30
D ez se desploma contra la pared nada más salir del repositorio. No siente nada. No ve nada. No escucha…
Unos pasos.
— Lárgate —ordena con una voz tan hueca, profunda y fría que no se reconoce.
Alguien se arrodilla delante de ella.
—Dez. —Es Rafe.
—No. —Levanta las manos para apartarlo—. No.
—Lo sé —contesta él con ternura.
Retrocede; le tiemblan los hombros al sollozar. No quiere verlo. Solo quiere estar con su hermano.
—Dez.
—Déjame en paz. —No puede respirar. Se asfixia al no poder meter aire en los pulmones.
Ha habido un error. Lo que ha dicho la directora no puede ser real.
Pero la luz que rodeaba a Rafe cuando asintió sí que lo era.
Ha ocurrido una ruptura que la ha hecho entrar en otra fase de su vida. Esto está ocurriendo. Es real.
Tiembla de rabia, ciega de dolor. Siente que los muros de piedra fría se ciernen sobre ella.
Rafe le coloca una mano en el hombro. Pretende consolarla, pero Dez reacciona con una furia absoluta.
No piensa dejarse consolar. Va a librarse de él y a darle un puñetazo en la cara; no obstante, cuando levanta la vista, la mirada de Rafe la calma.
Le da estabilidad. Y, por un segundo, el pánico se mitiga.
Parece… como si él pudiese encargarse de la situación. De ella. Como si comprendiese algo inefable, como si a él también lo hubiesen hecho añicos de esta forma.
—Respira hondo —dice.
Lo intenta. Da una respiración entrecortada, dolorosa, pero al menos ya no siente que las paredes vayan a aplastarla.
Se aferra a las manos de Rafe y le sostiene la mirada.
— ¿Cómo pasó?
—Te lo explicaré todo. —Se sienta a su lado y le pasa un brazo por los hombros—. Pero primero, quizá lo mejor sea que llores.
Dez apenas puede moverse, pero se le hace fácil apoyarse en él. Hunde la cara en su camiseta y se deshace en lágrimas.
Llora por su hermano, por su madre, por ella misma. Llora por estar atrapada en esta escuela tan horrible, porque su vida se haya salido de los límites que comprende. Llora por el tiempo y el amor que ha perdido y por lo indefensa que se siente.
Rafe la abraza sin decir nada. Por fin vuelve a levantar la cabeza como si no le quedase nada dentro.
El chico le aparta el pelo de la cara con los dedos. Le levanta la barbilla, la mira a los ojos y se acerca tanto que sus rostros casi se tocan.
—¿Fui yo quien lo mató? —susurra.
—No. —Rafe niega con la cabeza—. Intentaste salvarlo.
—Quise convencerme de que estaba mejorando; así es como pude ir tirando día tras día. Soy una estúpida. Estaba convencida. —Se sorbe la nariz.
—Estabas convencida porque era cierto. Tuviste un presentimiento. Moses se estaba recuperando. Hasta ayer, que empeoró.
—¿Cómo lo sabes?
—Para ti, Dez, la vida y la muerte siguen siendo un gran misterio —murmura Rafe—. Pero que te quede claro: a Moses le importó que estuvieses con él al final.
Vuelve a echarse a llorar. Si se refiere a que su película estuvo ahí, reproduciéndose delante de Mo, no es lo mismo que haber estado en persona.
Tendría que haber estado a su lado. Tendría que haber pasado el último mes con él, escuchando cada una de sus respiraciones.
Y, aunque desde que entró en la Aqueronte se ha dedicado en cuerpo y alma a crear la película sobre su hermano, nada de eso importa.
No cuenta. Lo dejó tirado cuando él la necesitaba.
—Sintió tu amor.
Dez hace una mueca.
—Eso no lo sabes.
—Lo sé —replica él de forma tan autoritaria que Dez se lo queda mirando—. ¿Estás lista?
—¿Para qué?
—Tu hermano ha muerto a las 17:16 de esta tarde, unos instantes después de que terminases Lazarus .
Los médicos esperaban darle el alta esta semana, pero anoche desarrolló sepsis, y se le propagó rápidamente por el cuerpo.
Cuando encendí la cerilla en tu objetivo para mandar tu trabajo al Departamento de Distribución, él estaba dando su último aliento.
—Rafe cierra los ojos—. Yo era el encargado de entregarle la película a tu hermano.
Sé que te prometí que le haría llegar la película, pero también formaba parte de mi trabajo.
—¿Cómo? ¿Cómo llegó a su mente?
—Algún día, te lo explicaré. Pero por ahora, entiende que las escenas ya estaban en lo más recóndito de su mente. Son recuerdos que forman parte de la vida de tu hermano. Si no se editan, abrumarían al cerebro humano. Tu película hizo que cobrasen sentido. Hiciste que su vida cobrase sentido.
—Dijiste que esas grabaciones provenían de cámaras de seguridad —dice ella a la vez que se seca una lágrima—, de supermamás, de la nube…
—Algunas, pero no todas. Desde el repositorio tuviste acceso a cualquier cosa para poder documentarte y cotejar.
Pero las escenas que al final decidiste incluir en la película de Mo provenían de sus recuerdos.
Al resto de los alumnos de primero hay que enseñarle a distinguir los recuerdos de las grabaciones hechas con un iPhone, pero tú aprendiste a hacerlo por tu cuenta.
Por eso tu película tiene tanta fuerza, porque ves cosas que los demás no.
Cuando trata de imaginarse a Mo viendo la película antes de morir, se le parte el corazón de la pena. Se dobla y se abraza el cuerpo como si eso fuese lo único que la mantuviese intacta. Quiere que su hermano vuelva. Haría lo que fuera por rebobinar la vida de Mo y arreglarlo.
Se siente tan perdida, tan rota…
—Necesito verlo.
—Lo siento, Dez. Se ha ido.
Vuelve a sollozar y le aporrea el pecho a Rafe para apartarlo.
—¿Por qué no me llevaste contigo?
—Sabes que no podía —contesta él, afligido—. Es por tu seguridad. Yo estuve con él en el hospital cuando tú no pudiste —afirma con una intensidad silenciosa que acalla a Dez—. Sé reconocer la paz cuando la veo. Tú se la otorgaste a tu hermano gracias a la película.
—Si no hubiese desafiado a Zarlengo, si no te hubiese suplicado que me dejases hacer la película…
—Mo habría muerto de todas formas —responde Rafe—. Y Lexa O’Rourke también. Parece que elegiste hacer la película de Mo, pero en realidad te la asignaron , directa o indirectamente.
—¿Quién? —exige saber Dez.
Rafe sonríe.
—Los que mandan tienen muchos nombres —dice Rafe—. Ahora mismo, lo que importa es que creen que tu futuro está aquí…
—Olvida mi futuro. Mi hermano está…
—Muerto. Sí. Era inevitable. —Rafe asiente—. Aunque no hubieses hecho la peli sobre Mo, esa tarea habría recaído en otra persona. —Le rodea la cara con la mano—. ¿No te alegras de haber sido tú?
Dez lo mira a los ojos; desconfía de la ternura que ve en ellos. Las cosas que necesita saber son demasiado grandes para gestionarlas estando tan dolida. Son demasiado grandes para preguntárselas a Rafe, una persona con la que no puede contar más que un par de segundos seguidos.
En cualquier momento, podría cambiar de opinión.
—Pregúntamelo —susurra como si le estuviese leyendo la mente.
Dez niega con la cabeza.
—Siempre que te acercas así, luego acabas alejándome… Esta noche no voy a poder soportarlo.
—Todo está relacionado, Dez. ¿No te das cuenta? La atracción que sentimos el uno por el otro. Mi comportamiento. El motivo por el que me deseas tanto a pesar de que te saco de tus casillas. —Le toca la mejilla—. Quieres respuestas. Pero en lo más hondo de tu ser ya lo sabes.
—No sé nada.
—Sí que lo sabes —replica él—. Sabes lo que hacemos aquí en realidad. Lo que… somos. Piensa en todo lo que no encaja de este sitio.
Se le viene a la mente un destello del ritual de emparejamiento que celebraron durante su primer día allí, cuando algo parecía guiar sus esquís.
O el momento en el que fueron al Villains y los de último curso se colgaron de los cables del telesilla, desafiando a la muerte.
Ve a Eri, cuya imagen no se reflejaba en el espejo situado detrás de la barra.
Y piensa en el cadáver que vio caer del cielo, en la forma en la que ya parecía estar muerto.
—¿Estamos muertos? —pregunta.
—No. —Rafe niega con la cabeza—. Pero…
—¿Hay un pero ?
—Tampoco puedo afirmar que estemos vivos del todo. Al menos, no de la forma a la que estás acostumbrada.
Un miedo absoluto y desdichado se cierne sobre Dez como una sombra.
—¿Recuerdas el relámpago que atravesamos la primera noche en el vuelo de ida?
Dez asiente. Pues claro que lo recuerda. Se quedó aterrada cuando el relámpago impactó contra el avión.
—No era un relámpago —declara Rafe.
—¿Lo llamaste «barbelo»?
—El límite divino. Es un filtro que se superpone a la realidad, diseñado por el doctor Ezekiel. En cuanto lo atravesamos, nos adentramos en un reino oculto.
—¿Y de qué se oculta?
—Para empezar, de las autoridades. Pero, en general, de los ojos mortales.
—¿Y del sol? —adivina Dez—. ¿Por eso aquí siempre es de noche? ¿Por el barbelo ?
—El sol es un daño colateral que viene con el resto de las protecciones que ofrece el barbelo —dice tras asentir.
—¿Frente a qué? —insiste Dez.
La mira y dice lo siguiente como si no tuviese importancia:
—A la muerte. Cuando estás dentro de los límites, el barbelo impide que los de primero mueran.
Dez le da un par de vueltas a la información. No cuadra.
—Pero Alice…
—Lo sé —responde Rafe a la vez que asiente como si se lo estuviese esperando—. Moriah os lo explicará dentro de poco.
—¿Y qué hay de ti? Has dicho que el barbelo protege a los de primero. ¿Por qué a los de último curso no?
—Porque a nosotros no nos hace falta.
—¿Y eso por qué?
Rafe traga saliva y abre la boca, pero tarda un instante en contestar.
—¿Rafe?
—Porque somos ángeles.
Levanta los brazos para taparse la cara antes de que Dez se la cruce.
—Imbécil —masculla, y comienza a levantarse. Ha vuelto a quedar como una idiota por confiar en que fuese a decirle la verdad. Su hermano está muerto y para él todo es un chiste—. Me largo de aquí.
—Sé que el impulso de desconfiar es fuerte —susurra—. Pero ¿una parte de ti no sabe que es cierto?
Dez deja de andar y se da la vuelta.
—La primera vez que me viste —prosigue con una expresión extraña en la mirada—, fue en el muelle de Ventura, el día que rodaste Destellos .