Mi cabeza ya no estaba pensando en las consecuencias. Solo en ella y en la forma en que su respiración se rompía cuando la tocaba. En cómo reaccionaba a mí.
Mis dedos se colaron por debajo de la tela. Apenas un roce y Bea soltó un sonido que me atravesó directo al estómago. Me incliné sobre ella dispuesto a seguir hasta donde hiciera falta. Ya no estaba midiendo nada.
Pip pip pip.
La alarma del celular. Joder. Bea cerró los ojos, exhalando.
—Hora de volver a la realidad.
Me quedé inmóvil un segundo, respirando contra su cuello, intentando recordar cómo se hablaba en frases completas. Luego la miré, intentando grabar esta imagen en mi cabeza.
—No vas a desaparecer otra vez, ¿verdad?
No contestó con palabras. Me agarró de la nuca y me besó otra vez. Eso era un sí.
Me levanté sin ganas. Le besé la frente y caminé hacia la puerta. Antes de salir, me giré.
—Bea…
—¿Qué?
—¿Qué champú usas?
Ella alzó las cejas.
—¿En serio? —respondió a carcajadas.
—Sí. Necesito saber. —Ella rió con ganas y yo me llevé esa risa conmigo.
Antes de salir me ajusté la ropa con disimulo y recé para que nadie en el pasillo prestara demasiada atención a los detalles.