6. Kai
El comedor estaba lleno de conversaciones cruzadas, cubiertos golpeando bandejas y risas de fondo. El tipo de ruido que normalmente me ayudaba a desconectar un poco la cabeza.
Me senté con parte del cast, apenas habían pasado un par de horas desde el ensayo con los breakables, pero algo se sentía distinto.
La busqué por instinto justo cuando entró al comedor.
No llevaba nada especial: pantalones holgados, camiseta gris, el pelo suelto otra vez.
Aun así, algo en su postura había cambiado.
Se sentó con su equipo y ni por un instante me miró.
Ni de reojo. Tampoco pareció buscarme, y eso fue lo primero que me hizo ruido.
Esperaba una sonrisa mínima, alguna señal discreta, cualquier cosa que confirmara que seguía ahí.
Conmigo. Que la puerta que dejamos entreabierta la noche anterior no se había cerrado del todo.
En la mesa de arte hablaban entre ellos, comían y reían a ratos. No había nada fuera de lugar y aun así, la conocía lo suficiente para saber que esa Bea no era la misma de la playa.
—Quedé hecho polvo del ensayo —comentó Alex desde enfrente, estirando los hombros—. Conseguí una masajista tailandesa que viene al hotel más tarde. Si quieres, le digo que pase también por tu habitación. Seguro consigue otra.—Guiñó un ojo.
—Paso —respondí sin pensarlo.
—¿En serio? Eso sí es grave.
Me encogí de hombros. No tenía la cabeza para eso.
Abby apareció entonces, dejando su bandeja sobre la mesa. Llevaba un escote que no dejaba mucho a la imaginación. Se inclinó un poco más de lo necesario al sentarse, completamente consciente de lo que hacía.
—Buen trabajo hoy —dijo, mirándome directo—. Casi me haces olvidar que todavía estamos en preproducción. —Sonrió despacio.
Le devolví una sonrisa pero nada más, mi atención seguía atrapada en la mesa de arte. Bea hablaba poco, escuchaba y asentía.
Terminé de comer sin darme cuenta y me levanté con la intención clara de ir hacia ella. Necesitaba entender qué le pasaba. ¿Le habían hecho algo? ¿Estaba enfadada conmigo? Quería confirmar que no me estaba inventando nada.
Di un par de pasos y escuché mi nombre.
—Kai.
Leira apareció de la nada, cruzándose en mi camino con una carpeta contra el pecho.
—Perdona —dijo—, necesito robarte un minuto. Vestuario quiere confirmar unas medidas contigo.
Miré por encima de su hombro. Bea seguía sentada de perfil.
—Ahora no —empecé a decir.
—Es ahora o no llegamos a tiempo con los ajustes —añadió, firme y correcta—. Te prometo que es rápido.
Sentí un par de miradas sobre nosotros pero las ignoré. Leira no me dio margen para esquivarla sin quedar fatal delante de medio comedor. Se colocó a mi lado y avanzó un paso, obligándome a moverme con ella.
—Venga, vamos —murmuré.
Mientras caminábamos bordeando el comedor, la escuché.
—Entonces, Bea —decía Dani, en tono de broma—, ¿no sabes quién es tu admirador secreto?
Me frené un segundo.
—¿Cómo que admirador secreto? —preguntó Luis.
—Esta mañana le dejaron una flor frente a la puerta —continuó Dani—. Muy película romántica todo.
Sentí un golpe seco en el pecho.
—Ya te lo dije antes, Dani —respondió Bea, firme—. Fue un error.
Error. Levantó la vista justo en ese momento.
Nuestros ojos se encontraron apenas un segundo.
Vi su expresión cambiar apenas para notar que había entendido algo.
Su mirada bajó un instante hacia Leira y entonces lo entendí.
Desde donde estaba, yo no parecía un tipo que intentaba hablar con ella.
Parecía un actor guapo y ocupado, rodeado de gente, avanzando con una chica de vestuario del brazo.
No escuché nada más. Leira siguió caminando y yo con ella, pero el cuerpo iba en automático y mi cabeza a mil por hora.
La prueba de vestuario fue rápida. Asentí y colaboré, hice lo que se esperaba de mí aunque por dentro, solo había una idea dando vueltas sin descanso:
¿Qué fue lo que hice mal?
Después de ese día, Bea desapareció por completo.
No literalmente, claro. Seguía trabajando, seguía siendo impecable, seguía resolviendo todo con la misma precisión pero conmigo no estaba.
No hubo discusión, ni cierre oficial, que señalara algo así como el inicio del problema.
Simplemente dejó de responder. Mis mensajes eran vistos más no contestados.
Se limitó a interactuar conmigo de manera profesional solo si era estrictamente necesario.
Al principio pensé que era cuestión de tiempo, poco después dejé de inventar excusas.
Seguíamos cruzándonos de vez en cuando, y por más que intentara hablar con ella de alguna manera, resultaba imposible. Estaba volviéndome loco.
Intenté repetirme que no tenía derecho a pedir explicaciones.
No habíamos hecho promesas, ni existía un “nosotros” oficial al que aferrarme.
Técnicamente no me debía nada, pero eso no evitaba que me preguntara qué demonios había hecho mal y tampoco evitaba que mi mente y mi cuerpo se negaran a olvidarla.
Releí conversaciones buscando pistas; un mensaje demasiado intenso, un comentario fuera de tono o una frase que pudiera haber sonado distinta en su cabeza. Todo parecía normal, ridículamente normal para terminar así.
Dejé de escribirle después del tercer intento sin respuesta.
No por orgullo, sino porque ya rozaba el terreno del tipo insistente que no sabe leer el ambiente.
Odiaba a esos tipos. El problema era que mi cabeza no estaba de acuerdo.
La buscaba sin querer cada vez que entraba a un sitio nuevo.
Pensaba en ella cada vez que algo salía bien y quería compartirlo con alguien.
Me descubría esperando verla incluso cuando sabía que no iba a pasar.
La preproducción seguía avanzando. Reuniones largas, cambios constantes, decisiones pequeñas que se acumulaban. Yo también seguía adelante. Al menos por fuera, pues por dentro estaba atrapado en una escena que nadie más parecía haber notado.
Alex fue el primero en decirlo en voz alta. Me encontró tirado en la cama del hotel con la mirada perdida en el techo.
—Tienes cara de que te atropelló un camión —dijo—. O de que llevas semanas sin follar. O ambas.
—Gracias por la preocupación —murmuré.
Se sentó en la silla, estirando las piernas.
—Escucha, te voy a decir algo práctico —empezó—. Si Bea te dejó en visto eterno, no te vas a morir por distraerte un poco.
No contesté.
—Leira está loca por ti —continuó—. No “le caes bien”, no “le pareces simpático”. Te mira como si fueras un postre que ya pagó.
—No.
—Abby tampoco disimula —añadió—. Hoy casi se mete dentro de tu camiseta en la reunión. Si bajas un poco la guardia, el problema se resuelve solo.
—No quiero resolverlo así.
Alex frunció el ceño.
—¿Quién eres y qué hiciste con Kai Moreau?
Me incorporé un poco.
—¿De qué hablas, Alex? —solté, pasando una mano por el pelo—. Sabes cómo era antes…
—Exacto —interrumpió—. Por eso pregunto.
Exhalé despacio.
—Esto no es lo mismo —contesté.
—¿El qué?
Dudé un segundo.
—No sé —admití—. Pero no es lo mismo.
—Te dejaron en visto, siempre hay una primera vez querido amigo.
—No es eso —murmuré—. Es… —me quedé en silencio un momento—. Es no saber dónde estoy parado.
Lo miré.
—No saber qué hacer con eso, pensar que Bea se “fue” sin decir nada…
—Lo siento —dijo Alex.
—Da igual.
Asintió, como aceptando la tregua, y se dejó caer en la silla otra vez.
—Vale —dijo—. Tema oficialmente enterrado.
Hubo un silencio corto interrumpido por el móvil de Alex que miró la pantalla y arqueó una ceja.
—Mira qué sorpresa.
—¿Qué? —pregunté.
—Es mi masajista.
—¿La del otro día?
—La de anoche, la de esta mañana y, con un poco de suerte, la de esta noche también.
Contestó sin levantarse.
—Hey… —dijo con esa voz baja que usa cuando quiere sonar sexy—. Justo me preguntaba cuando llamarías.
Escuchó, sonriendo, apoyando el codo en la rodilla.
—No, ahora no —añadió—. Y si, se que te aburres sin mí.
Hizo una pausa corta.
—Mmh… no digas eso —añadió divertido y se pasó la mano por el pelo.
—¿Esta noche? —repitió—. Si.. esta noche suena bien.
Otra pausa.
—Mismo lugar —dijo—. Ponte el mismo vestido de la última vez.
Sonrió, claramente satisfecho.
—Así me gusta —sonrío— Hasta entonces.
Colgó y dejó el móvil boca abajo.
—¿Ves? —dijo—. Diplomacia internacional.
—Qué orgullo —murmuré.
Me miró un segundo más de lo habitual.
—Podría haber ido ahora mismo —añadió—. Créeme, tenía todas las ganas.
—Ajá.
—Aunque prefiero estar con mi querido amigo —dijo, encogiéndose de hombros—. No todo es sexo, aunque casi todo lo sea.
Me miró un segundo más de lo normal pero yo seguí sin responderle.
—Bueno —continuó—, voy a bajar por una cerveza. Tú decides si vienes o sigues aquí teniendo pensamientos profundos sobre el techo.
—Bajo contigo.
Sonrió satisfecho, y me levanté despacio, cogiendo mis zapatos.
—Solo aviso —dije—, si esa cerveza termina en problemas es tu culpa.
—Siempre lo es.
Salimos juntos de la habitación y por primera vez varios días no me sentí completamente fuera del mundo.