Luces, cámara, amor Chapter 25
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Chapter 25

Bea

Nos quedamos un rato más en el agua. No hablamos de lo que acababa de pasar, pero tampoco hicimos como si no no hubiera pasado.

Kai no dejó que el ambiente se pusiera tenso.

Todo lo contrario: conversamos y bromeamos.

Me acercaba a él de vez en cuando, me abrazaba, como si quisiera comprobar si aún estaba cómoda con él. No tenía idea.

Kai había traído fruta cortada, pan, queso y unas botellitas de agua en una bolsa térmica.

No sé por qué me sorprendió que pensara en todo.

Comimos con los pies hundidos en la arena aún tibia.

El cielo se puso de un arrebol tan intenso que me hizo pensar en mi madre.

Podía oír su voz diciéndolo, igual que cuando señalaba el cielo en tardes de lluvia.

Arrebol, decía como si fuera un hechizo.

Tal vez lo era, porque por un momento todo parecía encantado.

Había unos largos destellos de luz que pintaban algunos espacios sobre la arena, incluido el nuestro.

—Esto es trampa —le dije, con el jugo del mango escurriendo entre mis dedos.

—¿Qué cosa?

—Hacer todo tan perfecto. Me estás arruinando la posibilidad de pretender que no me gustas.

—¿Entonces te gusto?

No respondí. Me reí y mordí un trozo de sandía demasiado grande. El jugo se deslizó por la comisura de mis labios y bajó por mi barbilla antes de que pudiera detenerlo.

Kai se inclinó sin prisa, con esa calma que parecía innata, y me limpió el jugo con el pulgar y luego se llevó los dedos a la boca. Lo hizo con una naturalidad que me desarmó. Me quedé inmóvil, con la sandía aún en la mano, el corazón golpeando demasiado rápido para algo tan pequeño.

Él sonrió apenas. Yo también. En ese momento no era un actor famoso, ni el chico que todo el mundo miraba. Solo era un chico con la piel salada, el pelo húmedo y la mirada honesta y eso me gustaba más de lo que estaba dispuesta a procesar.

Cualquier parte de mí que todavía dudaba se evaporó cuando apoyó la cabeza en mis piernas.

Se acomodó en la arena con una familiaridad desconcertante.

Supo que yo no iba a decir que no, y no lo hice.

Le acaricié el pelo, despacio. Mi cuerpo estaba gritando bésalo.

Tenía ganas de tocarlo, de apoyar la mano en su pecho y bajar despacio por su abdomen.

Seguir con los dedos cada gota hasta el borde del bañador, rozar mi boca por su cuello solo para escuchar cómo respira. Saborearlo. Bea, contrólate.

Yo no hago esto. No soy de las que se enganchan así, pero hacía tanto que no deseaba de esta manera.

Con hambre, con ganas de explorar cada centímetro y grabarlo en la piel.

Puede sonar cursi, incluso tonto teniendo en cuenta que nos conocemos hace nada, pero Kai me gustaba mucho, y eso lo complicaba todo.

No estaba lista para volver a romperme. Y sí, había querido besarlo en el agua, en ese instante en que su boca estuvo tan cerca que podía sentir su aliento.

Lo había deseado con cada fibra, pero no lo hice.

Un beso habría vuelto todo demasiado real, y yo no estaba lista para eso.

No para sentir otra vez que el suelo se movía, para abrirme sin saber si después dolería y con Kai…

el golpe podría ser demasiado fuerte. Así que me protegí instintivamente: apoyé mi frente en la suya, buscando frenar lo inevitable.

—No te duermas —bromeé.

—Muy tarde —sonrió con los ojos cerrados.

—¿Así conquistas a todas?

—¿Eres celosa, Bea?

—Tonto —me reí bajito.

El aire ya olía a final de día. A cosas que no se dicen. A promesa.

Kai seguía recostado sobre mis piernas. No dormido, solo entregado al momento. Su pecho subía y bajaba lento. Confiado. Más de lo que yo misma confiaba en mí, y ahí en silencio, me tomé un segundo para mirarlo de verdad.

Era guapo sí, aunque no era eso lo que más me desarmaba.

Era la forma en que descansaba, la seguridad sin ruido, la manera en que su cuerpo se rendía al momento, sin necesidad de pose.

Su cuello, la línea definida de la mandíbula, la sombra de barba asomando como si llevara días viajando, la piel dorada por el sol con gotas de agua trazando caminos lentos sobre sus hombros y su pecho.

Músculos marcados, sin pretensión, las piernas fuertes, los pies descalzos medio hundidos en la arena, extrañamente íntimos.

Había algo profundamente masculino en él. Natural. Era un par de años más joven que yo, pero no importaba. No se notaba en su cuerpo, ni en su forma de estar, mucho menos en cómo me hacía sentir.

Me tocaba un lugar que no había dejado que tocaran en mucho tiempo.

Una ternura absurda que me hacía querer reír y llorar a la vez.

Mi cuerpo no sabía qué hacer con tanto, y al mismo tiempo, una electricidad muy real: su pelo entre mis dedos, su peso descansando sobre mí, ese instante suspendido sin necesidad de explicaciones.

No sabía qué era esto, pero si se sentía así…

lo quería todo. Mirándolo ahí, tan cerca, ya lo sabía.

Con beso o sin beso, estaba más metida de lo que quería admitir.

Después de un rato, se incorporó y pusimos música en su móvil. Una playlist improvisada. Mitad suya, mitad mía, y nuestras canciones encajaban.

Tomé fotos con la cámara. De las rocas, del cielo, de nuestras manos llenas de arena, de él. De nosotros. Cuando el sol ya casi tocaba el mar, él sacó un ukelele de su mochila.

—¿Vas a tocarme algo o solo estás presumiendo tus talentos? —pregunté recostándome sobre los codos.

—Ambas —contestó con esa sonrisa pícara que me volvía loca, guiñando un ojo.

— Además, ¿dónde está Lily?

—Lily tuvo que quedarse en el hotel. Eras tú o ella en la moto, así que tuve que decidir.

Me reí.

—A ver, sorpréndeme.

Kai se sentó con las piernas cruzadas y afinó el ukelele sin apuro.

Yo me acomodé más cerca, sentándome a su lado y abrazando mis piernas.

Entonces empezó a tocar. Su voz acompañó las cuerdas: suave, sincera, ligeramente rota.

Cantaba de una manera que se sentía íntima. Reconocí la canción enseguida. Iris.

Mecía mi cuerpo al ritmo del ukelele, lo miré y sentí que algo se me abría por dentro. Este chico es terriblemente sexy y va a acabar conmigo.

Empecé a tararear, primero apenas, hasta que me animé a seguir la letra.

And all I can taste is this moment…

Él siguió tocando pero se giró hacia mí sorprendido. Yo seguí, me dejó cantar el coro sola, mientras me miraba con sus ojos brillantes. Cuando terminé, él estaba inmóvil. Sus dedos sobre las cuerdas. Los ojos fijos en mí y esa sonrisa.

—No sabía que cantabas —comentó.

—A veces —respondí bajito—. Es un secreto entre la ducha y yo.

Él no dijo nada enseguida. Solo me miró como si yo fuera otra canción. Una que no sabía que necesitaba escuchar. Entonces, sin apartar la mirada, añadió:

—Prométeme que no vas a esconder eso de mí otra vez.

No le respondí enseguida porque en ese momento, me daba miedo prometerle algo que sabía que ya no podría evitar.