Luces blancas 39 #2
78%

39 #2

Dez suelta un grito. Ahí dentro deben de hacer más de mil grados. El fuego va a calcinarle los huesos y acaban de encerrarlo. Pero ¿qué mierda pasa en este sitio? ¿Cómo puede quedarse ahí plantada y permitirles hacer esto?

Se escucha un profundo gemido en el interior. No es exactamente un grito, sino un ruido inquietante y rítmico de una persona forcejeando. Suena como si a Simon le estuviesen dando una paliza.

Dez se gira rápidamente hacia Rafe.

—Algo no va bien.

—Ten paciencia —contesta Rafe con las mejillas tan sonrosadas que Dez se da cuenta de que él también está preocupado.

Entra en pánico. Lo que está sucediendo es cruel y está mal.

Está a punto de perder a su amigo más cercano.

Aparta al resto de un empujón y se le revuelven las tripas cuando ve a algunos ángeles besándose y restregándose con un extraño abandono que los hace parecer presa de un hechizo.

Empuja a dos ángeles a los que les cuesta separarse porque uno tiene la mano en los pantalones del otro.

¿Se están masturbando con la incineración de Simon?

Todos los que la rodean parecen increíblemente excitados. Al mirar a Rafe, se percata de que el rubor en las mejillas no es de miedo.

A los ángeles les pone que alguien ascienda.

Y entonces cree que lo capta. Rafe lleva desde hace meses diciéndole, prometiéndole que, cuando ascienda, por fin podrán hacerlo. Ella podrá resistir su gloria. ¿Estará pasando lo mismo con Simon? Cuando acabe, ¿podrá acostarse con otros ángeles de esta sala?

Aunque él está saliendo con Esther. Aunque lo más probable es que no vaya a hacerlo con ningún ángel, al menos no hasta que su novia ascienda. Pero si lo hiciese, al menos sobreviviría.

Y los cuerpos celestiales de esta sala lo saben. Todos lo desean. Con tanta pasión que la habitación se convierte en una orgía ardiente.

Dez llega hasta las puertas del crematorio. Desde dentro, sale un sonido ahogado y jadeante que la obliga a frenar en seco. El de algo acabando. ¿Ha llegado demasiado tarde?

De repente, el rugido del fuego se acalla y empiezan a pitarle los oídos. La puerta se abre y Simon y Jet salen dando tumbos; parecen aturdidos.

Suelta un grito ahogado al ver las alas de Simon. En realidad, las alas son invisibles, pero detrás de Jet y de Simon se distingue el contorno de unas alas de ángel enormes y majestuosas gracias a la fina capa de ceniza que las cubre. A pesar de todo, Dez no puede evitar observarlas, fascinada.

Moriah da un paso al frente, le susurra algo a Jet y le tiende una cajita. Él se gira para colocarse frente a Simon y le limpia la ceniza de los hombros con ternura.

Rafe le rodea la cintura a Dez con el brazo y tira de ella hacia él.

—Creo que esto te va a gustar.

Jet le tiende la caja a Simon. Su compañero de habitación la abre con las manos temblorosas y saca un anillo dorado grande y brillante.

—¿Eso es…?

—El halo de Simon —susurra Rafe—. Para él, la mortalidad ya ha llegado a su fin, extra questionum . Pero podemos darle otros usos.

—Quema —suelta Simon de forma placentera.

El halo titila entre sus manos. Dez vislumbra un destello de una escena en el interior: Simon cabalgando a campo abierto. En ese momento, el halo se hunde y se dobla hasta casi desaparecer para convertirse en algo suave y endeble.

Una bufanda dorada.

—A partir de ahora, lo llevará puesto para recordar a su antiguo yo —explica Rafe.

Cuando Jet le coloca la bufanda a Simon sobre los hombros, alguien descorcha una botella de champán.

Llenan las copas y después las distribuyen.

Rafe le tiende una a Dez y ella brinda para celebrar la ascensión de su amigo un tanto aturdida.

Bebe con los demás, pero observa a Simon y a su mentor darse un abrazo extrañamente íntimo.

Después de la fiesta, Dez se encuentra a Simon en su suite tocando una canción enérgica con el violín. Al escuchar las escalas rápidas y los pizzicatos y ver el arco desdibujarse como un ruiseñor, da la sensación de que está poseído.

—El Capricho 24 de Paganini —indica Yael desde donde está sentada en el sofá—. Se lo conoce por ser la pieza para violín más compleja jamás compuesta.

Dez se quita los zapatos de una patada y se desploma al lado de Yael.

Un fuego ruge en la chimenea como si fuese una noche más para tres estudiantes de grado normales y corrientes.

No es así. Dez no ha dejado de temblar desde la ceremonia de ascensión, a pesar de que la bufanda dorada de Simon y la mejoría de sus dotes musicales sean lo único que indique que ha cambiado.

—Entonces, ¿ahora eres un virtuoso? —pregunta mientras observa a Simon tocar sin esfuerzo. Durante las últimas semanas, Dez se ha preguntado en varias ocasiones cómo sería su versión de ángel, qué cosas cambiarían y cuáles seguirían siendo iguales para ella.

—Creo que solo es felicidad poscoital —contesta Yael.

Dez observa a Simon. Tiene los ojos cerrados y sube y baja los dedos por el mástil del instrumento de forma desenfrenada. Su expresión tranquila tiene ese brillo de alguien que acaba de echar un polvazo.

—¿Esther está aquí? —pregunta Dez, confusa—. Creía que los ángeles y los mortales no podían…

—Mira quién está au courant de los tabús sexuales interdimensionales —se burla Yael—. Por Dios, tiene que ser una mierda tener tantas ganas de tener sexo con Rafe y seguir igual de atrasada con tus películas.

Dez le suelta una patada a Yael.

—Cuando alguien se entera de que acostarse con un ángel es letal, no suele olvidarlo.

—En fin —contesta Yael—. No ha sido con Esther.

Entonces, ¿con quién? Dez piensa en la comitiva de ángeles excitados que antes rodeaba a Simon. Le cuesta pensar en esa ceremonia aterradora. En la forma en la que Simon desapareció dentro del crematorio. En Jet ahí dentro, con él. Piensa en el fuego devastador. En los ruidos que escuchó.

—¿Te has tirado a Jet ? —exige saber Dez.

Por fin, Simon deja de tocar.

—Se llama «apoteosis»; es la culminación de la transición de un mortal a la inmortalidad, en la que mentor y pupilo se fusionan a través de un coito que los une para siempre —explica Yael.

Dez recuerda a Rafe prometiéndole que lo haría con ella si se convertía en un ángel.

«Será justo entonces, ni un segundo más tarde».

No lo dijo por los preliminares. Así es como se convertirá en un ángel.

—¿Estás diciendo que todos los de primero tienen sexo con su mentor en la ascensión? —pregunta Dez conforme el deseo se le desata entre las piernas.

—Es supersexi, ¿a que sí?

Simon deja el violín, se acerca al sofá y la mira a los ojos con una intensidad distinta. A Dez le da un pelín de miedo.

—No tenía ni idea de que Jet fuese tan generoso —confiesa Simon—. Me ha cambiado para siempre.

—Y por eso nos encanta el sexo con vosotros —suspira Yael. Dez no consigue descifrar si lo dice con tristeza o amargura—. No hay nada como un ángel puro. Después de un cuerpo mortal, o eso me han dicho.

—Tengo preguntas —responde Dez.

—Cuéntaselo todo —le pide Yael a Simon—. Con pelos y señales.

Simon se recuesta en el sofá como si estuviese soñando.

—Por un momento, pensé que iba a morir. Entonces, Jet me tocó y…

creo que me resucitó. No sé si fui yo quien lo besó primero o si fue al revés, pero sentí como si estuviese recordando algo importante que había olvidado hacía mucho.

Tampoco es que me haya acostado con tanta gente, pero nada había sido tan placentero.

Es como si me hubiese pasado la vida comiendo serrín y, de pronto, alguien me ofreciese trufas blancas…

—Creo que ya lo entiendo —contesta Dez.

Simon se ríe.

—Con el debido respeto, creo que no. Ya me contarás cuando un ángel te la haya metido hasta el fondo, cuando haya poseído tu cuerpo y te haya ofrecido el suyo. Ya contarás qué opinas cuando hayas sentido la gloria a un nivel nuclear. Ya me contarás cuando te hayas corrido de todas las…

—Porfa, para antes de que nuestra amiga humana explote —replica Yael con seriedad. Esta noche está sombría, y Dez se pregunta si eso tiene algo que ver con Alice Quinn. Su pupila que nunca regresará a la Aqueronte.

—Algún día, tú también recibirás tu dosis de polvo angelical, Dez —suspira Yael—. Pero no te pienses que es gratis. —Se gira hacia Simon—. Esta noche, Jet ha sacado tanto de ti como tú a él.

—Bueno, pues espero que lo haya disfrutado —dice Simon—. Era mi primera vez con un ser celestial.

—No me refiero a eso —responde Yael—. Es algo más profundo que el sexo.

—¡Já! —Simon se ríe.

—Va en serio —suelta Yael—. Ahora, estáis conectados, atados por un vínculo eterno.

—¿Atados? —repite Dez—. ¿Eso qué significa?

—Simon ya no puede hacer nada para librarse de Jet; estará con él para siempre.

—¿Nada salvo, no sé, disfrutar? —pregunta Simon.

—¿Estaría atada a Rafe para siempre?

Yael se la queda mirando sin decir nada.

—¿Y qué pasa con vuestros mentores? —pregunta Dez—. Los que teníais antes de que se marcharan. ¿Y Rafe y Samael…? ¿Siguen atados?

—He largado demasiado —contesta Yael mientras se levanta—. Tú solo… dale una vuelta.

Se dirige a su cuarto justo cuando el sonido de alguien llamando a la puerta asusta a Simon y a Dez en el sofá.

—¿Jet? —susurra Simon, esperanzado.

Dez lo mira con lástima, aunque ella hubiese estado deseando para sus adentros que fuese Rafe. Se levanta y va a abrir la puerta a la vez que Simon retoma las primeras notas del Capricho 24 .

A través del ojo de la cerradura, la novia encantadora y mortal de Simon lleva una maceta con una orquídea. Dez alarga el brazo para abrir la puerta, pero se detiene.

—Es Esther.

—Dile que estoy durmiendo —responde. No deja de tocar.

—¿En serio? —pregunta ella—. Ha traído flores.

Simon echa un vistazo a Dez con una expresión distante que no le había visto poner hasta ahora.

—Hasta que no sea un ángel, ¿qué sentido tiene? —contesta.