Chapter 32
Bea
El ensayo había terminado y el salón se fue quedando en silencio a medida que el equipo se dispersaba. Luis y su equipo empezaban a desmontar. Yo había guardado ya el iPad. Los hombros seguían tensos, como si el cuerpo no se hubiera enterado de que el foco ya no estaba sobre mí.
—Bea, ¿tienes un minuto? —preguntó Martin.
Acudí a su llamado sabiendo que era pura cortesía. Lo seguí hasta su oficina, justo al lado del equipo de producción. Un espacio pequeño, con storyboards en la pared, un escritorio plegable y dos sillas que ya habían presenciado demasiadas decisiones difíciles.
Martin se sentó primero.
—Antes que nada… —empezó—, lo de hoy estuvo muy bien. De verdad.
—Gracias —respondí—. Con los ajustes que vimos, va a funcionar mejor todavía.
—Eso pensé —dijo—. El equipo de arte está sólido. Los breakables respondieron perfecto. Y tú… —hizo un gesto con la mano, buscando la palabra—, tú haces que todo tenga sentido. Los espacios, el ritmo, la atmósfera. Gracias por aceptar este nuevo reto conmigo.
—Gracias Martin. Sabes que puedes contar conmigo. Este proyecto será increíble, ya lo verás.
—Justamente por eso quería hablar contigo —añadió, apoyándose hacia atrás—. Estamos dudando entre dos locaciones para la secuencia del capítulo tres: la del muelle y la del almacén. Quiero tu intuición antes de decidir.
Hablamos un par de minutos. De luz, de texturas, de cómo una locación condiciona el ánimo de una escena, de trabajo real. De ese terreno donde me siento segura.
Entonces Martin bajó ligeramente la voz.
—Hay otra cosa —añadió—, y te lo digo porque confío en ti, no porque dude de tu criterio.
No hizo falta que añadiera más. Ya sabía hacia dónde iba la conversación.
—Kai es buen actor —continuó—. Fácil de dirigir, comprometido. Hasta ahora, cero problemas.
Hizo una pausa breve, midiendo sus palabras.
—Hoy no pude evitar notar que te miraba mucho.
Mi pecho se apretó. ¿Tan evidente era?
—No te estoy juzgando —aclaró—. Ni diciéndote que esté mal, no me malinterpretes. Solo… sabes cómo es este medio. Las cosas se ven, se comentan, a veces se exageran.
Ese nudo familiar apareció en la garganta. El mismo de la mañana.
—Tú no eres alguien que se distraiga —comentó—. Nunca lo has sido. Has llegado hasta aquí a pulso y sabes tan bien como yo que, en este mundo, una historia mal contada pesa más que años de trabajo bien hecho.
No me estaba corrigiendo. Me estaba advirtiendo desde el cansancio de quien ya ha visto esto antes.
—En otra circunstancia no me metería —añadió—. Pero contigo no soy solo el director. Fui tu profesor. He visto tu camino desde el inicio, y este proyecto también me importa.
Lo miré y sentí ese juicio silencioso que conocía tan bien.
—No quiero que algo que quizá no tenga futuro termine opacando todo lo que sí lo tiene —añadió—. Ni para ti, ni para la película.
Guardé silencio.
—Eso es todo —concluyó—. No te estoy pidiendo nada, solo que te cuides. A veces el problema no es lo que pasa… sino cómo se percibe.
Me levanté y asentí despacio.
—Gracias por decírmelo —respondí.
Cuando abrí la puerta, su voz me alcanzó una vez más.
—Y Bea… —esperó a que lo mirara—. No dejes que nadie te haga olvidar por qué estás aquí.
Cerré la puerta con cuidado y me quedé un segundo apoyada contra la madera, respirando hondo.
No dolía porque estuviera equivocado. Dolía porque podía tener razón, o peor; porque el miedo a que la tuviera seguía ahí, intacto.
Pensé en esa forma tan conocida de minimizar lo que hago. En tratarlo como algo pasajero. Bonito, sí, pero prescindible. Como si esto —mi trabajo, mis decisiones, incluso lo que siento— fuera un capricho que se me va a pasar.
Caminé por el pasillo intentando sacudirme esa idea. Kai no me había prometido nada. Yo tampoco. Aun así, me había permitido ilusionarme. No por ingenua, sino porque llevaba mucho tiempo sin hacerlo.
Aunque Martin tenía razón en una cosa: vine aquí a hacer una película. La pregunta era si eso implicaba, necesariamente, dejar de sentir todo lo demás.