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E stán volando .
Dez era consciente de que Rafe sabía volar, pero no se había permitido soñar con cómo sería estar en el aire con él. Levanta la vista, pero no ve ni rastro de las alas que la elevan hacia los cielos. Aun así, sabe que están ahí, igual que los brazos fuertes de Rafe.
Los chapiteles de la Aqueronte van menguando.
Contempla la simetría barroca del laberinto y luego la pista de aterrizaje atestada de jets modernos de obsidiana.
Las montañas se extienden en todas direcciones y sus cimas frías y brillantes llenan el horizonte.
Dez se siente demasiado viva y libre como para hace solo unos minutos haber estado arrinconada en el despacho de Moriah, recibiendo amenazas y siendo tratada como una cría.
¿Cómo puede existir otra cosa que no sea esto?
—Agárrate —indica Rafe—. Estamos atravesando el barbelo.
Se aferra al cuello de Rafe. De la misma forma que la noche que llegó a la Aqueronte, cruzar el barbelo sacude la gravedad.
Primero, se produce un fogonazo de luz cegadora.
Después, Rafe se precipita como un pájaro herido, igual que hizo el jet .
Dez se tensa, aterrada, hasta que escucha el fuerte shhh detrás de ella y sabe que las alas de Rafe están volviendo a alzarla como la vela de un barco que se hincha con un soplo de vida.
Al otro lado del barbelo , el cielo se abre a su alrededor: todavía es de noche, pero todo parece distinto. Da un grito ahogado.
El cielo no es completamente oscuro, sino de un azul medianoche intenso y brillante. Es el cielo real que se alza sobre Colorado. Las constelaciones titilan y siguen sus viejas trayectorias, más cerca de lo que las ha visto nunca. Hay una luna creciente preciosa, que yace perezosamente de costado.
—Vaya —jadea Dez. Lo echaba de menos. Añoraba estar en el mundo real, sin más filtro que las nubes.
Se acuerda de que las alas de Rafe son visibles fuera del barbelo . Vuelve a girarse para echar un vistazo y esta vez capta su atención. Él la observa, satisfecho, como si quisiese que lo viese. Como si se pavonease frente a ella. Al mirar más allá de los cálidos ojos cobalto de Rafe, las ve .
Unas alas de ángel, que brillan contra una oscura extensión de nubes.
Son lo más extraordinario que ha visto en su vida.
Gigantescas, doradas y con un contorno de luz, le salen de los hombros y se extienden nueve metros de longitud.
Las plumas centellean y luego el brillo se desvanece en su superficie.
Cambian constantemente de aspecto. Parecen estar compuestas por una sustancia iridiscente y radiante de otro mundo.
—¿Puedo tocarlas? —susurra.
Rafe cierra los ojos, como si la pregunta le provocase un placer intenso. Nunca ha estado tan imponente, tan atractivo como en este momento, surcando el cielo con ella.
—Cuando aterricemos —murmura.
—No. Ahora.
—Si me tocas las alas, no voy a poder volar.
—¿Por qué?
—Porque son sensibles.
—¿Falta mucho? —pregunta Dez, suplicante. No sabe a dónde están volando ni qué harán al llegar. Lo único que sabe es que necesita tocarle las alas a Rafe.
—Casi estamos —contesta él—. Intenta disfrutar del trayecto.
Así que obedece. El paisaje que la rodea es impresionante. Unos picos nevados coronan las dramáticas montañas rodeadas por desfiladeros. Los ríos titilan a la luz plateada de la luna. Todo huele a petricor y las nubes frías le bailan por la piel como unas sábanas de seda.
—¿Ves eso? —pregunta Rafe a la vez que señala con la cabeza una nube blanca y densa suspendida sobre la cima más alta.
—¿Te refieres a esa nube? —responde Dez, entornando los ojos a medida que bajan—. ¿Es el Departamento de Distribución?
—Ahora mismo, yo soy el departamento. Esa nube es el velo; o al menos, parte de él.
—El velo que separa la vida y…
—La muerte, sí —termina Rafe conforme se acercan—. El velo cambia de tamaño y forma. Recorre el cielo como una nube normal más, aunque es gracias a ella que los mortales pueden cruzar al otro lado. Pero, antes de eso, les permite a los ángeles llegar hasta los moribundos.
Poco después, los pies de Rafe se posan en un saliente de piedra en el punto más alto de la montaña, un diente clavado en la vetusta mandíbula del mundo.
Están lo bastante cerca del velo como para que casi pueda levantar la mano y tocarlo. Desde arriba, emite un sonido suave y sinfónico. Dez ladea la cabeza y lo ve suspendido sobre ella mientras unos patrones, unas formas y luego unas escenas van parpadeando en la base nubosa del velo.
Parece una pantalla de cine brillante donde se proyectan miles de películas a la vez.
Un amanecer. Una inundación. Un brazo roto. Una boda. La sonrisa desdentada de un bebé. Un viaje cuesta abajo en bici hacia el mar. Sexo. Trofeos. Unas semillas germinando en la tierra. Las velas de una tarta de cumpleaños. Una mano que se aferra a otra.
—Son escenas de nuestras películas —explica Rafe.
Dez señala un trozo del velo, una escena en la que un actor hace una reverencia en mitad de un escenario. Pertenece a una película que ha creado esta tarde sobre un hombre de St. Louis llamado Odin Day.
—Esa es…
—¿Una de las tuyas? —pregunta Rafe a la vez que vuelve a levantarla en brazos—. Hagámosle una visita.
—¿A qué te refieres?
—Tu película está a punto de estrenarse. Es en Missouri, ¿verdad?
—¿Vamos a ir a Missouri? —espeta Dez, confusa.
—Si cruzamos el velo, podemos llegar hasta los moribundos en un santiamén —explica Rafe.
Bate las alas y se adentran en la fría niebla del velo. Dez ve un cegador fogonazo de luz cuando descienden en picado a una velocidad y profundidad pasmosas.
Entonces, aparecen en un dormitorio pequeño y oscuro, delante de un hombre que no conoce en persona, pero al que reconocería en cualquier parte.
Odin Day. Rafe la deja cerca de una ventana que da al bosque.
Odin y su mujer, Penelope, cuya historia de amor Dez siguió como si del argumento de una buena novela se tratase, duermen el uno al lado de la otra bajo un edredón rojo. Rafe se lleva un dedo a los labios.
—No te muevas, y presta atención —indica—. Pero no interfieras con lo que estás a punto de ver. Yo para ellos soy invisible, pero si alguien se despierta y te descubre aquí, va a gritar. ¿Entendido?
Dez asiente cuando Rafe se acerca a la cabecera de la cama de Odin. Se agacha como si fuese a besarle la mejilla al hombre dormido. Pero en su lugar lo ve susurrarle algo al oído.
Luego, se desata el cinturón de la gabardina negra y se abre el lado izquierdo; ella clava la vista en el interior.
Lleva lo que parecen ser cientos de jeringuillas diminutas cosidas en el forro interno del abrigo.
Saca una del repertorio y la sostiene junto a la ventana.
Le da un golpecito con el dedo corazón, igual que haría una enfermera.
Contiene un humo nacarado, que Rafe le inyecta con cuidado a Odin en la base del cuello.
Dez lo observa a medida que la piel del hombre emite un brillo iridiscente.
—Es su alma —explica Rafe—. Tendremos que irnos dentro de poco.
Rafe vuelve a levantarla en brazos, pero ella es incapaz de despegar la vista del hombre moribundo que está viendo el repaso vital que Dez ha creado para él.
Espera que esas escenas que ha juntado sean suficientes.
Cuando estaba en el repaso, dentro del repositorio, Dez prácticamente podía sentir la blandura de la piel de recién nacido del hombre desgastarse y volverse cancerosa veintisiete cortos años después.
Hubo llamadas para audiciones y papeles como suplente.
Baja autoestima galopante. Peleas como géiseres con Penelope, con risas y besos largos entre medias.
La serenidad de sostener una caña de pescar en la mano.
Traer a casa la captura de ese día para ver cómo a ella se le iluminaba el rostro al abrir la puerta.
Y entonces, Dez se da cuenta de una cosa.
De esto va todo. El trabajo que hace en la Aqueronte. Las vidas que llevan estas personas. Es lo más bonito y desgarrador que ha visto jamás: el amor mortal.