Luces blancas 39
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–P or aquí, señorita Rae —indica el doctor Ezekiel, sujetándole la puerta del despacho de la directora en una tranquila noche de febrero.

Dez niega con la cabeza.

—Estoy buscando a mi compañero de habitación. Me dijo que nos veríamos aquí. —Echa un vistazo al repositorio oscuro y al retrato de Samael, donde Simon sugirió que se encontrasen. Al resquicio de luz que sale de la puerta de Moriah.

—Ha venido al lugar adecuado —contesta el doctor Ezekiel.

Dez traga saliva cuando la hace pasar. ¿En qué lío la ha metido Simon ahora?

Se asoma al pequeño despacho que contiene unas estanterías empotradas, un escritorio grande de cristal y cromo y dos sillas de terciopelo verde para invitados.

La directora no está por ninguna parte, y la serpiente blanca tampoco.

El doctor Ezekiel le señala la otra punta de la sala, donde un espejo grande cuelga de la pared del fondo.

Está torcido, deslustrado y tiene los bordes resquebrajados; se parece al que está detrás de la barra en el Villains.

Dez se coloca frente al espejo, al lado del doctor Ezekiel, y ve el contorno de ambos reflejos.

Lleva el vestido de seda negro que se puso en la gala, que ha combinado con unas Dr. Martens para darle un toque más informal y una chaqueta de punto verde oscuro.

Aun así, el espejo está demasiado ensombrecido como para ver el reflejo de sus caras con nitidez.

Así que no logra vislumbrar la expresión del doctor Ezekiel cuando el cristal comienza a transformarse y a desvanecerse como el humo hasta no dejar rastro.

—¿A dónde ha ido? —pregunta en cuanto se disipa.

En su lugar ha aparecido una escalera tallada en la piedra, que desciende de forma pronunciada.

—El espejo regresará cuando vuelva a hacer falta —contesta el doctor Ezekiel a la vez que le tiende una linterna.

—¿Qué hay ahí abajo?

—Tu amigo. Te está esperando.

—Ya lo veré de vuelta en la suite —responde Dez mientras da media vuelta para marcharse.

El doctor Ezekiel niega con la cabeza.

—Si te ha pedido que vengas, es porque quiere que esta noche lo apoyes. —Señala las escaleras—. Por favor.

El frío la envuelve al empezar a bajar las escaleras, sola. El brillo de la linterna que le ha dado el doctor Ezekiel ilumina lo justo para que pueda dar el siguiente paso. La escalera parece tornarse cada vez más oscura, húmeda y empinada.

—¿Simon? —pregunta.

No se escucha ni un ruido durante el trayecto, salvo por el suave sonido de la respiración de Dez. Avanza despacio, con cautela. Pierde la noción de cuánto ha bajado.

Entonces, como si alguien hubiese encendido un altavoz por bluetooth , escucha una risa más abajo. Se detiene sobre los escalones para aguzar el oído.

Es la risa de Rafe.

Sube el ritmo hasta que distingue una luz tenue acumularse a lo lejos. Por fin, llega al final de las escaleras y se asoma por la esquina hacia una sala abarrotada.

Parece un búnker antiguo, con muros de piedra y techos bajos.

Todos los ángeles están presentes, pero Dez no ve a Simon ni a nadie más de su clase.

Al entrar a la habitación de forma cautelosa, se da cuenta de que la mayor parte del barullo gira alrededor de Jet.

La gente lo rodea, le estrecha la mano y le da palmadas en la espalda.

Sin embargo, pese a todas las sonrisas, hay un deje de oscuridad en los ojos de los ángeles. Y Dez quiere averiguar por qué.

Rafe está al lado de Jet, pero cuando echa un vistazo a la escalera y se percata de la presencia de Dez, se separa del grupo. Se acerca a ella sonriendo, como si acabase de llegar a una fiesta.

—¿Qué se celebra? —pregunta.

—¿No lo sabes? La ascensión de Simon. Está preparado.

—¿Simon va a ascender? —Dez se queda de piedra—. ¿Esta noche?

—En cualquier momento. Debes ser su acompañante.

—¿Yo? ¿Y por qué no Esther?

Rafe mueve la cabeza.

—Puede que sea mejor así.

—¿Por qué? —pregunta Dez conforme lo sigue para adentrarse más en la sala—. ¿Rafe?

Deja el tema cuando algo frío y terso se le enrosca en el tobillo. Se queda petrificada, baja la vista y suelta un grito ahogado al ver a la cobra blanca treparle por la pierna.

La directora aparece a su lado y baja la vista hacia su pierna.

—¿Le gustan las serpientes, señorita Rae?

—Mi hermano tuvo una serpiente del maíz como mascota —contesta ella, tensa. La presión alrededor de la pantorrilla aumenta conforme el reptil le sube por la pierna desnuda—. Nunca la alimentaba, así que yo me encargué de hacerlo.

La directora observa a Dez y después esboza una sonrisa poco a poco.

—Hannah lleva mucho tiempo en la familia. La de cosas que ha visto esta chica. —Chasquea los dedos. En cuanto escucha la orden, la serpiente se desenrosca y le suelta el muslo a Dez. En un abrir y cerrar de ojos, vuelve a estar a hombros de Moriah como de costumbre.

— Ella también lo ha visto —le sisea la cobra a Dez.

Dez abre la boca de par en par y mira a la serpiente que acaba de ponerse a hablar como si fuese lo más normal del mundo.

—¿El qué, querida? —arrulla Moriah.

La serpiente vuelve a hablar.

— Mi jardín. En el kinetoscopio.

—La… ¿La serpiente sabe hablar? —Dez traga saliva y da un paso atrás.

—Pues claro —responde Moriah—. Fue Hanachesh quien concedió el don de la palabra a la humanidad.

— Fui yo la que le enseñó dicción a tu madre, Eva —sisea la cobra—. A hablar con palabras, con el cuerpo .

—¿Eres… la serpiente del Paraíso? —pregunta Dez.

La cobra saca la lengua.

—Están listos —indica Rafe a la directora desde el otro lado de la sala.

—Acaba de llegar —anuncia Moriah con una sonrisa.

Dez se gira y se pone de puntillas para ver a Simon acercarse a ellos con una túnica blanca. Lleva el pelo empapado como si acabase de salir de la ducha. El doctor Zarlengo lo guía.

Se colocan delante de Jet, que le apoya las manos en los hombros a su pupilo, se acerca y le susurra algo al oído. Simon asiente.

Moriah se desliza hacia Simon y divide a la multitud de ángeles. La cobra Hanachesh mantiene la vista clavada en Dez conforme la directora se coloca entre Jet y su compañero, igual que haría un cura en una boda.

—Bienvenido a tu ascensión, Simon.

Los ángeles recitan al unísono:

— Tibi gratulor in ascensionem tuam, Simeone.

Se escuchan silbidos y aplausos en la sala. Dez se une a ellos con reticencia, aunque le gustaría cruzar la mirada con Simon. No sabe cómo se encuentra su amigo. Sonríe, pero tiene la cara pálida como un fantasma.

—Estáis a punto de participar en una ceremonia antigua —anuncia Moriah—.

Fue mi antepasado Enoc quien la popularizó al ser la primera persona en ascender del plano mortal al de los ángeles.

En el capítulo 5, versículo 21, del Génesis, se describe el momento en el que Enoc fue escogido por la divinidad y lo transmutó; por supuesto, no se detallan los pormenores, como solían hacer los hombres que recopilaron la Biblia.

Sin embargo, gracias a unos textos clandestinos que se han ido transmitiendo durante milenios, hemos perfeccionado la experiencia de la ascensión hasta hacer de ella algo infalible.

—Hace una pausa—. Además de inolvidable.

La mirada de Simon se topa con la de Dez. Abre los ojos de par en par durante un instante y pone una expresión de «Qué mierda está pasando».

Dez niega con la cabeza. Ni idea .

—Simon, eres el primero de tu clase en ascender —anuncia Moriah—. Has completado tu primer paso como Luz Blanca guionista. Tu mentor, Jet, da fe de tus logros. ¿Quieres ascender?

Simon sonríe.

—Sí, quiero.

—¿Ángeles? —pregunta Moriah, al mismo tiempo que la multitud se separa y revela una estructura de hierro rectangular del tamaño de un contenedor. A medida que los ángeles tiran del armatoste gracias a unas ruedas, la temperatura de la sala sube de golpe.

—¿Qué es? —le pregunta Dez a Rafe.

—Hace tiempo, era un crematorio.

—Rafe —suelta con voz temblorosa—. ¿Qué van a hacer con él?

—Contiene las cenizas que pertenecieron a las alas de un exángel —explica la directora a la vez que da unas palmadas en el lateral de la estructura metálica—.

Cuando estés listo, Simon, abriremos las puertas.

Entrarás. Las cenizas te encontrarán y se fusionarán con tu alma.

Jet se asegurará de que estés cómodo durante todo el proceso. Cuando acabe, saldrás por el otro lado.

—Acabará reducido a cenizas —susurra.

—Se transformará en un ángel —la corrige Rafe.

A Dez le martillea el corazón por culpa de todas las falsedades que ha visto y oído, pero Simon parece tranquilo, casi distraído. ¿Lo han drogado? ¿Por qué está tan tranquilo?

—Rafe, tengo miedo. ¿Y si…?

—Solo le dolerá un segundo —explica Rafe—, pero el dolor purifica. Desaparecerá en cuanto el cerebro de Simon se percate de él. Y saldrá por el otro lado antes de que te des cuenta.

Se le desboca el corazón. Simon está a punto de abrazar la inmortalidad. Está a un paso de convertirse en ángel. Va a cumplir con el objetivo para el que se supone que están ahí, pero Dez no consigue entenderlo.

Es demasiado grande.

Demasiado imposible.

Las puertas del crematorio se abren con un fuerte ruido metálico. Una ráfaga de aire ardiendo le azota el rostro al contemplar el fuego del interior. Es blanco y abrasador, espantoso. Emite un rugido penetrante e ininterrumpido.

Simon trastabilla.

—No es más que un jueguecito mental, Simon —grita Jet por encima del ruido del fuego. Después, se adentra en el crematorio y desaparece en las llamas blancas.

Simon da un paso vacilante y se tapa la cara con las manos. Unas lágrimas resbalan por las mejillas de Dez. Se cubre la cara con un brazo y agarra a Rafe con el otro. Siente que los dedos están a punto de derretírsele. El calor la envuelve, rodea la sala entera y sube la temperatura.

Simon se acerca a la cámara de fuego, diseñada para incinerar huesos humanos. Se detiene. Toma aire. Y luego echa a correr.

La puerta se cierra de un portazo detrás de él.