Luces blancas 37
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–C uánto tiempo —saluda Eri a Dez esa misma noche desde detrás de la barra. Levanta la coctelera y mezcla el contenido, lo que hace temblar el ruiseñor que lleva tatuado en el escote—. ¿Es por algo que te eché en la bebida?

—Qué va. —Dez sonríe—. Me gusta estar aquí.

—Lo mejor de zambullirse en un antro siempre es el ambiente —dice Eri para darle la razón.

Dez opina lo mismo. Lleva semanas sin dejarse caer por el chalé en las nubes.

Tenía muchas ganas de terminar a una hora decente para volver y para pasar una noche de desenfreno en el bar con sus compañeros de habitación.

Vuelve a echar un vistazo al espejo oscuro y extraño de Eri, donde ve su reflejo, pero sigue sin encontrar el de la camarera.

Igual que con la línea vital de Asher, falta algo. Algo que debería aparecer ahí.

—He estado… —empieza a decir.

—¿Ocupada? —pregunta Eri tras enarcar una ceja. Desliza una bandeja con cuatro bebidas que Dez no ha pedido, cada una de un color y en un vaso distinto—. Me alegra que hayas decidido quedarte, Desdemona. Rafe va a saber lo que se le viene encima cuando asciendas.

— Si es que lo acabo consiguiendo. —Dez no debería haberse pasado la mayor parte del día en la línea vital de Asher.

Todavía le queda para terminar la peli de Iris, y no ha conseguido encontrar la escena del nacimiento de su hijo que quería incluir en la película.

Mira a Eri con los ojos entornados—. ¿A qué te refieres con eso de que Rafe no va a saber lo que se le viene encima?

La camarera se inclina hacia delante y baja la voz.

—Si alguna vez te da la sensación de que tiene la sartén por el mango, es mentira. Rafe te necesita tanto como tú a él.

Se sostienen la mirada durante el tiempo suficiente como para que la intensidad le ponga los pelos como escarpias. ¿A qué se refiere la camarera? Antes de poder preguntárselo, Jet se sienta en el taburete que tiene al lado.

—Esperaba encontrarme contigo antes de que te fueras —dice—. No has asistido a ni una sola reunión del club.

—¿El club existe? —pregunta Dez—. Creía que, después de llegar a la mitad del trimestre, el resto de las actividades desaparecieron. Ya ni siquiera vamos a clase.

—¿Alguna vez has visto una película dark academia ?

—Vi El club de los poetas muertos con mi hermano.

—Entonces, ya sabes que los estudiantes que más presión sufren necesitan entretenerse con las cosas más oscuras y decadentes —contesta Jet—. Nos reunimos todos los jueves para relajarnos y debatir dilemas estéticos. Te ayudará a ser mejor cineasta.

—Ya voy atrasada con los encargos. Creo que no me queda tiempo.

Jet se acerca.

—No tengas miedo de pedir ayuda.

—Ah, ya la he pedido.

De pronto, Jet parece superinteresado en la conversación y se gira para colocarse delante de ella en el taburete.

—¿Rafe te tiene abandonada?

Dez teme haber dicho demasiado, aunque en realidad no haya dicho nada.

—Solo ha estado ocupado.

—Por supuesto. Con los frags —responde Jet.

—Hablando del tema, ¿qué está haciendo la Aqueronte con ellos? —pregunta Dez, pero Jet está señalando a la camarera como si no la hubiese escuchado.

—¿Qué te pongo, Jet? —pregunta Eri.

—Tomaré lo mismo que ella —contesta Jet mientras señala con la cabeza las cuatro bebidas que tiene delante—. Oye, sé que debes de sentirte culpable…

—¿Culpable?

—Por todas las pelis que arrastras cada día. Ellos no van a dejar de morir, es evidente. Y entonces los demás tendremos que encargarnos de lo que no termines.

—Nadie me lo había dicho.

—Rafe no es el único que puede echarte un cable, Dez. —Jet le dedica una sonrisa y le brillan los ojos dicromáticos—. Solo tienes que pedirlo.

—¡Dez, trae las bebidas! —chilla Simon desde un reservado en la otra punta del bar—. ¡Anda, hola, Jet!

Dez saluda a Simon, a Esther y a Yael, que están en el reservado. Se gira hacia Jet.

—Pero tú ya estás trabajando con Simon.

—Las cosas pueden cambiar en un abrir y cerrar de ojos —declara, tras encogerse de hombros y darle un trago a la bebida.

Ella asiente, le da las gracias a Eri, se apodera de las bebidas y se marcha al reservado a encontrarse con sus compañeros de habitación.

—Siéntate, Dez —indica Esther—. Estamos hablando de terror japonés. Simon y yo no conseguimos decidir qué tiene más potencial cinematográfico aterrador, los bakemono o los yurei …

—La cosa está entre los cambiaformas o los espíritus vengativos —le traduce Simon a Dez.

Dez lleva meses sin tener el tiempo o la energía para pensar en películas reales. Antes de la Aqueronte, le habría encantado hablar de frikadas. Ahora, niega con la cabeza.

—No lo sé.

—¿Cuántos tantos te has marcado hoy en el objetivo? —le pregunta Yael.

Dez levanta un solo dedo.

— Auch —suelta Simon, rodeándole los hombros a Esther con el brazo—. ¿Alguna vez has escuchado eso de «Está bien, pero tampoco es la hostia»? Puede que tú vayas a tu ritmo.

—Lo conseguirás, Dez —responde Esther—. En algunos encargos simplemente se tarda más que en otros. Yo hoy he terminado solo dos.

—¿En serio? —pregunta Dez, animada por la solidaridad de Esther.

—Con el debido respeto, no —espeta Yael—. Dez tiene que darse vida. —Se gira hacia ella—. Si me necesitas, aquí me tienes.

—¿Por qué la gente no para de decirme lo mismo? —pregunta Dez.

—¿Quién más te lo ha dicho? —La voz de Yael suena como un látigo.

—Rafe prometió que estaría más presente —responde ella en un intento por evitar la pregunta, a sabiendas de que Simon no debería enterarse de la conversación que ha mantenido con Jet en la barra—. Creo que está ocupado con algo de los frags.

—Me he enterado de lo del último. —Simon arruga la cara—. El que estaba… ¿no demasiado muerto?

—Y he oído que lo percibiste antes de que se le cayese encima a Rafe —añade Esther, intrigada—. ¿Cómo lo hiciste?

—No lo sé —responde ella—. En realidad, sí que me vendría bien que me echaseis una mano con una cosa.

A Yael se le ilumina la cara y se inclina hacia delante en el reservado.

—Tú pide.

Dez se acerca a sus compañeros de habitación.

—Me está pasando lo mismo que con la película sobre mi hermano. Como si en el repositorio faltase una escena.

—¿Qué escena? —pregunta Simon, y lame la sal del borde de la copa.

Dez está pensando en el muelle de Ventura, en el día que pasó con Asher, pero ni de broma puede decirles que estaba echando un vistazo a una línea visual que ni siquiera le habían asignado.

—Un nacimiento —contesta con cautela mientras piensa en la película sobre Iris—. He buscado por todas partes. Está claro que mi sujeto tuvo un hijo. Dio a luz. La vi embarazada. La vi criar al niño.

—Ya encontrarás otra escena, Dez —dice Simon con amabilidad.

Esther alarga el brazo por la mesa y le da un apretón a Dez en la mano.

Ella asiente y apura la bebida; no obstante, por dentro sabe que hay algo que no puede contarles a sus amigos. La escena que falta en la línea vital de Asher es única en su especie.

Necesita saber por qué el día que pasó con Asher se ha esfumado. Tiene que saber dónde ha ido a parar.

Yael señala las copas vacías.

—¿Quién va a por la próxima ronda?

Dez echa una ojeada hacia la barra; ve que Jet se ha ido y que Eri está sacándoles brillo a las copas a la vez que las sujeta con un trapo y les da vueltas para que los bordes de cristal atrapen la luz.

—Yo —contesta Dez, y se levanta de la mesa.

Coloca las copas vacías en la barra.

—¿Otra? —pregunta Eri.

—Y una cosa más —dice, armándose de valor.

Eri deja la copa que estaba limpiando y baja la voz.

—¿Qué puedo hacer por ti?

—¿Sabes algo sobre unas escenas perdidas?

Eri suelta un silbido en voz baja.

—Sí que lo sabes —afirma Dez.

—Ten cuidado, Desdemona. Estás jugando con fuego.

Ya lo sabía.

—Cuéntamelo.

—Pongámoslo de este modo —explica Eri—. Las pelis que creas permiten pasar página.

Te venden la idea de que la vida tiene un comienzo, un nudo y un desenlace.

A la gente le gusta. Es reconfortante. —Entorna los ojos y se acerca—.

No obstante, todo mortal tiene por lo menos un momento en la vida en el que ocurre lo contrario. Un momento que le hace cuestionárselo.

—¿Cuestionarse el qué?

—Si hay algo más… Algo distinto a la estructura en tres actos. Si hay algo después de pasar página. Algo que no ceda, que no tenga fin.

—¿Te refieres a una secuela? —pregunta Dez.

—Me refiero a lo opuesto a estar preparado para morir. Si mi trabajo fuese que la gente estuviese a gusto con estirar la pata, haría lo que pudiera para evitar que crean lo contrario.

Dez les da una vuelta a las palabras de Eri. Sigue sin tener sentido. ¿Es posible que, cuando conoció a Asher, le hiciese sentir lo opuesto a pasar página cuando le llegue la hora? ¿Por eso la escena no está?

¿A dónde habrá ido?

Recuerda la gala. Moriah había mencionado los riesgos del tipo de películas que hacen…

—¿Esto es sobre los Verdugos de la Muerte? —le pregunta a Eri.

Antes de que la camarera pueda contestar, se abre la puerta trasera. Jet vuelve al bar, pavoneándose. No se ha quitado el casco de esquí, pero le gotean las patillas, húmedas. Eri le echa un vistazo y después le desliza unas cuantas bebidas más a Dez.

—Eri —suplica Dez.

—Ahora no —susurra ella.

—¿Dónde están las escenas desaparecidas? —masculla Dez.

Eri saluda a Jet con la cabeza cuando él se sienta junto a la barra. Esboza una sonrisa misteriosa.

—Cuánta razón; lo mejor de zambullirse en un antro siempre es el ambiente.

En un cubículo al fondo del bar, Dez se topa con una ventanita en forma de estrella que no había visto hasta entonces. Pega la cara al cristal y ve el bosque de fuera, profundo y tentador a la luz de la luna.

Echa una ojeada a sus amigos, que no han dejado de beber y reírse y no se han percatado de la ausencia de Dez, así que se escabulle por la puerta trasera desvencijada del antro.

Es una noche fría y cortante, y Dez se ha dejado la parca en el reservado. Cuando se resbala con una plancha de hielo y cae rodando por la ladera hasta la linde del bosque, se le mete nieve en los calcetines y en el cuello de la camisa.

—Dez —la llama Yael desde la puerta trasera—. Si lo que buscas es el río, está a cinco kilómetros hacia el oeste.

Echa un vistazo hacia esa dirección, resollando, desde donde está, pero no ve nada salvo matorrales y ventisca.

—Te recomiendo que no toques el agua cuando llegues —sugiere Yael.

—¿Por qué no? —pregunta ella.

—Porque te freirá la puta mano —replica su compañera mientras baja la pendiente hacia Dez. Le tiende la mano para ayudarla a levantarse—. ¿Tú no tienes unos mil repasos vitales con los que ponerte al día?

—Sí.

—Hazme caso, ese río no te traerá nada bueno —afirma Yael conforme ella se levanta y las dos regresan al bar.