Luces blancas 49
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– ¿ E stás huyendo de algo? —Asher echa una ojeada por el retrovisor conforme sale del aparcamiento y gira hacia la izquierda en dirección a Ventura.

Dez escoge las palabras con cautela. Se lo contará todo dentro de poco, pero debe tomárselo con calma; de lo contrario, lo espantará antes de poder salvarlo.

—No sé surfear —dice sin más—. Tú ibas de camino a hacerlo, ¿verdad?

—Ese era el plan.

—Pero entonces nos hemos cruzado…

—Y me has cambiado los planes. —Asher termina la frase—. Igual que haces siempre que nos cruzamos.

—Típico de nosotros. —Dez le sonríe.

Tarda un momento, pero Asher acaba devolviéndole la sonrisa.

—Entonces… ¿Vamos a conducir y ya? —pregunta.

—Vamos a conducir y ya.

Dez es superconsciente de lo que la rodea cuando entran en la Autopista 1 con el techo del Jeep bajado.

Después de meses de oscuridad en la Aqueronte, la luz diurna y tecnicolor se abalanza sobre ella.

El Pacífico se agita a su izquierda y, a la derecha, la luz moteada del sol atraviesa los árboles.

Todo es demasiado bonito, como si la propia naturaleza estuviese intentando deslumbrarla para que olvide el peligro que corren Asher y ella.

Que podría estar acechando en cualquier sitio.

Tras pasar un instante en silencio, Asher se frota la mandíbula.

—¿Dónde te habías metido, Dez?

—Sé que te debo una explicación…

—Cuando pasamos la noche juntos, pensé… que eras la buena . Y entonces, desapareciste.

—Lo sé. —Cierra los ojos, destrozada.

—Te llamé…

—Lo siento…

—Al principio, me molesté. Y luego me preocupé por ti. Después, fui pasando de una emoción a otra. Pero ahora que estás aquí y veo que sigues viva, creo que debería ponerme como una furia, pero… estoy contento. Es raro.

—Yo también lo estoy. —Dez se traga el nudo que tiene en la garganta—. Me alegro de que sigas vivo.

—No soy yo quien se esfumó. —Gira a la derecha y entra en un aparcamiento cerca de donde Dez ha aterrizado el avión de Jet. Para en un sitio cerca de una señal que indica una ruta.

—¿A dónde vamos? —pregunta Dez, nerviosa, a la vez que echa un vistazo a los árboles inocentes que la rodean.

—Me he dado cuenta de que iba de camino a casa —contesta él—. Pero, si te dejo entrar tal y como quiero hacer y entonces nosotros… y después desapareces por la mañana… —Niega con la cabeza—. No puedo volver a pasar por eso. —Señala por la ventana—. Ahí hay un camino. Podríamos dar un paseo.

Dez se plantea los peligros de hacer una caminata, a sabiendas de que los riesgos a los que se enfrentan podrían salir de cualquier parte y lo harán.

Se siente más tranquila desde que se han alejado de la costa, aunque no sabe si aquí, sentados en el coche, estarán o no más a salvo que en la ruta.

No tiene ni idea. No obstante, decide que tendrá más posibilidades de explicarle la situación y de convencerlo si cede ahora.

—Demos un paseo —responde ella.

El sendero escarpado se aleja del aparcamiento haciendo zigzag y da la vuelta hacia el océano. Las aguas del Pacífico vuelven a cobrar vida con las olas, libres del embrujo del Soma. Dez las observa ondear hacia la orilla. Ha regresado al presente. Y no le queda mucho tiempo.

Mira a Asher por el rabillo del ojo conforme andan.

Él está haciendo lo mismo. Se ríen. Es una sensación liviana.

Pesada. Después de todo el tiempo que ha pasado queriendo volver a verlo y estar justo así, la realidad le resulta poco plausible.

Había olvidado lo alto que es. La forma en la que no para de apartarse el pelo rubio de los ojos.

No puede morir hoy.

—Pareces distinta —comenta.

—¿A qué te refieres? —pregunta Dez, cohibida, a la vez que se aparta un mechón largo detrás de la oreja. ¿La recordaba de otra forma? ¿De una mejor a la que es?

—No me malinterpretes, estás preciosa —contesta—. Solo que pareces haber vivido algunas cosas desde la última vez que estuvimos juntos.

Dez no sabe qué responder. Durante todos esos meses, ha sentido que se acercaba a Asher, que estaba descubriendo más sobre su mundo. No quiere que la vea como una desconocida.

—Puede que sea por la ropa —declara a la vez que estira la mano para tocarle el nudo de la camisa de seda blanca y baja la vista hacia las botas de ante—. ¿Seguro que puedes andar con eso?

—Estoy bien —responde ella—. ¡Cuidado!

Le da la mano y tira de él hacia atrás al llegar al borde de un acantilado delimitado por unas amapolas californianas de un rojo intenso que señalan el final del camino.

Asher dobla la esquina y le lanza una mirada de curiosidad a Dez.

Le tiende la mano para ayudarla. Su roce es cálido y seguro; tiene una piel de una suavidad incomparable.

—¿Te encuentras bien? —pregunta.

—Sí, perdona.

—Supongo que solicitaste plaza en la escuela de cine —dice cuando retoman la marcha.

—Te has acordado.

—No podría olvidarlo —responde. No se han soltado las manos—. Saliste de mi cama antes de que amaneciera para preparar la solicitud.

—Ya. —Dez se muerde el labio inferior. Típico de una alternativa de sí misma renunciar a ver el amanecer en la cama con Asher para terminar la solicitud de una escuela de cine.

Ahora es más lista. Si ha sacado algo en limpio de hacer pelis en la Aqueronte, es que la vida que importa es aquella en la que te quedas con tus seres queridos.

Qué raro decir «seres queridos» para describir a un hombre al que ha visto una sola vez, pero es lo que se le viene a la mente.

—¿Tuviste noticias de la escuela? —pregunta Asher.

Dez solía pensar que su vida dependía de recibir una carta de admisión del Instituto Estadounidense de Cine. Ahora, sabe que su vida depende de esta caminata, de los momentos que están ocurriendo ahora mismo con Asher.

No creía que fuese a preguntarle por la solicitud. Le conmueve que lo haya recordado.

Esas palabras le brindan la oportunidad de mantener la conversación que teme. Aunque sabe que es necesaria. Se aclara la garganta.

—En realidad, me admitieron en otro sitio.

—¡Enhorabuena! —Asher frena, se gira hacia ella y esboza una sonrisa radiante—. ¿Dónde?

Dez baja la vista y juguetea con una piedrecita del camino.

—En un programa al que no tenía pensado asistir.

—¿Sigue estando en Los Ángeles? —Por el tono de la pregunta, Dez se da cuenta de que le interesa saber dónde acabó.

¿Es porque le gustaría que estuviese cerca? El instituto está solo a una hora de Ventura. Dez lo buscó en cuanto conoció a Asher.

—Está en las Montañas Rocosas —responde en voz baja.

—Vaya. —Un instante de decepción le recorre la voz. Se recompone—. Me alegro por ti, Dez. Seguro que es una pasada estar allí arriba. ¿Vas a aceptarlo?

—Asher. —Dez levanta la vista y lo mira a los ojos—. Llevo seis meses en la escuela.

—Ah.

—Y no te he llamado porque…

—No tienes que darme explicaciones.

—Quería hacerlo, pero no pude.

—Podemos centrarnos en disfrutar el hoy, ¿lo sabes?

—Vuelve a echar a andar y se acerca a un terreno de flores verdes y brillantes con unos tallos moteados de rojo.

Dez nunca ha visto unas como esas. Se le acelera el pulso en cuanto Asher estira el brazo y roza los pétalos con las puntas de los dedos.

Dez le agarra la mano y aparta la flor de un manotazo.

—Creo que es venenosa.

—¿En serio?

—Puede ser. No quiero arriesgarme. —Le sujeta los dedos a Asher y se los limpia en la chaqueta en un intento por serenarse el corazón desbocado.

Asher aparta la mano poco a poco.

—¿Siempre te pones así de nerviosa cuando sales a hacer una ruta?

—Solo cuando estoy con alguien a quien no quiero perder. —Dez suelta el aire—. Otra vez.

—Te repito que no me iré a ninguna parte.

¿Cómo le dices a alguien que su muerte ya está escrita? ¿Que, en los próximos diez minutos, si Dez no encuentra el modo de impedirlo, sucederá algo espantoso?

Y si lo consigue , ¿entonces qué?

¿Vendrán a buscarla? ¿Llegarán Rafe o Jet con una jeringuilla en mano y la alejarán de Asher? ¿Qué harán con ella entonces? Se dice a sí misma que puede soportar cualquier cosa con tal de que Asher siga con vida.

—¿Recuerdas la peli francesa que me enseñaste? —pregunta Asher—. Esa en la que un cohete se estrella contra el ojo de la luna.

— Viaje a la Luna —contesta Dez. Es su película favorita. Sin duda, una versión alternativa de ella se la habría puesto a Asher cuando estuvieron juntos en la cama.

—La vi una y otra vez —afirma Asher a la vez que se aparta el pelo rubio de la cara—. Como si tuviese pistas sobre quién eras. O dónde te habías metido.

—He vuelto —responde, dándose cuenta de que siempre iba a regresar con Asher, de que nada podría habérselo impedido.

Da un paso hacia él y levanta la vista. La entusiasma ver el deseo en la mirada del chico, y sabe que sus ojos reflejan lo mismo. Estira el brazo y le apoya una mano en la mejilla lisa y cálida.

Va a besarlo. Después de todo este tiempo, por fin va a besar a Asher Ibrahim.

Se pone de puntillas, se inclina hacia delante y…

Asher se aparta y deja caer los brazos de forma que se quedan dándose las manos.

¿Qué ha ocurrido?

¿Le ha llegado la hora?

No, Asher simplemente parece… sorprendido.

—¿Qué decías? —pregunta.

—Eh… pues… —Dez trata de recordarlo. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no se están besando?—. Creo que lo último que he dicho es que he vuelto. Tenía que hacerlo —añade—. Al fin y al cabo, todavía no me has devuelto mi suéter favorito.

Asher ladea la cabeza.

—¿Cómo?

—Es broma —lo tranquiliza—. No era solo por el suéter.

Pero entonces nota que Asher encoge la mano y afloja los dedos, obligándola a aferrarse a él con más fuerza de la que parece natural. Relaja un poco el agarre, desconcertada. Los dos bajan los brazos a los costados.

—¿Qué suéter? —pregunta Asher. Sonríe, pero ya no es una sonrisa cercana, sino una educada que hace que se le revuelvan las tripas. ¿Qué está pasando? ¿Ha sido demasiado directa?

¿Cómo es posible que él no tuviese tantas ganas de besarla como ella a él? Parece imposible y, aun así, algo ha cambiado.