Luces blancas 33
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D ez se desploma en la cama y hace un repaso mental de la noche. Nada tiene ningún sentido. Está dolida física y mentalmente.

Rafe le contó que había estado en el hospital con su hermano y que Mo había visto su película en la cabeza. Dijo que, al morir, Mo estaba en paz. Quiere creérselo. Ojalá pudiera.

Pero ella no es un ángel. No ve la muerte de la misma forma que Rafe y que Yael. No entiende cómo funcionan las cosas, solo que parece haberse topado con un mundo oculto y de lo más extraño en un momento de caos y peligro.

Además, tiene el corazón hecho añicos.

Recuerda a Mo un domingo por la mañana, tumbado en su cama, observando el cielo del desierto por la ventana sobre el cabecero. Su hermano no solía estar en paz, pero lo estaba cada vez que observaba las nubes.

Puede que lo que Rafe afirma sea cierto. Quizá su película lo ayudase.

Encuentra en el suelo los vaqueros que se ha quitado antes de la fiesta, hace una vida. Mete la mano en el bolsillo y saca el bote de pastillas que contiene el ojo. Lo ha llevado encima todo el mes, aunque se pregunta si lo sigue necesitando.

Mo se ha ido. Tampoco es como si pudiera volver a casa.

Y, ahora que su hermano ha muerto, no soporta tener el ojo tan cerca. Aun así, no se deshace de él. Esconde el bote debajo del colchón.

Se asusta al escuchar un golpeteo suave, aunque el ruido no proviene de la puerta.

Vuelve a escucharlo. Contra la ventana. Contra la ventana que está a veinte pisos de altura. Se apresura a descorrer las cortinas… y da un grito ahogado al ver a Rafe suspendido en la penumbra.

Se pelea con la ventana batiente. Ni siquiera sabe cómo funciona. Cuando por fin gira el manillar lo suficiente como para que el postigo abra el cristal, Rafe se está riendo de ella.

—¿Y si te caes? —pregunta, y lo agarra con fuerza por las solapas del traje. Qué raro es sentir cómo flota en el aire. Tira de él para que entre.

—Creí que necesitarías más pruebas —contesta al pasar por la ventana y sacudirse la nieve de los hombros. Su presencia inunda el ambiente y el aire se carga.

Si Mo siguiese con vida, Dez estaría entusiasmada por la visita de madrugada de Rafe. Un ángel ha venido a verla volando. Pero lo único que siente es apatía.

—¿Y tus alas? —pregunta. No las ve, pero se percata de que Rafe no lleva la bufanda dorada puesta.

Él echa un vistazo por encima del hombro.

—Dentro del barbelo son imperceptibles. Es por vuestro bien, para que los de primero no veáis nuestra verdadera naturaleza hasta que estéis listos para hacerlo.

Dez quiere verlas. Muy a su pesar y a lo mucho que está sufriendo, siente curiosidad por la divinidad de Rafe. No solo quiere verle las alas. Quiere tocárselas, recorrerlas con las manos. Quiere perderse por completo en ellas para olvidar que tiene el corazón roto.

Ese deseo provoca que se le sonroje la piel y sube la temperatura de la habitación, por mucho que la ventana esté abierta y solo lleve un vestido negro de seda puesto.

—Me preguntaba si verme volar te espantaría o te pondría a cien —empieza a decir Rafe. Se le levanta la comisura del labio—. Creo que sé la respuesta.

Dez se aclara la garganta y se aleja de él. Esta noche no puede hacer esto. No puede ceder ante los anhelos de su cuerpo. Por mucho que la distrajesen del dolor.

—Antes, Yael nos ha contado que buscáis a un Ángel de la Muerte nuevo. Ha mencionado algo sobre una Pluma Escarlata y una guerra.

Rafe tensa la mandíbula.

—¿Ha dicho algo más?

Que ojalá me quede para darte tu merecido . Y, por el tono, no parecía que fuese a ser algo bueno para Rafe.

—Dijo que tú podrías explicármelo —contesta Dez.

—Puedo intentarlo. —Rafe espira—. Debería decirte que yo soy la opción más obvia para reemplazar a Samael.

—¿Por qué?

—Porque Sam era mi mentor.

—¿Tu mentor era el Ángel de la Muerte? —repite Dez, y recuerda una conversación que mantuvieron hace tiempo en el repositorio sobre sus cicatrices.

Al principio, por la forma en la que Rafe dijo que la suya era que su mentor lo había abandonado, creyó que estaba enamorado.

Pero ahora oye algo distinto, lo terriblemente trascendental que fue ese abandono para Rafe y para los demás.

—¿Por qué no te dijo dónde está la Pluma Escarlata y ya?

—Porque tengo que ganármela —responde él en voz baja.

—¿Y eso cómo se hace?

—¿Recuerdas lo que viste en el kinetoscopio durante tu primer día? —pregunta, y Dez siente que está cambiando de tema.

—La película del hombre corriendo. —Dez vuelve a visualizarlo mentalmente—. La pared de cristal que rodeaba el jardín. La espada de diamante y el fuego…

—Fue la primera película de Sam. —Rafe hace una pausa—. La creó para Eva.

Dez se tapa la boca con la mano.

—Lo que vi aquel día… ¿era el Jardín del Edén?

—Eso creemos Zeke y yo. No lo hemos visto.

Sam guardaba sus películas a muy buen recaudo.

Sin embargo, el vínculo que nos une a Sam y a mí, y ahora a ti, es fuerte.

Aquel día, a tu visión mental se le concedió un acceso extraordinario.

¿Que una mortal pueda ver lo que tú viste?

—Niega con la cabeza—. Sam tenía razón sobre ti.

—Sam no me conoce.

—Fue el Ángel de la Muerte durante miles de años, Dez. Sabe un par de cosas. —Rafe se sienta en el borde de la cama—. ¿Recuerdas la servilleta que te di la noche en la que nos conocimos? La que llevaba el dibujo.

Dez se lo queda mirando. Pues claro que sí.

—Fue Sam quien la dibujó.

—¿Qué? —susurra Dez.

—La última vez que lo vi —explica Rafe—. Quedamos a tomar un café. Me contó que iba a marcharse. Y luego me dijo que fuese a buscarte. Creyó que quizá tendrías un papel que desempeñar en lo que está por venir.

A Dez se le contrae el pecho. Tiró la servilleta junto con el delantal del Dairy Barn cuando ingresaron a su hermano en la UCI. Que existiese algo así la ponía demasiado nerviosa con todo lo que estaba pasando. No obstante, ahora teme las consecuencias de haber actuado de forma impulsiva.

Que el Ángel de la Muerte se fijase en ella, la eligiese y luego hiciese un boceto de ella…

—No quiero formar parte de una guerra —declara.

—Pues claro que no.

—Ni siquiera sé a quién tendríamos que enfrentarnos.

—Algunos son viejos amigos; otros, viejos enemigos —murmura Rafe—. A otros ni siquiera los conocemos.

—¿A qué te refieres?

—Cuando Sam se largó, hizo que se propagase una epidemia entre los ángeles sin quererlo. Durante un tiempo, solo había algún ángel aislado que renunciaba al cielo por amor, pero Sam demostró que también podía hacerse para ir en busca de aventuras. Así que otros siguieron su ejemplo.

—¿Cuántos se han ido?

—Todos los de último curso de la Aqueronte han perdido a sus mentores en las últimas seis semanas.

Dez se queda pasmada y piensa en los estudiantes de último curso. ¿Todos se sienten igual de rotos y abandonados que Rafe?

—Debe de haber sido un golpe muy duro —contesta ella.

—Sin ellos, somos vestigios de nuestro pasado —responde en voz baja—.

Y, mientras tanto, la gente muere cada día.

Nuestro trabajo sigue siendo igual de esencial, pero no podemos mantener el ritmo.

Cada uno de nosotros ha tenido que convertirse en mentor para sobrevivir.

Para que la muerte tal y como el mundo la conoce sobreviva.

Sin embargo, los antiguos sistemas se han desmoronado.

Las estructuras que dimos por sentado han desaparecido. Puede pasar cualquier cosa.

—¿Por qué alguien querría dejar de ser un ángel?

—Para sobrevivir a la eternidad hace falta un tipo de alma en concreto. Tienes que vivir el día a día.

—Supongo que para sobrevivir a la mortalidad también hace falta un tipo de alma en concreto —responde Dez al pensar en el espíritu insaciable de su hermano, en su sed implacable.

Rafe la mira como si supiese precisamente a qué se refiere.

—Lo que intento decirte, Dez, es que el cielo se está quedando sin ángeles.

—¿Cómo?

Asiente.

—Ahí es donde entras tú.

—¿Qué puede tener que ver conmigo?

—No te admitieron para que asistieses este trimestre a la Aqueronte porque hicieses muy buenas pelis.

—Pero creía que dijiste que los cazatalentos vieron Destellos y pensaron que tenía futuro —responde Dez.

—Sí, pero no estás aquí por eso . —Rafe se muerde el labio y escoge lo que va a decir a continuación—. Es una crisis sin precedentes. Necesitamos la ayuda de almas poderosas como la tuya.

—¿Para qué me necesitáis?

—Para reponer nuestras filas…

—Cállate…

—Para asegurarnos de que el ángel adecuado sustituya a Sam como Ángel de la Muerte —dice Rafe mientras alarga la mano hacia la suya—. Dez, te han traído aquí para que asciendas.