Luces blancas 44
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–P arece que has pasado una buena noche —la saluda Eri a las dos de la mañana cuando entra dando tumbos al bar, sobria de cuerpo, pero con el espíritu embriagado por las alas de Rafe. Todavía puede saborearlo, notarlo entre los dedos. Ese recuerdo le provoca un cosquilleo por todo el cuerpo.

Al volver del velo, Rafe llevó a Dez a la ventana de su torre.

La besó en el aire, con esa boca tan maravillosa mientras la estrechaba en el cielo.

Transmitía una sensación peligrosa y divina.

Pero después, cuando entró por la ventana, le devolvió la bufanda dorada y lo invitó a pasar, Rafe le dijo que no tenía tiempo.

En los meses que llevan enrollándose, nunca ha aceptado la oferta de quedarse a pasar la noche. Está empezando a volverse loca. Daría lo que fuese por dar media vuelta, todavía dormida, y acercarlo a ella.

Aunque Rafe tiene sus propias prioridades, unas que no la incluyen.

Cuando se marchó, Dez no pudo conciliar el sueño y, como sus compañeros de habitación estaban desaparecidos en combate, se subió al telesilla y vino a buscarlos al bar. Y ahí están, en el reservado preferido de Yael, emborrachándose.

Nunca ha necesitado tanto una buena sesión de borrachera y cotilleo como esta noche, aunque la sonrisa de la camarera la hace detenerse. Cruza la mirada con los ojos oscuros y cautivadores de Eri.

—Estoy en periodo de prueba —confiesa—. Han amenazado con mandarme a un sitio que se llama…

—Sheol.

—¿Qué es?

—Un lugar de paz y de calma.

—No parece tan malo —contesta Dez.

Eri sirve algo en una copa de martini; la parte inferior es rosa, la superior, violeta. Lo desliza hacia Dez.

—No dejes que te manden allí. Te quedan muchas cosas importantes por hacer.

—¿Te refieres a las películas?

—Mejor aún.

—¿De qué hablas?

Eri enarca una ceja.

—Los puntos que le ha dado tu novio al velo no resistirán para siempre.

—¿Sabes lo de los desgarros? Rafe dijo…

—¿Quieres un consejo? —pregunta Eri mientras limpia la barra—. Presta tanta atención a lo que Rafe calla como a lo que dice.

Y entonces, antes de que Dez pueda insistir, Eri saluda a un grupo de ángeles que se acerca a la barra.

—Ten —murmura Eri a la vez que deja una pastilla pequeña y blanca frente a ella.

—¿Qué es?

—Soma en pastilla —contesta, acercándose a Dez—. Si al final acaba pasando, tómatelo antes de que manden tu alma al Sheol. Te dará tiempo para escapar.

Entonces, se da la vuelta para preparar las bebidas de los ángeles.

Dez se guarda la pastilla en el bolsillo, inquieta; inspira y se lleva el cóctel al reservado en el que están sus compañeros de habitación. Ve que están sentados en el mismo lado de la mesa, desternillándose. Delante de ellos hay una copa de vino blanco intacta.

—¿Hay alguien aquí? —pregunta.

—Sí, tú —responde Simon, y aparta la copa de vino—. El sitio era de Esther, pero estaba siendo un muermazo.

—Lo que quiere decir es que se ha echado a llorar cuando Simon ha roto con ella. —Yael suelta una risita y da un sorbo al vino.

—¿Por qué, Simon? —pregunta Dez, confundida—. Esther es estupenda. Hacéis buena pareja.

Él se encoge de hombros.

—No siento nada por ella. Es raro. Antes me gustaba.

—No estoy segura de que sea ella la que ha cambiado —responde Dez mientras mira con los ojos entornados a su compañero, que antes molaba—. ¿Jet te ha dicho que lo hicieras?

—Por favor. A él le gustaría que tuviese a alguien a quien llamar para un revolcón —suspira Simon—. Por desgracia para su culo, nada puede hacerle sombra.

—Oye, me alegro de que estés disfrutando del sexo… —empieza a decir Dez.

—No es solo disfrutar. Está a otro nivel, es espectacular. Es sexo entre dioses.

—Lo entiendo —contesta Dez y, esa noche, por primera vez después del viaje al velo con Rafe, cree que va en serio—. Pero Esther y tú tenéis un montón de cosas en común. ¿Es que a Jet le gusta el terror japonés?

—¿Qué más da?

—¿No habláis?

—Nos comunicamos en nuestro propio idioma —replica Simon.

Yael se tapa la cara con una mano.

—Dez, haz el favor de cambiar de tema. Llevamos dos horas aquí y no puedo soportar otra metáfora sobre lo apretado que Jet tiene el…

—Esta noche le he tocado las alas a Rafe —confiesa Dez.

—No jodas —dice Yael con los ojos como platos—. Eso es fuerte.

—Lo es —concuerda Dez—. No tenía ni idea de que sería tan increíble.

—Ya me gustaría a mí tener a un mortal acariciándome las alas ahora mismo. —Yael se da unos golpecitos en la barbilla de forma pensativa—. Maldita Alice Quinn. Tomo malas decisiones. Se me da de pena elegir a las mujeres.

—Sé que es una mierda que Alice no esté aquí —responde Dez—. Pero ¿no puedes enrollarte con quien te dé la gana cuando te apetezca? ¿Con Esmeralda, Kitty o Felipe?

—Si no queda otra —contesta Yael—. Aunque no tiene ni punto de comparación a lo que habría tenido con Alice.

—Mmm… Quimerismo —suelta Simon a la vez que saca la cereza de su cóctel.

—¿Eso qué es? —pregunta Dez.

Yael le da un puñetazo a Simon.

—Algo que este neófito se suponía que no tenía que largar estando ebrio.

—Contádmelo. —Dez deja la bebida.

Yael entrelaza los dedos y los estira para crujirse los nudillos.

—Voy a intentar no destriparte nada por el bien de Rafe. Aunque tampoco se lo debo.

Presta la misma atención a lo que Rafe calla como a lo que dice. Dez oye las palabras de la camarera. Percibe algo gélido tras la expresión de Yael.

—El quimerismo se da cuando dos cuerpos comparten material genético.

Suele producirse con más frecuencia en un embarazo mortal; el ADN fluye con facilidad entre el feto y la madre.

A veces, también puede ocurrir entre gemelos en el útero.

O tras un trasplante de médula. Sin embargo, en el caso de los ángeles, el quimerismo se da durante la ascensión.

Por eso, esa primera vez es una experiencia tan gloriosa, tanto para el mentor como para el pupilo. Fluis el uno dentro del otro.

Dez está en el borde del asiento; se ha vuelto a humedecer.

—Y después… —prosigue Yael, que hace una pausa para mirar a Simon.

—Cuando acabó la ascensión de Simon, comentaste algo sobre que estaba atado a Jet —termina Dez.

Yael asiente.

—Eso es el quimerismo. Plantéatelo como… una línea de crédito de la que se puede tirar en ambas direcciones. No obstante, lo que se extrae no es ADN.

—¿Qué es lo que se intercambia entonces? —pregunta Dez.

—Poder. Tu mentor puede prestarte el poder divino y viceversa con tal de que ambos sigáis siendo ángeles.

—¿De dónde sale ese poder?

—Una parte es innata, y la otra hay que ganársela —contesta Yael—.

Al llegar aquí, el poder divino ya fluía en tu interior.

Y todo lo que aprendes y haces en la Aqueronte aumenta o extrae un poco de ese poder.

Algunos mentores escogen bien a sus protegidos, que terminan por convertirse en un manantial de poder. Otros, como yo, acabamos jodidos.

—Entonces, ¿una persona puede extraer ese poder cuando lo necesita y luego devolverlo cuando le sobra? —pregunta Dez.

No está mal. Suena a como deberían construirse las buenas relaciones. La intimidad en su máximo esplendor. A veces, puedes echar una mano, y otras necesitas que te ayuden.

—En principio, funciona así —responde Yael—. Aunque el equilibrio es delicado. La mayoría de los mentores sabe cómo manipular el flujo de poder para que vaya en una sola dirección.

—¿Cómo lo hacen? —pregunta Simon.

—Al principio, el sabotaje es algo normal —explica Yael—. Los mentores necesitan que les temáis un poco. Que les ofrezcáis vuestro poder con más libertad de la que vosotros se lo pediríais a ellos.

—¿ Por eso estabas tan disgustada cuando Alice se largó? —pregunta Dez. Está mareada, aunque ni siquiera ha tocado la bebida—. No porque te importase, sino porque… ¿querías utilizarla?

—No culpes al jugador, culpa al juego —dice Yael, apurándose el vino de Esther.

—Y cuando te ofreciste a echarme una mano con mis películas… —continúa Dez, pensativa. Yael baja la vista hacia el cóctel—. No solo estabas siendo agradable, ¿verdad? —termina.

—Me había quedado sin pupila. Y a ti te faltaba un mentor. Puede que siga siendo cierto.

—No te importo —responde Dez, y por fin siente algo de alivio al expresar sus sospechas. Recuerda a Jet ofreciéndose a ayudarla, p ese a ser el mentor de Simon. De todas formas, no quiere hacerle daño a su amigo sacándolo a relucir ahora—. Os da igual todo el mundo.

—Mira, Dez —dice Yael con frialdad—. Seré franca. Si lo que quieres es ser inmortal, poder volar, tener unos orgasmos increíbles y ver lo que se cuece detrás de la divinidad, entonces la Aqueronte es el lugar adecuado. Pero si lo que buscas es que te quieran, entonces vuelve a casa.

Nop . Eso también está descartado.

Se le revuelven las tripas; ha escuchado demasiado, pero no lo suficiente.

No vino a la Aqueronte para que la quisieran.

Ni por asomo. Vino para crear películas excepcionales, y lo está haciendo.

Es algo que supera sus sueños más descabellados.

Con creces. Pero la idea de darle igual a todo el mundo por defecto , de que nadie se preocupe por otra persona, le provoca una sensación de vacío y de vergüenza.

A diferencia de Yael y de Simon, Dez sigue siendo humana.

Si renuncia a eso para ascender, ¿entonces también se desharía del instinto de querer conectar con los demás, de sentirse vista, de amar?

Esa noche, en la montaña, Dez ha sentido una conexión con Rafe.

No como si la amara, ella no lo hace, pero, cuando estaban volando, al enfrentarse juntos al velo y al tocarle las alas, creyó estar cerca de él.

Parecía algo más que un simple calentón.

—¿Y por qué iba a necesitar Rafe que yo le diese poder? —pregunta Dez. Desde su punto de vista, parece fuerte y que no necesita nada de nadie. Y mucho menos, de ella.

Entonces, Dez recuerda el objetivo de su mentor. Recuerda que hay una cosa que sí que quiere de verdad.

—Todos lucháis por convertiros en el Ángel de la Muerte —responde, despacio.

—Yo no, ya no —responde Yael de forma sombría—. Pero los demás, sí.

—Y obtenéis poder de vuestros pupilos como parásitos —espeta Dez.

—Y tú has acabado con el parásito más sediento de todos —contesta Yael—. Rafe lleva con la espinita clavada desde el Jardín. Quiere vengarse o algo por el estilo. Y de pronto apareciste tú para convertir todos sus sueños en realidad.

—¿Qué poder tengo yo como para ayudar a Rafe a convertirse en el Ángel de la Muerte? Si apenas puedo hacer los repasos vitales…

—No te subestimes —dice Yael—. Rafe te necesita. ¿Por qué si no habría orquestado ese desastre tan elaborado en el Dairy Barn?

Dez clava la vista en su compañera de habitación; las palabras se han vuelto algodón en su boca.

—¿Qué acabas de decir?

Yael la observa como si llevase tiempo queriendo pronunciar esas palabras.

—¿No sabías que Rafe es quien estuvo detrás de esa noche inolvidable?

¿El que organizó todo para que traicionases a tu hermano?

Y justo después aparece un desconocido atractivo y te dice que te han seleccionado para el misterioso programa de tus sueños, que no tienes nada que perder y que todo son ventajas.

Si me lo permites, Dez, ¿cómo puedes ser tan imbécil?

¿Te parece una situación que ocurriría sin más?

—Calla —susurra Dez, llevándose las manos a la cabeza—. No te creo.

No obstante, la sangre le ruge en los oídos.

Piensa en aquella noche, en lo confusa y traumatizada que estaba, en su vulnerabilidad inestable.

Piensa en el torbellino de después: en el hospital, la policía, el rechazo absoluto de su madre, en todo lo que la llevó a subirse al jet de obsidiana de Rafe.

Dez le había dado la espalda a todo . Porque había estado desesperada. Y porque un desconocido le dijo que su película era especial, que una escuela de posgrado de primera le concedería una beca completa para estudiar allí. Le aseguró que la Aqueronte la protegería.

Entonces, recuerda la mirada que han intercambiado Moriah y Zarlengo cuando Dez mencionó Destellos en el despacho de la directora. Como si no tuviesen ni idea de la película que, según Rafe, consiguió que la admitieran en el programa. Como si no tuviese importancia.

—Adelante, pregúntaselo a Rafe —sugiere Yael mientras suelta una risita por lo bajo—. Dios sabe que no puede mentirte.