Luces blancas 45
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– ¿ D ónde está el río? —exige saber Dez, que se acerca a la barra dando pisotones a la vez que Eri coloca el cartel de Cerrado en la ventana. Cuando Rafe la ha dejado sola, le ha dicho que tenía cosas que hacer. Se imagina que estará en el río donde mantienen a los frags.

En ese río tan profundo que puedes zambullirte en él.

Eri asiente mientras limpia la barra, como si se alegrase de que Dez por fin se lo haya preguntado.

—Ve al este.

—¿Él está allí?

—Es donde tiene que estar —responde Eri—. Si vas a hacer esto, Dez, y lo necesitas, ten en cuenta que las reglas quizá cambien.

—¿Qué significa eso? —pregunta Dez con impaciencia.

—Más vale que lo descubras por tu cuenta.

Dez le da un empujón a la puerta trasera y sale a la nieve blanca e inmóvil.

Está furiosa, le va a estallar la cabeza, y la noche es fría y oscura.

Pone rumbo al este, hacia una arboleda de pinos gigantescos; se le va acostumbrando la vista a la oscuridad cuando el bosque la engulle.

No hay ningún rastro de huellas que pueda seguir, aunque claro, Rafe habrá ido volando.

Cruza el bosque con rapidez y aguza el oído para escuchar el discurso del agua. No oye nada.

De repente, lo huele: petricor. Rafe ha pasado por allí, está cerca. Avanza dando tumbos entre los bancos nevados hasta divisar un brillo tenue y reflectante en el horizonte permanentemente oscuro. Lo sigue hasta llegar a la orilla del río.

Se arrodilla y escudriña la superficie congelada en la que ve…

Una docena de manos amputadas de todas las formas y tonos, atadas con una cuerda casi sin forma. Echa un vistazo a contracorriente y ve islotes sumergidos de pies, torsos y cabezas.

—Dez. —La voz de Rafe la asusta. Se gira y lo ve sosteniendo un antebrazo amputado con un reloj dorado cutre en la muñeca. La mira como si supiese justo por qué ha venido—. Seguro que esto tiene mala pinta.

—Rafe…

—Mantenemos aquí a los frags hasta que estén listos para…

—Me mentiste.

Levanta la cara hacia el cielo.

—¿Sabes lo mucho que me facilitaría la vida poder mentirte?

—¿Qué pasó aquella noche en el Dairy Barn?

—¿Así que vamos a sacar el tema? Está bien.

—Rafe se agacha para dejar el brazo sobre el hielo.

Dez lo observa, anonadada, a medida que el brazo atraviesa el hielo como si no fuese más que agua y luego se detiene a un par de centímetros bajo la superficie.

Rafe cruza el río helado con una expresión peligrosamente hermosa en el rostro, y sus botas repiquetean contra el hielo.

Dez se odia a sí misma por lo que han hecho antes, por la forma en la que su mirada sigue provocándole una oleada de hambre.

—¿Tuviste algo que ver? —se obliga a preguntar.

—Sí —responde él.

—Desembucha —masculla.

—Sé que querías a tu hermano, Dez. Pero ambos sabemos que era un imbécil.

—¿Qué hiciste , Rafe? —escupe Dez.

—Simplemente aproveché la oportunidad y le pedí ayuda a un amigo.

—¿Lo mandaste al Dairy Barn? —Dez entorna los ojos, confusa—. ¿Era el hombre con la máscara de esqueleto?

—Tú no lo sabes, es imposible que lo sepas, pero se suponía que otro hombre mucho más agresivo iba a asaltar el Dairy Barn aquella noche con Mo.

—¿Quién?

—Un vagabundo que tu hermano conoció una noche en el Badwater Saloon. Mo iba a robarle dinero a tu familia para pegarse un colocón barato. Pero iba a ir con alguien que te haría daño, igual que se lo ha hecho a otras mujeres. Por eso, mandé a Jet en su lugar.

— ¿A Jet?

—Para tu hermano, Jet era invisible, claro.

Solo un puñado de mortales pueden vernos fuera del barbelo .

Tú lo viste, pero Mo creía que su compinche estaba borracho en una calle cualquiera y que tenía que ocuparse de la situación por su cuenta.

Jet jamás llegó a interactuar con tu hermano, no hasta que tú lo quemaste y lo llevaste al borde de la muerte.

Solo entonces pudo percibir al ángel que lo sostenía.

—Le saqué un ojo a ese hombre —contesta Dez con la vista clavada en su mano como si todavía sujetase el globo ocular gelatinoso.

—Tienes razón. Jet lo pasó fatal buscándolo. Aunque nunca lo encontró.

Yael le había dicho: «Sufrió un accidente durante las vacaciones. Antes de eso, era un visionario».

Al hilar todos los acontecimientos de esa noche tan espantosa, le da una arcada. La sensación de sacarle el ojo. El sonido que produjo. La cálida humedad de sostenerlo en la mano.

Esa pistola tan rara y antigua que había sujetado. ¿Era real? Y sus ojos. Uno, de un azul claro. El otro, negro como la tinta.

Uno es falso.

Dez aún conserva el de verdad en el bote de pastillas debajo de su colchón. Jet lo buscó, pero no lo encontró porque lleva con ella desde el principio.

En una escuela donde los ojos conceden permisos de seguridad para acceder al repositorio y más.

Por eso, este año pasó de ser visionario a escriba.

—Zeke le consiguió un repuesto de un frag, pero no ha vuelto a ser él mismo —explica Rafe.

—¿Por qué lo hiciste? —pregunta.

Rafe suspira.

—Te molestarías mucho con Mo después de que intentase asaltar el Dairy Barn. Y alejarte de lo que más te ataba a casa me venía de maravilla. Pero si esa noche acababas muerta por defenderte de un drogadicto desquiciado… Te salvé la vida. Te protegí.

—La pistola que usó Jet…

—Es una pistola cronofotográfica. No dispara balas. Sirve para grabar. Es un invento fascinante, y tenemos la grabación de la noche entera…

—Entonces, tú simplemente te subiste a esa moto… —murmura Dez, aturdida.

—Y me presenté —contesta él sin ningún tipo de vergüenza—. Fue un momento de lo más oportuno. Aceptarías entrar a la Aqueronte, sin importar lo absurda que fuese la oferta.

—Pero Mo… —susurra ella, mareada, agarrándose a la rama de un pino.

—La intervención de Jet pretendía ser el detonante de esta saga inacabada, el giro argumental que cambiaría el rumbo de nuestra historia. Sin embargo, hubo algo que no tuve en cuenta: tu voluntad de proteger a tu hermano.

Dez está que echa humo. No sabe por dónde empezar.

—No había ningún comité —suelta. Le cuesta respirar—. Nadie vio Destellos . De lo contrario, les hubiese dado igual.

—Yo fui el comité —contesta Rafe—. Vi Destellos . Y me importó.

Levanta la vista y se lo queda mirando. Ve a un desconocido.

—No la valoraste tanto como a ti mismo —replica Dez.

—Tienes razón —admite—. Aunque… ¿Hay alguien que dé más valor a otra cosa que a sí mismo?

Dez traga saliva y contiene las lágrimas.

—A mí me importaba Mo. Lo quería. Y, si no lo hubieses echado todo a perder, él seguiría con vida.

—Sí. Pero tú habrías muerto. Te salvé de una vida corta y anodina. Y te convertí en cineasta, en narradora, en vez de en una simple receptora de un repaso vital prematuro con una historia trágica.

—Cállate. Cierra el pico un minuto.

—Somos artistas, Dez. Los demás están perdiendo el tiempo. Te salvé la vida. ¿Qué más importa?

—No deberías haberlo hecho. Preferiría estar muerta.

—Vamos, si te encanta este sitio. Quieres ser un ángel.

—No te sientes culpable por lo que hiciste —responde Dez, perpleja.

—¿Por qué iba a hacerlo? Tu hermano está en un lugar mejor. No estaba destinado a la grandeza. Pero ¿tú y yo? Sabes que formamos el equipo ideal.

—Eres un monstruo —escupe, asqueada, mientras se aleja de él—. Mataste a mi hermano.

—Fuiste tú quien lo mató —contesta él—. Yo solo intentaba salvarte la vida.

—Eliges las palabras con mucho cuidado —susurra—. Pero solo cuentas parte de la verdad. Y lo que te callas es mucho peor de lo que podría haber imaginado. Las mentiras por omisión son mucho más crueles.

—Estás enfadada, y lo entiendo. Pero obcecarte así en seguir llorando a tu hermano es no entender cómo funciona el sistema. La diferencia entre tú y yo, Dez, es que yo no le temo a la muerte.

—Creo que la diferencia entre tú y yo es que yo no le temo al amor.

Rafe sonríe. Asiente.

— Auch .

—No quiero volver a verte —dice Dez, que le da la espalda y sale corriendo de vuelta al bar.

—Pues yo tengo el presentimiento de que lo harás —grita Rafe detrás de ella, hacia la noche.