Chapter 31
Kai
Entramos al salón de ensayos en grupo. Alex iba a mi lado, absorto en su móvil, desplazando el pulgar con la concentración de quien podría estar leyendo cualquier cosa menos lo que está pasando a su alrededor. Yo en cambio, estaba demasiado despierto para eso.
Lo primero que vi fue a Bea. Estaba de pie frente al equipo, el iPad en la mano, explicando algo con calma y precisión.
Tenía esa expresión que se le pone cuando está trabajando.
El tipo de persona que transmite que, si todo se va al carajo, sabrá exactamente qué pieza recoger primero.
No debería resultarme tan atractiva así, y aun así, ahí estaba yo, con el cuerpo recordando demasiado bien cosas que no tenían nada que ver con un ensayo técnico.
Mi primera reacción fue sonreír. La segunda: contenerme. No estábamos solos. Nadie más tenía contexto, y eso cambiaba las reglas. Bea no quería que nadie supiera lo que estaba pasando entre nosotros, y yo iba a respetarlo. Además, en este momento, ambos teníamos que ser profesionales.
Me integré al grupo con la naturalidad de siempre.
Saludé a un par de técnicos. Hice una broma rápida con uno de los stunts nuevos.
Alex me lanzó una mirada rara, de esas que dicen: Estás demasiado contento para esta hora, pero no comentó nada.
Todo parecía normal desde fuera. Desde dentro, cada movimiento lo hacía midiendo dónde estaba Bea, cuánto espacio había entre nosotros, cuánto podía permitirme sin descolocar nada.
Se me pasó por la cabeza decirle algo. Una tontería, cualquier cosa pero lo descarté al instante. Bea estaba trabajando y yo no pensaba ser el tipo que confunde química con falta de criterio.
Cuando me acerqué al coordinador de stunts para escuchar unas indicaciones, pasé justo por detrás de ella.
Lo suficiente como para que mi mano rozara su espalda baja, apenas un segundo, un contacto mínimo, perfectamente disimulable para cualquiera que no estuviera prestando atención.
Bea se tensó. Sus hombros se afirmaron, el peso del cuerpo cambió ligeramente, la respiración se le cortó lo justo para que yo lo notara.
No se giró, no me miró, siguió hablando como si nada.
Profesional hasta el final. Sonreí para mis adentros, satisfecho al saber que en ella también pasaba algo, aunque no tuviera idea de todo lo que me provocaba a mí.
Luego la vi hablando con uno de su equipo.
El mismo con el que se había reído el otro día, cuando la vi subir al autobús.
Estaban cerca, inclinados sobre la pantalla, compartiendo espacio con esa facilidad que da trabajar bien con alguien.
Ella señalaba algo en el iPad, él respondía bajo.
Sonrieron cómplices. La escena duró segundos.
Suficientes para que notara, sin ningún orgullo, que me habría gustado ser yo quien estuviera a su lado haciéndola reír.
Una reacción automática, y completamente innecesaria.
La reconocí al instante y la dejé pasar.
No iba a estropear un buen día por una inseguridad que no me representaba.
Me aparté un poco, fingí concentrarme en una hoja de indicaciones, respiré hondo y decidí no volver a mirarla. Spoiler: fracasé.
Desde donde estaba, noté su mirada encontrarse con la mía apenas un segundo. No habló ni hizo ningún gesto innecesario, pero dejó escapar una sonrisa breve. Esa sonrisa, tan tranquila, explicó sin esfuerzo por qué la noche anterior había sido imposible dormir.
La prueba empezó y nos colocamos en posición. El cast principal ya estaba listo: los dos dobles de acción, Lina —que había llegado el día anterior y hacía de mi hermana en la película—, Alex, Tyler, Abby. Todo en orden.
Yo era el último en entrar. El que cerraba la escena con un salto y una caída controlada sobre una silla que debía partirse en dos con la que luego debía golpear el personaje de Tyler.
Mi momento, lo tenía ensayado. Sabía exactamente dónde apoyar el pie, cuánto inclinar el cuerpo, en qué segundo soltar el peso pero esta vez sabía que ella estaba mirando y aparentemente, alguna parte primitiva de mi cerebro decidió que este era el momento ideal para demostrar que seguía siendo funcional como espécimen masculino.
Resultó bastante humillante darme cuenta de eso.
No estaba a punto de ejecutar una coreografía peligrosa delante de un equipo profesional.
Estaba en un recreo imaginario, intentando que la chica que me gusta me viera hacer algo impresionante.
El conteo empezó.
Cinco.
Cuatro.
Tres.
Respiré hondo y me preparé para moverme, no para la escena, sino para ella. Mala idea.
La acción fluyó casi perfecta. Hubo un segundo en el que mi pie derecho no cayó exactamente donde debía.
Lo corregí al instante sin romper el ritmo, sin que nadie lo notara.
Nadie excepto yo y el dolor que tendré al terminar este ensayo.
El pulso se me subió al cuello. Cuando me incorporé, la busqué instintivamente.
Bea me estaba mirando. Tenía el ceño apenas fruncido y los labios tensos, como si durante ese segundo se le hubiera olvidado que estábamos rodeados de gente, cámaras, técnicos y protocolos. Al verme bien, sonrió.
La silla colapsó justo cuando debía, bajo mi peso.
Caí hacia atrás y rodé, siguiendo la coreografía como la habíamos marcado.
Al terminar todos estaban hablando entre ellos.
Los stunts revisaban repeticiones, Martin cruzaba notas con Ana, la asistente de dirección, el resto del cast reía analizando sus entradas.
Yo solo tenía una certeza: Bea me había visto, le había importado, y yo casi me rompo por intentar impresionarla.
Supongo que en algún punto uno debería dejar de hacer estas estupideces, pero claramente ese punto no era hoy.