Luces blancas 34
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–C ierra la boca —dice Dez, y lo aparta de un empujón.

—Sé que tu instinto te dice que dudes…

—¿Porque no tiene ni pies ni cabeza?

—Dez, si decides quedarte aquí hasta que amanezca, te comprometes a pasar el resto del trimestre preparándote.

—¿Para convertirme en un ángel? Es imposible . Soy de Death Valley. Trabajaba en el Dairy Barn, ¿lo recuerdas? Teníamos un plato que se llamaba «Patata asada con sorpresa», y no era una precisamente agradable.

—El arco de las vidas de los mortales es encantador. Podéis tener un origen muy humilde y un destino de lo más relevante.

—Si me quedo después de que haya amanecido, ¿a qué estaría comprometiéndome exactamente?

—A hacer mil quinientas películas en seis meses —contesta Rafe—. Nueve por día.

Es una cantidad ridícula. Una broma de mal gusto.

—Ya que estamos, ¿por qué no un millón?

—Mil quinientas es la cantidad diaria que se nos exige a los demás. A los ángeles.

—¿Hacéis mil quinientas películas al día?

—No nos queda otra para mantener el ritmo.

Se refiere al de los muertos.

—Tardé un mes en hacer dos —replica Dez.

—La primera siempre es la más difícil —afirma él—.

Si te quedas, si quieres llegar a ser una Luz Blanca como nosotros, Dez, podemos conseguirlo.

Yo estaré aquí para ayudarte. Cuando acabe esta noche, la fachada de la escuela de cine desaparecerá: se acabaron las clases, los clubes, los turnos de cocina y demás tonterías.

Te limitarás a trabajar, Dez, al cine. A hacer lo que mejor se te da…

—¿Cómo sucede?

—¿Te refieres a la ascensión?

—Sí. —Le parece increíble planteárselo, pero es una forma de posponer el dolor.

—Tenemos prohibido compartir los detalles por adelantado —responde Rafe—. Pero lo que sí puedo decirte es que, cuando un ángel obtiene sus alas, es algo extraordinario.

Dez trata de imaginárselo. ¿Alas? Parece imposible, y aunque lo fuese…

—¿Te estás preguntando dónde está la trampa?

Ella asiente.

—La trampa es abandonar tu vida tal y como la conoces. Si vas a ascender, cortarás lazos con tu familia. Ya has perdido a tu hermano, claro, pero tu madre no podrá volver a verte. Literalmente.

—Dudo mucho que quiera hacerlo después de lo que pasó.

Rafe asiente como si pudiese ser cierto.

—Y lo mismo con todas las personas a las que conocías. Fuera del barbelo , los ángeles son invisibles a ojos de los mortales.

—Pero yo pude verte.

—Tú eres una excepción.

—¿Qué significa eso?

Rafe enarca una ceja.

—Significa que nunca he presenciado una visión mental como la tuya. Es increíblemente poderosa. Si seguimos juntos, Dez, tendremos ventaja.

—Si asciendo, ¿para mis seres queridos será como si hubiese muerto?

—Ese es el sacrificio —contesta él tras asentir—. Pero te aseguro que merece la pena.

Dez piensa en su hogar, en Death Valley.

No se ve retomando la relación que tenía con todo el mundo después de lo que le hizo a Mo.

Ni con su madre, ni con el tío Bob, ni con Silas.

Ni siquiera se ve mirándose al espejo de su cuarto en casa, donde soñaba con convertirse en una clase de cineasta completamente distinta.

Una en la que pudiese tomarse más licencias creativas.

Aunque con bastante menos libertad cósmica.

No, aquellos sueños murieron con Mo. No puede regresar.

Significa eso que va a quedarse… ¿aquí?

Dez siente una fría punzada de pérdida atravesarle el pecho. Se sorprende e intenta averiguar de dónde sale. ¿Qué es lo que más echaría de menos de su vida anterior como para sentir algo así?

Asher.

Es tan lamentable que casi se echa a reír. Es absurdo lamentarse por alguien que quizá ni siquiera se acuerde de ella. Pero, cuando piensa en cortar lazos con la vida que solía llevar, esto es lo único que la hace titubear de forma dolorosa. Y no sabe por qué, pero le escuece.

—¿Y si no soy capaz de hacerlo? —pregunta—. ¿Y si no puedo renunciar a mi antigua vida?

—Los alumnos de primero que quieran regresar deben ir a ver a Zeke antes de que amanezca —dice Rafe—.

Él les administrará la expulsión onírica, que borrará todo lo que ha pasado de vuestro cerebro mortal.

Si es eso lo que quieres, puedes estar de vuelta en casa y retomar tu vida esta misma noche.

Tu hermano seguirá muerto y no puedo prometerte evitar la cárcel, pero ¿estas últimas semanas?

¿La Aqueronte? Todo parecerá un sueño que se desvanece con rapidez.

—¿Es eso lo que tomó Alice Quinn?

Rafe asiente.

—¿Y qué hay de lo que dijo Moriah sobre los cadáveres que llovían del cielo, lo de la resurrección…? —pregunta.

—La resurrección fragmentada. Frags, para acortar.

—Aquella noche, la última vez que estuviste en mi cuarto, me dijiste que Charles Costella era amigo tuyo. ¿Era mentira?

—Nunca te he mentido, Dez —responde él—. Como tu mentor, no puedo hacerlo. —Se sienta en el borde de la cama con pesadez—. Charles era mi amigo, de la misma forma que todos tus sujetos se convertirán en amigos tuyos. Si te quedas.

—¿Estabas trabajando en su película?

Él asiente.

—Moriah dijo que los frags eran responsabilidad de la Aqueronte. ¿Dónde están?

—En lo alto de la montaña, detrás del Villains, hay un río. Uno tan profundo que puedes bañarte en él. Los estamos manteniendo bajo un banco de agua helada. El hielo hace que estén más cómodos. No es permanente; es solo hasta que encontremos otra solución.

—¿Me lo enseñarás?

Se gira para mirarla.

—¿Vas a quedarte?

—No lo sé.

Recuerda lo que dijo Yael. Para darle su merecido a Rafe.

—Espero que te quedes —dice con tanta sinceridad que se queda sin aliento.

—Creía que me odiabas.

Rafe esboza una sonrisa y se levanta de la cama para ponerse delante de ella.

—¿Ahora entiendes por qué tenía que mantener las distancias contigo? —Estira el brazo y le coloca un mechón de pelo detrás de la oreja con una ternura inesperada—. Los ángeles y los mortales… no pueden…

—¿No pueden qué?

—No pueden mantener relaciones.

Dez suelta una carcajada; se ríe de veras en una noche que creía que jamás volvería a hacerlo. Y una llama de deseo prende en su interior.

—Lo digo en serio —prosigue Rafe. Casi parece dolido. Y Dez se percata de que así muestra él el deseo. La desea, pero está luchando contra ello.

De repente, lo único que quiere es que la arroje sobre la cama.

—¿Y por qué no podemos hacerlo? —pregunta con voz jadeante.

El calor de su mirada la estremece cuando responde.

—Porque… tu cuerpo no puede soportarlo. Por lo placentero que es. Y, si te matase…

—¿Crees que puedes echarme un polvo letal, Rafe? Te reto a hacerlo.

La observa con tanto anhelo e intensidad que Dez empieza a preguntarse si estos son sus últimos momentos. Eso explicaría por qué besarlo es el placer sexual más delicioso que haya sentido jamás.

—Las cosas empiezan a encajar, ¿verdad? —pregunta Rafe.

Recuerda la noche en la que Yael los sacó a rastras a Simon y a ella del Villains porque no confiaba en que Jet no fuese a llevar las cosas demasiado lejos con su pupilo.

Porque, si tenían relaciones… ¿Su amigo habría muerto?

¿Por qué iba a arriesgarse Jet a perder a su pupilo por un arrebato de placer?

¿Era como su hermano, que ansiaba algo tan peligroso?

Piensa en la piel de serpiente que se encontró en la cama la primera noche que Rafe la besó. Moriah había estado mandándoles una señal, una advertencia sobre lo que sabía que querían hacer.

—Si es tan arriesgado, entonces, ¿por qué me besas? —susurra ella.

Rafe da un paso adelante y le rodea la cintura con el brazo.

—Porque no puedo evitarlo. —Clava la vista en sus labios, y la forma en la que se los mira con avidez la pone a cien—. Además, no tenemos diecisiete, Dez. Besarme no te matará.

—¿Qué es lo que me matará entonces? —jadea ella, ansiosa por tenerlo.

Rafe le sujeta el pelo y le levanta la cabeza con suavidad. La atraviesa con la mirada.

—Si llegase hasta el final —gruñe—. Si te hiciese lo que de verdad quiero hacerte. Si te llenase con toda mi gloria, sentirías tanto placer que morirías.

—Entonces, ¿cómo…?

—Para sobrevivir, tendrías que ser un ángel.

Dez presta atención a todas y cada una de las guarradas que pronuncia.

¿Tendría que ser un ángel para sobrevivir a acostarse con él?

¿Es eso motivo suficiente para seguir en la Aqueronte?

Se ríe de su propia absurdez. ¿Va a renunciar a su mortalidad, a su existencia tal y como la conoce, solo para descubrir qué se siente al tener a este hombre, a este ángel, dentro?

No está pensando con claridad. Está conmocionada, aturdida por todas las cosas inverosímiles que ha descubierto esta noche.

Rafe ha dicho que su visión mental era increíblemente poderosa.

Ni siquiera sabe lo que significa. Además, tampoco tiene que preocuparse lo más mínimo por el tema, porque es imposible que cree mil quinientas películas en seis meses.

Es imposible que siga aquí. Es imposible que acabe convirtiéndose en un ángel.

Una pena para su cuerpo, que se estremece.

—¿Y qué hay del sexo oral? —pregunta sin poder contenerse. Eso no es lo que debería decir alguien cuando su hermano acaba de morir. O quizá sea lo único que pueda decir.

—¿Ahora mismo? —pregunta Rafe; parece dispuesto.

—Ahora mismo.

Enarca una ceja y esboza una amplia sonrisa.

—Estoy dispuesto a jugármela si tú también lo estás.

Entonces, Dez está en la cama. La ha levantado en brazos y empujado hacia atrás, de forma que su cabeza descansa contra la almohada.

Empieza a quitarle los zapatos de tacón de aguja: le desabrocha las hebillas, le quita las tiras finas y negras con suavidad y se acerca el empeine del pie desnudo a la boca.

—Rafe —gime cuando él le recorre los dedos del pie con la boca.

—¿Estás segura de que esto es lo que quieres? —pregunta.

—Ni se te ocurra parar, maldición.

Rafe clava la vista en su rostro conforme le besa los pies, haciéndola retorcerse de placer.

—Me consumes, Desdemona.

—¿En serio?