Luces, cámara, amor Chapter 34
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Chapter 34

Bea

El final de la jornada se acercaba, y en el taller solo se escuchaba el zumbido de un ventilador viejo. Habíamos avanzado con la mayoría de las piezas grandes, y el equipo estaba empezando a preparar estructuras para la siguiente semana.

Ya habían pasado varias semanas de preproducción y todo marchaba bien.

Excepto por el mínimo detalle de que yo estaba en un modo de colapso emocional.

Hace semanas que Kai y yo no hablábamos.El día después del ensayo me escribió para preguntarme si todo estaba bien y hasta hoy no he respondido.

Después de la conversación con Martin, pensé que sería mejor cortar todo de raíz y lo hice.

¿Premio a la más estúpida del año? Presente.

Estaba en el taller verificando unas muestras de pintura sin ritmo y con la mente en otro lado cuando sentí a alguien acercarse a mí.

—Tienes la cabeza en otro sitio —dijo Luis sin levantar la vista de la madera que estaba lijando.

No respondí. Solo seguí alineando muestras que no necesitaban ser alineadas.

—¿Qué cagada hizo producción ahora? —continuó.

—No es eso.

Silencio.

—¿El actor?

Lo miré, medio riéndome por la falta de sutileza.

—¿Cuál de todos?

—El actor.

No dije nada. Tampoco lo negué. Él ya lo sabía, obvio.

—¿Se nota mucho?

—No. No para cualquiera, al menos. Pero yo te conozco. Y además los vi.

—¿Nos viste?

—Llegaron juntos aquel domingo libre en moto, ¿te acuerdas?

Sentí el calor subirme por el cuello.

—No sabía que… lo habías visto.

—No me importa eso. Solo lo supe desde entonces. Te vi feliz, no sé qué habrá hecho el muy idiota, pero créeme: no merece la pena que estés así.

Me apoyé en la mesa.

—Es que era diferente, Lu. Con él no sentía que estuviera jugando.

Sentía que iba en serio, y eso me dio miedo.

Puede sonar una tontería, pero ni siquiera nos besamos.

—Hice una pausa. —Martin lo notó el otro día y habló conmigo.

No dijo nada malo, solo que tuviéramos cuidado, y esa advertencia me hizo pensar en otras cosas.

Creo que estoy traumatizada —Intenté bromear para descargar un poco el peso que sentía—. El amor no es para mí.

Me reí de mí misma, aunque no estaba bromeando. Ver a alguien siendo decente me daba mucho miedo, más del que debería.

Era una tonta porque sí quería. Quería todo, pero no sabía si iba a ser capaz de sostenerlo. Me daba mucha rabia conmigo misma y al mismo tiempo, sentía que no podía evitarlo, y eso me daba más rabia.

Él dejó la lija a un lado. Se limpió las manos en el pantalón y se cruzó de brazos.

—Tú y yo hemos visto a gente jurarse cosas eternas y desaparecer en dos semanas —dijo—. A veces en dos días. A veces sin despedirse siquiera.

Asentí.

—Pero tú no eres así, y lo tuyo con él no parece eso.

—¿Y si me estoy inventando todo? ¿Y si estoy viendo algo que él no está viendo?

—¿Bea?

—¿Qué?

—Te juro que si te mira un poco más así, van a tener que llamar al coordinador de intimidad.

Solté una risa. —Yo solo… no sé si quiero meterme en algo que pueda doler después.

—¿Y si no lo haces y te duele igual?

Me quedé callada. Él me tocó el hombro con la misma mano con la que hace mesas que luego romperán en escena.

—Tú sabes cuidarte… Pero también sabes vivir. Haz lo segundo.

Se alejó un par de pasos, pero antes de volver a la madera, se volteó de nuevo y dijo:

—Eres una chica extraordinaria, Bea. Solo porque un idiota no quiso verlo, no significa que todos seamos así.

Además, si ese actor te rompe el corazón, me avisas.

Te invito una cerveza y fingimos que somos almas gemelas.

Aunque también podría encargarme de que las mesas no se rompan donde deben hacerlo.

Me guiñó un ojo en broma. Lo miré un segundo y en lugar de responder le di un leve codazo en el brazo.

Luis sonrió, sin necesidad de palabras y volvió a su lija y justo cuando pensaba que el momento ya había pasado, me acerqué un paso más y lo abracé por detrás. Era uno de esos abrazos que no piden permiso. Él apoyó su mano en mi brazo y me plantó un beso en la cabeza.

Lo que decía Lu era verdad; no todos los hombres eran así y la única razón por la que le creí era porque lo conocía a el. Sin embargo, esta relación era puramente laboral, sabía que cuando Luis encuentrara a una chica, tendría mucha suerte.

Justo cuando me separé para volver a las muestras vi un pequeño trozo de madera en el piso. Estaba sin lijar, sin forma clara o eso pensé, hasta que lo giré entre los dedos.

No era un corazón perfecto, más bien una especie de intento de corazón hecho por alguien con los ojos cerrados.

Pero se sentía como una señal. “La belleza está en los ojos de quien mira”, dijo Oscar Wilde.

Mis ojos vieron un corazón en ese trozo de madera y sin importar lo que pasara más adelante, me dio una sensación de esperanza, así que lo guardé en mi bolsillo.

Esa noche no podía dormir. En realidad, ya había perdido la cuenta de las semanas que llevaba cargando el cuerpo con un traje invisible de plomo. El estrés del rodaje, los cambios de última hora, las jornadas eternas… pero sobre todo él.

El reloj marcaba las cuatro de la mañana cuando me puse los tenis en silencio, agarré una botella de agua y salí a correr. No tenía ganas de entrenar, pero necesitaba escapar de mis pensamientos.

El cielo tenía ese violeta raro que no define bien si quiere amanecer o seguir durmiendo. El aire estaba más fresco de lo normal mientras corría por los senderos del hotel, bordeando los jardines, la piscina y los pasillos exteriores. Intentando ganarle la carrera a lo que sentía.

Terminé hecha polvo. Cuando mis piernas pidieron una tregua empecé a caminar hacia la entrada, empapada en sudor y con el corazón como un tambor de guerra en los oídos.

Justo antes de entrar al hotel, lo vi. Estaba sentado en uno de los bancos del jardín con el cabello desordenado, descalzo y guitarra en mano.

Kai. Maravilloso. Por un segundo pensé que estaba alucinando.

Que mis pensamientos habían salido de mi cabeza y se habían materializado.

Mi primer impulso fue desviarme y dar la vuelta, pero Kai levantó la vista y me vio. Nuestros ojos se encontraron y en lugar de seguir caminando fingiendo demencia, —como una adulta coherente y funcional haría— me acerqué.

Él no sonrió, me miró fijo, esperando que yo reaccionara primero. Me detuve frente a él.

—¿No podías dormir? —pregunté.

—No desde hace días —respondió en voz baja, casi un suspiro.

Su tono me dio una punzada en el estómago. Me senté a su lado, a una distancia segura, o eso quise creer. Miré la guitarra, quería decir algo, pero no sabía por dónde empezar.

—¿Tocas algo?

Negó con una sonrisa suave.

—La verdad… no sé qué estoy haciendo —dijo soltando una risa tonta, burlándose de sí mismo.

Yo, por otro lado, la autora del silencio, la reina de las desapariciones emocionales. Estaba buscando las palabras correctas, si es que existían en ese momento.

—Pensé que me estabas evitando —dijo fijando su mirada en mi.

Respiré hondo. No iba a mentirle. —Lo estaba haciendo.

Lo vi tragar saliva. Su cuerpo se re acomodó, como si mi respuesta le hubiera movido algo en los huesos.

—¿Puedo saber por qué?

Podía haber dicho cualquier cosa. Culpar al trabajo, a la presión, al clima.

—Sé que suena tonto, pero el problema es que me gustas demasiado. —Solté la frase que había estado mordiéndome por dentro las últimas semanas—. Y no sé qué hacer con eso… No sé si estoy lista para lo que eso puede significar.

Pause por unos segundos que se sintieron como días al exponer mi vulnerabilidad así sin más.

—¿Qué pasa cuando este proyecto termine y volvamos a casa? —continué, bajando la voz—. ¿Y si esto se me hace real y tú desapareces? No sé si podría soportarlo. No con alguien como tú. No quiero sonar como una loca, es solo que tengo miedo.

Al soltarlo todo fue que tuve el valor de mirarlo directamente a los ojos. Él no respondió de inmediato, solo me miró fijamente y luego se inclinó un poco hacia mí.

—Bea te lo dije antes. No pienso desaparecer —susurró—. Si tienes miedo, me quedaré todo el tiempo que necesites hasta que ya no lo sientas. —Hizo una pausa y puso su mano en mi rostro—. Solo… no te alejes otra vez, porque el que no podrá soportarlo soy yo.

Apreté mis manos sobre las piernas, tenía la garganta hecha un nudo.

—Si no quieres que esto siga, solo dímelo…

Tengo días pensando qué hice algo mal, tratando de entender por qué te alejaste cuando pensaba que estábamos bien.

Se que prácticamente acabamos de conocernos, llámame loco, pero contigo siento que te conozco de toda la vida.

No quisiera desaprovechar esto, Bea. Soy muy feliz cuando estamos juntos.

Lo miré, pero no respondí de inmediato. Escuchar con la seguridad con la que decía lo que sentía era inspirador. Kai no tenía miedo de expiarse, y eso solo hacía que me sintiera peor por haber desaparecido. Así que respiré profundo y decidí enfrentar mis sentimientos.

—No hiciste nada mal, Kai —dije al fin, con la voz baja pero firme— Me alejé porque me asusté.

Porque esto… tú, me importas más de lo que esperaba.

Me alejé porque no quería arruinar las cosas, pensé que si me alejaba todo quedaría así, sin más…

—resoplé mientras las palabras de Luis resonaban en mi cabeza: Tú sabes cuidarte.

Pero también sabes vivir. Haz lo segundo—.

Pero lo cierto es que no has salido de mi cabeza ni un solo momento.

Lo miré y mi cuerpo reaccionó sin esperar permiso.

Inclinándome hacia él despacio. Sin darme cuenta ya mis labios estaban encima de los suyos y de pronto todo explotó en silencio.

Fue como apagar el mundo. Al principio fue suave y tibio…

cauteloso, pero esa sensación tardó medio segundo porque entonces él respondió y su boca encontró la mía con esa urgencia que solo nace cuando llevas días sin tocar lo que más deseas.

Como si el tiempo se estuviera acabando.

Era diferente, este hombre no besaba con su boca, sino con las manos, el pecho y todo su cuerpo.

Entonces dejó de ser un simple beso y se convirtió en una especie de necesidad, en hambre.

Sus manos me agarraron de la cintura con la fuerza precisa, y en ese punto perfecto me dejé llevar.

Me acercaba a él cada vez más. Lo necesitaba cerca.Ya.

Al parecer él también, porque de repente su brazo me rodeó la cintura y, antes de que pudiera pensar, ya me había subido sobre él en un solo movimiento.

Solo escuché cómo Lily —su guitarra— se rindió con un golpe seco contra el piso.

Como si incluso ella supiera que ya no tenía sentido interrumpir esto.

El roce de nuestros cuerpos fue gasolina, y yo estaba en llamas. El aliento se mezclaba. Nuestros labios ya no se buscaban: se conocían. No tenía idea de cuánto duró, ni me importaba. Si el tiempo se hubiera congelado ahí, no habría dicho nada, podría haber vivido toda la vida en ese instante.

Cuando me separé, tenía las mejillas ardiendo, los dedos temblorosos y el corazón en la garganta. Lo miré y supe que ya estaba decidido. Después de ese beso, tuve claro una cosa: no quería besar otros labios que no fueran los de Kai Moreau.