Chapter 10
Bea
El aeropuerto de Koh Samui parecía salido de una postal.
Era como una gran choza que intentaba mezclarse con lo industrial sin demasiado éxito.
Techos altos de madera, plantas por todas partes y un aire cálido que abrazaba con fuerza.
Era encantador… si no llevara diecisiete horas viajando y una maleta llena de materiales de trabajo.
La fila para migración serpenteaba más de lo que la lógica permitía. Al fondo, un par de ventiladores giraban sin demasiada convicción. Los turistas se abanicaban con lo que encontraban: pasaportes, gorras, incluso una tabla de surf inflable.
Yo me colocaba la mochila al frente cada dos minutos, intentando distribuir el peso.
Solo quería pasar al otro lado, ducharme y no pensar por un rato.
A mi lado, Kai caminaba con la calma de quien no tiene prisa por llegar.
Él parecía llevar un tiempo distinto. Caminaba como quien observa más que como quien avanza, y claro…
desde su altura, debía de tener mejor perspectiva.
No sé qué etapa de su famosa pubertad me perdí, pero Kai era…
alto. Muy alto. Nota mental: usar más redes sociales.
Kai llevaba a “Lily” colgada en la espalda.
No hablaba todo el tiempo, pero cuando lo hacía, sus preguntas eran directas, sin muchas vueltas.
Me sentía... interrogada. Aunque no de una forma incómoda.
Más bien era como alguien que quisiera ver más allá de la superficie. Como si mi historia le importara.
—Dámela —dijo de pronto, inclinando la cabeza hacia mi mochila— Te la cargo un rato.
—No hace falta —respondí rápido, ajustándome las correas— Estoy bien.
—No lo parece. La vas cambiando de lado cada dos pasos. —Señaló con una media sonrisa.
Lo miré, dudando, pero al final se la tendí.
La tomó con naturalidad, y solté un suspiro que no supe si era de alivio o de rendición.
Cuando se la colgó al hombro como si no pesara nada, sentí una incomodidad extraña.
Era raro sentir cómo alguien me quitaba un peso de encima sin pedir nada a cambio.
—Entonces ¿dijiste que tu hermana vive en París? —preguntó.
—Sí. Se mudó el año pasado. Es abogada. Y siempre está ocupada. Le gusta tenerlo todo bajo control —dije, sonriendo con cariño.
—¿Y se llevan bien?
—Mucho —asentí— aunque somos completamente diferentes.
—¿Diferentes cómo?
—No sé… —me encogí de hombros—. París nunca ha sido muy lo mío.
—¿Ah, no? —arqueó una ceja—. C’est dommage.
—¿Hablas francés? —pregunté.
—Sí —respondió, como si nada—. Crecí en Montreal.
Lo miré un segundo más de la cuenta.
—No te pega.
Sonrió.
—¿El francés o Montreal?
—Las dos cosas —admití, cruzándome de brazos—. Tenía otra teoría sobre ti.
—A ver. Sorpréndeme.
—Actor de ciudad grande, vida caótica, cero paciencia para el frío… —enumeré, contando con los dedos—. Y definitivamente no el tipo que se aprendió dos idiomas por obligación.
Soltó una risa baja.
—Te falta información.
—¿Ah, sí?
—Bastante —respondió, mirándome directo—. Pero puedes ir descubriéndola poco a poco.
Sonreí mirándolo.
—Antes dijiste que tú y tu hermana eran completamente diferentes —retomó, sin apartar la mirada—.¿A qué te referías con eso?
—Clara es toda estructura, racional... Yo también soy organizada, pero… diferente.
—¿Cómo?
—No sé —me encogí de hombros— En el trabajo tengo que ser precisa, meticulosa. El arte no se construye sin orden, aunque no lo parezca. Sin embargo, en lo personal… soy más intuitiva. Más de dejarme llevar por mis sensaciones.
—Ajá —dijo Kai, con esa sonrisa suya de quien ya está escribiendo una réplica en la cabeza—. ¿O sea que tú eres el arte y ella es el Excel?
Solté una carcajada.
—Podría decirse así.
Sonreí porque así mismo lo hemos explicado toda la vida. Avanzamos un poco más. Alex, varios pasos detrás de nosotros parecía estar en otra película. Lo vi inclinarse hacia un grupo de chicas extranjeras.
—Tu amigo no pierde el tiempo —comenté divertida.
—Digamos que el romance es su idioma universal —dijo Kai.
Me reí. Justo en ese momento, alguien del equipo técnico pasó por nuestro lado. Me saludó con la mano y yo respondí con una sonrisa rápida. Sentí la mirada de Kai.
—¿Novio? —preguntó, sin girarse con total naturalidad.
—¿Eso qué fue? ¿Una pregunta o una hipótesis?
—Curiosidad profesional.
—No. Nada de eso.
Silencio. Caminó unos pasos delante de mí con ambas mochilas al hombro, como si fuera lo más natural del mundo. El aire era más fresco cerca del mostrador, aunque igual de espeso.
—¿Y tú? —pregunté, por seguir la conversación más que por curiosidad, o eso me dije a mí misma.
—¿Qué hay de mí?
—¿Estás solo?
Desvió la mirada un segundo, tomándose su tiempo antes de contestar.
—Sí. Desde hace un tiempo… A veces las cosas no encajan.
Me lo dijo sin expectativas, sin necesidad de impresionar.
—Eso pasa —murmuré, como si supiera de lo que hablaba.
Podía haber quedado ahí su comentario, pero no lo hizo.
—A veces pienso que me acostumbré demasiado a estar solo —añadió, sin mirarme—. Uno se vuelve eficiente en eso. No sé si es independencia… o una especie de miedo bien disfrazado.
—¿Y no te molesta? —pregunté.
—¿La soledad?
Asentí.
—Algunas noches sí —sonrió mirándome— O cuando pasa algo bonito y no tengo con quién compartirlo. Pero otras… otras la soledad se siente como un refugio. Uno que no me falla.
Avanzamos un poco más en la fila. El aire parecía moverse mejor cerca del mostrador, aunque seguía espeso y cargado. Lo observé sin decir nada. Había algo en la forma en que lo había dicho todo que me removía. No por lo que implicaba, sino porque reconocía ese mismo doble filo en mí.
—¿Y tú? —preguntó entonces, sin girarse del todo—. ¿Estás sola por elección… o por...?
—Por defensa —respondí interrumpiéndole casi sin pensar—. A veces tengo la sensación de que si dejo entrar a alguien, se desordena todo y siento que no tengo energía para recoger el desastre.
No pensé antes de hablar. No estaba segura de por qué había dicho eso. No solía repartir mis heridas en la fila de migración de un aeropuerto.
Kai me miró sin juzgarme, como si entendiera. Ese tipo de mirada… dolía menos. O quizá igual, pero distinto.
Justo en ese momento, la voz metálica del altavoz anunció nuevos vuelos y la fila avanzó hasta que de pronto ya éramos los siguientes. No sabía cómo habíamos llegado hasta ahí tan rápido. O tal vez sí. A veces, una conversación sincera acelera el tiempo de otra forma.
Kai aún llevaba mi mochila colgada en un hombro cuando nos acercamos al mostrador final. Entonces me la devolvió con un gesto tranquilo. La recibí acomodándomela despacio, y respiré hondo. Por alguna razón, tuve la sensación de que todo esto apenas estaba comenzando.
Me dejó pasar a mí primero pero lo observé mientras le sonreía a la chica de migración con una naturalidad desarmante.
Le agradeció en un inglés suave e hizo un comentario breve que no alcancé a escuchar del todo, ella le devolvió la sonrisa sin pensarlo.
Parecía fácil llevarse bien con él. Seguramente era así con todo el mundo.
Finalmente salimos de migración y de repenteTailandia ya no era un aeropuerto ni una conversación casual. Era un rodaje. Una película. Un trabajo.
La caminata hasta el punto de encuentro fue lenta.
Demasiada gente y ruido. Mientras avanzábamos, intenté no sobrepensar en lo que acababa de pasar: en la conversación, en sus gestos, en cómo me había escuchado.
Aunque fue bonito e inesperado, también fue probablemente solo eso.
Una buena charla. Nada más. Kai parecía ser el tipo de persona encantadora con todo el mundo.
Me repetí que no era yo, era él. Después de todo era un actor y así son los actores, ¿no?
Así que, si quería mantener la cabeza enfocada, tenía que cortar de raíz esa parte de mí que ya estaba intentando escribir un guion con él como protagonista.
Al acercarnos al área designada, empecé a reconocer caras del equipo de arte: Daniela, mi asistente. Luis, el carpintero jefe. Iván, de utilería. Y otros cuatro que se acercaron de inmediato en cuanto me vieron.
—¡Jefa! —exclamó Luis, dándome un golpe suave en el hombro—. Pensé que te habían secuestrado.
—Te hiciste de rogar —añadió Dani cuando me vio acercarme.
—La fila de migración parecía el Camino de Santiago Pensé en rendirme un par de veces.
—Pero sabías que si no aparecías iba a empezar a llamarte cada dos minutos —respondió Dani— Eso y que no quería que tomaras decisiones sin mi opinión.
—Tranquila, solo elegí la peor camioneta disponible en lo que estuve sin ti—dije bromeando.
—Perfecto, todo en orden entonces.
—¿Todos llegaron bien?
—Sí, solo que estamos medio derretidos. Esto parecía un sauna con maletas —respondió Iván, indignado.
—Ideal para empezar la semana con el pie izquierdo —añadió Dani.
—O para comprobar quién aguanta de verdad este rodaje.
Nos fuimos reuniendo en círculo, esperando instrucciones invisibles.
En medio del ruido vi cómo Kai y Alex quedaban un poco más atrás, saludando a alguien que venía del otro lado.
En ese momento apareció Elena, la directora de casting, visiblemente fresca a pesar del caos. Se acercó directamente a ellos.
—Chicos, por aquí —indicó señalando discretamente hacia la salida.
—¿Se van con nosotros al hotel? —preguntó uno de los asistentes de producción.
—Sí, pero en otro transporte —aclaró ella—. Tienen una reunión ahora con Martín. Ya los está esperando.
Y así sin más, los vi alejarse. No hubo despedida. Solo una mirada rápida de Kai antes de subir al SUV negro que los esperaba. No sonrió esta vez. Solo asintió suave. Como un gesto de hasta luego que no estaba seguro de si debía hacer.
Yo asentí también. Y luego, me di la vuelta.
Nos subieron a un bus amplio y viejo, con asientos de cuero sintético y el aire acondicionado luchando por respirar. Me senté junto a Dani, que ya había abierto una carpeta con documentos impresos.
—Qué emoción estar aquí ya —me comentó feliz en voz baja— ¿Todo bien?
—Sí —respondí, mirando por la ventana— Todo bien.
Pero mientras hablaba me descubrí buscándolo. Algo en mí no quería dejarlo atrás del todo.
Y entonces me forcé a volver. A la conversación. Al trabajo.
A la razón por la que estaba aquí.
Lo demás… probablemente solo estaba en mi cabeza.