35
–T engo una duda —le dice a Rafe una fría mañana de enero al cruzar el patio iluminado por la luz de la luna—. Ese sitio al que caí en el repositorio, ¿qué es en realidad?
Han pasado dos meses desde la muerte de Mo, desde que Dez descubrió los secretos de la Aqueronte y decidió quedarse, y todo ha cambiado. Ahora, Rafe se toma sus preguntas en serio y las responde con franqueza. Siente que están en el mismo bando.
Su vida ha cambiado, aunque no es más fácil.
Sigue llorando a su hermano cada día. Además, la carga de trabajo de los de primero es tan absurda que es como si estuviesen predispuestos al fracaso.
Dez ya no trabaja en la cocina y ha dejado de asistir todas las mañanas a clase en el Kohenet, pero la facultad sigue vigilando a los de primero en los objetivos la mayor parte de las tardes para hacer inspecciones sorpresa.
Cada vez que vienen a ver a Dez, le recuerdan que va rezagada.
—En realidad, es un centro de datos —responde Rafe.
Le rodea la cintura con los brazos; así es como suelen andar ahora en público, a pesar de que no son pareja.
Son solo un ángel y una mortal que todos saben que se están liando hasta casi rozar la muerte—.
Aunque no como los que has visto. Es una sala de almacenamiento de almas.
Dez asiente. Suponía que iba a decir eso.
—Me dijiste que caí porque tropecé en una grieta de la plataforma…
—Y es cierto. Sospecho que fue porque estabas tan centrada en la escena de tu objetivo que quisiste formar parte de ella.
Desde la primera vez que entraste al repositorio, supimos que tu mente era capaz de anular el sistema.
Creo que el día que te caíste también destrozaste los cimientos de tu objetivo.
—Da igual las veces que el doctor Ezekiel la arregle, la grieta siempre vuelve.
—Hablaré con él —dice Rafe—. Daremos con una solución mejor.
—No. —Dez se gira para mirarlo. Está muy guapo conforme la nieve se amontona entre ambos: con el pelo oscuro enmarcándole el rostro, los copos que le quedan atrapados en las pestañas largas y espesas se derriten igual que hacen sus huesos cuando se la lleva a la cama—. Quiero volver a entrar.
—Dez. —Le da un repaso con la mirada de arriba abajo, hambriento como si no hubiese estado comiéndose su sexo durante una hora—. Ni de broma…
—Creo que me está frenando. Que me está ralentizando —contesta ella.
—¿El qué?
—El miedo de volver a caerme, de estar tan inmersa en una película y que se repita. Romperlo otra vez y atravesar la grieta. —Le apoya una mano en el pecho y se estremece al tocar los músculos que están debajo—. ¿Y si no estás ahí para atraparme?
Él le recorre el lateral de la cara con las puntas de los dedos y una oleada de calor la atraviesa.
—Siempre te atraparé.
—Si no estás presente, no. —Dez se aleja de él. Últimamente, Rafe ha estado más veces desaparecido en combate que en el repositorio cuando lo necesitaba—. ¿Dónde te has metido estas últimas semanas?
—En tu cama, con la cara entre tus piernas.
Eso le gusta. La mayoría de las noches se queda suspendido en el aire, fuera de la ventana hasta que ella lo deja pasar, y no se va hasta que Dez está hecha polvo y se duerme.
Siempre ha fantaseado con estar con un hombre mayor, que tuviese confianza y experiencia, pero ¿un ángel de miles de años con el cuerpo musculoso de un hombre de veintiocho?
Ha ganado la lotería sensual, unos sietes de la suerte que resuenan por todo el cosmos.
El misterio es qué estará haciendo Rafe cuando no está en su cama.
Nunca se queda a dormir. Y, últimamente, durante el día está desaparecido.
—Necesito que me eches una mano. Estoy hasta las cejas de trabajo. Y no me siento segura en el objetivo.
—Estás bien. No estás hasta las cejas de trabajo.
—¿Sabes cuántas películas se supone que tengo que crear cada día?
—Nueve.
—Pues tengo suerte si termino una . Necesito un Soma. Necesito mil quinientos Somas.
Rafe niega con la cabeza.
—Lo que necesitas es centrarte.
—Necesito volver ahí abajo. Necesito demostrarme a mí misma que puedo sacarme las castañas del fuego. Si tú estás demasiado ocupado para ayudarme, puedo pedírselo a Yael…
A Rafe se le ensombrece el rostro y adopta una expresión glacial en el aire helado.
— Yo soy tu mentor. Y nadie más.
—Lo siento —responde, sorprendida por la intensidad con la que lo dice—. No creía que fuese para tanto.
La inquietud se le retuerce en el interior.
Rafe tiene mucho poder sobre ella. No quiere perderlo, no quiere que haya más distancia entre ambos.
Cobra vida cuando viene a visitarla por las noches.
Y, aunque la saque de quicio que no puedan hacerlo, que no la deje tocarlo por debajo del cinturón, el placer que él le provoca es lo que más le gusta de allí.
— Yo soy tu mentor —repite—. Si insistes en bajar por el repositorio, entonces nadie más va a llevarte.
—Gracias, Rafe —contesta.
Una sensación nauseabunda y repentina se apodera de ella. Echa un vistazo a Rafe y percibe… peligro. Un presentimiento oscuro.
Se avecina algo malo.
—¡Cuidado! —grita a la vez que agarra a Rafe por el cuello del abrigo y tira de él…
Justo cuando un cuerpo se estampa contra la nieve y no le acierta a Rafe en la cabeza por los pelos.
Una niebla rosa se desprende del frag. Este ha caído bocarriba; tiene la mandíbula torcida y las facciones ocultas tras una serie de cortes y moratones purulentos espantosos.
Lleva un camisón de mujer. Tiene los brazos anchos de un hombre que terminan en unas manos de niño pequeño.
Verlo es tan horrible, tan esperpéntico, que se marea.
Intenta recordarse que solo es un alma en un cuerpo grotesco que no ha conseguido entrar en la luz blanca. No es culpa suya.
Rafe ni siquiera mira al frag; tiene la vista clavada en ella.
—¿Cómo sabías que iba a caer? Ni siquiera has mirado al cielo. Y, aun así, lo has percibido. ¿Cómo es posible?
—No lo sé. He tenido una corazonada de que iban a hacerte daño. Quiero decir, de que algo iba a caerte encima.
Entonces, Dez escucha un gruñido que parece provenir de las entrañas mismas de la tierra. Sale de los labios de la criatura.
—¿Qué ha sido eso? —susurra.
—No está muerto. —Entonces, Rafe se arrodilla junto al cuerpo y echa un vistazo a sus extremidades dispares.
—¿Cómo es posible? —pregunta Dez—. Esa caída mataría a cualquier cosa.
—Los mortales tienden a vivir hasta que ya no les dejamos otra opción —contesta Rafe—. En la travesía hacia la muerte nunca ha habido interrupciones. Aunque desde hace poco, existen vacíos. Huecos. Y eso hace que las almas sientan que tienen una alternativa: morir o… no hacerlo.
—¿Qué hacemos con él? —pregunta Dez, mareada—. ¿Cómo podemos ayudarlo?
—Dejad que nos ocupemos nosotros.
Se sobresalta al escuchar esa voz a su espalda. Se gira y ve a un miembro del equipo de mantenimiento con una máscara de gas y una bolsa echada al hombro del traje de protección.
Dez estira una mano hacia el frag.
—No está muerto…
—Ya nos encargamos nosotros a partir de aquí —dice el hombre de mantenimiento, y se pone manos a la obra.
Pero Dez sabe que tendrá pesadillas con los gemidos del frag durante meses. Dentro de esa criatura hay vida, un alma de lo más inquieta.
Dentro del objetivo, Rafe y ella se suben a la plataforma, que brilla con sutileza. Echa una ojeada al espacio agrietado y oscuro que separa la elevación de la base de la cúpula.
Tiene miedo, pero si no regresa al abismo debajo de la plataforma, si no aprende a salir por su cuenta, nunca llegará a concentrarse del todo en su trabajo.
—Hay tres reglas —indica Rafe—. La primera: si te caes, la has cagado. La velocidad va aumentando conforme caes. Es una de las razones por las que te precipitaste tan rápido la última vez.
—¿Qué puedo hacer?
—Echa el freno. Lo importante es no caerse nunca. Si notas que te vuelves a resbalar por el borde, lánzate .
Dez se asoma por el borde de la grieta a las profundidades infinitas y oscuras. Traga saliva.
—De acuerdo. Salto.
—Segunda regla —prosigue Rafe—. Las luces que están más abajo se llaman «halos». Cada una contiene la vida de un mortal actual. Agárrate a ellas para subir, pero hazlo con cuidado.
—¿Ahí abajo hay un halo por persona viva en el mundo?
—Están encerrados en unos campos de radiación electromagnética.
Se le vienen a la cabeza los deberes de ciencias del instituto.
—¿Cómo una llamarada estelar, esas llamas que despiden las estrellas?
—Muy bien. —Rafe sonríe.
—¿No queman mucho?
—Sí. Solo podrás tocarlas durante un periodo corto de tiempo.
Dez trata de comprender la inmensidad sobre la que está de pie.
—¿ Mi vida está ahí abajo? —pregunta Dez—. ¿En un halo?
—No —contesta Rafe—. Moriah guarda los halos de los de primero en otra parte. Ahora bien, la tercera regla es la más complicada. Tienes que tener la mente completamente en blanco, no puedes pensar en nada que no sea trepar. Debes estar muy centrada.
—¿Cómo si estuviese meditando? —Nunca se le ha dado bien.
—Más bien como si estuvieses jugando a un videojuego —responde él—. Estás tratando de cumplir una tarea y no existe nada más. Si te distraes, seguirás cayendo. Así que olvídate de todo lo que no implique regresar a la plataforma.
Está de pie, con los dedos en el borde de la elevación.
Baja la vista a la oscuridad infinita, salpicada con unos puntos de luz.
Creía que se parecían a las estrellas. Suaviza la vista para dejar de ver su inmensidad vertiginosa y concreta.
Para verlas de una forma más similar a la de cuando levanta la vista al cielo nocturno.
Rafe se gira para ponerse de espaldas a la plataforma.
—Ahora, lo único que queda por decidir es qué enfoque piensas darle.
Dobla las rodillas y después da un salto hacia atrás con los brazos detrás de la cabeza. A continuación, se agazapa para dar un mortal antes de poner el cuerpo recto en una plancha larga y bonita. Se zambulle.
Y cae.
A Dez se le contrae el pecho hasta que, unos quince metros más abajo, Rafe alarga la mano y sujeta uno de los halos.