Luces blancas 48 #2
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48 #2

Para cuando llega al aparcamiento junto a la playa, está resollando.

Hay un par de coches, pero el Jeep verde no está por ninguna parte.

Se apresura hasta el extremo para cerciorarse, para echar un vistazo al océano inmóvil.

No lo ve en la playa ni en el agua. Ha llegado a tiempo.

Y, aun así, el peligro está al acecho. Ahí hay algo que quiere acabar con Asher.

Dez tiene que impedir que se meta en el agua.

Pero ¿dónde está? Da la espalda a la playa y divisa otra entrada al aparcamiento a unos noventa metros de distancia. Ve el parachoques de un Jeep verde, inmóvil, a punto de entrar al aparcamiento.

Asher.

Sale disparada a toda velocidad.

Dez deja de correr cuando llega al coche. Ha visto a Asher mil veces durante los últimos meses, aunque esta solo sea la segunda vez que lo ve en persona. La belleza de su versión real le arrebata el aliento.

Durante varios instantes, se limita a observarlo.

A mirarle la piel preciosa y bronceada. El pelo rubio que le cae con suavidad sobre los ojos.

Las manos fuertes y grandes sujetando el volante.

El pulgar con el que le apretó la mano en el pasado para hablarle en una lengua secreta en un aparcamiento a las tantas de la madrugada.

El efecto que le provoca verlo, aunque sea a través del parabrisas, hace que se pregunte cómo reaccionará el muchacho al verla.

Le sudan las manos al imaginárselo. Hacía un par de meses, Dez estaba segura de que Asher la había olvidado.

Ahora, con lo que le hizo a su línea vital, sabe con certeza que la reconocerá.

O al menos a una versión de ella que forma parte de una línea vital alterada.

No obstante, ¿habrá sido real para él? Cuando estaba en su cuarto, clavó la mirada en su suéter durante más tiempo del necesario.

Siente algo por ella después de esa incógnita de noche, así que Dez tendrá que enfrentarse a lo que quiera que sea eso.

Ojalá pudiese sacarlo de esa playa sin tener que devolverlo al tiempo real, sin tener que explicarle que su vida corre peligro y que ella ha venido a salvarlo.

Pero no puede llevarlo a rastras hasta el jet sin tocarlo. Y, aunque pudiera, antes o después acabaría despertándose y tendría que explicarle cómo ha llegado hasta allí y por qué lo alejó de su vida.

No, tiene que hacer esto, debe enfrentarse a él y salvarlo.

Estampa las dos manos contra el capó del Jeep de Asher sin pensar.

Nota la sacudida fuerte y estremecedora del tiempo, como si el suelo hubiese desaparecido bajo sus pies.

El mundo vuelve a ponerse en marcha con un chirrido: los coches se convierten en un borrón en la autopista, el viento le azota el pelo, el océano rompe detrás de ella y Asher pisa el freno con fuerza.

Dez levanta la vista y sus miradas se topan a través del parabrisas. Los dos jadean para recobrar el aliento.

Acaba de salvarle la vida. Es hora de que le devuelva el favor.

Asher sale del Jeep medio segundo después.

—¿Se puede saber qué demonios…?

Y entonces deja la frase en el aire, porque está delante de ella con una expresión salvaje y desconcertada.

Está tan cerca que puede escuchar su respiración.

Lleva unos pantalones cortos anchos y blancos y una sudadera roja en la que pone «Instituto Marítimo de Isla Catalina».

Y sus ojos. Dez percibe el torbellino de emociones en sus ojos avellana.

Podría dar un paso adelante, estirar el brazo y tocarlo.

Estar tan cerca de su cuerpo real marca la diferencia.

—¿Desdemona? —susurra.

Como si hubiese visto un fantasma.

—Soy yo —murmura ella—. Asher.

Un destello de enfado le atraviesa la mirada y se aleja de ella. Como si pudiese hacerle daño. Como si ya se lo hubiese hecho.

—¿Qué haces aquí? —pregunta.

A Dez le duele. Por la forma en la que lo dice, se da cuenta de que cuando pegó ese fragmento de sí misma en su línea vital no solo se besaron en la playa. Salieron a tomar un café, a cenar, a dar un buen paseo en coche o al skatepark .

Durmieron juntos.

Y eso los cambió.

Toda una historia de amor que ocurrió entre el atardecer y el amanecer.

Y entonces, ella se esfumó. Se largó a la Aqueronte, pero él no podría haberlo sabido. No llegó a contárselo.

Ahí está toda la historia, clara como el agua, en el hermoso y atormentado rostro de Asher.

Dos lágrimas le bajan por las mejillas.

—Oye —dice Asher, de pronto con ternura—. No. No llores, Dez.

No puede creerse que esté aquí, con él. No puede creerse que le haya hecho daño. Y ahora, al mirar a su alrededor, a la playa, al cielo, no puede creerse a lo que tendrán que enfrentarse dentro de poco.

Ojalá hubiese aceptado la llamada aquel día, cuando estaba en el jet con Rafe. Entonces habría…

No; no habría podido advertirle que iba a desaparecer, porque en ese momento ella tampoco lo sabía.

—Solía ensayar lo que diría si alguna vez volvía a cruzarme contigo —dice Asher. Da un paso adelante y ladea la cabeza como si estuviese intentando entender lo que pasa. Su mirada le transmite una calidez que nota bajo la piel. Le recuerda a cuando se conocieron.

No tendría que haberlo dejado marchar.

—No digas nada —responde ella al abrir la puerta del copiloto de su Jeep—. Tú conduce.