Luces blancas 41
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P ara cuando entra, ya están todos esperándola en el despacho de Moriah: Zarlengo, Ezekiel, Moriah y Hanachesh, la cobra. Hasta Rafe está sentado en la parte delantera del escritorio con una expresión inescrutable.

—Siéntese —ordena Moriah.

Dez se sienta en la esquina de una de las sillas verdes tapizadas. Se mira las manos que, hacía muy poco, sostenían el halo de Asher. La escena de cuando se conocieron brilla en su corazón como un arma secreta.

No le cabe duda de que van a castigarla.

Podrán expulsarla y trastear con sus recuerdos, pero no van a poder arrebatarle a Asher la experiencia de aquel día.

No pueden borrar la conexión que ahora ha visto con sus propios ojos.

Así que, si al final acaban mandándola a casa, aunque todo termine esta noche, todavía puede encontrarlo.

Y, cuando lo haga, volverá a tener un motivo para vivir.

—Empiece a hablar —espeta Moriah.

Dez coloca las manos en el brazo de la silla y clava la vista al frente. Se plantea hacerse la tonta, pero ¿qué sentido tiene? Ya sabe de qué va la reunión.

—Quiere que me disculpe. No pienso hacerlo.

—Qué comienzo tan poco auspicioso —contesta Moriah.

—Nos enseñan que todo está en el repositorio, pero no es cierto. Nos ocultan momentos importantes. Sin justificación. Si se supone que debemos dar sentido a las vidas de los mortales, prepararlos para que entren en la luz blanca, ¿por qué censuran sus líneas vitales?

—La muerte no es una democracia —replica Moriah.

—¿Quieres que tu madre esté en conflicto en su lecho de muerte? —pregunta Rafe—. ¿Habrías querido eso para tu hermano?

—Pues claro que no —responde Dez—. Pero antes o después, cualquier cineasta al que le importen sus sujetos buscará la verdad que ocultáis ahí abajo.

—Cuando escoge qué tiene cabida en sus películas y qué no, ¿acaso no está cortando escenas importantes? ¿No está censurando las vidas de sus sujetos? —pregunta el doctor Ezekiel.

—Pero esas son mis decisiones como cineasta a cargo del sujeto —afirma Dez.

—Dez, la curiosidad que sientes por saber cómo funciona todo esto, la simpatía que profesas a tus semejantes… son comprensibles. Mierda, si todavía eres una de ellos —dice Rafe.

—No obstante, ya es hora de que asuma la posición privilegiada en la que está —replica la directora.

—¡Está en la Aqueronte! —exclama Zarlengo—. Demuéstrelo. Esta tarde, cuando ha bajado allí, ni siquiera estaba buscando una escena de uno de sus sujetos, ¿me equivoco?

—Yo… —Dez deja la frase en el aire; la han descubierto.

Se produce un silencio en la sala. Los integrantes de la dirección se miran como si estuviesen esperando a ver quién toma la iniciativa

—Doctor Zarlengo, ¿le importaría leernos las estadísticas de la señorita Rae? —indica Moriah.

—Hasta la fecha —lee Zarlengo en una tablet— ha completado doscientas doce películas desde que llegó.

—La mayoría de los de primero le sacan mil películas de ventaja —añade Moriah.

—El motivo por el que voy tan rezagada, el motivo de que tarde tanto en hacer una película, es que siento como si siempre faltase algo —replica Dez—.

Que la vida de un sujeto contiene más cosas a las que no tengo acceso.

Y esta tarde he corroborado mis sospechas.

—Dez vuelve a pensar en el punto de vista de Asher de la escena.

En cómo brillaba ella a ojos del chico—. ¿Por qué están censurando esas escenas?

—Quizá le resulte familiar el proverbio atribuido a Enoc: «Sin lo banal, los sueños no existen» —prosigue Moriah, haciendo una floritura con la mano—. Nuestro trabajo es dejar fuera lo banal para que el alma pueda acceder a la luz blanca con total libertad.

—Lo que encontré ahí abajo era de todo menos banal —dice Dez.

Moriah sonríe.

—Bueno, ahora sí que estamos llegando a alguna parte. —Acaricia a Hanachesh, que se gira hacia Dez y clava los ojos negros en los de ella—. Doctor Ezekiel, ¿podemos echarle un vistazo?

El doctor Ezekiel cierra los ojos y empieza a canturrear en voz grave y melódica.

Dez nota un retumbar bajo los pies y, entonces, un instante después, algo irrumpe en la sala y hace añicos el panel de madera que está a la izquierda de Moriah.

Zarlengo tiene el tiempo justo para agacharse y evitar el objeto volador dorado que entra a toda velocidad en el despacho y se queda flotando delante de Dez.

Un halo.

—¿No podrías haber usado la puerta? —Moriah niega con la cabeza.

El doctor Ezekiel deja de tararear con una nota final intensa, haciendo caso omiso a la destrucción. Dez observa el halo conforme este deja de girar… y reconoce la escena que contiene.

Es el halo de Asher. Ve la escena del día en el que se conocieron.

—¿Quién es este hombre? —exige saber Moriah.

Dez echa un vistazo a Rafe, que tiene la vista clavada en el halo como si fuese a aporrearlo.

—Es… —empieza a decir Dez—. Es el sujeto de la película que rodé antes de venir a la Aqueronte. —Las palabras parecen tan escasas que suenan a una mentira—. Fue la película gracias a la que me admitieron.

Moriah y Zarlengo intercambian una mirada de perplejidad.

—¿Y por qué ha ido en su busca? —pregunta Moriah.

—Porque no aparecía en su línea vital —responde Dez.

—¿Está enamorada de él? —exige saber Moriah.

—¿Cómo? —susurra Dez, atónita.

—¿Está enamorada de Asher Ibrahim?

Dez niega con la cabeza.

—Apenas lo conozco.

—Eso jamás ha frenado a un mortal —responde Moriah.

—¿Qué tiene que ver lo que yo sienta por alguien que lo seguro es que no vuelva a ver con que ustedes estén censurando las líneas vitales? —pregunta Dez.

—Estamos tratando de averiguar por qué robó el halo de otra alma —contesta Moriah—. No es propio de una cineasta de la Aqueronte.

—Porque está a un suspiro de la expulsión onírica —dice Zarlengo.

—Porque el amor nos hace cometer estupideces —replica Rafe con la vista clavada en Dez.

Traga saliva.

—Admito que he echado un vistazo al halo de otra persona, sí —dice, envalentonada porque al fin puede revelar sus intenciones—.

Pero sé que ahí abajo hay algo más. Una de las escenas de mi hermano que yo debería haber podido ver también estaba censurada.

Cada película que creo trata sobre una persona con una vida que censuran por motivos que imagino que a ustedes les benefician, pero no a ellos.

Si el resto de los halos se parecen en algo a este, contienen momentos que merecen formar parte de las historias de la gente cuando mueren.

Y creo que todos los cineastas de la Aqueronte deberían saber la verdad.

La serpiente sisea y Moriah vuelve a prestar atención a su escritorio. Mira fijamente a la serpiente a los ojos como si estuviese recibiendo un mensaje y luego dice:

—Señor Zarlengo, escolte a la señorita Rae al Sheol.

—¡No! —exclama Rafe, que se levanta de un salto.

Dez se aparta, sorprendida por la intensidad de Rafe. No sabe qué es el Sheol, pero, a juzgar por la reacción de Rafe, no es un sitio al que quiera ir.

—No puede hacerlo —contesta Rafe.

Dez se pone en pie.

—¿A qué se refiere? ¿Qué es el Sheol?

Moriah dobla las manos sobre el escritorio y le sostiene la mirada a Dez.

—Es un reino cubierto de una niebla densa donde no existen el libre albedrío ni el destino.

—No lo haga —murmura Rafe—. La culpa es mía, no de ella.

Debí haber estado ahí para detenerla. Aun así, el hecho de que pueda quebrar su objetivo, de ser capaz siquiera de encontrar los halos de ahí abajo, de saber que las líneas vitales contienen más cosas, basta para indicarles de lo que es capaz.

Ha roto las reglas, pero… Dez ve cosas que el resto de los mortales ignoran.

—¿Como qué? —pregunta Moriah.

—A mí. Fuera del barbelo —contesta Rafe—. Me vio cuando fui a reclutarla.

Moriah ladea la cabeza en dirección a Rafe y luego a Dez.

—Ya veo.

—Merece otra oportunidad —afirma Rafe—. Por favor.

Moriah echa un vistazo a Rafe con diversión.

—Si el señor De la Cruz accede a vigilarla con más atención, ¿se alejará de los halos?

—Sigo sin entender por qué no podemos utilizar esas escenas…

—Acepta la oferta, Dez —masculla Rafe.

Presiente que puede cerrar el pico o ir al Sheol.

—Está bien —responde Dez.

—Fenomenal —dice Moriah—. Estará en periodo de prueba hasta que complete la película mil quinientos. No más pasos en falso. —Le acaricia el espacio entre los ojos a la cobra—. Doctor Ezekiel, repáreme la pared.

—¿Devuelvo el halo?

Moriah le echa un vistazo y lo atrae hacia sí con el dedo.

Dez reprime el impulso de arrancárselo de las manos.

—Déjelo aquí conmigo —responde Moriah.

—Acelera —suelta Rafe al salir con ella de la reunión.

—¿A dónde vamos? —pregunta Dez.

Rafe aprieta el paso como si estuviese intentando perderla de vista a medida que atraviesan los pasillos oscuros y vacíos fuera del repositorio.

—A un sitio donde pueda responder a tus preguntas —contesta él.

Dez trota para alcanzarlo.

—¿En serio?

Rafe se detiene y se da la vuelta para mirarla.

—Pero primero, quiero que tú contestes a una de las mías.

Ya sabe lo que va a preguntarle antes de que las palabras abandonen sus labios.

—¿Estás enamorada de él?

—Ya os lo he dicho, apenas lo conozco. No me he zambullido ahí abajo por amor. Iba en busca de la verdad.

—¿Estás mintiendo? Porque no puedo… No podemos hacer esto si no estás lista para renunciar a tu mundo mortal.

—Estoy aquí, ¿no? —responde Dez mientras levanta las manos.

—¿Estás aquí porque esto es lo que quieres ? —pregunta Rafe—. ¿O porque crees que no tienes otra opción?

Dez tiene que pensárselo bien, sobre todo bajo esa mirada abrasadora de color cobalto. Ya tomó una decisión, así que quiere respetarla. Aunque eso era antes de haber visto el recuerdo de Asher del día en el que se conocieron en su halo.

Eso fue antes de haberse visto a sí misma a través de sus ojos.

—No sé si estoy enamorada de él, pero, si nada de esto hubiera pasado, si me hubiese quedado en el mismo punto de mi vida, creo que le habría dado una oportunidad —contesta con sinceridad.

—¿A enamorarte de Asher?

Dez cierra los ojos. Asiente.

—¿Te acostaste con él? —pregunta Rafe.

—¿Qué? No. Solo nos vimos una vez; además, tampoco es de tu incumbencia.

—Mierda —responde a la vez que niega con la cabeza.

—¿Te gustaría que me hubiese acostado con él?

—Pues claro, porque ahora una parte de ti siempre tendrá esa espinita clavada. Pero si, por el contrario, ya te lo hubieses quitado de encima, podría limitarme a borrarlo del mapa.

—Si tú y yo ni siquiera hemos…

Rafe avanza y la empotra contra el muro del Goliat. Le recorre las facciones de forma hambrienta con la mirada y ella inspira su aroma almizclado y a petricor. Ha conseguido que le preste atención.

—He de admitir que las cosas entre nosotros deben ser tan frustrantes para ti como lo son para mí —afirma Rafe—. De todas formas, hay un final a la vuelta de la esquina en el que te doy más de lo que nunca creíste posible.

Su intensidad hace que una oleada de placer le atraviese el cuerpo.

—Rafe…

—¿Quieres ver algo a lo que ningún otro alumno de primero tiene acceso? —pregunta Rafe—. ¿Quieres que te enseñe por qué estamos aquí y de qué va todo esto?

—Pues claro.

—Vamos —contesta a la vez que le tira de la mano.

Salen al exterior y se quedan de pie en la nieve, en el borde del laberinto. Dez se echa a temblar. Es el sitio en el que menos le apetece estar.

Algo se mueve dentro de los arbustos altos.

—No quiero entrar ahí —dice Dez.

—Qué pena. Es mi sitio favorito del campus. Me recuerda a mi hogar.

—¿A tu hogar? —repite Dez—. ¿Te refieres al cielo?

—No; me refiero a mi primer hogar en la Tierra.

Dez lo observa.

—¿De dónde eres, Rafe?

—Del mismo sitio que todas las Luces Blancas —responde—. Del Jardín.

—¿Del Jardín del Edén? —dice. Tiene sentido y, aun así, es una locura estar ahí plantados hablando de esas cosas. Como si acabase de decirle que es de Dayton, Ohio.

—¿Y dónde está exactamente?

—Se perdió —murmura Rafe—. Ya nadie lo sabe.

Cayó en el olvido hace mucho, en una guerra que desdibujó los límites.

Lo que te enseñaron a llamar Big Bang fue el estallido final de esa guerra.

Y todos nosotros nos vimos arrastrados a ella.

Muchos no sobrevivieron. Sin embargo, antes de huir del Jardín, Yael se llevó un esqueje de uno de los granados.

—Rafe pasa la mano por los susurrantes bordes del laberinto de arbustos—.

Lo trajo hasta aquí y creó esto. Por eso construimos la escuela aquí.

Dez toca las hojas y se le pone la carne de gallina de la emoción. Son hojas del Jardín del Edén. Desprenden calor . Una sensación rarísima en una noche helada.

—¿Qué hacemos aquí, Rafe?

—Una vez, me preguntaste cómo podían las películas adentrarse en la mente humana —dice Rafe—. ¿Te gustaría descubrirlo?

Piensa en su hermano, en cómo viajó Rafe hasta él cuando murió.

—Sí.

Él le tiende la mano. Y ella se la da.

La luna falsa que pende del cielo es la única fuente de luz.

Las piedrecitas crujen bajo sus pies a medida que andan.

Un búho joven ulula tres veces de forma estridente desde los pinos.

Dez se siente perdida, con claustrofobia, como si los muros que la rodean se cerniesen sobre ella.

Se aferra a la mano de Rafe conforme él la guía entre los pasillos estrechos, doblando esquinas de ramas y sombras.

—Izquierda, derecha, izquierda, derecha, izquierda, derecha —jadea Rafe mientras se adentra cada vez más en el laberinto. De pronto, se detiene y Dez se da cuenta de que han llegado al pequeño claro del centro—. Ahora, vamos a tener que volar.

—Vaya —susurra Dez.

—Dentro de poco, podrás hacerlo por tu cuenta. Pero, por ahora, tendré que llevarte. ¿Te parece bien?

—¿Me estás pidiendo permiso para que volemos con tus alas de ángel? —Dez se ríe—. Concedido.

Rafe sonríe, se quita la bufanda dorada de los hombros y la coloca alrededor de los de Dez con cautela. Cuando levanta el brazo para tocarla, titila entre sus dedos y le transmite un cosquilleo casi audible. Está caliente y es más flexible que cualquier cosa que haya tocado jamás.

Rafe se agacha para pasarle un brazo por debajo de las rodillas y el otro alrededor de la espalda y la levanta.

Dez escucha un shhh estallar detrás de ella, pero antes de poder echar un vistazo por encima del hombro hacia las alas batientes de Rafe, nota una sensación repentina de vértigo en el estómago.

El mundo desaparece bajo sus pies a medida que se elevan, salen del laberinto de arbustos y entran en el laberinto más grande que es el cielo.