Chapter 24
Kai
Vestía un vestido corto y suelto con un bolso colorido. El cabello todavía mojado por la ducha y ese aroma que me encantaba y aún no lograba definir.
—¿Lista para mi plan? —pregunté.
—No tengo idea de qué me espera… pero sí. Definitivamente sí —dijo cerrando la puerta.
Bajamos juntos. No hablamos mucho, no hacía falta. La moto nos esperaba justo frente al hotel. Una de las chicas del equipo local me la había conseguido la noche anterior. Le pasé a Bea el casco extra que había pedido. No sabía definir si su cara era de sorpresa o de miedo.
—¿Confías en mí? —le dije, extendiendo mi mano hacia ella.
Ella la tomó con calma.
—¿Quién eres… Aladín? —se burló—. Solo si no vas muy rápido.
—Trato hecho.
El motor vibró bajo nosotros con suavidad.
El viento hizo lo suyo. Al principio, sus manos tocaron mis costados con cautela.
Luego sus brazos se cerraron un poco más y con eso ya me sentí ganador del día.
No dije nada, pero lo sentí todo. Confirmando una vez más que con Bea las cosas son…
diferentes. Ella me calma, y al mismo tiempo me desarma.
Nos alejamos del centro, por un camino rodeado de verde.
Palmas altas, cielo limpio. Había estado aquí antes, años atrás.
Recordaba la playa: pequeña, escondida, difícil de encontrar y perfecta para desaparecer.
Después de media hora, estacioné la moto en un claro.
Todo era sonido de pájaros, insectos y el mar respirando cerca.
—¿Dónde estamos? —preguntó bajándose.
—Falta un poco, confía en mí.
Caminamos cinco minutos más, por un sendero de tierra estrecho. Ella no preguntó. La tomé de la mano y me siguió sin dudar. Al llegar abajo, entre dos formaciones rocosas, se encontraba una playa pequeña con arena clara y agua transparente. No habían casas ni gente, solo el mar y nosotros.
—Wow —dijo, deteniéndose junto a mí.
—Bienvenida al paraíso, Bee.
Se giró para mirarme. Sonreía, pero no como antes. Esta vez era de esas sonrisas que agradecen en voz baja. Bajamos y extendimos un par de toallas. Dejamos nuestras cosas bajo una palmera, apropiándonos del rincón que el universo nos había reservado.
Bea se quitó el vestido de un tirón. Debajo llevaba un bikini negro sencillo, pero sobre ella era otra historia.
Tenía el tipo de cuerpo que te hace olvidar de qué estabas hablando.
Piernas largas, torneadas, bronceadas. Las había visto antes, claro, pero ahora sin nada que las cubriera eran otra cosa.
Una completa jodida distracción. Cuando se dio la vuelta y la vi de espaldas tuve que sentarme.
¿En qué momento había estado cargando ese culo?
¿Y en qué mundo estaba yo que no me había percatado de tremendo espectáculo?
Era redondo, firme, alto. Perfecto. De esos que no necesitan ni shorts ajustados para llamar la atención.
Tragué saliva y apreté la mandíbula. Mi cuerpo reaccionó antes que yo.
Su pecho, aunque pequeño, encajaba exactamente con todo lo demás. Era jodidamente sexy en su proporción. Natural e irresistible. Bea no era una mujer presumida, pero sin duda era hermosa y lo sabía.
Era todo. No solo el cuerpo, aunque joder… el cuerpo ayudaba. Era su seguridad. La forma en que caminaba descalza sobre la arena.
Llevaba un accesorio con pequeñas conchas en su tobillo.
Su cabello largo se deslizaba por su pecho.
Al verla, sentí una punzada de deseo, claro.
¿Cómo no? Pero también algo más jodido de explicar.
Como un instinto que no había sentido antes.
Una urgencia de no compartirla, la certeza de que no quería que nadie más la viera así: con el pelo alborotado, la piel brillando con el sol, el cuerpo relajado como si el mundo entero fuera suyo.
Era hermosa pero era más que eso. Era… Bea.
En ese momento supe que iba querer ese asiento en primera fila por mucho tiempo.
Quería que, si alguien tenía el privilegio de verla así, una y otra vez, fuera yo.
Ella caminó hacia el agua con paso tranquilo, como si llevara años conociendo esa playa. Se sumergió de golpe, ni un quejido por la temperatura, ni un gesto de duda.
Cuando salió del agua, se recogió el pelo hacia atrás con las dos manos, y su bikini se pegó a la piel como una segunda capa. No ayudaba en nada, o sí, dependiendo del autocontrol. El mío, en ese momento, estaba bastante lejos de aquí.
Bea flotó un rato, con los ojos cerrados, la cara al sol, sonriendo sola. Yo me quedé ahí, de pie en la arena, viendo cómo el agua resbalaba por su cuerpo, marcando cada curva, cada línea. Cada jodido centímetro. Iba a quedarme observando, pero entonces giró el rostro y me dijo:
—No me has traído hasta aquí para que me bañe sola, ¿o sí?
Me reí y me puse de pie.
—Jamás, y menos si me lo pides así —respondí mientras me quitaba las sandalias y la camiseta.
El agua estaba tibia, clara, tan limpia que podía ver sus pies moviéndose bajo la superficie. Cuando llegué a su lado se impulsó hacia mí de espaldas, dejándose flotar a pocos centímetros de mi cuerpo.
—Esto es perfecto —murmuró, casi para ella misma.
—Lo sé —respondí en voz alta sin darme cuenta, porque me refería a ella. Es perfecta.
No la toqué. Pero podía sentirla ahí, suspendida en el mismo silencio que yo. Por un momento, el mundo entero se redujo a ese espacio entre su piel y la mía.
Ella se giró de pronto y me salpicó en la cara con una risa suave. Me encantaba cómo reía. Como si no supiera que la felicidad asusta.
—¿Eso fue necesario? —pregunté, fingiendo gravedad.
—Totalmente. Tenías una cara muy seca.
—¿Y tú no puedes soportar eso?
Se rió a carcajadas.
—Gracias por tu compromiso con la humedad facial ajena.
—No hay de qué.
Me reí. Por la forma en que su voz flotaba sobre el agua sin peso. Nadó un poco más allá y yo fui tras ella. Cuando se detuvo, estábamos lejos de la orilla. Todo era más pequeño, más callado. Solo ella, yo, y el agua moviéndose a nuestro alrededor.
Nos quedamos frente a frente. Esta vez, sin bromas. Sin defensa. Solo ese tipo de silencio que sabe lo que está pasando, incluso antes de que pase.
Me acerqué despacio. El agua no enfriaba nada, si acaso amplificaba el calor que venía de su cuerpo. Ella no se movió. Me miró directo, segura de lo que quería.
Nuestros cuerpos se rozaron. Poco a poco, piel húmeda contra piel húmeda. Nada forzado, ni torpe. Como si ya nos conociéramos así, sin ropa de por medio. Como si nuestros cuerpos recordaran algo que nosotros aún no habíamos vivido.
Cuando estuve tan cerca que podía contarle hasta las pestañas, bajó la mirada a mi boca y cuando volvió a subirla, entendí que estaba tan jodidamente tentada como yo.
Mis manos encontraron su cintura, bajo el agua y ella se dejó sostener.
Su piel era suave, firme. Mis dedos temblaron.
Mi cuerpo también. Pero no por nervios. Por ganas.
Quería acercarla más, pegarla a mí. Que no hubiera espacio, ni excusas.
Ella se dejó, sus manos se apoyaron en mi pecho y sus piernas abrazaron mis caderas, respirando hondo, con las pupilas dilatadas y el corazón latiendo en su cuello, soltó un suave gemido. Joder.
La acerqué más hacia mí con deseo, llevando sus labios hacia los míos. Y justo cuando apenas rocé su boca, ladeó la cabeza un poco y luego apoyó su frente en la mía. No me besó pero no se alejó. No rompió la tensión, solo la sostuvo.
—Es perfecto así —dijo susurrando sin mirarme.
No supe si hablaba de la playa o de lo que casi dejamos pasar. No pregunté. No lo dije, me mordí la lengua y me quedé ahí.
Cerré los ojos. La sostuve un poco más fuerte.
Sentí cómo todo mi cuerpo reaccionaba a ella, y tuve que morderme la lengua, literalmente, para no ceder.
Menos mal que el agua lo cubría todo. Porque si no, no habría manera de disimular lo que me provocaba, aunque seguramente Bea ya lo había sentido todo.
Nos quedamos ahí. Suspendidos y supe, con esa seguridad que golpea bajo las costillas, que ese momento iba a marcarme. Que después de Bea, ya no iba a ser el mismo.
Sin pensarlo demasiado, incliné un poco la cabeza y rocé mis labios en su frente.
Un gesto simple, sin exigencias ni prisa.
Ella soltó un suspiro leve y me abrazó. Si algo he aprendido a base de errores y estupideces, es que lo que vale la pena no se empuja, se espera y se cuida.
Y aunque esto lo sé desde hace un tiempo, es la primera vez que lo pongo en práctica.