43
L as alas de Rafe los llevan de vuelta a la nube, al velo. Y entonces aterrizan otra vez en la cima donde estaban, a un mundo de distancia de Odin Day.
—¿Qué te ha parecido? —pregunta Rafe.
—Has hecho que el proceso parezca muy sereno.
—Eso es porque has creado una peli perfecta —responde él.
—¿A dónde va a ir Odin ahora? —contesta Dez—. Después de la luz blanca, ¿qué hay al otro lado del velo?
—El más allá.
Dez lo mira con los ojos entornados.
—No tienes ni idea, ¿verdad?
—Y tampoco me hace falta —replica Rafe—. Tengo un trabajo que hacer, y lo hago lo mejor que puedo.
Aun así, Dez quiere saberlo.
—Haces esto todos los días —dice—. Con todas esas jeringuillas.
—Es una tarea de la que suele encargarse un solo ángel —explica Rafe—. Solía ser la especialidad de Sam, pero ahora los demás lo hacemos por turnos. El proceso es más ágil cuando no llevo pasajeros, pero, de todas formas, nos apañamos.
—Gracias por mostrármelo.
—¿Quieres que te cuente la verdad sobre las escenas que no están en el repositorio? —pregunta Rafe.
—Sí —contesta ella con rapidez.
Rafe inspira y parece escoger las palabras con cautela.
—Como sabrás, ningún mortal puede vivir para siempre.
—Claro —responde Dez.
—Y, aun así, hay una escena en la vida de cada mortal que le hace pensar justo lo contrario. Puede que sea un destello de éxtasis, de esperanza por el futuro, lo que sea. —Frunce los labios y mira a Dez—. O quizá sea una oportunidad perdida. El famoso «¿y si?» que enloquece a los mortales.
A Dez le da vueltas la mente. Lo que Rafe está diciendo es que, para Asher, aquel día que se conocieron, que, de todas formas, pasó hace ya mucho tiempo, fue el momento que le hizo pensar que podía…
Vivir para siempre.
—Para Asher, tú eres ese momento —prosigue—. Creo que ya lo suponías. Creo que por eso fuiste a buscarlo. He de confesar que toda esta situación me pone superceloso.
—Rafe…
—Nunca me he sentido amenazado por un mortal. Pero desde que te conocí… —Su mirada se detiene en los labios de ella—. Quiero que seas mía, Dez. Por completo. Y yo quiero ser tuyo.
Dez contiene la respiración, indecisa. Siente una atracción muy fuerte por Rafe, y el futuro increíble que le aguarda si lo elige, si escoge todo esto… resulta abrumador.
Pero también está Asher y cómo se vio a sí misma a través de sus ojos. La intuición le dice que podría crear mil escenas con Asher que les hiciesen pensar a ambos que pueden vivir para siempre. No solo una. La Aqueronte no sería capaz ni de censurar la mitad. Eso hace que se pregunte…
—Rafe —dice—. ¿Qué hay de malo en querer vivir para siempre?
—Nada —responde él mientras le echa una mirada penetrante—. Solo que es imposible.
Se escucha un ruido sibilante en las alturas y Dez levanta la vista hacia el velo para ver una masa oscura atravesar su superficie y desgarrar un agujero.
Grita cuando de pronto…
Rafe la aparta antes de que esa cosa caiga por el barranco y se despeñe montaña abajo.
—¿Eso era un frag? —jadea Dez.
—Sí —contesta Rafe, sin aliento.
—¿ Caen del velo?
Rafe tensa la mandíbula mientras alza la vista hacia la nube.
—Las costuras se están deshilachando.
—Madre mía.
—No sabemos cómo están atravesando el barbelo . Pero la cosa está empeorando. —Hace una pausa—. No sé qué hacer.
Dez levanta la vista, preocupada. Nunca ha visto así a Rafe.
—¿Qué hay de Moriah? ¿Y del doctor Ezekiel? ¿No pueden echar una mano?
Él niega con la cabeza; apenas parece escuchar su pregunta.
—Si el bando equivocado descubre desde dónde están cayendo, lo perderíamos todo…
—¿Hablas de la guerra?
—Sí.
—¿Quién libra esta guerra, Rafe? ¿Tú?
—Eso depende.
—¿De qué?
—De ti —responde tras mirarla a los ojos.
—¿Por qué?
—Sin un pupilo, no puedo pelear. Y te escogí a ti porque cuando peleo, gano. Te necesito, Dez. Necesito tu fuerza, tu gracia, tu alma. Te necesito a mi lado para salvar el velo.
—Yo no tengo ni la más remota idea sobre el velo ni tampoco sobre esta guerra.
—Por suerte, tienes un mentor estupendo para enseñártelo.
Rafe la mira como si solo viese sus puntos fuertes, y Dez los siente en su interior: su creatividad y valentía, la ferocidad que muestra frente a lo imposible.
Nota el respeto del ángel en su mirada.
—¿Cómo puedo ayudar? —pregunta.
Rafe suaviza la mirada y la clava en sus ojos.
—Quédate conmigo.
¿Se refiere a ahora mismo, a esta noche? ¿O a durante más tiempo? No se lo pregunta, sino que se limita a asentir.
Vuelve a levantarla en brazos y despliega las alas. Se elevan hasta el borde neblinoso del velo. Rafe alarga el brazo para tocar el velo y luego aparta la mano para taparse los ojos.
Dez echa un vistazo, pero no puede ver ningún haz de luz repentino, ningún motivo para que Rafe esté haciendo eso.
Y entonces… lo nota . No le ciega la vista, pero sí el alma. Oculta el rostro y aparta la mirada, temerosa de volver a enfrentarse a ese resplandor espantoso.
—No puedo… —Rafe coloca la mano sobre el destello que les ciega el alma y aprieta los dientes por el esfuerzo.
Dez lo observa conforme le causa el mismo efecto al velo con la mano que en otro momento a ella.
La noche que Rafe le contó que era un ángel.
La noche que descubrió que Mo había muerto.
La noche en la que, por un instante, la había curado lo suficiente como para seguir adelante.
Dez no puede verlo, pero lo percibe. Está intentando reparar el desgarrón del velo.
Entonces, aparta la mano de golpe. Apoya los hombros contra ella y jadea en busca de aire.
—¡Rafe!
—Estoy bien. Pero necesito descansar.
Dez lo ayuda a tumbarse contra una roca plana.
Trastabilla hasta caer de rodillas y desplomarse sobre las alas como si fuesen un manto glorioso.
Ella se queda de rodillas y observa lo increíblemente hermoso que es mientras él cierra los ojos y trata de recobrar el aliento.
Se ha olvidado por completo de la amenaza de mandarla al Sheol.
Hasta Asher y su halo le parecen tan lejanos como un sueño.
Esta noche, estar en el velo con Rafe, su fuerza y su compromiso con la causa… la abruman, no puede ver más allá.
Se acerca a él. Rafe levanta un brazo como para abrazarla. Ella se tumba sobre la piedra a su lado y le rodea el cuerpo con el suyo.
Le da la mano y le traza la piel moteada de la cicatriz que lleva en la muñeca. Se la levanta para verla.
—¿Quién te hizo daño? —pregunta mientras le recorre la piel sensible con los labios—. Lo mataré.
—Fui yo —responde ella, que siente su mirada como si fuera una luz cálida y brillante—. Estaba intentando ayudar a mi madre. Pero era demasiado pequeña. No tenía la fuerza suficiente.
—Yo creo que siempre has tenido fuerza de sobra, Dez.
Aparta la muñeca y la pega al costado.
—¿Rafe?
—¿Hmm?
—¿Puedo tocarte ya? —pregunta en un susurro.
—Sí —murmura él.
—¿En serio? —Dez se incorpora y le recorre las alas ávidamente con la mirada—. ¿Hay… reglas?
—Para mí, sí. Pero no para ti.
—Entonces, ¿todo menos…?
Lo escucha sonreír en la oscuridad.
—Si eso es lo que quieres, entonces adelante.
Se sube encima de él con los muslos temblorosos por el deseo. Primero, le apoya las manos en los hombros y lo observa cerrar esos ojos tan preciosos, expectante. Después, le recorre la piel suave y lisa con los dedos hasta notar la emocionante envergadura de las alas de Rafe.
—Dez —gruñe cuando lo toca.
Le pone tanto escucharlo pronunciar su nombre que nota cómo se le escapa un chorro que le empapa los pantalones hasta llegar al vientre plano de Rafe.
Ahora, mueve los dedos hacia arriba hasta toparse con la insultante suavidad de sus plumas.
Dez nunca ha sentido nada parecido y, a juzgar por la reacción eufórica de Rafe, le está gustando.
—Eres increíble —resuella Dez mientras piensa que ojalá esas alas pudiesen saciar la necesidad devastadora que siente al estar con él.
—Nadie me había tocado así hasta ahora —jadea él.
—Déjame hacerlo cada noche. Déjame convertirme en una experta.
—Mierda, Dez —contesta—. Casi no puedo soportarlo.
Los jadeos de Rafe guían sus manos a medida que va descubriendo cada fibra de sus alas; los pliegues sensibles y las partes más blandas.
Dez nunca se lo ha pasado tan bien haciendo disfrutar a otra persona. Quiere devolverle todo el placer que la ha hecho sentir durante los últimos meses.
Aparta una mano de las alas y él suelta un grito ahogado; ya echa de menos su roce.
—No pares —suplica.
Ella suelta una risa por lo bajo.
—Tú espera. —Con la mano libre, le desabrocha el cinturón y los pantalones—. Ahora, voy a chupártela —le advierte con voz apremiante, autoritaria—. Ni se te ocurra impedírmelo.
—Me rindo —responde él.
Entonces, Dez sonríe. Puede que hubiese pensado que, en comparación con las alas de Rafe, poder por fin agarrársela la decepcionaría. Se habría equivocado. Mucho, muchísimo.
Ya había notado que la tenía grande. Sabe que, cuando están pegados, besándose y con ganas de más, se le pone como una piedra. Aun así, hasta ahora no había podido contemplar esa obra de arte. Hasta ahora, nunca había sentido la llamada para venerar la verga de un ángel.
Pero en ese momento, la cosa cambia. Se lame los labios y va bajándole por el cuerpo para meterse esa longitud celestial en la boca.
Al principio, se toma su tiempo, le besa el glande hinchado y le recorre el borde con los labios.
Él se retuerce de placer y luego levanta las caderas mientras ella se la mete hasta el fondo y nota la curva en la garganta.
Cuando ya no puede abarcar más, levanta las dos manos y le acaricia las alas.
—Desdemona —gruñe—. ¿Cómo se te puede dar tan bien? ¿Dónde has aprendido a tocarle las alas a un ángel?
He tenido mucho tiempo para practicar en mis pensamientos , quiere decirle, pero no piensa sacársela de la boca hasta que consiga hacer que este ángel se corra.
Algún día, se la tirará con ese vergón. Le hará guarradas con las alas. Y ella piensa disfrutar cada instante. Hasta entonces, va a provocarle el orgasmo más intenso que haya tenido en todos los milenios que lleva con vida.
El egoísmo y las pocas probabilidades de que se cumpla esa afirmación casi hacen que se eche a reír. Satisfacer a Rafe le sale solo, y no quiere dejar de escuchar sus gruñidos. Es como si estuviesen destinados a hacer esto juntos, como si estuviesen destinados a dejarse sin palabras.
—Me voy a correr, Dez —suelta Rafe jadeando mientras tiembla con su roce—. No es como te esperas.
Ella levanta la vista y lo mira a los ojos, ve el anhelo de su mirada, lo mucho que necesita esto, casi como si lo temiese.
¿Cómo será ? ¿Cómo se corre un ángel?
—Estoy lista —contesta ella detrás de su glande enorme y liso.
— Mierda —gime a medida que todo su cuerpo, hasta las puntas de las alas, se arquea con unas oleadas de placer. Dez espera notar el sabor salado del semen en la boca. Está ansiosa por tragárselo, por sentirlo bajándole por la garganta.
No obstante, expulsa algo extraño y maravilloso, como la sensación del petricor, pero en la boca, un tornado de estrellas y lluvia, como probar el sexo de los albores del mundo. Nota un cosquilleo en los labios al tragárselo y, de pronto, una profunda sensación de dicha carnal le recorre el cuerpo.
La había excitado mucho, pero no creía que fuese a correrse solo con chupársela.
Otro error.
Un orgasmo se apodera de ella cuando Rafe todavía no ha terminado, y se queda inmóvil contra el ángel a medida que unas oleadas largas y suaves la atraviesan.
Gime, incapaz de hacer nada salvo rendirse a la sensación mientras esta se desvanece poco a poco. Y, cuando por fin desaparece, Dez solo puede arrastrarse y acurrucarse en brazos de Rafe, agotada y acalorada, a la vez que él le tapa el cuerpo usando las alas como una manta.
—Nunca he disfrutado tanto como contigo, Desdemona —declara como si se estuviese quedando dormido.
—Repítemelo cuando por fin echemos un polvo —murmura ella a la vez que se relaja en el profundo y maravilloso abrazo de sus alas.