Luces blancas 48
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D ez encuentra el panel oscuro y brillante a la izquierda de la pantalla de navegación. Levanta el ojo de Jet frente al panel.

«Hola, Jet» , reza el panel con una tipografía similar a la de las biblias antiguas. «¿A dónde iremos hoy?».

—A la playa Point Mugu —contesta Dez con tanta calma como puede.

«Veo una zona al principio de la ruta Chumash donde se puede aterrizar», dice el texto en pantalla. «¿Te gustaría poner rumbo a la ruta Chumash, en Malibú?».

—Sí —contesta Dez, y después traga saliva, aliviada de que al menos alguien esté pensando en el aterrizaje. Estaba demasiado centrada en dar con Asher, en cómo salvarle la vida.

«Toma asiento, por favor», indica la pantalla.

Echa una ojeada a los cuatro asientos. Recuerda en cuál se sentó Rafe para pilotar el avión cuando la trajo a la Aqueronte. Levanta las manos y se sienta en el asiento frente al sistema de navegación con cuidado.

«Todo listo para despegar», reza la pantalla.

Pero el avión no se mueve.

Intenta acordarse de qué movimientos hizo Rafe aquella noche, de cómo los sacó del desierto de Death Valley y recorrió varios estados por el aire sin que ella apenas se diese cuenta.

Parecía resultarle tan fácil que Dez creyó que había alguien más pilotando el avión.

Y Asher la había llamado justo antes de despegar y le había dejado un mensaje en el contestador que había acaparado toda su atención.

Ni se había planteado los entresijos de pilotar el jet.

Y, sin embargo, para cuando llegaron a la Aqueronte, Dez había empezado a comprender lo que estaba ocurriendo, si no de forma consciente, por instinto.

Levantar la vista hacía que el avión se elevase. Bajarla, que descendiera. Si mirabas a la izquierda o a la derecha, hacía un giro, igual que con el manillar de una bici.

En alguna parte del avión hay otro escáner que no consigue leer la retina de Jet. Dez tiene que encontrarlo y activarlo. Sujeta el globo ocular hacia adelante. Lo pasa por el techo. No ocurre nada.

Lo mueve de un lado a otro, igual que hace con el móvil cuando busca cobertura en el desierto. Le martillea el corazón a medida que se asoma para mirar las ventanas oscuras e imponentes de la Aqueronte.

Se imagina a Rafe, inmóvil delante de la puerta. ¿Qué estaría pensando cuando subió las escaleras gritando? ¿Qué iba a hacer cuando llegase hasta ella? Aunque esté congelado, ¿será consciente de lo que pasa? ¿Nota que se mueve a una velocidad distinta a la de ella?

¿Qué esperaba? Debería haber sabido que Dez jamás haría una película sobre Asher. Debería haber sabido que ella haría lo que fuera para salvarlo de la muerte.

Pero, si no encuentra un modo de salir de aquí antes de que se le pase el efecto del Soma, Rafe la encontrará. Ganará. Y entonces Asher morirá.

La ira la hace armarse de valor, pero no sabe cómo hacer esto sola. Está cansada y se ha quedado sin ideas.

Echa de menos a Mo. Él le diría que puede lograrlo. Le diría que, si ella no puede, entonces nadie más podrá. Habría creído en ella, sin importar lo descabellado que fuese su plan.

—Gracias, Mo —susurra en cuanto se le ocurre algo. Levanta el ojo de Jet para dejarlo a la altura del suyo. Clava la vista en la parte trasera, en la arteria gelatinosa.

Un haz de luz blanca ilumina la cabina oscura.

Dez ha activado el escáner. Se queda muy quieta conforme recorre las paredes.

Lo observa llegar por fin al ojo inmortal que está sujetando.

Y entonces, igual de fácil que si hubiese arrancado un coche, el motor que está debajo de ella se enciende con un zumbido.

No va a estrellarse con nada. Va a conseguirlo.

Se le tensan las extremidades al inclinar el ojo de Jet hacia arriba. El jet da una sacudida hacia delante y luego sale disparado hacia el cielo.

—Mierda —suelta con un grito ahogado.

Demasiado fuerte y demasiado rápido.

No hay cinturones, y tampoco puede permitirse sujetarse a los reposabrazos o volverá al presente. Su única alternativa es enderezar el avión. Responder tal y como lo haría un ojo normal en la cabeza de un ángel normal.

Echa un vistazo a la pantalla de navegación y ve que tiene que dar media vuelta para poner rumbo al oeste, a la frontera. Mueve el ojo de Jet un poquito a la izquierda y el avión gira en esa dirección.

Esta vez, el movimiento es más suave. Y, cuando deja atrás la Aqueronte, Dez ni siquiera echa un vistazo a la luna falsa o a los arcos coronados de nieve. Está de camino. Mira hacia el horizonte, en dirección a Asher y su vida nada banal.

Más adelante, el cielo está turbio. Parece una tormenta.

Aunque es extraña y sobrenatural, moteada de negro y azul.

No son nubes. Debe de estar acercándose al barbelo .

El filtro del doctor Ezekiel, pensado para ocultar la escuela al resto del mundo, para hacerles creer que ahí no hay nada salvo un punto oscuro en una montaña.

Vuela directa hacia las nubes de tormenta y se prepara para el impacto del relámpago. Sin embargo, no está lista para lo que ocurre con el tiempo ralentizado.

Esta vez, cae sobre el avión con lo que parece una fuerza interminable que lo hace descender diez veces más despacio; Dez siente como si la atmósfera se estuviese comprimiendo en un solo átomo.

La fuerza del impacto provoca que salga volando de la silla.

Va dando vueltas por el avión conforme este hace lo mismo por el cielo.

Grita cuando su hombro se estrella contra el suelo y cae de cara contra uno de los reposapiés.

Tiene que devolver el ojo al escáner, pero no puede usar las manos para sujetarse a nada.

Utiliza los codos para incorporarse y gatea a trompicones con las rodillas mientras el avión cae en picado.

Unas luces rojas comienzan a parpadear en la cabina. Se escucha una voz apremiante a través de los altavoces.

«Vuelve al asiento. Vuelve al asiento».

Se disparan las alarmas a medida que Dez atisba una ladera acercándose con rapidez por la ventana. Aterrada, entrelaza el pie con el reposapiés de la silla del capitán, donde ve el rayo de luz blanca escudriñando la cabina, buscando la retina de Jet. Levanta el globo ocular.

Justo antes de estrellarse contra las Montañas Rocosas, el escáner vuelve a dar con la retina de Jet y el avión sale disparado hacia arriba en vertical para dirigirse en espiral hacia un cielo impresionantemente azul.

Dez jadea para recobrar el aliento y entorna los ojos después de haber pasado tanto tiempo sin ver la luz del sol.

Muy por encima de las montañas, el avión se endereza.

Es una preciosidad, tan brillante que hasta parece emitir ruido, un murmullo que Dez escucha en el alma.

Tarda un poco en que se le acostumbre la vista, pero, cuando lo hace, inspira hondo y se empapa de todo.

Del sol dorado, de las nubes semejantes a un cordón.

Del cielo dolorosamente brillante. De las montañas bañadas por el sol, los árboles verdes y los ríos deslumbrantes.

El mundo real es de una belleza indescriptible.

Ahora, las montañas comienzan a alejarse.

Unas luces titilan en las planicies que deben pertenecer a la parte este de Utah.

Dez avanza a una velocidad que cuesta comprender, sobre todo teniendo en cuenta que el resto del mundo está inmóvil.

Incluso el sol se quedará prácticamente clavado en el punto del cielo donde está suspendido hasta que el Soma desaparezca.

Observa el suelo al sobrevolar el recoveco de tierra marciano que reconoce como suyo.

Death Valley. El lugar donde se había pasado toda la vida hasta hacía seis meses.

Se le encoge el corazón por su hermano, su madre, Silas, su portátil de mierda y la palmera datilera en la ventana de su cuarto; en un abrir y cerrar de ojos, su hogar se convierte en una mota distante en el horizonte y no le queda más remedio que mirar hacia el futuro.

Atisba el océano. Inclina el ojo de Jet ligeramente hacia abajo y empieza a descender.

Esas rocas afiladas a lo lejos deben de ser Point Mugu.

A medida que se acerca, puede contemplar con más nitidez los extraños efectos del Soma.

Primero, ve los coches parados en la autopista de la Costa del Pacífico.

Aunque no están quietos, sino que se mueven a una velocidad lentísima.

A efectos perceptibles, todo está en punto muerto.

Hasta el océano se ha quedado inmóvil. Las olas están suspendidas sobre el mar.

Los pájaros del cielo dorado, el viento que hace ondear las hojas de las palmeras…

Todo queda reducido al ritmo más ínfimo que permite la inercia.

Es una sensación de lo más peculiar: tener libertad cuando todo está petrificado.

Cuando, en algún lugar cercano, Asher también está congelado.

Vuelve a centrarse en la costa. El mapa del sistema de navegación indica que el aparcamiento donde puede aterrizar sin que se note está a quinientos metros subiendo por el litoral de Point Mugu.

Ve la extensión larga y arenosa de la playa y, en un extremo donde la autopista vuelve a dar paso a las rocas, busca la zona de aterrizaje que le sugiere el avión.

Cuando la encuentra, inclina la mirada solitaria de Jet y el avión hace una bajada limpia cerca del aparcamiento donde comienza la ruta.

Aterriza entre los árboles y se funde con el mundo natural.

Se lleva la mano al pecho, agradecida. Dez se mueve a una frecuencia distinta que lo que la rodea, pero no es invisible.

Se pregunta qué habrán visto las personas inmóviles que están aparcando, metiendo a los niños en los carritos o untándose protector solar cuando prácticamente ha caído del cielo.

¿Podrán verla por el rabillo del ojo? ¿Qué recordarán cuando regresen al tiempo presente?

De todas formas, ahora no puede preocuparse por eso. Ha salido del avión con el ojo de Jet en la mano. Echa a correr hacia Point Mugu.