47 #2
Llegó a la Aqueronte sin tener ni idea de nada, en un jet de obsidiana. Saldrá de allí gracias a otro, más sabia y fuerte de lo que podría haber imaginado.
Se escucha a alguien aporrear la puerta principal de la suite .
— ¡Desdemona! —Es Rafe. Suena molesto—. Sé que estás ahí dentro. ¡Abre la puerta! —grita.
—Mierda —masculla Dez.
Ya ha perdido demasiado tiempo en trazar el plan. Y Rafe está ahí y pretende detenerla sí o sí. Por un segundo, no sabe qué hacer.
«Si al final acaba pasando, tómatelo antes de que manden tu alma al Sheol. Te dará tiempo para escapar».
Dez saca la pastilla de Soma que le ha dado Eri y se la traga sin pensar. La sensación embriagadora le hace cosquillas en la mente y en la nuca. Trata de recobrar la compostura a pesar de ello y se recuerda que los efectos son breves.
Aguza el oído, pero ya no escucha a Rafe en la puerta.
¿Ha funcionado?
Trata de recordar lo que le dijo la primera vez que se tomó el Soma. Piensa en el expreso, que él insistió en que no se enfriaría, hasta el momento en el que lo levantó y el tiempo regresó a la normalidad.
Sigue sujetando el ojo de Jet, pero cuando llegue a Point Mugu tendrá que agarrar otra cosa para volver al tiempo real. Hasta entonces, no puede tocar nada salvo lo que sostiene en ese momento.
Utiliza las caderas para deslizarse por la puerta, sale de su cuarto a la sala común y entra a hurtadillas al cuarto abierto de Simon para confirmar lo que necesita que sea cierto.
Jet está bocarriba, con los ojos cerrados y la mano derecha en la coronilla de Simon, sin moverse. Ha funcionado. Están congelados en el tiempo. Dez ha conseguido doce horas para llegar hasta Asher y salvarle la vida.
Dez abre la puerta principal de la suite poco a poco, con el codo cubierto por el suéter. Entonces, retrocede de un salto y levanta las manos para protegerse cuando ve a Rafe cerrándole el paso.
Tarda un momento largo y aterrador en darse cuenta de que Rafe también está congelado.
Retrocede y lo observa. Lleva el pelo oscuro revuelto, detenido en mitad de un movimiento en cuanto Dez se ha tragado el Soma. Tiene el puño levantado para aporrearle la puerta. El rostro completamente quieto. Sin embargo, su mirada es vivaz, feroz.
Sabe que ha huido del repositorio. ¿Habrá descubierto lo que planea?
Casi consigue detenerla, aunque ya no puede. Lo único que tiene que hacer ella es sortearlo, bajar las escaleras y salir rápidamente de este sitio.
No obstante…
Le falta algo.
El ojo de Jet. Dez tiene la mano vacía.
No .
Echa un vistazo hacia donde están Rafe y ella. Se arrodilla y está a punto de ponerse a tantear los tablones de madera cuando recuerda que no puede tocarlos. Escudriña el suelo en busca de su único billete de salida, la única oportunidad de salvarle la vida a Asher.
No está.
El pecho le sube y baja con rapidez y le dan ganas de vomitar. Ha mantenido el ojo a buen recaudo durante todos estos meses para acabar perdiéndolo cuando por fin lo necesitaba. Despega la vista del suelo para mirar a Rafe, congelado, que se alza sobre ella.
Y entonces lo ve, atrapado en el puño de Rafe mientras el ángel hace amago de llamar a la puerta.
Se levanta poco a poco, aterrada, y contiene la respiración. ¿Se ha acabado? ¿Su mentor por fin ha ganado? Si le arrebata el ojo, ¿tomará las riendas del tiempo y devolverá a Rafe al presente?
No tiene elección. Alarga la mano y la mete en el puño parcialmente cerrado de Rafe, con mucho cuidado de no tocarlo.
Ahí está . Jamás pensó que se alegraría tanto de tocar un globo ocular amputado. El ojo que forma parte del mismo tiempo ralentizado por el Soma que ella. El resto del mundo permanece inmóvil a medida que cierra los ojos y lo saca del puño de Rafe.
Lo aprieta y respira.
Está muy cerca de Rafe y todavía tiene que sortearlo sin devolverlo al momento presente. Tiene que largarse de aquí. Pero, antes de irse, vuelve a clavar la vista en los ojos cobalto del ángel.
Ha pasado muchas noches con él. Ha disfrutado de mucho placer y tranquilidad entre sus brazos.
No ha hecho más que mentirle; por mucho que no haya sido con palabras, sí con el cuerpo y el alma. Una mentira pronunciada de la misma forma que posaba los labios contra los suyos.
Lo odia. Y, en el reflejo paralizado de sus ojos, se da cuenta de que él a ella también. Que, si estuviese en su mano, haría cualquier cosa para detenerla.
No se lo va a permitir.
Pasa por debajo del brazo de Rafe y se le quedan los ojos a la altura de su entrepierna. Antes, solía desearlo. Ni siquiera ahora puede evitar el calor que le sonroja las mejillas.
Aun así, pasa a su lado y se zafa de él. Lo deja ahí, petrificado, a un suspiro perpetuo de tirarle la puerta abajo.
Baja las escaleras a la velocidad del rayo y por el camino deja atrás a Yael, que también está inmóvil, con la pierna levantada en el descansillo.
Qué raro ser lo único en movimiento. Puede hacer lo que le dé la gana.
Sale al exterior a toda velocidad y entra en el laberinto oscuro y espeluznante. A su alrededor, nota las cálidas ramas de los granados ancestrales que extrajeron hace mucho del Jardín, en pleno apogeo de una guerra cósmica.
Esa guerra no le concierne. Esta noche, Dez es un ejército compuesto por una sola persona con un solo objetivo.
El apremio hace que recuerde la dirección que tomó con Rafe por instinto. Izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha.
Cuando por fin sale por el otro lado del laberinto, baja un sinfín de escaleras hasta llegar a una pista de aterrizaje de piedra tallada en las montañas donde brillan cincuenta jets negros.
Todos iguales. Al principio, se desanima.
¿Por qué necesitan todos esos aviones, si ellos pueden volar por su cuenta?
¿Cómo va a encontrar el de Jet? Entonces, recuerda el panel exterior del de Rafe.
Seguramente le escaneó los ojos para abrir la puerta. Así es como manejaba todo el avión.
Dez va corriendo de un avión a otro con el ojo de Jet levantado. No pasa nada. Los paneles de acceso siguen sin iluminarse, imperturbables. El miedo crece en su interior. No tiene ni la más remota idea de lo que está haciendo, o siquiera si va a funcionar. Y, lo que es peor, no tiene un plan B.
Su confianza va menguando al llegar a la fila restante, al último avión.
Dez estampa el ojo contra el panel de control…
Y el avión emite un sonido esperanzador. Aun así, nada se abre, enciende o se pone en marcha.
Vuelve a intentarlo, pero esta vez coloca el ojo en mitad del panel.
Nada.
A punto de entrar en pánico, Dez mueve el ojo cercenado del ángel en un círculo y lo hace rodar con fuerza contra el panel de cristal.
Y entonces aparecen unas escaleras.
—Tenía que ser el último puto avión —jadea, al subir las escaleras a saltos y entrar en el jet.