Luces blancas 38
75%

38

D urante las próximas semanas, las palabras de la camarera resuenan en la mente de Dez.

Lo mejor de zambullirse en un antro siempre es el ambiente…

Reproduce la noche una y otra vez en su cabeza. La retahíla de descubrimientos que estaba empezando a cobrar algo de sentido… hasta que le preguntó a Eri dónde guarda la escuela las escenas que faltan. La camarera tenía la respuesta en la punta de la lengua cuando Jet regresó al bar.

Entonces, Dez se había ido a buscar el río. Y Yael se lo impidió…

Si hubiese seguido adelante, ¿con qué se habría topado?

Espera descubrir qué pasa en realidad. ¿El bar, el río y las escenas que faltan están relacionados de algún modo?

Pero, aunque pudiese investigar el río y zambullirse en busca de algo bajo la superficie, ¿qué acabaría sacando en limpio? Aunque encontrase la escena que falta en la cronología de Asher, seguiría sin resolver el problema más gordo.

En los cuatro meses que lleva en la Aqueronte, solo ha hecho veintinueve de mil quinientas películas.

Entonces, ¿por qué es incapaz de olvidarse del tema?

Tiene que centrarse en su trabajo, en quienes están muriendo, no en lo que le falta o deja de faltar a la línea vital de Asher.

Que Jet le contase que él y el resto de los ángeles iban a tener que comerse el trabajo que no estaba entregando la ha estimulado.

El trabajo no será más sencillo, pero Dez se siente más capaz, más segura.

Esta noche, por primera vez, está a punto de terminar cuatro pelis en un día.

Su sujeto es una mujer joven, de solo treinta y seis años.

Se llama Salwa y su vida ha estado marcada por el caos.

Algunas veces, conforme repasa la línea vital de Salwa y ve una calamidad detrás de otra, la vida de la mujer se le hace demasiado cuesta arriba.

Una lluvia de bombas asola el barrio de Salwa y la casa de su familia.

Su hijo pequeño muere de polio a los cuatro años.

Su marido se marcha una mañana a buscar comida y no regresa nunca.

Dez ha aprendido a comparar los recuerdos desde el punto de vista de un sujeto con las grabaciones recopiladas en la nube donde aparece .

Ha visto vídeos que grabaron el marido y los hijos de Salwa con el iPhone y le resulta esclarecedor ver cómo ellos perciben a Salwa de forma distinta a la de ella misma.

Según su familia, era un faro de serenidad y paz.

Pero en sus propios recuerdos, Salwa suele estar muerta de miedo, inquieta, llena de arrepentimiento.

Dez rara vez tiene tiempo para llorar a sus sujetos; lleva sin llorar por nadie desde Mo, aunque no puede evitar derramar unas lágrimas por Salwa mientras intenta dar sentido a una vida tan dura. Y entonces, en las profundidades de la línea vital, lo encuentra.

Una amapola.

Roja e imperfecta, maltrecha y con los pétalos aplastados en el jarrón de cristal de la mesa del comedor. Cuando Salwa inspira, Dez huele los pétalos.

Toda película posee un tema, una metáfora central. Para Mo, eran las nubes. Para Iris, el mar. Dez decide que para Salwa es esa amapola. Retrocede por su línea vital para descubrir cómo llegó al jarrón.

Encuentra escenas del marido de Salwa antes de que se casaran, de cuando trabajaba en una floristería de la calle Allymoun.

¿Así es como se conocieron? ¿Salwa fue a por rosas y se marchó con unas amapolas por recomendación del hombre con el que acabaría casándose?

Dez visualiza con claridad en su mente cómo una única amapola roja se convirtió en todo un mundo: en una familia, en una vida de recuerdos, en amor; aun así, no consigue encontrar la escena en el repositorio.

Retrocede en la línea vital de Salwa en busca de una flor.

Están por todas partes. Pero ninguna es la amapola roja del jarrón.

La mayor parte de los días, Salwa solía llevar a sus hijos a la escuela a pie.

Durante el trayecto siempre pasaban junto a unas laderas repletas de amapolas.

Dez da con otro día soleado normal y corriente y basa una escena en la familia pasando al lado de las flores.

Sube la saturación del dorado de las flores para resaltarlas más.

Se topa con unas amapolas salvajes en una mañana ventosa en la playa.

Salta a una tarjeta de cumpleaños de la madre de Salwa con una foto de unos pétalos de un suave color morado.

Amplía la imagen sobre el trozo de papel que la mujer lleva siempre en el bolsillo y que saca todas las noches cuando su familia se ha ido a dormir.

No le sorprende darse cuenta de que se trata de un boceto desvaído de una amapola.

Retrocede por la línea vital y descubre el día en el que su hija mayor la dibujó, un año antes de que se desatase la guerra.

Era un dibujo grueso e impecable. Dez añade a la película de Salwa el momento en el que la niña le enseñó la tarjeta a su madre.

Quiere encontrar la escena de la amapola grande y roja, pero le da la sensación de que no va a poder ser.

Siente como si hubiese un vacío enorme, pero no puede seguir buscándola a perpetuidad.

Tiene que terminar la película sobre Salwa.

Escoge la última toma con cuidado, la imagen que verá Salwa justo antes de morir.

Se decanta por el dibujo desvaído y arrugado de la flor que la mujer contempla al final de cada día, incluyendo esa misma noche en la otra punta del mundo real.

Dez sabe, aunque no conoce los detalles, que la guerra mandará el alma de Salwa a la luz blanca.

Ve la película después de terminarla. No le queda más tiempo. Entonces, se seca los ojos y enciende la cerilla, dejándola arder hasta que casi le quema las puntas de los dedos antes de apagarla de un soplido para enviar la película sobre Salwa al Departamento de Distribución.

Dez nunca ha sentido la clase de amor que Salwa compartía con su marido. Y, estando en la Aqueronte, no se imagina que vaya a hacerlo algún día.

¿Los ángeles se enamoran? ¿Tienen almas gemelas? ¿Pueden casarse y tener hijos?

Si Rafe estuviese ahí, le diría que está siendo muy corta de miras, igual que una mortal. Sin embargo, esas preguntas tienen un significado tan inmenso para ella que hasta duelen.

Lo más cerca que ha estado de enamorarse fue aquel día que pasó con Asher.

La sonrisa que le dedicó cuando se conocieron le resultó familiar.

No como si ya se hubiesen conocido antes, sino como si fuesen a hacerlo a partir de entonces.

Era una sensación que carecía de principio o de fin, compuesta por ese único momento.

Y no volverá a verlo nunca más. La única vez que quedaron parece haberse desvanecido de la futura película de Asher.

Así que ni siquiera se llevará el recuerdo a la tumba cuando muera, lo que es casi como si nunca hubiera pasado.

Como si Asher y ella no hubiesen compartido ese día.

Como si no se hubiesen despedido en el aparcamiento con un mero apretón de dedos.

Dez no puede contenerse. Hace aparecer la línea vital de Asher y la coloca en primer plano. Con el corazón en la garganta, rebobina hasta una escena en la que él está andando solo por la playa, el día en el que se conocieron.

Va descalzo, con los pantalones remangados hasta los tobillos y un jersey gris holgado.

Dez ve el océano, el mundo entero a través de sus ojos, aunque le encantaría saber lo que Asher siente .

Le gustaría descubrir lo que él sintió aquel día y el resto de los días después de conocer a Dez.

En esa época en la que ella se había esforzado tanto por no pensar en él.

Piensa en las innumerables escenas mundanas de la línea vital de Salwa en las que aparece con su marido.

Una envidia frívola se cuece en su interior.

No debería estar celosa de una mujer moribunda con una vida repleta de tragedias, pero le parece injusto que ella se preocupe tanto por Asher y no aparecer en ni una sola escena de su línea vital.

Piensa en cómo había analizado las escenas que otras personas grabaron sobre Salwa para compararlas con los recuerdos de la mujer…

Una vez, Rafe le dijo que su línea vital no estaba en el repositorio, que los cineastas no podían morir mientras estén en la Aqueronte. Aunque sabe que sí que hay otro lugar del repositorio que contiene grabaciones de ella.

En otra parte del objetivo, Dez anula el sistema para invocar la línea vital de su amigo Silas, de repente con el corazón afligido por lo mucho que lo echa de menos, por todo el tiempo que llevan sin hablar.

Se habrá preocupado por ella; le gustaría decirle que está bien.

Aunque sea mentira. Va recorriendo la línea vital de Silas poco a poco y, al contemplar todo el tiempo que llevan siendo amigos, nota una sensación agridulce que le encoge el corazón.

Ve una escena en la que se está acercando a Silas en el Dairy Barn; va vestida con una sudadera azul Klein sobre el uniforme de trabajo y un brillo escapista en la mirada.

No recuerda qué hicieron aquella noche, pero sí lo que sintió al salir del trabajo, al ver a su amigo.

Estaba más animada que de costumbre. Así querría que la viese alguien que le gusta.

Así es como querría que la viese Asher.

Traza el contorno de su cuerpo con el dedo sin pensar. No tiene ni idea de si funcionará, pero nota que la grabación de sí misma se despega del fondo de la escena, del calor nocturno de Death Valley. Contiene la respiración y arrastra el recorte por la línea vital de Silas.

Después, lo saca.

Y luego lo mueve hasta la de Asher.

Dez coloca el vídeo donde aparece con cuidado en la playa de Asher, de la misma forma que se dejaría un barco de papel sobre un estanque.

El vídeo tiembla y parece estar a punto de encajar en la línea vital de Asher; sin embargo, antes de que eso ocurra, Dez se estampa con fuerza contra el suelo. Intenta levantarse, desorientada, pero la plataforma no es estable y se balancea como si estuviese en medio de un terremoto.

—¿Desdemona?

La voz sale de dentro del objetivo; viene de la línea vital de Asher .

La escena de la playa está exactamente igual que hace un momento…

Solo que Dez acaba de entrar en la toma. Y se dirige hacia él.

En el repositorio, la Dez real suelta un grito ahogado.

¿Acaba de editar la línea vital de Asher?

Va a dar marcha atrás. Se devolverá al lugar que le corresponde. En un momento… Después de ver qué pasa.

Asher la mira .

Se acuerda de ella. La reconoce . Y, cuando vuelve a pronunciar su nombre, parece contento. Sorprendido, pero más que nada, contento .

—¿Desdemona Rae?

Se observa a través de sus ojos, desde su punto de vista, a medida que se acerca a él, radiante como un destello.

—Creí que no volvería a verte —dice con los brazos abiertos.