Luces blancas 32
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C uando regresa a su suite , Simon la envuelve en un abrazo.

—¿Puedo hacer algo por ti? —pregunta.

Dez lo estrecha entre sus brazos a modo de respuesta. Ya no le quedan más lágrimas que derramar, pero el abrazo de su amigo la consuela. Relaja el cuerpo contra el suyo.

Es pasada la medianoche y la tarde la ha dejado vacía. Siente que, si alguien le sopla, va a quebrarse. Ojalá pasase y sus fragmentos se diseminasen con el viento.

Sigue sin soltar a Simon cuando Yael se une a ellos en la sala común y los abraza. Nunca hubiera dicho que a Yael le gustase el afecto físico, así que no puede evitar conmoverse. Pasado un rato, Yael le coloca algo en la mano.

Es su móvil.

—Ten —dice—. Llama a tu madre.

Dez se queda mirando el aparato. Se ha acostumbrado a una vida en la que no tiene el suyo pegado a ella. Ahora le resulta raro tener uno en la mano. Se desploma con fuerza en el sofá.

—No sé si va a querer hablar conmigo —responde Dez—. No estoy segura de si yo misma querría hacerlo.

—Es tu madre, Dez. Inténtalo —la anima Simon, que se sienta a su lado en el sofá y se lleva las rodillas al pecho.

Marca el número y luego se pega el móvil de Yael a la oreja con las manos temblorosas. Le va el corazón a mil. No sabe, no se le ocurre qué decirle. A su propia madre. No se le viene a la cabeza ni una sola palabra.

El teléfono suena. Y suena. Y, al final, cuando se va al buzón de voz, Dez contiene el aliento y escucha la grabación con la voz conocida, alegre y de hace años de su madre. No le deja ningún mensaje. Baja el teléfono con lágrimas en los ojos. No sabe si está destrozada o aliviada.

Pero siente que esta noche está llorando la pérdida de dos personas en lugar de una sola.

—Voy a preparar mis famosos martinis de luto —dice Yael desde la cocina.

—¿Son distintos de los normales? —pregunta Simon.

—Son más grandes. —Yael aparece con una coctelera, una cubitera y tres copas. Deja todo en la mesita de café que Dez tiene delante, añade hielo a la coctelera y la agita—. Sé que estás conmocionada, pero como tu veterana…

—Hablando de eso, ¿cuántos años tienes? —pregunta Simon.

—Dejé de contar al llegar a los seis mil. —Yael sonríe y se pasa las puntas de los dedos por los pómulos.

—Genes de ángel —dice Dez, y su voz suena distante.

Sus compañeros de habitación la miran como si no supiesen que podía hablar.

—Ahí le has dado, Dez —contesta Yael con alegría—.

Y, como tu vecina inmortal, tengo la obligación de tantear qué tal están los ánimos.

Esta noche han pasado muchas cosas. Así que, si alguno de los dos necesita perder el control, qué menos que hacerlo emborrachándose.

—Sirve los martinis en las copas, añade una peladura en forma de espiral y le ofrece el primero a Dez.

Da un buen trago a la ginebra fría con aroma a limón y da vueltas a la peladura alrededor de la copa con un dedo.

—¿Tú primero? —pregunta Simon a Dez.

Ella cierra los ojos.

—Solía imaginar cómo iba a morir. He llorado muchas veces a mi hermano con el paso de los años. Era drogadicto, así que siento que siempre estaba aguardando esa llamada. Unos golpes en la puerta en m itad de la noche. Nunca me planteé, cuando por fin pasó, que sería por mi culpa.

—No fue culpa tuya —contesta Yael.

—Sí que lo fue. —Traga saliva—. No os lo he contado. Lo quemé. Maté a mi hermano.

—¿Qué? —pregunta Simon—. ¿Cómo?

— Dez —responde Yael con tanta calma que ella abre los ojos para mirarla—. Sé, sin ninguna clase de duda, que la muerte de tu hermano no fue culpa tuya. Con el tiempo, acabarás dándote cuenta.

—Ojalá sea verdad —afirma Dez.

—Es simple —dice Yael—. O complicado, dependiendo de cómo se mire. El caso es que, si te quedas, descubrirás varias cosas. La relación que tienes con la muerte cambiará por completo. Aprenderás a quererla, a necesitarla. Con una devoción que roza lo obsesivo.

—Entonces, ¿tienes un fetiche con la muerte? —pregunta Simon.

Yael hace oídos sordos.

—No conocía a tu hermano, Dez, pero vi tu película. Es evidente que lo quisiste cuando estaba vivo y que le diste lo que necesitaba al final…

—¿Sigue existiendo? —pregunta Dez—. ¿Sigue siendo Mo? ¿Volveré a verlo?

—Cuando abras la mente tanto como el corazón, lo verás en todas partes —contesta Yael.

—Malditos ángeles, siempre tan ambiguos —replica Dez, y aparta la vista.

—Voy a quedarme en la Aqueronte —anuncia Simon—. Lo he decidido.

—Pensaba que querías volverte a Oklahoma —contesta Dez.

—Eso era antes de esta noche. —Simon le da un buen trago al cóctel—. Esther y yo vamos a quedarnos.

—¿Te has revolcado con ella? —pregunta Yael—. Se te va a escapar el tren.

—Creo que no va a pasar —responde Simon. Parece feliz.

Si Mo estuviese vivo, ¿podría Dez ser feliz con todo lo que descubrió esa noche? Es imposible saberlo. Pero le da la mano a Simon y se la aprieta. Se alegra por él.

Simon le apoya la cabeza en el hombro.

—¿Y si te quedas?

Dez suelta el aire. No lo tiene claro.

—No sé si tengo una casa a la que volver —dice ella—. Pero tampoco sé si podré dar la talla. Incluso aunque no estuviese de luto…

—El luto forma parte de la existencia —declara Yael—. Y es una herramienta para el arte.

—¿Qué vas a saber tú del luto? —pregunta Simon—. Si eres un puto ángel.

—No siempre lo fui.

—¿Qué eras antes? —pregunta Dez.

—Eso no tiene importancia. Desde que Samael se fue, todo ha cambiado.

—¿Samael? ¿Te refieres al tipo del cuadro?

—No es solo «el tipo del cuadro» —contesta Yael—. Era nuestro líder. Era…

—El Ángel de la Muerte —termina Dez.

—Samael inventó la muerte —explica Yael.

—No me jodas —espeta Simon.

—Empezó con Adán y Eva. Después de que comiesen el fruto del árbol del conocimiento y de que los echasen del Paraíso, era inevitable que sufriesen.

Pero la muerte, no. Aún no. Sam fue el primero en poner en práctica el sistema.

El mundo lleva utilizándolo desde entonces.

—Yael le da un buen trago al martini y se toca el pecho—. Todavía se me ponen los pelos de punta.

Simon y Dez intercambian una mirada.

—Entonces, ¿lo que ocurrió en el Génesis es cierto? —pregunta ella.

—Casi —contesta Yael—. No puedes esperar que el relato de un tercero acierte en todos los detalles.

La Biblia no es más que un gran juego del teléfono roto.

Además, un montón de censores penosos y machistas edulcoraron las mejores partes.

No obstante, la verdad primordial todavía prevalece entre líneas.

—Y cuando dices que Samael se marchó… —dice Simon.

—Un buen día estaba aquí y al siguiente había desaparecido —explica Yael mientras baja la vista hacia la copa—. Al parecer, Rafe fue el último que lo vio.

—Suena siniestro —afirma Simon a la vez que le echa una ojeada a Dez.

—Estoy segura de que lo fue —dice Yael.

Dez da un trago al martini y siente como si hubiesen añadido otro nudo a la pesada red que se cierne sobre ella.

—¿Y ahora qué? ¿Qué va a pasar con la muerte? ¿Alguien va a reemplazar a Samael?

—Sí, alguien lo hará —contesta Yael, asintiendo despacio.

—¿Cómo se elige a un nuevo Ángel de la Muerte? —pregunta Simon.

—No se elige. Tiene que conseguirla.

—¿Conseguir qué cosa?

Yael da un sorbo a la copa y los mira a los ojos.

—La Pluma Escarlata.

Simon y Dez cruzan una mirada.

—¿Una pluma roja? —pregunta Simon.

—No es solo una pluma roja , idiota. Es lo que convierte al Ángel de la Muerte en lo que es. Y, desde que Sam se fue, nadie ha sido capaz de encontrarla. Por eso, todo el mundo está compitiendo, más bien en guerra, por hacerse con ella.

—¿Y cómo se supone que es esa guerra? —pregunta Dez.

—No te rayes, los de último curso se están encargando del tema —dice Yael—. Yo no, pero los demás sí.

—¿Por qué tú no participas? —pregunta Simon.

—Porque perdí a mi pupila —contesta ella, exasperada—. ¿Y que un mentor se quede sin pupilo en los tiempos que corren? Más vale que me pongan en la copa de un árbol de Navidad.

—No puede ser verdad. ¿Qué pinta un pupilo en todo esto?

Yael no responde, sino que se limita a apurar el resto de la bebida y echa un vistazo a la nieve por la ventana.

Dez piensa en todo el tiempo que ha pasado con Rafe durante este mes.

En su relación como mentor y pupila. En lo que creía que era.

En lo que es en realidad. Yael dice que se avecina una guerra y Dez no entiende contra quién ni por qué motivo.

Pero antes, Rafe ha dicho que las cosas iban a cambiar entre ellos.

Que, a partir de mañana, estarían en el mismo bando.

Si decide quedarse, podrá formularle esas preguntas.

Y puede confiar en que Rafe le dará respuestas.

Puede confiar en él.

Simon se aclara la garganta.

—Esther quiere poner en marcha una campaña para traer a Alice de vuelta a la Aqueronte.

—Ni os molestéis —contesta Yael, levantándose del sofá.

—¿Por qué no? —pregunta Dez—. Ahora que sabemos la verdad, no tiene sentido que la expulsasen para encubrir…

—No van a readmitirla —espeta Yael.

—Yael, ¿qué pintan los pupilos en esta guerra por la Pluma Escarlata…? —vuelve a preguntar Dez.

—Eso le corresponde a tu mentor explicártelo —contesta de forma sombría mientras se dirige hacia su cuarto—. Si te quedas.

—¿Tú le crees? —le pregunta a Simon.

—Dez, esta noche me he quedado con el culo torcido —responde Simon, repantigado en el sofá—. Ya no sé qué creer.

—Si te sirve de consuelo, Dez —dice Yael desde su cuarto—, ojalá te quedes con nosotros. Aunque sea para darle su merecido a Rafe.