Luces blancas 35 #2
70%

35 #2

Y entonces ve algo de lo que no se había percatado la última vez. Es un aro.

El aro oscila bajo su peso, pero lo ancla y evita que siga cayendo. Sujeta otro, luego otro más y así sucesivamente, trepando gracias a las ardientes manifestaciones de cada vida mortal.

—Baja —le dice—. Lánzate.

Dez tiene las palmas mojadas por el sudor a medida que se acerca al extremo. Le parece una locura que esté a punto de hacer esto.

Intenta dejar la mente en blanco. Sé como Mo jugando al Halo , se dice a sí misma. Ninguna cita en el juzgado o trabajo a tiempo parcial lo perturbaba mientras jugaba a la Xbox.

—Que es para este milenio, Dez —la llama Rafe.

Levanta los brazos por encima de la cabeza.

Y se zambulle.

Al principio, se le corta la respiración. Siente una euforia tremenda, más en el alma que en el cuerpo, como si, por primera vez en su vida, el salto la hubiese arraigado a su alma del todo.

¿Esto es lo que se siente al morir? ¿Un silbido fuerte y maravilloso? ¿Una mezcla entre soltarse y ser incapaz de sujetarse?

—Es hora de desacelerar.

La voz de Rafe, su eco distante, la devuelve de golpe a la realidad. A la de verdad. No se está muriendo; simplemente está cayendo en picado, más rápido y más lejos de lo que pretendía.

El pánico se apodera de su cuerpo.

—¿¡Cómo!? —grita.

—¡Igual que en cualquier otra situación! —exclama él, aunque su voz se va desvaneciendo—. Decide que vas a hacerlo y ponte manos a la obra.

Dez estira los brazos y las piernas e intenta hacerse todo lo grande que puede, pero así tampoco va a poder agarrar ninguno de los halos. Tiene que escoger uno, dirigirse hacia él y atraparlo con ambas manos.

Sus ojos se topan con una banda refulgente más abajo. Se acerca a ella a trompicones, estira más los brazos hasta que…

La sostiene en la mano. Arde y le hace cosquillas, como si estuviese hecha del fuego con el que se creó el universo. Afloja el agarre a medida que su cuerpo se balancea hasta quedarse quieto. Levanta la vista y Rafe se acerca a ella con una facilidad que no entiende.

—Pasa a otro halo —le indica al llegar junto a ella.

— Auch . —Dez suelta un grito ahogado—. No me parece justo que tú puedas bajar volando mientras que el resto tenemos que trepar.

—Algún día, volaremos juntos —afirma. Sus miradas se cruzan y ella vuelve a experimentar esa falta de aire que siente cuando están a solas en su cama. De todas formas, ahora no puede andarse con tonterías. Tiene que aprender a salir de ahí por su cuenta.

Encuentra otro halo y se agarra a él con suavidad. Y después otro. Su mente teje una cuerda invisible de halos para regresar a donde tiene que ir.

—Al principio, igual que pasaba con el objetivo, tendrás que tirar de cada halo con cuidado —indica Rafe—. Pero, con la práctica, aprenderás a hacerlo con la mente.

Dez está prestando atención. Se centra en las instrucciones de Rafe… hasta que, en un momento dado, deja de hacerle caso. Porque justo ahí, dentro del halo que está sujetando Rafe, el que está utilizando para ejemplificar el proceso, irradia una vida que logra distinguir.

Ve a alguien a quien reconoce al instante.

La escena está encogida y dispuesta en un ángulo extraño, así que al principio le resulta imposible de discernir. Dez no está segura… hasta estarlo completamente .

Es Asher. Está subido a la rampa en forma de «U» en Ventura. La brisa del océano hace ondear su camiseta. Rafe está sujetando la vida de Asher.

Nota un dolor abrasador en la mano a medida que se le resbalan los dedos. No pretendía hacer eso; ni siquiera sabe lo que está pasando hasta que es demasiado tarde. Al soltarse, se precipita más rápido que nunca.

—¡Dez! —grita Rafe; su voz está a años luz de distancia.

Cae en picado. Es incapaz de disminuir la velocidad o de detenerse.

Parece que han pasado años cuando Rafe la atrapa. De nuevo en sus brazos, resuella para recobrar el aliento. La agarra con fuerza, con un brazo alrededor de la cintura y otro sujeto a un halo. No obstante, es uno distinto. El halo de un desconocido.

Asher ha desaparecido, perdido en un mar de estrellas ardientes.

—No me creo que haya tenido que volver a atraparte —espeta Rafe, no como si estuviese enfadado, sino más bien como si se alegrase de haberlo hecho.

Dez está temblando cuando le rodea el cuerpo con las extremidades flácidas.

—¿Qué ha pasado? —pregunta.

Levanta la vista en busca del halo que había estado sujetando hasta hace nada.

¿Qué posibilidades había de que, de todos los halos del mundo, haya agarrado ese?

De todas formas, no piensa contarle nunca a Rafe a quién ha visto en el interior.

Hace meses, cuando le preguntó por la audición de Asher para su película, creyó que se había puesto celoso.

No tiene ni idea de cómo reaccionaría si supiese que Asher sigue teniendo poder sobre ella.

Y mucho menos teniendo en cuenta que, desde hace dos meses, desde que descubrió la verdad sobre la Aqueronte, Dez se ha sentido perdida día sí y día también.

Así que empezó a vislumbrar fragmentos de la vida de Asher en el repositorio, un recordatorio de su antigua vida.

Aprendió a anular el sistema con sus emociones y a dejar que prácticamente se le friese la mente por las ganas que tenía de verlo.

Repasa su línea vital. Y eso la tranquiliza.

—Has pensado en tu hermano, ¿verdad? —pregunta Rafe.

Dez aparta la cara. No lo niega.

—Hazme un favor —dice Rafe a la vez que levanta el halo lo más alto que puede—. No entres aquí, por favor. Hasta que el dolor deje de ser tan reciente. No es seguro para ti.

Dez se queda callada, pero observa conforme los halos tiran de ellos hacia arriba y analiza la técnica de Rafe.

Odia este sitio.

Y, algún día, dentro de poco, volverá.

A solas.