Luces, cámara, amor Chapter 9
4%

Chapter 9

Kai

Esa sonrisa. No era una de esas grandes y explosivas. Era pequeña y sincera, y por alguna razón, eso me gustó aún más.

—¿Es tu primera vez en Tailandia? —pregunté, apoyándome sobre la mesa y acercándome más a ella.

—Sí. Recuerdo que de pequeña siempre había querido venir y ver elefantes, pero nunca había tenido la oportunidad. Es una pena venir con ojos de trabajo. Aunque igual estoy muy emocionada.

—¿Y qué ves con esos ojos? —Me miró, ladeando un poco la cabeza.

—Veo cómo la luz se cuela en los rincones. Cómo respiran las texturas. Me detengo en los detalles que otros pasan por alto. Una sombra que cae distinta. Un borde imperfecto. Un color que no debería estar ahí y sin embargo, encaja. Cosas que cuentan secretos.

—¿Texturas? —intervino Alex, curioso.

—Sí. El cine no solo se ve, se siente. La textura de una escena importa. A veces una tela, una pared rugosa o el reflejo en un cristal dice más del personaje que su diálogo. Además, me gusta que cuando los actores entren a un set puedan sentir que realmente les pertenece, que están ahí de verdad.

La miré hipnotizado.

—Wow… siempre he apreciado el trabajo del equipo técnico, pero nunca desde la perspectiva de la creación. Más bien desde su esfuerzo físico.

—Eso pasa… mi trabajo generalmente no se ve, sobre todo para los actores. Ustedes llegan cuando ya todo está listo. Casi nunca pueden apreciar el proceso… Cuando llegan a un set que no parece un set, esa es mi magia.

—Me encanta.

—Totalmente —añadió Alex— Aunque ahora me siento un poco mal por haber ignorado tantas paredes en mi vida.

Todos nos reímos ante su comentario.

—¿Y tú qué piensas cuando llegas a un lugar nuevo? —me preguntó Bea.

—Honestamente… soy muy observador. Me gusta estudiar a la gente, los paisajes, la comida… ver las costumbres, absorber todo lo que pueda para mis personajes y con suerte, inspirarme para componer.

—No sabía que hacías música —dijo ella.

—Sí. Bueno, intento. Tengo algunas cosas en Spotify. Nada enorme, pero ayuda a despejarme.

—Así que la guitarra es tuya —mencionó, señalando con el mentón hacia nuestras mochilas.

—Lily. No puedo dejarla. Viaja conmigo a todas partes.

—Tiene una guitarra con nombre propio… y después se burla de mí por hablarle a mis plantas —comentó Alex a Bea, fingiendo indignación.

—¿Plantas? No te hacía de ese equipo.

—¿Qué equipo?

—El de los que riegan y conversan con su ficus en su tiempo libre.

Alex se llevó una mano al pecho con un aire teatral.

—Pues sí, pero para tu tranquilidad son suculentas. Mucho más cool.

Bea rió.

—Eso me deja más tranquila.

Se hizo un silencio cómodo. La vi darle un sorbo a su bebida mientras miraba a lo lejos —¿Qué libro leías antes? —pregunté.

Ella me miró, curiosa.

—¿Cómo sabes que estaba leyendo?

Lo sabía. Y ella también sabía que lo sabía. Solo sonreí.

—Te dije que era muy observador.

—Me gustaría decir que era algo súper profundo pero en realidad, era una novela romántica —soltó una pequeña risa—. Son mi guilty pleasure.

Yo sonreí, pensando que mi nuevo guilty pleasure era mirarla a ella.

—Y yo que pensaba que venías con pinta de cine europeo deprimente —añadió Alex, recordándonos que también estaba ahí.

—El existencialismo lo dejo para los lunes —respondió Bea riendo.

Quería seguir hablando con ella. Preguntarle qué música le gustaba, qué películas odiaba en secreto, si tenía hermanos, si también le ponía nombres a objetos inanimados… lo que fuera.

Mientras hablaba, apartó un mechón de pelo detrás de la oreja sin darse cuenta. Fue un gesto pequeño pero mi cerebro, siempre demasiado atento para su propio bien, decidió guardarlo en una carpeta llamada “Cosas que quiero volver a ver."

Fue entonces cuando una voz metálica retumbó por los altavoces:

—Atención, pasajeros de los vuelos 802 y 611. El sistema migratorio ha sido restablecido. El equipo de producción de El Manuscrito ya puede dirigirse al área de migración. El punto de encuentro será la puerta B2 una vez finalizado el proceso.

Bea y yo nos miramos al mismo tiempo.

—Ese es nuestro —dijimos a la vez. Y luego reímos, porque claro que lo era.

—Al menos ya no hay que dormir aquí —comentó Alex, levantándose mientras se colgaba el bolso.

Bea se puso de pie con calma. Su expresión había cambiado un poco. No drásticamente, pero como colocándose una capa invisible de profesionalismo. Esa que usan los que están acostumbrados a sostener el mundo sin que se note.

—Probablemente haya más gente del equipo técnico aquí —añadió—Sí. Nosotros llegamos con un grupo de producción —añadió Alex.

Mientras caminábamos hacia migración, con las mochilas al hombro, sentí una mezcla de emociones extraña. No la conocía. No realmente. Aun así, había algo en ella que no me dejaba del todo. Algo que me hacía querer saber más.