Luces blancas 40
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–Y entonces Jet dijo: «Si quisiese un esclavo, habría llamado a Simon». —Le cuenta Simon una mañana oscura y tan cálida de marzo que hasta hay aguanieve cuando vuelven al repositorio después del desayuno.

A través del barbelo , el cielo no ha perdido su filtro cinematográfico oscuro habitual, aunque a Dez le da en la nariz que, si consiguiese atravesarlo de alguna forma, se toparía con un cielo soleado y despejado al otro lado.

Y esa sensación, estar más o menos cerca de la luz, de la calidez, le transmite un anhelo de estar en cualquier otra parte menos aquí.

—Ahora eres un ángel —le dice a Simon—. ¿Por qué permites que te siga tratando de esa forma?

Simon se ríe.

—Entre los ángeles existe una jerarquía descomunal . Y, por ahora, yo estoy en lo más bajo del escalafón —contesta su amigo con alegría—. Sé que algunas de las cosas que dice Jet suenan mal, pero son bromas internas de las que por fin formo parte…

Dez frena en seco, agarra a su compañero de habitación y tira de él hacia atrás justo antes de que Simon pise un frag medio enterrado en la nieve. Se le corta la respiración al bajar la vista hacia la monstruosidad más nueva.

Es imposible saber cuánto tiempo lleva ahí.

El frag va vestido con una bata de andar por casa naranja y raída.

Una fina capa de congelación le cubre los pies y tiene el pelo corto y canoso de una anciana.

Su cuello está torcido en un ángulo espantoso y está con la frente pegada al barro; no obstante, Dez ve una boca abierta como en un grito. Le entra un escalofrío.

— Puaj —suelta Simon al pasar por encima del cuerpo.

—Oye —contesta Dez, todavía clavada en el sitio. Señala a la pobre criatura, alucinada por la indiferencia de su amigo.

—Ah, claro —suspira Simon a la vez que se saca un móvil del bolsillo—. Alguien debería ocuparse de limpiar esto.

—¿Ahora tienes un móvil? —pregunta Dez con algo de envidia. Ella habría dado lo que fuera por tener uno hace seis meses. Ahora ni siquiera sabe a quién llamaría.

—Me lo ha regalado Jet por la ascensión —explica Simon, y después se pone a hablar por el móvil—. Necesitamos que vengan a limpiar el patio triangular.

—¿Cómo puedes ser tan cruel? —suelta cuando su amigo cuelga—. Esto era una persona.

—Y yo también. Pero ya no, lo mismo que ella. La diferencia es que yo estoy vivo y soy eviterno. Y ella es solo una víctima.

Dez niega con la cabeza; se le revuelven las tripas.

Últimamente, Simon se ha estado comportando de otra forma.

Desde la noche en la que ascendió, tanto Jet como él parecen más sarcásticos, más sombríos.

Cree que el cambio de Jet tiene sentido si asume que ha dejado caer la fachada amistosa que había construido para agradar a los de primero al principio de curso.

Puede que Jet tan solo esté revelando su verdadera esencia angelical.

De todos modos, creía que conocía mejor a Simon.

Ha tratado de ver la evolución de su compañero de habitación con la mente abierta; el humor negro tiene sentido cuando has tenido una experiencia tan cercana a la muerte como Simon, pero ¿esto? Ni siquiera lo reconoce.

—¿Qué es «eviterno»?

—Es el estado de ser un ángel. Nuestras vidas tienen un comienzo, pero no un fin. —Intenta darle el brazo a Dez, como si quisiese ayudarla a pasar por encima del frag—. Oye, si quieres un consejo…

—No te lo he pedido. —Se aleja de él.

—Estás aquí para convertirte en un ángel —declara su amigo—. Así que tienes que empezar a pensar como tal. Lo que implica destinar tu energía a lo que de verdad importa. —Mira al frag con una mueca desdeñosa—. No desperdiciarla en causas perdidas.

—Rafe no piensa que sean una causa perdida —murmura ella.

—Te aseguro que a Rafe solo van a importarle los frags hasta que deje de poder sacar provecho de ellos —afirma Simon—. En cuanto empiezas a formar parte de la jerarquía, lo único en lo que piensas es en seguir subiendo puestos. Ahora no te das cuenta, pero ya lo verás.

—Gracias, pero no —replica Dez.

Como siempre, el equipo de mantenimiento llega avanzando penosamente por la aguanieve. Es horrible la mundanidad con la que todo el mundo trata a estas almas perdidas. Dez observa con el corazón en un puño a los hombres lanzar el cadáver congelado a la bolsa y cerrarla de forma metódica.

—¿Cielo? —canturrea Jet desde la puerta del repositorio.

Dez entorna los ojos al ver que Simon se anima.

—Tengo que irme —dice, y le lanza un beso a Dez antes de salir corriendo hacia su mentor.

Suelta un suspiro a medida que se acomoda en el objetivo. Sabe que Simon tiene parte de razón: está ahí para convertirse en un ángel. Accedió a quedarse en la Aqueronte porque quería poder justificar el haber abandonado a su hermano como lo hizo.

Si lo logra, puede que merezca la pena. Quizá sí que necesite empezar a pensar más como ellos.

Aunque, desde hace poco, se da cuenta de que busca lo contrario cada vez más.

Últimamente, prefiere lo humano. Puede que tenga que ver con cómo ha cambiado Simon desde que ascendió o con que las noches que pasa con Rafe distan mucho de ser comprensibles para un mortal; no obstante, donde más cómoda está ahora mismo es en el repositorio con los sujetos que le asignan y su vida humana y sencilla.

Con esos defectos y esa salud delicada. Con esa capacidad para sentir dolor.

Con ese sentido del humor y el miedo a la muerte.

Con esas limitaciones físicas. Con la fe que le profesan a un Dios distante y desconocido.

En el objetivo, Dez no tiene que preocuparse por los ángeles.

Puede rodearse de humanidad como si de una capa se tratase.

Cuando dan casi las doce de la noche, enciende la cerilla para mandar su última película al Departamento de Distribución.

Por primera vez desde que llegó a la Aqueronte, ha conseguido llegar a la cantidad de trabajo diario.

Nueve películas. Nueve almas mortales a las que ha ayudado a cruzar los hoscos límites terrestres.

Sigue yendo más atrasada que los otros alumnos de primero, pero quiere celebrar esa pequeña victoria. Y no quiere hacerlo a solas.

Abre el objetivo y saca la línea vital de Asher.

Se transporta a aquel momento en la playa.

El que creó para los dos. Lleva semanas sin verlo, no lo ha consultado desde que se insertó en él.

Ahora, cuando la escena se reproduce, Dez se da cuenta de algo increíble.

Donde antes se veían restos del corte en los que el fondo no estaba del todo sincronizado entre el aparcamiento viejo del Dairy Barn y la arena suave de Ventura, ahora es como si Dez se hubiese fusionado en la escena con Asher.

Se ha quitado las botas militares. Tiene arena entre los dedos de los pies.

El viento marino le azota el pelo como no había hecho nunca en Death Valley.

Es como si encajase allí, de camino a Asher. Como si hubiese estado allí desde el principio.

Cuando se encuentran, se dan un abrazo tan auténtico que Dez lo siente en sus propias carnes dentro del objetivo.

Nota las manos de Asher. Lo bien que combinan con su cuerpo.

Avanza todo lo que puede para acercarse más a él, pero sin caerse al abismo de más abajo.

Y, cuando Asher la mira a los ojos, Dez percibe ese reconocimiento, lo cómodo que está con ella, y le recuerda al día que sí pasaron juntos al rodar la película.

Así no se abraza a alguien que no existe.

No estará presente en la línea vital de Asher, pero sí en su alma.

Necesita volver a ese día, revivirlo a través de los ojos del chico. Necesita dar con esa escena perdida, esté donde esté. Pausa la línea vital.

Asher está viendo un primer plano de su cara.

Dez observa esa versión cortada y pegada de sí misma, que no pertenece a aquella playa, que ha roto las reglas, ha saltado una línea temporal y, de algún modo, por increíble que parezca ha conseguido que funcione.

¿Qué puede sacar en claro la Dez del repositorio?

¿Dónde está la escena original?

«Lo mejor de zambullirse en un antro siempre es el ambiente», le dijo Eri en el bar.

Zambullirse.

Y entonces, Dez escucha otra voz en su cabeza. La de Rafe hace meses y en el mismo sitio, diciéndole: «Lánzate».

Baja la vista. Menea los dedos de los pies en el borde resquebrajado de la plataforma. Lo había visto tirarse a ese abismo desde aquí.

Además, el halo de Asher estaba ahí abajo. Rafe lo sujetó. Y ella vio a Asher en la rampa.

¿Y si Eri se refería a zambullirse allí? No en el antro. Ni tampoco en el río profundo y helado que tenía detrás. Sino en el agujero que Dez tuvo delante de sus narices desde el principio.

La última vez que bajó con Rafe, creyó que el halo de Asher era igual a la línea vital de su objetivo.

Sin embargo, puede que no lo sea. Puede que una cosa esté censurada y la otra no.

Si baja, Rafe no estará allí para rescatarla. No puede permitir que se repita lo de la última vez. No puede caerse.

Se acerca unos centímetros más a la plataforma e intenta hacer memoria de todo lo que le contó Rafe.

Tiene que saltar; no, que zambullirse. Debe dejar la mente en blanco y centrarse solo en eso.

Cuando encuentre el halo de Asher, se apoderará de él y lo subirá con cuidado hasta la seguridad de la plataforma.

Dez se lanza antes de poder pensárselo dos veces.

Un viento oscuro le azota el pelo. El aire es tan ralo que casi no puede respirar.

Deja atrás unas torres negras de metal que albergan una cantidad inconmensurable de orbes de luz.

Es incapaz de controlar la caída hacia la enorme esencia de la humanidad, aunque todavía le queda su intuición.

Nota que tras meses trabajando con la mente en el repositorio ha podido reforzarla.

Sabe lo que quiere y es consciente de que puede conseguirlo.

De los miles de millones de halos, Dez convoca uno.

Cae aún más, tanto que ya ni siquiera puede ver la plataforma. Sin embargo, no pierde la fe.

Cientos de halos se acercan a ella como si quisieran que les prestase atención. Dez los aparta con suavidad. Solo busca uno.

Al principio, nota un resplandor en el corazón que le hace saber que está cerca.

Alarga los brazos en una dirección con los ojos cerrados.

Su mano se topa con un halo. Lo rodea con los dedos.

Sí. Solo con tocarlo, sabe que es el suyo.

Esa calidez en concreto le resulta familiar.

Siente como si hubiese dado con algo que llevaba buscando desde hace más de una vida.

Abre los ojos. Lo mira y sonríe. Soporta la quemazón y se sirve de la otra mano para sujetar el resto de los halos e impulsarse a ella y al halo de Asher para regresar a la plataforma.

No tarda en salir trepando del reino bajo el repositorio y se sienta en la plataforma resollando, con el halo de Asher en las manos.

Es como un objetivo portátil en miniatura. No puede controlarlo con la mente, pero basta con tocarlo para ojear el contenido. Está buscando una escena. Un día.

Y, tras varios instantes buscándola, la encuentra.

Al principio, Dez no la reconoce. Se trata de la misma playa, el mismo muelle, las mismas olas del Pacífico.

No obstante, la forma que tiene Asher de mirarla hace que todo le resulte desconocido.

Como si sus facciones se hubiesen transformado, agrandándose ante sus ojos.

Está guapísima… y rara. Es como si tuviese una sonrisa pegada al rostro constantemente, algo que ella misma sabe que no es cierto.

Asher le observa las manos, los labios, las pecas que tiene su nariz.

A Dez le gusta el aspecto que tiene, a pesar de que nunca se haya visto de esa forma al mirarse en un espejo.

La Dez que ve Asher parece más despejada, magnética y profunda que la versión que tiene de sí misma.

Pero ¿de verdad es esa mujer? ¿Podría serlo si estuviese con él?

Hay tantos detalles nuevos, tantas cosas que a ella se le habían pasado por alto al rodar y en persona porque estaba demasiado ocupada fijándose en él.

Los ojos de él, del mismo color que el océano que rompe más allá del muelle.

El pintaúñas granate y agrietado que lleva ella cuando aprieta los botones del tocadiscos.

El temblor en la voz de Asher cuando dijo: «Por ahora, todo lo que he visto de ti me gusta, Desdemona Rae. ¿Qué más tienes?».

No había escuchado ese nerviosismo, solo el martilleo de su corazón.

Asher se ríe con unos conocidos, parroquianos habituales, que se interesan por la mujer que ha traído. Entonces se encienden las luces intensas que indican que es hora de cerrar, lo que significa que Dez tiene que marcharse.

En el aparcamiento, Asher le coloca el pulgar sobre su palma. Pum. Pum, pum. Pum.

No me olvides.

Eso no fue lo que dijo, pero ahora lo escucha, lo percibe en sus pensamientos.

No te olvides de esto. Vuelve.

Eso fue lo que quiso decir en realidad.

La escena termina y Dez vuelve a reproducirla. Otra vez. Su belleza la desgarra. ¿Por qué no volvió con Asher al día siguiente? ¿Por qué pasaron semanas y ninguno llamó al otro? ¿Por qué ha dejado que pasasen seis meses antes de conocer su versión de los hechos?

Esto lo cambia todo.