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–N o —contesta Dez, interponiéndose entre la pantalla y el doctor Ezekiel.
—Su ascensión se celebrará en una hora —indica—. Enhorabuena.
—¿Van a matar a Asher? —pregunta Dez con el estómago revuelto. Le agarra los hombros al doctor Ezekiel—. ¡Por favor! Haré lo que me pidan. No le hagan daño.
Él le aparta las manos y la mira con calma.
—Yo que usted me pondría a trabajar.
Es imposible. Hacía unos instantes, estaba besando a Asher en la playa. No puede morir. ¿Cómo puede estar ocurriendo esto?
Porque Rafe la está castigando. Ha acelerado su ascensión en su propio beneficio.
Y la está obligando a hacer lo único que puede hacerla pedazos.
—Déjeme hablar con Rafe —exige. Solo necesita saber qué clase de peligro acecha a Asher.
—Todos tenemos un papel que desempeñar, señorita Rae. El suyo es ocuparse de la película del señor Ibrahim —responde él con serenidad.
Falta una hora para la ascensión. Lo que significa que a Asher le queda menos de una hora de vida. Dez tiene que ganar tiempo para averiguar cómo salvarlo.
—No puedo hacer una película en una hora.
—Nosotros no compartimos su opinión. Lleva meses trabajando en ella —apunta el doctor.
—No tengo un guion ni un escriba —contesta ella para entretenerlo.
—Ya ha demostrado que puede hacer las cosas por su cuenta, igual que hizo con la película sobre su hermano.
—¿Y si me niego?
—El Sheol no puede ser tan malo como lo pintan —reflexiona el doctor Ezekiel—. A veces, envidio su estética, la ausencia de todo. Si eso no es minimalismo…
Dez lo mira asqueada, atónita.
El doctor Ezekiel agacha la cabeza con discreción antes de irse.
Entonces, Dez vuelve a quedarse a solas en el objetivo, temblando de miedo y de rabia.
Ni de puta broma va a hacer esta película. Pero, si no es ella quien se encarga, entonces lo hará otra persona. Alguien que no conozca y a quien le dé igual Asher. Morirá de todas formas. Esa misma hora. Y a Dez la condenarán al Sheol para siempre.
A menos que…
Mete la mano en el bolsillo a toda velocidad y toquetea la pastilla de Soma que le ha dado Eri. ¿Y si puede ralentizar el tiempo lo suficiente como para salvarlo?
Pero está allí atrapada. No tiene forma de bajar esa montaña dejada de la mano de Dios. Y no tiene ni idea de dónde está. Ni de a qué se enfrenta.
El miedo y la ira le aceleran la mente a medida que vuelve a abrir el objetivo y retoma la línea vital de Asher. Necesita saber dónde está en este momento.
Sus pensamientos se dispersan en un millón de direcciones.
El objetivo es incapaz de seguirle el ritmo.
La línea vital de Asher se descontrola en la pantalla que tiene delante y se difumina hasta que Dez no consigue ver nada con claridad.
Se obliga a respirar, a tranquilizarse. Cuando el cuerpo de adolescente de Asher por fin aparece nítidamente en pantalla, atravesando el pasillo de un instituto, Dez pasa a la acción y va ojeando grandes periodos de tiempo en la película.
Tiene que llegar al final de su línea vital, visualizar qué está a punto de acabar con él.
Logra llegar al final; la escena que tiene delante no le permite seguir avanzando. Así que ahí está. Es el presente.
Asher está en un dormitorio y saca una camiseta de un cajón.
Es un momento tan corriente, tan seguro, que Dez no puede aceptar lo que le aguarda.
Contempla las manos de Asher y se fija en cada detalle, ansiosa por descubrir más.
El chico se mira el torso sin camiseta en el espejo y ella le echa un buen vistazo a su pecho desnudo.
Traga saliva; quiere conocerlo aún más. El reloj de pared hace tic-tac como la cuenta atrás de una bomba.
Los brazos flexibles y los hombros anchos de Asher hacen que se le encoja el corazón.
Su rostro serio, apuesto y confiado en el espejo provoca que se le llenen los ojos de lágrimas.
No va a morir. No piensa permitírselo.
Se pasa la camiseta por la cabeza y levanta las llaves del coche de la cómoda. Y de repente, cuando se dirige hacia la puerta, algo imposible capta la atención de Dez.
Su suéter azul Klein. El que tiene un hibisco blanco bordado en la manga. El mismo que llevaba puesto aquel día en el Dairy Barn, en la escena que recortó de la línea vital de Silas para luego pegarla en la de Asher.
Lo tenía puesto en ese momento atemporal de la playa cuando se besaron.
De algún modo, el suéter está doblado en la cómoda de Asher.
¿Significa eso que Dez se lo quitó en casa de Asher, en su cuarto? ¿Lo dejó allí? ¿Lo acompañó a casa después de aquel día en la playa?
Y, si se lo olvidó allí, ¿qué ocurrió después? ¿No volvieron a verse?
Han pasado menos de dos semanas desde el día en que Dez conoció a Asher y rodó Destellos , de la noche en la que hirió a Mo en el Dairy Barn.
La misma en la que Jet le robó el coche y secuestró a su hermano y Rafe la detuvo en medio de la carretera cuando los perseguía.
En la que Rafe le habló de la Aqueronte.
Y Dez aceptó. Y renunció a la vida que conocía.
Si es cierto que al colocar ese fragmento de sí misma en la playa de Asher cambió sus recuerdos… ¿Significa eso que él cree que cuando se marchó a la Aqueronte lo dejó tirado?
Ella jamás habría hecho algo así.
Aunque puede que él lo piense.
Eso complica las cosas. No lo bastante como para que deje de intentar salvarle la vida, pero sí lo suficiente como para preocuparse de que no quiera volver a verla.
Son las cinco en punto en la Aqueronte, las cuatro en California. Morirá antes de la cena, antes de que atardezca, antes de que Dez pueda hacer algo al respecto.
En la pantalla, Asher está saliendo de casa para adentrarse en un día azul despejado.
—No salgas —dice Dez cuando él salta los tres escalones del porche. Asher saca una tabla de surf de un hueco en el porche y se la echa al hombro. Se acerca a la entrada de su casa y desliza la tabla en el asiento trasero de su Jeep Wrangler verde. Va a salir a surfear. Y eso será lo que lo mate.
Se lo imagina: una ola repentina y descomunal y Rafe flotando en una tabla cercana. Entonces, el destello de la jeringuilla al vaciarse en el córtex cerebral de Asher.
Tiene que saber a dónde se dirige.
Cuando Asher enciende el coche, empieza a sonar «Live Forever», de Oasis, en la radio. A Dez le escuecen los ojos por las lágrimas.
El joven se aleja de la entrada y atraviesa una ciudad costera despacio.
Dez busca indicios que le indiquen dónde está, y presta atención a la geografía.
Unas hileras de casas anodinas. Una palmera alta con un tronco partido que señala una mediana.
Sabe que está en algún punto de Ventura.
Pero ¿a dónde va? Necesita más pistas; sin embargo, cada segundo que pasa ella ahí, viendo a Asher en el objetivo a miles de kilómetros de distancia, más cerca de morir está él.
En un semáforo, alarga los dedos al centro del salpicadero, hacia el GPS.
Dez contiene el aliento conforme él teclea el destino.
«Playa Point Mugu».
Clava la vista en la pantalla del salpicadero a la vez que aparece un mapa. Se fija en el marcador que señala la playa en la autopista de la Costa del Pacífico. Está a quince minutos en coche.
Tiene que salir de aquí. Tiene que llegar hasta Asher antes de que ocurra lo peor. Tiene que encontrar una forma para alejarlo del océano, de cualquier ángel. Pero ¿cómo?
La única vez que ha salido de la Aqueronte, la única vez que ha atravesado el barbelo en los meses que lleva ahí, ha sido volando. Gracias a las alas de Rafe.
¿Quién podría llevarla hasta Asher?
Yael se había ofrecido a echarle una mano, pero no para algo así. Jamás quebrantaría el código de los ángeles.
¿Y Simon?
Ha cambiado desde que ascendió, pero hace tiempo, cuando ese sitio les ponía los pelos de punta, eran amigos.
Ella valoraba su amistad, y sabe que él también.
Es cierto que últimamente tiene la cabeza en otra parte, pero Dez decide que no tiene más alternativa.
Lo único que tiene que hacer Simon es llevarla hasta allí, dejarla y salir volando.
Ella asumirá la responsabilidad de cualquier lío en el que se meta su amigo.
Si consigue salvar a Asher, le da igual a qué tenga que enfrentarse.
Incluido el Sheol.
Corre hacia las torres y sube las escaleras de tres en tres. Para cuando entra a toda prisa en la suite e irrumpe en el cuarto de Simon, le arden los pulmones.
Lo ve en la cama, con la bufanda dorada a modo de venda mientras le hace una mamada a Jet.
—¿Es que no sabes llamar? —espeta Jet, que se deshace de la máscara de amabilidad que lleva puesta desde que llegó a la Aqueronte. Ve lo mucho que la desprecia.
—Tengo que hablar contigo, Simon —dice ella—. A solas.
—Ahora mismo estoy un poco ocupado —contesta su compañero de habitación con la boca llena.
—Por favor —ruega Dez—. Es importante.
—Y esto también —rebate Simon.
— Simon —suplica.
—Lárgate —suelta Jet sin siquiera levantar la cabeza de la almohada.
Dez clava la vista en los ojos de distinto color; en el negro que vio por primera vez en el Dairy Barn detrás de la máscara y en el azul, un ojo de cristal que le han dado después de que Dez le arrancase el otro.
Se le viene a la mente el que está en el bote de pastillas de su madre. Debajo del colchón.
Da media vuelta para marcharse y echa a correr hasta su cuarto. Hunde la mano bajo el colchón y lo encuentra. Abre la tapa y deja caer el ojo de Jet en su mano.
No llegó a descomponerse. Porque es eviterno. Lleva teniendo la misma consistencia desde el día que se lo sacó.
Tiene en la mano el pase de seguridad de Jet para todo en la Aqueronte. Incluido para uno de esos jets de obsidiana que están ahí fuera, en la pista de aterrizaje.
Es imposible que consiga salir impune de esta , piensa; sin embargo, por primera vez desde hace mucho, Dez sonríe. Jet, el culpable de que su hermano esté muerto, se las va a pagar. La ayudará a salvarle la vida a Asher.