34 #2
—No te haces una idea de lo mucho que deseo esto.
De lo mucho que lo he necesitado. —Le recorre la cara interna de la pierna con los labios, le besa la rodilla y después la carne suave del muslo.
Le sube la falda del vestido de seda con los dientes, hasta dejar al descubierto la ropa interior negra que lleva.
—Arráncamela —le suplica.
—Estás ardiendo —dice mientras la besa a través de la tela fina—. Ahora te necesito empapada.
—A buenas horas.
Rafe mordisquea la tela y la aparta con los dientes. A Dez le da vueltas la cabeza por el dolor, la confusión y un deseo que consigue acabar con todo lo demás. Él sigue besándole la ingle. Pero ¿qué está haciendo? No debería…
—Oye —dice él en voz baja—. ¿Sigues aquí?
Sus miradas se cruzan y ella le tira de las solapas de la camisa para que la bese.
Lo acerca y le succiona el labio inferior.
Siente la misma oleada de placer que cada vez que se besan, que le inunda el cuerpo de la cabeza a los pies.
Está desnuda de la cintura para abajo, lleva el vestido subido hasta las caderas y está peligrosamente cerca de lo que sabe que es una verga celestial en toda regla.
Por Dios, puede que no le importe acabar muerta. Tampoco sería la peor forma de morir.
—No pienso cometer una estupidez —declara como si estuviese leyéndole la mente—. Solo voy a hacer que te corras.
—Qué listo —jadea ella.
Entonces, por desgracia, sus labios la abandonan.
Pero esta noche no es como el resto de las veces en las que se ha apartado y la ha dejado con ganas de más.
Esta vez, su boca no tarda en dar con ella y en devorarla como si estuviese hambriento, como si llevase mil años en la cárcel y ella fuese lo mejor que ha probado nunca.
El placer de sentir la lengua plana contra el clítoris, de que después se lo chupe y jueguetee con él suavemente con los dientes, la hace soltar un gemido.
Hace que le rodee el cuello con las piernas para acercarlo más, para que llegue más dentro.
Para que se la coma como solo un ángel sabría hacerlo.
El placer y el ansia se entrelazan en su interior.
Arquea la espalda y levanta las caderas contra su boca.
Le arranca un gemido al chico y la vibración de su garganta le retumba en el clítoris.
Lo tiene tan caliente, tan húmedo contra su boca.
Le coloca las palmas en las muescas huesudas que tiene en los hombros, de donde le salen las alas.
Lo empuja hacia abajo para que se adentre más en ella.
—Quiero pasarme la eternidad entera devorándote —dice mientras le coloca la mano en la raja palpitante y le introduce tres dedos poco a poco, centímetro a jadeante centímetro. Sabe perfectamente lo que le está haciendo: le está dando una muestra de cómo sería estar dentro de ella.
—Métemela, Rafe, me da igual —suplica.
—Supuse que dirías algo así —susurra mientras le echa el aliento en sus partes más sensibles—. Pero el caso es que necesito que te quedes. Así que voy a hacer que te corras con la boca y te va a encantar. ¿Te parece bien?
—Por favor —jadea—. Con eso no basta.
—Ya lo veremos.
—¿Me la vas a meter algún día? —gime.
—Eso depende de ti —inspira él.
—¿Y si me convierto en un ángel? —jadea.
—Será justo entonces, ni un segundo más tarde —responde él mientras le traza unos círculos con la lengua.
Dez cierra los ojos a medida que él le acaricia los pliegues con la lengua, la chupa y presiona la boca con fuerza contra ella. Está atrapada en un placer tan profundo que no se imagina cómo podría acentuarse aún más.
Y entonces, lo hace.
Un abismo creciente de éxtasis total que la hace correrse con el nombre de él en los labios.
—¡Rafe!
—Córrete más fuerte —dice, y vuelve a chuparle el clítoris.
—No puedo. Es demasiado placer.
—No has terminado. Búscalo.
Se frota contra él a medida que un infierno de pasión se eleva en su interior y prende todas sus células.
Tiene razón. Está pasando. No creía que pudiese disfrutarlo aún más, pero Rafe está consiguiendo que lo haga.
Hasta sentir que su cuerpo entero flota, como si se estuviese precipitando hacia el confín del universo.
Donde no existe nada más. No ha dejado de correrse.
Lo hace con más fuerza, intensidad y durante más tiempo de lo que parece humanamente posible.
Algo que solo tiene sentido porque los labios que la besan son de todo menos humanos.
Le sujeta el pelo con fuerza para que no se mueva.
Por si esa sensación no cesa, necesita que se quede ahí, justo donde debe estar.
Y entonces, poco a poco y sin darse cuenta, el orgasmo remite hasta convertirse en una calma profunda, aletargada y placentera. Como si estuviese a punto de dormirse. Pero no quiere, no antes de que Rafe la…
Bese.
—Me has leído la mente —murmura ella contra sus labios, rodeándole el cuello con los brazos.
—Esa era fácil —contesta él y, aunque Dez tiene los ojos cerrados, se da cuenta de que lo dice con una sonrisa. La estrecha entre sus brazos de forma que se quedan haciendo la cucharita. Y, por un segundo, se permite sentirse completamente bien.
El dolor está ahí, es real, y hay una guerra desconocida a la vuelta de la esquina, pero ahora mismo, en brazos de Rafe, nada importa salvo que no deje de abrazarla así.