Luces blancas 36
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A l día siguiente, Zarlengo irrumpe en el objetivo de Dez sin avisar. Odia que cualquiera que no sea Rafe se meta en su objetivo. Hay demasiada intimidad, demasiada cercanía. La mirada entornada de Zarlengo le provoca frío y claustrofobia.

Ha venido a supervisar el encargo que acaba de comenzar sobre su nuevo sujeto, una mujer llamada Iris que creció en una granja en Belfast durante el conflicto norirlandés.

—¿Cuánto lleva trabajando en este repaso vital?

—Tres días.

Zarlengo se da la vuelta para mirarla, cruza los brazos sobre el pecho y baja la vista de modo que el sombrero negro le oculta el rostro.

—Me pregunto si su languidez está relacionada con la crisis emocional que sufre, señorita Rae. Es posible que la muerte de su hermano en mitad de todo este proceso la haya sobrepasado. Por no hablar de la relación potencialmente letal que hemos descubierto entre usted y el señor De la Cruz.

—Se equivoca —contesta.

—¿Existe alguna otra deficiencia personal de la que deba estar al corriente? No previmos que fuese a tener tantas dificultades.

Dez se detiene. Sabe de sobra que Zarlengo no va a querer escuchar lo que tenga que decir. Sabe cómo va a reaccionar. No obstante, no va a permitir que culpe a Rafe o a su hermano de su falta de progreso.

—Siento como si siempre estuviese persiguiendo una escena que no existe. Algo esencial, algo sin lo que no puedo terminar una película.

Es la misma sensación que tuvo con la escena del partido de hockey en la que su hermano estaba subido a hombros de su padre.

Aunque, a estas alturas, por lo que todo el mundo le ha dicho, Dez se ha convencido de que puede que ese recuerdo estuviese distorsionado.

Quería que esa escena fuese real, pero quizá estuviese equivocada.

Todos sus encargos le transmiten la misma sensación fantasma, como si faltase algo esencial.

—El repositorio contiene todo lo que pueda necesitar.

—Lo sé —se obliga a decir—. Es la misma respuesta que no dejan de darme.

—De hecho, contiene más de lo necesario. He conocido a cineastas capaces de crear una obra maestra con solo tres pequeños momentos.

Zarlengo repliega el objetivo para salir sin esperar respuesta y la pantalla se funde a negro.

Dez suelta un profundo suspiro cuando se queda sola y vuelve a encerrarse en el objetivo. Tiene que trabajar y centrarse en las almas que necesitan su atención.

El objetivo se llena otra vez de imágenes, de luz.

El repaso vital, compuesto por escenas aisladas en las que en otro momento trabajó para la película de su hermano, ha quedado sustituido por una galería inmensa.

Por todo este trabajo que esperan que haga de una sentada, en un solo día.

¿Estos seres humanos, de vidas plenas y maravillosas, la están esperando para morir?

Al igual que las hojas de un árbol, le abruma imaginarse acompañando a todos ellos, pero, si da un paso atrás y capta la visión de conjunto, ve la vida troncal que los une.

De pronto, aparecen los patrones, las semejanzas y las coincidencias, las vidas vibran por el amor y el conflicto, la generosidad, el fracaso y el deseo.

Coloca a Iris en primer plano. Ve cómo la línea vital de la mujer inunda el objetivo y se adentra en ella.

Va revisando escenas que van de la niñez a la vejez, momentos de ternura, de asombro y sacudidas repentinas de terror.

Intenta acallar la sensación de que algo se le escapa, trata de sentirlo todo, la historia al completo que tiene frente a sí.

Quiere ver la huella que ha dejado el paso de Iris en la tierra como el arco narrativo de una película, hasta conocer la esencia de su alma.

Quiere sentir que es la única capaz de guiar a Iris para que pase página y encaminarla hacia la luz blanca.

Es justo lo que solía sentir cuando hacía películas en Death Valley: autonomía e inspiración. Lleva tiempo sin experimentar algo así. Puede que nunca lo haya hecho en la Aqueronte. Es una sensación que no tiene desde… desde que rodó Destellos .

Piensa en Asher. En el día que pasaron juntos en Ventura.

Se permite recordar los detalles con tanta nitidez como si una parte de sí misma jamás se hubiese ido de allí.

Nota la madera tosca del muelle, la arena entre los dedos de los pies, el peso de la cámara al hombro, el brillo carismático de la mirada de Asher.

Lo echa de menos. Al menos, a la idea que se ha formado de él. A la sensación de estar cerca de Asher aquel día. Sabe que es imposible, pero en ese momento, vuelve a anhelarla.

Cinco minutos , se dice a sí misma. Y después volverá a ponerse manos a la obra. Cinco minutos para reconciliarse con la versión de ella que confiaba en su instinto, que tenía muchas menos herramientas de las que dispone ahora en la Aqueronte, pero que, aun así, siempre tuvo cuanto necesitaba.

Cinco minutos con Asher.

Aparta la línea vital de Iris con la mente; nota el calor en las sienes y le indica a la de Asher que pase a un primer plano.

Dez contiene el aliento. En la primera escena que extrae aparece un Asher de hace varios años, en clase, de pie detrás de un atril.

En la mano sostiene un mando para controlar la presentación en PowerPoint y está detrás de un portátil. Se dirige a una sala de estudiantes universitarios a medida que un profesor agotado lo observa en primera fila.

Dice:

—Aquí podemos comprobar que un diagnóstico temprano incrementa no solo la duración, sino también la calidad de vida.

Dez absorbe las palabras, el sonido que hace Asher al pronunciarlas y su expresión seria. Se empapa de los detalles de la sala, del semblante y la postura de Asher, del sonido de su respiración, de la camiseta arrugada que lleva y de los gestos que hace con las manos al hablar.

Se queda con algunas palabras: «reprogramación celular», «biogénesis mitocondrial» y «transfusiones de sangre de personas jóvenes» . Ojalá conociese esa faceta de Asher. Ojalá hubiesen mantenido el contacto. Se arrepiente de cómo ha seguido avanzando su vida sin él y viceversa.

Y entonces lamenta aquella noche de noviembre en la que le ofrecieron tomarse la expulsión onírica de la Aqueronte y retomar su antigua vida en lugar de renunciar a todo cuanto conocía.

Aquella noche, Dez renunció a Asher. Y ahora su única forma de verlo es a través del objetivo.

Quiere ver el día en que se conocieron. Quizá sea una tortura, pero necesita recordar que fue real, a pesar de que no pueda repetirse. Recorre la vida fascinante de Asher con la mente mientras trata de no distraerse con cada instante.

Se detiene en uno, es incapaz de avanzar. Es de noche y hay una mesa de comedor común y corriente. Un plato de lasaña, guisantes y un trozo de pan de ajo. Una mano sostiene un tenedor para llevarse un trozo a la boca.

Conoce esa mano. Conoce el contorno fuerte y las uñas pulcras. Le ha tocado la piel. Ya no está viendo una grabación, sino que ha entrado en los recuerdos de Asher, en su punto de vista.

Dez baja la mirada hacia los pantalones de correr negros que lleva puestos. A los pies descalzos que descansan en la alfombra, bajo la silla. Tiene una complexión más menuda que el hombre que conoció. Es más joven, puede que tenga unos quince años.

Las ganas que tiene de ver todos los detalles de esa escena tan mundana la hacen parecer algo prohibido.

Se percata de que hay otras personas sentadas a la mesa con Asher: dos chicas de ocho años, lo más probable es que se trate de sus hermanas, y dos adultos que serán sus padres.

Su madre, que murió de alzhéimer unos años después de ese momento.

Dez analiza a la familia como si estuviese empollando para un examen.

Su madre es preciosa, lleva la cara lavada y el pelo recogido en una coleta; está cansada, pero no tiene el mismo aspecto que la madre de Dez cuando está agotada.

La madre de Asher parece tener ese cansancio de cuando vuelves a casa después de un trabajo gratificante para cocinar una buena cena para tu maravillosa familia.

Se parece a Asher o, más bien, él es quien se parece a ella. Piel aceitunada. Pelo rubio. Mismo arco de cupido leve en el labio superior.

Su padre posee una tez más oscura, lleva gafas y una expresión intelectual.

Las chicas tienen la nariz quemada por el sol y los ojos del mismo color que los de Asher.

Una de ellas le está pasando los guisantes al perro de extranjis, que levanta la cola como un periscopio desde el extremo de la mesa a ver si le cae algo de comida.

Hay una silla vacía en la mesa. A medida que Dez se la queda mirando, un fuerte y evidente anhelo despierta en su interior.

Quiere ocupar esa silla. Quiere llenar ese hueco libre.

Quiere acariciar al perro, pasarles los guisantes, saber cómo se llaman las niñas, responder a las preguntas de los padres de Asher y asomarse a su habitación.

Quiere estar muy lejos de aquí, pero sobre todo…

Quiere que él la mire. No a través del objetivo de una cámara, sino a los ojos. De la misma forma que haría si entrase en su casa, en su cocina, en su vida, en este mismo momento.

¿Querrá verla, después de que no le haya devuelto las llamadas?

¿Cómo podría explicarle lo que le ha ocurrido y las decisiones que ha tomado durante esos últimos meses?

Al no encontrar una respuesta, sigue buscando el momento en el que Asher y ella se conocieron.

Busca escenas de playas, bares, rampas en forma de «U».

Busca de forma más meticulosa que nunca.

Sin embargo, no encuentra la tarde en la que se conocieron.

Por mucho que se esfuerce, no distingue a ninguna chica con vestido negro acercarse a Asher con una cámara al hombro.

Dez no está allí.

Es como si nunca hubiese estado.