Luces blancas 31
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–M o está muerto —se repite a sí misma en silencio al volver al repositorio, aturdida. Rafe y ella permanecen en las sombras. Él le pasa una copa de champán y se la bebe de un trago.

Mo está muerto . Las palabras le resuenan en los oídos y acallan la explicación de Moriah a los de primero. Todos parecen igual de sorprendidos que ella. Simon está llorando. Esther lo abraza. Paul Rowan parece estar a punto de vomitar.

Rafe se inclina hacia ella para explicárselo.

—Acaba de contarles lo de los ángeles.

Los ángeles. Dez agradece que Rafe se lo haya dicho en privado. Al menos, ha podido recibir el golpe.

Mo está muerto . Escudriña las mesas de los de último curso, los vestidos, los trajes negros y las bufandas doradas que siempre llevan puestas.

—Las bufandas —dice a la vez que le mete la mano a Rafe por la chaqueta para recorrerle la suya con los dedos.

Él da un respingo, pero no se aparta. Asiente.

—¿Para qué son?

—Para esconder nuestras espantosas vértebras.

Dez se lo queda mirando.

Él sonríe.

—El lugar de la espalda de donde nos salen las alas.

Alas .

Me cago en la puta. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza.

—Tienes alas —dice ella.

—Y bien grandes —contesta él en voz baja.

Señala a los demás, a la docena de bufandas en ese lado de la sala. La cabeza le da vueltas; está abrumada.

—Entonces, ¿todos ellos…?

Rafe asiente.

—Son ángeles. Todos los de último curso de la Aqueronte.

—¿Yael? —escupe. Entonces, se vuelve para mirarlo—. ¿Jet? ¿Felipe?

—Ángel. Ángel. Ángel —confirma—. Tenemos varios rangos, linajes, afiliaciones, claro, pero todos los ángeles están al servicio del Ángel de la Muerte. Todos los que estamos en la Aqueronte. Somos las Luces Blancas.

Luces Blancas.

Dez no sabe qué pensar al respecto. Apenas puede tenerse en pie del dolor y la conmoción. Acaba de perder a la persona que más quiere en el mundo. Lo ha perdido por culpa de sus propios actos. ¿Y ahora esperan que acepte que su próximo jefe pueda ser el Ángel de la Muerte?

Creía que el tío Bob ya era malo.

Señala con la cabeza el retrato que pende por encima de Moriah. Samael Sophus Abbadon.

—¿Es ese?

Rafe suspira.

— Era ese.

—¿Murió?

—Renunció a la inmortalidad. —Rafe cierra los ojos—. Para convertirse en un humano.

—¿Los ángeles pueden hacer eso?

—Antes se consideraba impensable —murmura Rafe—.

Pero la cosa cambió hace unos años. Empezó como algo aislado, cuando dos ángeles caídos que se enamoraron decidieron caer aún más bajo y aceptar la vida mortal.

Querían un amor ardiente, conocer la p asión definitiva.

La idea cuajó. Supongo que a Samael le llamó la atención.

—¿El Ángel de la Muerte se enamoró?

—No —responde Rafe—. Pero quiere hacerlo. O algo por el estilo. Y su dimisión ha dejado un vacío de poder. Por eso fundamos la Aqueronte.

—No eres un estudiante de verdad, ¿cierto? —pregunta Dez.

—No.

—Eso pensaba —contesta a la vez que le da un empujoncito y nota su cuerpo angelical contra las puntas de los dedos—. Aun así, no lo entiendo. ¿Qué pintan aquí los de primero? Me da la sensación de que no vais por la tierra reclutando mortales todos los otoños, ¿cierto?

—Tu clase es especial —afirma Rafe—. Por lo general, acudimos a un mortal cada par de milenios. Hace menos, pedimos ayuda a una mujer llamada Thecla. Pero desde que Samael dejó su puesto, hemos tenido que replantearnos nuestros métodos.

—¿ El cielo se está replanteando sus métodos?

Se encoge de hombros.

—Hasta la eternidad evoluciona.

—¿Puedes llevarme hasta mi hermano?

—No funciona así.

—¿Y cómo funciona?

—Solo Dios sabe.

—¿Cuándo se fue Samael?

—Hace seis semanas.

—¿Fundasteis la Aqueronte hace seis semanas ? —pregunta Dez que, al darse cuenta de que está en el repositorio concurrido, baja la voz y susurra—: ¡Si yo llevo aquí desde hace cuatro!

—Las cosas fueron muy rápido. La necesidad es la madre de la invención.

—¿Todo esto es nuevo? —Dez echa un vistazo a su alrededor, asombrada.

—El edificio, sí, pero está claro que nuestras tradiciones son mucho más antiguas. Los de último curso aquí presentes llevan haciendo repasos vitales desde hace miles de años. Y hemos traído a tu clase hasta aquí para enseñaros a hacerlos.

Le hace un gesto con la cabeza para que preste atención a lo que está diciendo la directora Moriah.

—Somos conscientes de que tenéis mucho que digerir —indica la directora a través del micrófono—.

Pero tenéis algo que encaja con este trabajo.

De lo contrario, no habríais llegado tan lejos.

Esta noche, se os dará una opción: quedaos y seguid formándoos o marchaos definitivamente por la mañana.

Si escogéis quedaros, trabajaréis más rápido.

La muerte no espera a nadie, al igual que nadie espera a la muerte.

Se os pedirá que hagáis mil quinientos repasos vitales para cuando termine el curso académico.

Unos murmullos se propagan por la sala. Es imposible. Dez echa un vistazo a Rafe, pero él no se lo devuelve.

—No obstante, a medida que subáis el ritmo, la calidad de vuestro trabajo también debe mejorar, porque las consecuencias de un trabajo deficiente son catastróficas.

Rafe le apoya una mano en la espalda.

—Tienes que escuchar esto.

—Una película mal hecha impide que un mortal pase página. No es convincente. En esos casos, los muertos pueden volver a la vida cuando el proceso ya lleva tiempo en marcha.

—¿Como en una experiencia cercana a la muerte? —pregunta Dez.

Moriah niega con la cabeza.

—Las ECM se producen lo suficientemente temprano como para resultar inofensivas —contesta Moriah—. Me refiero a un fenómeno al que se conoce como «muerte finita».

Un silencio se cierne sobre el lado de los de último curso. Hasta Rafe se tensa al lado de Dez.

—La muerte finita puede producirse al terminar de proyectar una película, cuando un alma entra en la luz blanca y, aun así , se las apaña para volver, convirtiéndose en un Verdugo de la Muerte —explica Moriah.

Levanta la mirada y echa un vistazo a la sala, casi como si estuviese buscando los ojos de Dez—.

La obstinación le corrompe el alma. En la tierra, a esa obstinación se la conoce como «maldad».

Significa «Ir por el mal camino». La existencia de los Verdugos de la Muerte es una debacle sin fin, y su obstinación amenaza todo cuanto conocemos. Absolutamente todo.

Dez observa a Yael rellenarse la copa de champán, y luego se la bebe de un trago con la mano temblorosa.

—Para quedaros en la Aqueronte, debéis tener un historial impecable de películas buenas —indica la directora—. Nada de Verdugos de la Muerte.

El doctor Zarlengo sale de las sombras para murmurarle algo al oído. Asiente, frunce el ceño y después vuelve a dirigir la vista al público.

—También he de explicaros algo que ha pasado hace poco —dice la directora Moriah a medida que la serpiente sube reptando y se le enrosca en el cuello.

Dez mira a Rafe y a los de último curso, que están en silencio. Parecen saber lo que está a punto de decir la directora.

—Los cadáveres que han aparecido en el campus estas últimas semanas no fueron suicidios.

Dez da un grito ahogado.

—Ni siquiera eran estudiantes de la Aqueronte —prosigue Moriah.

Dez se aferra al tallo de la copa de champán. Al otro lado de la sala, unos murmullos se desatan entre los de primero.

—¿Y qué pasó con Alice? —grita Esther.

—Alice Quinn está sana y salva —contesta la directora—. No obstante, era imposible que llegase a ser una cineasta de la Aqueronte. Nos quedó claro hace semanas, cuando echamos un vistazo a su trabajo. Se llevó un buen finiquito… al que llamamos «expulsión onírica».

—¿Qué demonios es una expulsión onírica?

—Es una poción especial para dormir diseñada por Eri —responde Moriah—.

Alice se la tomó y, cuando se despertó, recordó el tiempo que había pasado en la Aqueronte como un sueño que se desvanece.

Sé que erais amigos suyos, y lo lamento.

Era lo único que nos permitiría seguir ocultando la verdad hasta esta noche.

Hasta que estuviésemos preparados para contárosla.

—Lo sabía —masculla Dez.

—¿Y Charles Costella? —pregunta Simon.

—Nunca estudió aquí —explica la directora—. Para nosotros, era un desconocido.

—Para algunos —dice Rafe en voz tan baja que a Dez casi se le escapa.

—Lo que os contaron sobre los cadáveres que caían del cielo fue por vuestra seguridad.

Y para retenernos aquí , piensa Dez. ¿Quién iba a quedarse si supiese la verdad? ¿Por qué deberían hacerlo ahora?

—Esas pobres almas, esas criaturas apesadumbradas, son una señal de que el cielo está roto —dice Moriah—. El cielo se está viniendo abajo. —Levanta la vista al cielo, mira a través del árbol de cristal de colores con el rostro teñido por la adoración y el temor.

»Sin un Ángel de la Muerte, es inevitable cometer errores —prosigue—.

Hemos tratado de compensar la ausencia de Samael, pero es imposible.

Creemos que algunos mortales están muriendo sin una película.

Si no ven su vida como una historia, entonces esta carece de sentido.

Sin un sentido, son incapaces de atravesar el velo.

Y por eso vuelven a caer a la tierra. Como un alma no puede tocar tierra sin la protección de un cuerpo, acaban buscando otros cuerpos durante la caída.

—Hace una mueca—. Por decirlo de algún modo, se agarran a lo que pueden.

Sacan un brazo de un cementerio. Una cabeza de una tumba poco profunda.

—Qué horror. —Dez tiembla al imaginarse el cadáver que vio el día del funeral falso en honor a Alice Quinn.

—Lo llamamos «resurrección fragmentada» —explica Moriah—. Estamos haciendo lo posible por ayudarlos. Son responsabilidad nuestra.

Dez niega con la cabeza; se ha quedado sin palabras.

—Para terminar, no es un buen momento para asumir este trabajo —indica la directora—.

La situación es más aciaga que nunca. No obstante, el futuro de la muerte tal y como lo conocemos está mayormente en vuestras manos.

Ojalá os quedéis. —Hace una pausa y le acaricia la cola a la serpiente blanca—.

Nos gustaría que nos comunicaseis vuestra decisión antes de que amanezca.