30 #2
—¿Qué? —pregunta, pero las palabras de Rafe rescatan un recuerdo. No sabe a qué se refiere… hasta que se da cuenta.
—Pasé por delante de ti cuando estabas preparando una toma —explica Rafe—.
Y me viste . Se suponía que no debías verme.
Debería haber sido invisible a tus ojos, igual que sucedió con el resto de los mortales de ese puerto.
Como les pasa a todos los ángeles con los mortales fuera del barbelo .
Pero tú me viste. Al principio, no me lo creí, pero después, la noche del accidente de Mo, cuando me crucé contigo en la carretera y me hablaste …
No había forma de negarlo. —Le sonríe con tristeza—.
Tienes la visión, Desdemona. Es un don muy inusual. Te ha traído hasta aquí.
—¿No todos los de primero pueden…?
—No. —Niega con la cabeza—. Ninguno puede ver lo mismo que tú. Los demás, Simon, Esther, Alice, solo pueden percibir a los ángeles dentro del barbelo .
—Rafe, esto no tiene ningún sentido.
—Entonces, vamos a rebobinar hasta el principio —dice—. Aquel día, cuando me viste en el muelle, ¿no pensaste que tenía algo distinto a cualquier otra persona que hubieses conocido?
Dez asiente, despacio. Sigue fulminándolo con la mirada, aunque él la mira como si necesitara que lo escuchase, como si la necesitara y punto. Vuelve a sentarse poco a poco.
—Cuéntame la verdad. —Le pide.
—Me llamo Malach Rafael. Significa «curación divina».
Ella niega con la cabeza y las lágrimas vuelven a escocerle en los ojos.
—No te creo —susurra.
—¿Me dejas que te lo demuestre?
Rafe le tiende la mano. Lo mira. Él asiente. Se da cuenta de que tiene que darle la mano. Rafe entrelaza los dedos con los suyos.
Una corriente fuerte y repentina la atraviesa y la obliga a cerrar los ojos. Comienza en su mano, pero le recorre el cuerpo entero, desde el cuello hasta los pies, desde los codos hasta los ojos.
—Vaya —se le escapa. Se asemeja a la calidez, aunque no del todo.
Dez es incapaz de describir lo que siente, porque nunca había experimentado algo así.
La embarga una calma absoluta y extraordinaria.
Le llega hasta las entrañas, más hondo de lo que nunca habría imaginado, y se adentra en todos los huecos rotos de su interior.
Respira, pero no como de costumbre. Siente el pecho despejado, ligero, y el cuerpo dispuesto a abrazar una sensación de plenitud que se le propaga hasta el corazón roto. Es precioso .
Algo claramente divino.
Aparta la mano con brusquedad.
—¿Qué mierda ha sido eso? —jadea.
Rafe baja la vista hacia su mano.
—Es la curación.
—No me cures. Mi hermano está muerto. Se supone que tengo que estar abierta en canal. —Se le entrecorta la voz—. ¿Por qué no lo curaste a él?
—Lo hice —responde en voz baja—. La noche del accidente. Justo cuando te dejé en la carretera. Sané cuanto pude… hasta donde me lo permitieron, Dez. Y por eso pudo llegar al hospital. Por eso ha sobrevivido todo este mes. Lo suficiente para que pudieses ser tú quien hiciese su película.
Recorre las preciosas facciones de Rafe con la vista. Siempre fueron de una perfección irritante, pero ahora adquieren algo más intenso, algo que antaño parecía inconcebible. Niega con la cabeza y lo asesina con la mirada.
—Sí que eres un ángel.
A Rafe se le extiende una sonrisa por el rostro.
—Entonces —murmura Dez—, ¿Dios existe? Dios es real.
A Dez la educaron para ser creyente, por supuesto, pero con el paso de los años hubo tantas veces en las que dudó de la existencia de Dios que empezaron a convertirse en una lista bien larga.
Esta noche, al enfrentarse a la muerte de su hermano, creyó que sería el momento en el que renegaría de Dios para siempre.
A fin de cuentas, ¿cómo iba a permitir él que ocurriese algo así?
Salvo que aquí está Rafe, invitándola a creer en algo milagroso.
—Conocí a ángeles que sabían quiénes eran ellos —afirma Rafe.
— ¿Ellos? —susurra Dez. Una sensación emocionante de certeza, de exactitud, le recorre el cuerpo.
Rafe asiente.
—En el reino de los cielos, todo está emparejado. Ya lo verás.
—¿Y cómo son?
Rafe reflexiona.
—Hace tiempo que nadie trata con ellos. Algunos dicen que han regresado a una época que existió antes que el propio tiempo.
—¿Y eso qué significa? ¿Por qué iba a largarse Dios?
—Puedo responder a muchas de tus preguntas. Pero algunas que se me escapan. —Inclina la cabeza hacia el repositorio—. ¿Podemos volver dentro? Moriah está a punto de explicar algo que creo que te gustaría escuchar.
Dez niega con la cabeza. No puede hacerlo.
—Si no te quedas hasta el final de la gala, no aprobarás los parciales, Dez. Es una de las reglas inamovibles de la Aqueronte.
—No puedo hacerlo.
—Nos quedaremos en las sombras. —La tranquiliza Rafe—. Nadie tiene por qué saber que estamos allí. —Vuelve a tenderle la mano.
—Nada de curarme otra vez —le advierte.
—Me abstendré de hacerlo.
Dez le mira la mano. Sigue sin dársela. Está tan agotada, tan increíblemente triste, que quiere aferrarse a algo real. Pero sabe que esto no lo es.
—¿Por qué te estás portando bien conmigo esta noche? ¿Es porque mi hermano ha muerto?
—Lo siento mucho.
—No voy a acostumbrarme —responde ella—. Hay muchas probabilidades de que mañana vuelvas a comportarte como un imbécil.
Rafe le recorre el rostro con una mirada penetrante y sombría.
—Pregúntame por qué no me he portado bien contigo hasta ahora.
Lo mira a los ojos.
—¿Por qué no te has portado bien conmigo hasta ahora?
—Porque… —Inspira—. Desde que te conocí, tuve claro que me cambiarías.
De un modo en el que de verdad quiero hacerlo.
No obstante, también pude ver lo que te aguardaba.
—Señala a su alrededor—. Sabía que tu hermano no tardaría en morir y que tú harías su película.
Sabía que llegaría la noche en la que descubrirías la verdad.
Sabía que te partiría el corazón. —Alarga la mano hacia ella y le acaricia el pelo—.
Lo que no sé es si te quedarás ahora que sabes la verdad.
Sé que es egoísta y lo siento, pero no podría soportar haberme acercado a ti y que decidas marcharte.
Te habría venido bien tener un buen amigo durante estas últimas semanas.
Quería serlo. Pero tenía miedo de perderte.
Dez no da crédito a lo que escucha. La enoja y, al mismo tiempo, tiene sentido.
—Sabías todo lo que iba a pasar, pero ¿no sabes si voy a irme o a quedarme?
Rafe niega con la cabeza.
—Es una incógnita. Porque la decisión depende de ti.
Dez clava la vista en sus ojos azul cobalto y recuerda la noche en la que se conocieron.
—Bueno, espero ya hayas acabado —dice.
—¿De qué?
Le da un empujoncito.
—De ser un imbécil.
—Creo que sí.
Dez le da la mano. Le da la mano a un ángel. El hecho de saber qué es, de sentir cómo el poder fluye a través de él… Un poder siempre ha estado ahí, uno al que por fin puede poner nombre.
Ángel.
—¿Es una tregua? —pregunta—. Entre tú y yo. ¿Estamos bien?
Rafe esboza una sonrisa amplia.
—Si decides quedarte —dice a medida que se dirigen al repositorio—, las cosas van a cambiar. A partir de mañana, estaremos en el mismo bando.