Luces blancas 46
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A la mañana siguiente, Dez llega temprano al repositorio.

No ha pegado ojo y lleva sin hablar con nadie desde que Rafe la hizo añicos con la verdad.

Está harta de su maldad y egoísmo. Y pensar que estaba empezando a confiar en él.

Su mentor nunca se ha preocupado por Dez, solo por lo que podía sacar de ella.

Que le den a Rafe. Que le den a esta escuela, a este criadero de ángeles perversos.

Que le den a la ascensión y a las Luces Blancas.

Dez ya no quiere tener nada que ver con la Aqueronte.

No piensa crear ni una sola película más para ellos.

Preferiría que la mandasen derechita al Sheol antes que participar en un sistema que ensalza a alguien como Rafe.

Un sistema que prioriza la muerte a la vida, a la humanidad y al amor.

No ha merecido la pena sacrificar la vida de su hermano por esto. Ojalá lo hubiese sabido cuando decidió quedarse.

Echa tanto de menos a Mo que apenas puede moverse.

Siente una pena profunda, un enorme dolor.

También añora Death Valley. Su casa. A su madre.

A Silas. A la persona que era cuando estaba allí y a la persona con la que soñaba llegar a ser.

Ahora está atrapada en este sitio sobrenatural, a medio camino entre una mortal y un ángel. No tiene forma de abandonar el campus.

Al no estar atada a lo que antaño conocía, Dez nota que su vida real se desvanece. Teme acabar creyéndose la historia que Rafe le contó anoche.

Dijo que la salvó, que se suponía que debía haber muerto la noche en la que Mo asaltó el Dairy Barn. Que intervino y lo solucionó sacando a Jet a escena.

Durante toda su vida, quienes estaban en puestos de poder, como el gobierno, la escuela y la religión, la han manipulado del mismo modo. «Sabemos más que tú. Duda de ti misma y confía en nosotros».

Sabe lo que ocurrió realmente en el Dairy Barn. Recuerda el momento preciso en el que creyó que de verdad iba a morir, cuando Jet la apuntó con la pistola desde la caja registradora. Justo antes de levantar la freidora para tirársela y salvar a su hermano y a ella misma.

Recuerda lo que se le pasó por la cabeza en aquel momento.

Basta .

No esperaba plantearse algo así al tener que enfrentarse a la muerte a los veinticuatro. Pero pensó en Asher, en el día que pasaron juntos en el muelle. Estaba recordando cuando se despidieron en el aparcamiento del bar. En el pulgar de Asher contra su mano.

Pum. Pum, pum. Pum.

Se acordó de cómo la había mirado y viceversa. Se entendían. Es algo tan sencillo, pero tan inusual. Experimentó esa sensación de que alguien la comprendiese de verdad por una vez en la vida. En aquel momento, Dez creyó que con eso bastaba.

Pero ahora ha cambiado de opinión. Al menos, estos meses en la Aqueronte le han abierto el corazón y la han hecho capaz de desear más.

Sabe que, si le administrasen un repaso vital ahora mismo, el momento que vivió con Asher en el aparcamiento estaría censurado.

Porque para Dez, ya no le basta con esa escena.

Sino que quiere más .

Deja de verlo como una escena , se dice a sí misma. Lo viviste. Fue real.

Fue ese tipo de cosa que tentaría a cualquier ser con alma a seguir con vida, a… acabar con la muerte . ¿Y qué tendría eso de malo? ¿Será peor el mal sobre el que les advirtió Moriah que la maldad de Rafe? ¿Acabar con la muerte perjudicaría a la humanidad o solo a la Aqueronte?

¿Cómo sale de aquí? ¿Qué puede hacer? ¿Qué le aconsejaría uno de sus seres queridos?

Sabe que Moriah todavía tiene el halo de Asher en su poder, porque tiene buenos motivos para sospechar que Dez bajaría a buscarlo a la menor oportunidad. Aunque la directora quizá no sepa lo de la línea vital de Asher y el momento oculto que Dez recortó.

Lo hace aparecer en pantalla. Ha pasado menos de un día desde la última vez que vio la escena que editó de los dos en la playa. Sin embargo, las cosas han cambiado. Ya no le da miedo que la descubran. Le da igual cargarse el repositorio de forma irreversible.

No tiene miedo. No le queda nada que perder.

Da con la escena y su belleza casi consigue que se desmorone.

La forma en la que Asher la observa al acercarse.

En su mirada, parece la heroína de una historia romántica vestida con el suéter azul del hibisco blanco bordado en la manga.

Ojalá pudiera verlo, contemplarle la cara, no solo el mundo desde su perspectiva.

Aun así, por ahora tendrá que conformarse.

Siente a Asher centrarse en ella, su aceptación y deseo.

Nota que al chico se le acelera el corazón y la respiración al verla.

Podría pasarse cada segundo de su vida visualizando este momento.

Cuando abre los brazos, Dez nota el abrazo.

Cuando él apoya la cabeza sobre la suya, sabe que está a salvo.

Puede que ahora no, pero sí en otro mundo.

En un mundo tan real como este, en el que Asher y ella están juntos.

Ayer, la escena solo contenía el abrazo con Asher. Era precioso y natural, y después, nada. Su línea vital pasaba a otra escena.

Por extraño que parezca, hoy contiene algo más.

La escena ha cobrado vida propia.

Asher está hablando dentro del objetivo. Parece impresionado.

—Creí que no volvería a verte.

La Dez que aparece en pantalla está callada. La del repositorio se queda demasiado rato esperando a que la que está con Asher responda. Él también está expectante.

—Decidí tomar cartas en el asunto —acaba contestando desde el repositorio, como si estuviese leyendo la frase de un guion.

Y entonces, en pantalla…

Su gemela repite las palabras con el mismo tono, ritmo y coquetería. Contiene la respiración en el repositorio. Puede hablar con él. Puede hablar con él desde aquí.

¿Qué más puede hacer? ¿Puede besarlo? Se ríe.

A pesar de todas las cosas malas que están ocurriendo allí, fuera de su objetivo, lo único que quiere es acortar la distancia que la separa del hombre que tiene delante.

Obliga a la versión de sí misma en la playa a mirarlo a los ojos, a posar la mirada en sus labios, a acercarse y lanzarse.

Nada.

Avanza y trata de manipular físicamente su reflejo en pantalla. Ese beso que no ha ocurrido contiene algo esencial que necesita saber. No es solo físico, no se parece a lo que sintió con Rafe.

Es más bien existencial , como si, de algún modo, todo dependiese de si acaban besándose y de cómo es.

No obstante, no consigue hacer que la Dez de la playa se mueva de la misma forma en que puede hacerla hablar. Está prácticamente arañando la pantalla con el corazón desbocado por el agotamiento. Nada. No funciona.

Al final, dice:

—Asher, ¿me haces un favor?

Su reflejo de la playa repite la pregunta.

—Claro, lo que sea. —Asher sonríe.

—Bésame como si fuera lo último que fueses a hacer jamás.

Mira cómo la observa desde el objetivo. Es capaz de ver su propio rostro, el deseo y la vulnerabilidad sinceros que refleja. Lo nota dar un paso adelante, inspirar de forma entrecortada y abrazar a la Dez de la playa. La levanta y tira de ella para acercarla a él.

Entonces, los labios de Asher rompen contra los suyos como unas olas.

Cuando el chico cierra los ojos, Dez no pierde la habilidad de ver, sino que más bien comienza a sentir lo mismo que él. No se limita únicamente a la sensación física del beso. Es algo excepcional, el presentimiento de que nadie más en el mundo podría disfrutar de ese beso. Solo ellos. Y nadie más.

Cuando Asher abre los ojos, Dez se ve a través de ellos…

Distingue cada destello de luz en sus iris azules, cada ápice de anhelo en sus labios.

Se siente comprendida. Es como si, por fin, alguien la mirase justo como deseaba.

Es una sensación que le ensancha el alma y le da esperanzas, capaz de desafiar a la muerte.

Un beso que la cambiará para siempre, pese a estar jadeando en el repositorio a miles de kilómetros de distancia.

Dez nunca ha sentido nada igual. El beso de Asher lo abarca todo, todo lo que de verdad importa.

Ojalá pudiese repetirse en el mundo real. Ojalá pudiese dar con una forma de volver a verlo.

—¿Señorita Rae?

Se asusta tanto al escuchar la voz que suena dentro del objetivo que lo repliega sin cerrar la línea vital de Asher. Cuando se topa con el doctor Ezekiel al otro lado, retrocede de un salto.

—¿Cómo ha hecho eso? —pregunta—. ¿Cómo ha conseguido que su voz se cuele en mi objetivo?

—Cosa de efectos especiales —responde el doctor Ezekiel.

—Creía que esto era un espacio privado. Insonorizado.

—Está en periodo de prueba, ¿lo recuerda?

—Me ha asustado.

—Traigo buenas nuevas —contesta con una sonrisa cálida en la que ya no confía—. Las reglas han cambiado.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Dez, preparándose. Tampoco es que en algún momento pretenda volver a seguir sus normas. Aunque entiende que, aun así, pueden seguir usándolas en su contra.

—Rafe nos ha hecho una visita esta mañana —declara el doctor Ezekiel.

—Me da igual.

—Pues debería importarle. Ha pedido que no se le exija cumplir con el requisito de las mil quinientas películas. Y hemos aceptado.

—¿Van a enviarme al Sheol?

—Al revés —responde Ezekiel—. Creemos que ya casi está lista para ascender. Teniendo en cuenta la energía entrópica de nuestro mundo, las amenazas existenciales al sistema de las Luces Blancas, lo más conveniente es agilizar la ascensión.

—Ya no lo quiero. No quiero ascender.

—Pero lo hará —contesta Ezekiel—. Lo único que le pedimos es que lleve a cabo un repaso vital más.

Se vuelve hacia el objetivo replegado de Dez, en el que la pantalla sigue mostrando la imagen de Asher y ella en la playa. El anciano sonríe como si el corazón de la Aqueronte no albergase algo enfermizo y retorcido.

—Qué bien. Ya tiene su línea vital en pantalla y está lista para ponerse manos a la obra —indica.