2. Bea
La llegada al hotel fue más organizada y fluida.
Era un hotel boutique cuyo diseño parecía fundirse con la naturaleza: madera, piedra y verde por todas partes.
Desde el lobby abierto se veían estanques con lirios, pasarelas de bambú y faroles de mimbre que colgaban como luciérnagas gigantes. El aire olía a jazmín y a mar.
Mi habitación también tenía su encanto: paredes blancas con detalles en madera natural, cortinas gruesas color arena, una lámpara de pajilla que proyectaba un círculo cálido sobre la mesita, y un gran ventanal que daba a un patio interior lleno de buganvillas y palmeras torcidas por el viento.
El suelo de madera crujía suavemente bajo los pies y encima del escritorio, una tetera eléctrica con tazas de cerámica artesanal y una bandeja de frutas locales.
Sobre la cama descansaban dos almohadas gigantes con sábanas de lino y el aire acondicionado murmuraba a una temperatura perfecta.
Afuera las voces del equipo se escuchaban de fondo, apagadas por el sonido de las hojas cayendo y la distancia.
Dejé mi mochila sobre un banco de madera junto al minibar y me quité los zapatos. El frescor del suelo fue un alivio instantáneo. Silencio. Finalmente. Me dejé caer sobre la cama sin deshacerla. Solo quería estar ahí unos minutos, estirada, dejando que el cuerpo aterrizara del todo.
Respiré profundo con los ojos cerrados. El olor a mar se mezclaba con el del jabón del hotel y un leve toque a madera vieja.
Todo a mi alrededor era ajeno, nuevo, casi abrumador en su belleza…
y aun así, no podía evitar que mis pensamientos volvieran una y otra vez a él.
Me obligué a no sonreír. Suficiente, me dije.
Fue solo una conversación. No fue nada. Pero no era cierto.
Había algo y lo sabía. Lo peor era que había sido fácil y eso no me pasaba seguido.
Ni con extraños, ni con actores, con nadie, en realidad.
Me giré boca arriba y miré el techo. Probablemente él no lo sintió de la misma manera.
Quizá solo estaba siendo amable y encantador como es con todo el mundo, me repetí eso como un mantra.
Aunque solo me sirvió durante cinco minutos, luego me levanté, abrí la maleta, y comencé a sacar las carpetas del proyecto, las fotos de las locaciones, mis libretas de muestras, la laptop. Orden. Rutina. Trabajo.
Encendí la lámpara del escritorio y repasé los próximos días.
La luz cálida empezó a dominar el espacio mientras afuera el azul se iba cerrando poco a poco.
Para cuando terminé, ya era de noche y mañana comenzaba oficialmente la semana -5 de preproducción.
Había mucho trabajo por delante, muchas presentaciones y reuniones con cámara, dirección y locaciones. Tenía que estar concentrada. Enfocada.
Cuando abrí mi libreta, en la última página escrita había una lista de palabras: Oxidado. Bambú. Ceniza. Azul sombra. Seda vieja. Eran referencias de texturas para uno de los sets principales. Las leí una por una. Cerré los ojos tratando de visualizarlo.
Y justo en ese momento sentí una vibración breve. Miré la pantalla sin pensar. Una notificación: Instagram. Era un mensaje directo de alguien.
Dime que estás pensando tanto en mí como yo en ti.
Kai. Así. Sin rodeos. Sin más. Bajé la vista al emoji. ¿Una abeja? No había dicho “B” en el aeropuerto. Había dicho “Bee”.
Quiero decir… mi nombre es Bea, no es exactamente un acertijo lingüístico.
Tampoco era un apodo particularmente creativo.
A menos que no fuera por eso. Observé el emoji un segundo más.
No tenía idea de a qué se refería… pero, por alguna razón, me hizo gracia.
No sabía si reírme o bloquearlo. No porque no me gustara…
sino precisamente por eso. Porque si contestaba, sabía que estaba abriendo una puerta que no estaba segura de querer abrir en este momento.
Pero por supuesto, sonreí. Como adolescente sacada de uno de esos libros que fingía no leer.
Eso quería decir que el lo sintió. Claro que sí. Una conexión casi palpable. Inevitable. Eso o Kai acostumbra a revisar todos sus followers para escribirle a una chica que acaba de conocer. Aunque, con mi suerte, también era posible que tuviera una plantilla de mensajes listos para enviar.
¿Siempre eres así de directo?
El visto de mi mensaje no tardó ni tres segundos y entonces, su respuesta:
Tomaré eso como un sí.
Me reí en voz alta. Literalmente. Subí la mirada y me vi reflejada en el espejo del armario. Tenía una sonrisa de oreja a oreja. Casi me avergoncé de mí misma.
—No —me dije en voz baja— No empieces.
Sin embargo mis dedos ya escribían:
Solo diré que hace un rato me encontré casualmente con tu feed.
Es cierto, de camino al hotel, no pude evitar buscar su cuenta en Instagram, la misma que seguía hace muchos años pero que hacía mucho no tenía presente hasta hoy y, obviamente, no fue casualidad.
No soy una persona muy activa en redes y por lo visto, él tampoco.
Para ser una celebridad parece que postea muy poco.
Al parecer por lo que pude ver en su perfil tiene un perro muy lindo y hace muchas actividades al aire libre: playa, senderismo…
eso, o simplemente le gusta ir por la vida sin camiseta. Con ese cuerpo, no lo culpo.
Tres puntitos. Estaba escribiendo.
¿Tomamos algo? Estamos en el mismo hotel, ¿cierto? En el Central Orchid.
Cierto. Lo supe desde que lo escuché en el aeropuerto. Me mordí el labio y miré la hora. Eran las 10 y mañana había que madrugar. Respondí, intentando poner una barrera.
Sí, pero mañana hay que madrugar.
No creo que sea buena idea.
Pasaron unos segundos.
Vamos… un té, para dormir mejor. Prometo que no te haré pasar vergüenza otra vez.
¿A quién engaño? La sonrisa volvió, más suave esta vez. Más peligrosa. Me recosté de nuevo sobre la cama sosteniendo el teléfono entre las manos, aún sin responder.
Cuando me llegó una notificación nueva:
@kai_ ahora te sigue.