Luces, cámara, amor Chapter 12
8%

Chapter 12

Kai

Esperé su respuesta con el teléfono en la mano. No sabía si iba a responder y sinceramente, no sabía si debía hacerlo.

Tiempo perfecto. En el espejo empañado se veía reflejado mi afeitado express.

Me secaba el pelo con una toalla mientras pensaba que este no era exactamente el tipo de encuentro que esperaba tener hoy.

Para empezar, Bea y yo íbamos a estar trabajando juntos durante los próximos meses, así que pasara lo que pasara, seguiríamos siendo colegas, ¿no?

Busqué una camiseta negra y unos shorts. Ropa de no-cita para una no-cita.

Mentira.

Bajé al lobby unos minutos antes, nervioso sin querer parecerlo.

¿Por qué estaba nervioso? Quiero decir… no es por presumir, pero soy actor y no es como si me faltara atención femenina ni masculina si a eso vamos.

Si bien es cierto que no soy Pedro Pascal en la escala de popularidad, sigo siendo joven y mi carrera ha explotado bastante en este último año.

—Es solo una chica —me dije a mí mismo, intentando relajarme.

El lobby estaba tranquilo, con una luz cálida y sonaba música suave, de esa que pretende relajarte. Me senté mirando al ascensor, fingiendo que no esperaba nada, o eso intentaba. Hasta que por fin apareció y no fui capaz de quitarle los ojos de encima.

Llevaba un vestido suelto. Era corto, sí, pero no llamativo.

Era de color claro que resaltaba el tono cálido de su piel, dorada por el sol como si llevara semanas viviendo al aire libre.

Sus piernas, largas y firmes, hablaban sin palabras.

Caminaba sin prisa y sin posar, completamente ajena a que la estaban mirando, y yo que vivo de ese tipo de cosas, no pude dejar de notarlo.

Su cabello… Dios, era largo y caía sobre su espalda en ondas suaves que no parecían hechas, sino heredadas.

Brillaba como si absorbiera la luz de alrededor sin ayuda de ningún truco.

No había ni rastro de maquillaje evidente, ni lo necesitaba.

Su rostro tenía esa claridad honesta de alguien que se conoce bien y no necesita adornarse para existir.

Era una imagen que no buscaba quedarse grabada, y sin embargo, lo hacía. Era guapísima.

Es solo una chica, me repetí nuevamente.

Cuando me vio, sonrió con los labios apenas, no hacía falta nada más. Me levanté porque quedarme sentado después de verla así habría sido una falta de respeto al universo.

—Hola —dije con un intento de voz casual.

—Hola —respondió, acercándose. Su vestido se movía con ella como si supiera que tenía un papel importante esta noche.—¿Té de jengibre o manzanilla? —pregunté.

—Sorpréndeme —dijo sentándose conmigo en uno de los sillones bajos.

Me apoyé en la barra y crucé un par de palabras con el barman. Nada importante. El calor, el vuelo, el caos del día. Nunca está de más saber quién te sirve los tragos. Si iba a pasar semanas ahí, más valía caerle bien desde el primer día.

—¿Tienes jengibre fresco?

Asintió.

—Bien. Dame dos infusiones.

Miré hacia donde estaba Bea.

—Algo que no la decepcione —añadí, bajando la voz.

El tipo sonrió y volví con las infusiones a sentarme con Bea.

—Pensé que ibas a decir que no —admití.

—Yo también pensé que iba a decir que no.

—¿Y por qué cambiaste de opinión?

Se encogió de hombros. —Porque tengo la molesta costumbre de seguir lo que me da curiosidad.

—¿Y te doy curiosidad?

—Aquí estoy, ¿no?

Sonreí. Me encantaba cómo hablaba. Cómo no decía más de lo necesario, pero lo dejaba todo ahí.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Eres siempre así de directo con todo el mundo?

—No. Pero contigo… no me dan ganas de no perder el tiempo.

Se quedó callada un segundo. Tomó la taza y sopló el vapor con delicadeza.

—Eso es un poco peligroso —dijo al fin.

—¿El qué?

—Tú.

Yo me reí bajito.

—Y tú estás acostumbrada a tener el control, ¿no?

Me miró de reojo. —Eso depende… No soy muy estricta, pero necesito entender las cosa, sentirme segura.

—¿Y te molesta no tener el control?

—Me inquieta.

—¿Y eso es bueno o malo?

—No lo he decidido. Depende de quién me lo haga perder…

Hubo un silencio corto, mas no incómodo. Solo denso. De esos en los que uno se da cuenta de que algo importante está empezando, aunque ninguno lo nombre.

—¿Qué te pareció el día de hoy? —preguntó, cambiando de tema.

—Inesperado y largo. —La miré—. Pero también bonito.

Ella bajó la mirada a su taza y volvió a sonreír. La conversación se fue suavizando, ambos conscientes de que algo había cambiado en la forma en que nos mirábamos, ¿cómo ignorarlo?

—¿Qué piensas? —le pregunté.

—Que se enfrió el té —respondió sonriendo, y dio un sorbo como para confirmarlo.

—Sí. Parece que lo olvidamos.

—Es que hablar contigo distrae —añadió sin mirarme.

Esa frase, así como la dijo, se me quedó flotando en el pecho.

—Podría acostumbrarme a distraerte —añadí, y ella levantó la mirada.

Justo en ese momento alguien cruzó por el lobby. Un chico de producción. No nos vio; estábamos en un rincón medio oculto, en penumbra, pero su presencia nos cortó el ritmo por un segundo. Ella lo notó y yo también. Nos quedamos en silencio, apenas respirando.

—¿Te meterías en problemas por esto?

Ella giró apenas el rostro hacia mí.

—¿Esto?

—Estar aquí. Los dos. Solos. Claramente no trabajando.

Se encogió de hombros.

—No estamos haciendo nada malo.

—¿Y si lo parece?

—Entonces que no lo parezca. Además, no, no nos meteríamos en problemas, pero daríamos mucho de qué hablar.

Nos miramos un segundo más. No hacía falta decir lo que los dos estábamos pensando. Había una atracción mutua, palpable. ¿Física? Sí, obvio, pero había algo más. Había algo de Bea que no terminaba de entender. Con ella me sentía distinto… para bien.

—¿Te parece si damos una vuelta por fuera? —preguntó, levantando la vista hacia la puerta de vidrio del hotel, donde el calor tropical aún se sentía al otro lado.

—¿Ahora?

—Ya me convenciste de bajar, ¿no? Ahora no tengo ganas de volver a mi habitación a mirar el techo.

Sonreí por dentro, porque hace tan solo unos minutos estaba intentando convencerme de que Bea era solo una chica más, pero algo me decía que estaba muy equivocado.

—Entonces vamos —dije poniéndome de pie.

Ella se levantó, tomó su taza solo para dejarla en la mesa y me siguió hacia la salida. Mientras salíamos, pensé que tal vez esta historia ya había empezado a escribirse mucho antes de que yo la notara.

La brisa afuera era tibia, cargada de sal y humedad, como una caricia densa que se aferraba a la piel sin pedir permiso.

Caminábamos sin prisa, bordeando el hotel por un sendero de piedra que se deslizaba entre jardines con luces tenues.

El canto de los grillos se mezclaba con el croar lejano de las ranas y de fondo, el sonido del mar acariciando la orilla, invisible pero presente.

No había nadie más, solo nosotros, los pasos tranquilos y esa calma que parecía haberlo detenido todo.

Bea llevaba su teléfono en la mano. Cada tanto se detenía a tomar fotos: una textura en la corteza de un árbol, una luz filtrándose a través de una verja oxidada, el reflejo de una farola en un charco pequeño.

—¿Guardas todo eso? —le pregunté.

—Claro —respondió como si fuera evidente—. Las cosas más impredecibles suelen ser las que terminan en un set.

—¿Y las usas?

—Casi siempre. No me gusta copiar referencias de internet. Me gusta capturar las que nadie vería.

Seguía avanzando, atenta, cazando belleza escondida. Me parecía peligrosamente adorable.

—No está tan mal esto —dijo al rato.

—¿Tailandia de noche o caminar conmigo?

—Todavía no decido cuál de las dos cosas me sorprende más.

—Espero no decepcionar en ninguna.

—Hasta ahora vas bien.

Por un momento no dijimos nada. Solo caminamos. Y fue suficiente.

—¿Siempre quisiste ser actor? —preguntó de pronto

—Sí… y no. Empecé por accidente. Una audición a la que fui acompañando a un amigo; terminé quedándome yo.

—¿Y él?

—No lo llamaron.

—Qué historia tan cruel —respondió sonriendo apenas.

—Fue él quien me convenció de quedarme. Dijo que tenía “cara de alguien al que le pasan cosas”. No sé si era un insulto o un halago.

—Yo diría que tenía razón.

Solté una risa corta. —¿Ah si?

—Si, es algo en tu mirada. —respondió mirándome fijamente, yo le sostuve la mirada.

—¿Y tú? ¿Siempre supiste que querías dedicarte al cine?

—No realmente, lo que sí sabía que quería dedicarme a alguna rama artística. Aunque durante años lo negué o, más bien, me hicieron negarlo. Mi familia es de médicos tradicionales. De los que creen que el arte es un hobby, no una carrera.

—¿Y qué hiciste?

—Diseño de interiores. Lo suficientemente cercano a lo que me gustaba y aceptable para ellos.

—¿Y cómo terminaste aquí?

—Me cansé de diseñar salas sin alma. Quería contar historias. Quería... sentirme dentro de algo más grande. Para las pasantías de la carrera, acompañé a un amigo a una entrevista en una productora y nos terminaron contratando a los dos. Ahí descubrí la dirección de arte.

—¿Sientes que encontraste tu camino?

—Algunas veces siento que sí. —Se giró ligeramente hacia mí—. Hoy, por ejemplo.

No dije nada. No tenía que hacerlo. Compartir con Bea era algo interesante. No era actriz, pero de algún modo pertenecíamos al mismo mundo. No le sorprendía quién era; lo entendía, y eso me hacía sentir relajado.

Seguimos caminando y de repente un pequeño mono bajó de una rama cercana y se posó justo frente a nosotros. Nos miró con curiosidad, moviendo la cabeza como evaluando si valíamos su tiempo.

—Me muerooooo, mira qué lindo —dijo ella con los ojos iluminados.

—¡Increíble! —respondí, conteniendo la risa.

El monito se acercó un poco más. Primero a ella, luego a mí, y sin pensarlo demasiado, saltó directo a mi hombro.

—¡Wow! —exclamé, congelado, con los brazos en el aire, con miedo de asustarlo.

Bea estalló en una risa tan genuina que tuve que morderme la lengua para no decirle que se veía preciosa cuando se reía así.

—¡No te muevas! —soltó entre carcajadas, y sacó el teléfono con rapidez.

El monito parecía posar, cómodo, aferrado a mi cuello.

—¿Lo estás grabando o tomando fotos?

—Ambas. Esto merece un lugar en mi memoria. Y tal vez en tu próximo casting.

El monito bajó de mi hombro con la misma calma con la que subió, caminó un par de pasos por el sendero y luego se trepó por el tronco de un árbol hasta perderse en la espesura. Nos quedamos unos segundos en silencio.

—Eso fue surreal —murmuró.

—Mágico —añadí mirándola.

Bea se giró hacia mí, aún sonriendo, y me mostró la foto. Estaba un poco desenfocada, pero se veía mi cara con el monito encima de mí como si fuéramos amigos de toda la vida.

—Estoy segura de que mucha gente pagaría por una foto así, está increíble.

—Envíamela.

Después de un rato, la acompañé de regreso directamente a su habitación. Cuando llegamos a su puerta, se giró hacia mí.

—Gracias por el té. Y por la compañía.

—Gracias por bajar.

Nos quedamos mirándonos. Cerca. Demasiado cerca para ser solo colegas.

En otra circunstancia, probablemente entraría a su habitación con ella, pero con Bea no me atrevía.

Sus ojos me miraban brillantes; estaba seguro de que me devolvería un beso, pero por esta vez prefiería tomar las cosas con calma.

Sin pensarlo demasiado, le tomé la mano.

Su piel era cálida y suave. La electricidad fue inmediata.

Ella se quedó quieta. No retiró la mano, ni la mirada.

Yo tragué saliva porque ahora que la toqué, no sé si realmente podría resistirme a ella.

—¿Tú también lo sientes, verdad? —pregunté en voz baja, acercándome más.

Bea no respondió de inmediato. Solo me miró y en ese segundo, su silencio dijo más que cualquier frase. Después, con suavidad, asintió y bajó la mirada, separándose de mí.

—Buenas noches, Kai —susurró.

Soltó mi mano y entró en su habitación. Pero su ausencia no hacía que dejara de sentirla en mi piel.