Luces, cámara, amor Chapter 26
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Chapter 26

Kai

Volver al hotel fue como salir de un sueño sin haber terminado de abrir los ojos. La moto iba más lenta esta vez, o quizá era yo. El trayecto me parecía más corto y no quería que lo fuera.

Bea iba detrás de mí, sus brazos alrededor de mi cintura y su rostro apoyado en mi espalda.

No llevaba camiseta, sentía su respiración contra mi espalda y pensé en todo lo que acabábamos de vivir y en cómo algunas cosas no se cuentan, se guardan.

Esas que te calientan el pecho y no te dejan dormir después.

Al doblar la esquina del hotel, la realidad nos cayó encima. Un autobús del equipo acababa de llegar. Mochilas, cámaras, risas, voces superpuestas. Sentí cómo el cuerpo de Bea se tensaba antes incluso de que hablara.

—Mejor entramos por separado —murmuró, muy bajito, junto a mi oído, dejando un beso suave en mi mejilla.

Me detuve. No porque me pareciera buena idea, sino porque sabía que para ella sí lo era. A mí no me habría importado que nos vieran. No lo veía como un problema, pero respeté el gesto. Aunque siendo honesto, habría preferido entrar con ella.

Asentí y me pasó el casco. No dijimos nada más.

Una última mirada y ella se fue por la entrada lateral, perdiéndose entre dos grupos de técnicos.

Uno de ellos se acercó a Bea de inmediato, creo que era Juanjo el gaffer, no estaba seguro y tampoco pude escuchar lo que decía pero se le acercó y le tiró un brazo encima con demasiada confianza.

Bea respondió educada y correcta. Sin una sonrisa de más.

Nada que ver con cómo se relajaba cuando hablaba con Luis o con la gente de su equipo.

Estaba incómoda y lo noté enseguida. A Juanjo no pareció importarle demasiado; siguió hablando un par de frases más hasta que alguien lo llamó desde el autobús.

Por un segundo, tuve el impulso de intervenir, de querer sacar a Bea de una interacción que claramente no le apetecía sostener. Menos mal que no hizo falta.

Justo en la puerta, dos chicas se acercaron.

Me reconocieron. Me pidieron una foto. Me presté como siempre, como si no tuviera el alma dándome vueltas dentro del cuerpo.

Respondí a una pregunta sobre la película pero mi cabeza estaba en otro sitio completamente distinto.

Todo me pesaba: lo que no podía decir, lo que me habría gustado hacer… y lo que todavía me estaba guardando.

La habitación me recibió con un golpe de aire frío que me hizo temblar. Me senté en la cama y suspire profundo, no tenía ni idea de qué hacer con lo que sentía.

Minutos después, escuché la puerta abrirse. Alex.

—¿Tú no tienes habitación propia? —pregunté sin moverme.

—Sí. Pero la tuya tiene mejor aire acondicionado y mejores vistas —dijo entrando como si nada, con una botella de agua en la mano y su usual falta de límites.

—No sé cómo consigues siempre mi llave.

—Magia y encanto natural — me guiñó un ojo, dejándose caer en la silla frente a mí.

—Estás literalmente en la habitación de al lado.

—¿Y? El wifi de aquí también es más rápido.

Le dio un trago al agua y se recostó.

—¿Sobreviviste a las fans? —bromeó, cambiando el tema.

—Lo justo.

—¿Y Bea?

Me recosté contra la cabecera, mirando al techo.

—Está bien.

—¿Bien? ¿Eso es todo lo que vas a decir después de irte todo el día con ella? ¿Sabes lo que tuve que inventarme cuando me preguntaron a dónde habías ido?

Me pasé la mano por la cara. Todavía tenía arena en el cuerpo.

—Fue… diferente. Increíble, en realidad. El día pasó volando.

—¿Follaron?

Negué. Él se congeló un segundo.

—¿No? Venga ya.

—Ni un beso, Alex.

—¿Y estás así? —se echó a reír—. Estás jodido, bro.

Lo miré. No me salía ninguna broma.

—Estoy jodidamente enamorado, Alex.

Él dejó de reírse. No de golpe pero su expresión cambió. Se suavizó.

—Bro no sabes lo que dices ni siquiera se han besado.

—Lo sé. No entiendo nada.

Se quedó un rato más en silencio. Bebió un poco de agua y me miró.

—¿Sabes qué hice yo mientras tú flotabas en tu nube? —preguntó, cambiando el tono.

—Ilumíname.

—Fue épico, la verdad. Un bote viejo, ron barato, diez alemanes borrachos. Ya sabes, lo normal.

—¿Y cómo terminó?

—Con el motor fallando a media vuelta y nosotros remando de regreso como si fuera un Ironman, pero hey, sobreviví y aquí estoy para contarlo.

—Sé que tenemos permiso para tomar sol, pero al ritmo que llevas amigo, sigue así y el equipo de maquillaje va a empezar a dejarte notitas pasivo-agresivas en la puerta.

—Creo que se van a arrepentir de esa licencia; hay altas probabilidades de que mañana amanezca como camarón recién salido del sartén.

Reímos. Alex se quedó un rato más, en silencio. Bebió un poco de agua y me miró.

—¿Sabes? Hoy mientras remábamos por media isla, pensaba que igual el que la estaba pasando mejor eras tú.

—La verdad es que la pasamos muy bien —suspiré—. Más intenso, seguro.

—¿Y entonces? —preguntó Alex, más bajito.

—¿Entonces qué?

—Entonces… ¿tú qué estás haciendo, Kai? Bea parece genial, de verdad, pero tú nunca has hecho esto.

—¿Esto?

—Estar con alguien. En serio. Quiero decir, ¿seguro que Bea y tú están en la misma página?

Me apoyé contra la cabecera. Sabía por dónde venía.

—Con Bea no se siente nuevo. Se siente… familiar. Como algo que llevaba tiempo ahí, esperando. Y creo que a ella le pasa algo parecido.

Espero, pensé. Él respiró hondo. Se pasó la mano por la cara como si estuviera tratando de borrar una idea.

—¿Y si te equivocas?

—¿Y si no?

Silencio. Él se levantó, agarró su botella de agua y caminó hacia la puerta.

—Mira, yo no digo que no lo intentes. Solo…

—Es distinto esta vez, Alex. De verdad. No es solo que me gusta. Es que siento que la conozco, y que me ve de verdad, eso no me pasa con nadie. Nunca me ha pasado.

Él me sostuvo la mirada. No parecía convencido.

—Solo quiero que tengas claro lo que estás haciendo. Porque cuando esto termine…

—No quiero que termine.

—Ya. Seguro que ahora nadie quiere. A veces pasa igual y siendo completamente racionales, sabes que esa relación no funcionaría.

Antes de salir, se giró en la puerta.

—Solo cuídate, ¿vale? Nos quedan poco menos de cinco meses aquí. Duerme un poco, Romeo. Mañana me lo agradecerás.

Y se fue, cerrando la puerta como solo cierran los amigos que saben cuándo callarse.

Me quedé quieto. El cuerpo todavía vibrando por el mar, el sol, el casi beso. Pensé en escribirle. Escribí. Borré. Volví a escribir. Al final, solo puse:

KAI:

Me encantó estar contigo hoy.

Dejé el móvil en la mesita y apagué la luz.

El cuarto quedó en silencio pero mi cabeza no.

La conversación con Alex seguía dando vueltas, empujando preguntas que no quería hacerme, y sin saber muy bien cómo terminé pensando en mi madre.

No como un recuerdo claro, más bien como una sensación.

Ese nudo que solo aparece con la gente que te importa de verdad y el miedo tonto —o no tan tonto— de que un día ya no esté.

La última vez que sentí algo así tenía siete años y se fue.

El nudo no desapareció. Se quedó ahí, apretando suave. Intenté distraerme pensando en Bea, en sus manos en mi espalda, en su cuerpo suspendido frente al mío en el agua, su pecho contra mi espalda en la moto, su boca tan cerca en el agua.

Mi cuerpo no ayudaba. Todo lo contrario.

Me levanté y fui directo a la ducha. Abrí el grifo sin medir la temperatura y el agua fría cayó sobre mí.

Apoyé la espalda contra los azulejos y dejé que el agua corriera, bajando despacio la tensión que se me había quedado atrapada desde la playa.

Pensé en ella sin intentar frenarlo. En cómo respiraba, en su boca tan cerca, su olor, lo fácil que habría sido perderme.

El agua recorrió un cuerpo que todavía estaba tenso, despierto, reclamando.

El agua fría no ayudó tanto como esperaba, porque lo que tenía en la cabeza no se iba.

Bea. Su cuerpo contra el mío, su boca tan cerca.

Cerré los ojos un segundo y dejé de intentar ignorarlo.

Sin prisa, solo bajando la intensidad lo justo para no explotar con el recuerdo.

Cuando salí, el nudo seguía ahí, pero más tranquilo. Me giré en la cama hacia el lado donde imaginé que estaría Bea y me dormí tarde, pero me dormí con ella en la cabeza.