Luces blancas 29
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U n foco ilumina a la directora Moriah, que está sentada en mitad de la sala, en una mesa iluminada por candelabros altos de cristal.

La multitud de la pista de baile se dispersa.

Dez se separa de Rafe y se sienta en un hueco de una mesa alta con Simon y Esther.

Han adoptado una formación silenciosa: los de primero a la derecha, los de último curso a la izquierda y la directora en el centro.

—Buenas noches, cineastas —saluda Moriah a la vez que acaricia a la cobra que le serpentea por el brazo.

Lleva una capa de terciopelo negro por encima del vestido, con la capucha en la nuca.

Tiene los labios y las uñas pintados de un rojo sangre brillante—.

Como puede que algunos sepáis —declara, echando un vistazo a los de último curso— y el resto no tardará en descubrir —se gira hacia los de primero—, esta será una noche que jamás olvidaréis.

Dez echa un vistazo a Simon, cuya expresión inquieta refleja la suya.

A su lado, hasta la normalmente tranquila Esther se está crujiendo los dedos uno a uno.

Dez recorre la pista de baile con la mirada, donde Yael se atusa el pelo oscuro sin parar con las puntas de los dedos y Jet se sienta de brazos cruzados mientras sonríe.

¿Dónde está Rafe? Dez no consigue discernirlo entre las sombras al fondo de la sala.

Una corazonada le acelera el pulso. Intenta recordarse a sí misma que están de celebración. Aunque es una fiesta de la Aqueronte, así que quién sabe lo que acecha a la vuelta de la esquina.

—¿Qué está ocurriendo? —le susurra a Simon.

—Yo no sé nada —contesta él.

—Siempre sabes algo —replica Dez.

—Esta noche, no.

—Cuando me estaba cambiando —murmura Esther tras inclinarse hacia ellos—, mi mentor me ha mandado una docena de rosas muertas con una tarjeta donde ponía: «Memento mori».

Dez traga saliva. Como si cualquiera fuese a necesitar un recordatorio después de lo que le sucedió a Alice Quinn.

—Ha sido una época difícil —afirma la directora Moriah conforme la serpiente repta por el micrófono—. Estamos llorando una gran pérdida.

—¡Atención, atención! —exclama Jet por la sala.

El foco abandona a la directora para iluminar el muro que tiene detrás, del que pende un retrato que Dez no ha visto nunca. Representa a un hombre guapísimo y joven, de pelo rizado castaño rojizo y ojos verdes intensos. Lee la placa dorada que está bajo el retrato:

Samael Sophus Abbadon

Unos aplausos se alzan desde el lado de los de último curso. Moriah los acalla con un movimiento de mano.

—La jubilación repentina del doctor Abbadon ha supuesto un gran cambio para todos nosotros —declara—.

Hemos continuado con nuestras funciones cruciales sin dejar de lado nuestra integridad como institución.

Es posible que los alumnos de primero os estéis preguntando de qué va todo esto —prosigue Moriah—.

De qué va este sitio en realidad. Sabéis que alberga secretos, pero no cuáles.

Dez se inclina hacia delante en el asiento.

—Esta noche —continúa la directora—, os habéis ganado el derecho a descubrir la verdad. —Apoya ambas manos en la mesa que tiene delante—. Así que aquí la tenéis: no estáis aquí para crear películas.

Dez se da la vuelta para mirar a Simon y a Esther. Observan a Moriah con los ojos como platos.

—Al menos, no en un sentido estricto —explica—. La Aqueronte no es una escuela de cine habitual. Lo que creáis aquí no se proyecta en cines de autor ni en festivales. En su lugar, estáis creando las películas más importantes de la historia.

A Dez le gustaría ver la expresión de Rafe en este momento. Pero o bien está oculto en las sombras o se ha largado de la fiesta antes de tiempo.

—Hacedme caso —dice la directora, que ahora tiene la vista clavada en Dez—.

A pesar de estar explicándolo con claridad, resulta difícil de comprender.

No es una exageración. Voy a repetirlo: cada uno de vosotros, ya seáis visionarios o escribas, sin importar el género que se os haya asignado, está creando las películas más importantes de la historia .

Las llamamos «repasos vitales». —Hace una pausa y echa un vistazo por la sala hasta que todo el mundo está pendiente de sus palabras—.

Su objetivo es el de distinguir a los vivos de los muertos.

Los de último curso aporrean las mesas. Dez oye unos murmullos de confusión a su alrededor, en el lado de los de primero. Ve a Simon susurrarle algo a Esther y la forma en la que se dan la mano. Se le eriza la piel a medida que va dándole vueltas a las palabras de la directora en su cabeza.

¿Cómo se puede distinguir a los vivos de los muertos con una película?

Dez sabe que el arte nos hace sentirnos vivos, que una vida sin arte no es vida en absoluto. Pero si la afirmación de Moriah de que están creando las películas más importantes de la historia no es una exageración, ¿qué es entonces ?

—Señor Mayhew —llama la doctora Moriah, y eso hace que Simon vuelva a prestar atención de golpe.

El foco lo ilumina mientras él se alisa la chaqueta del traje.

—¿Sí, directora Moriah?

—¿Alguna vez ha escuchado la frase «Ver pasar la vida delante de sus ojos» para referirse a la muerte?

—Sí —contesta Simon, tras asentir.

—¿Y usted, señorita Rae?

Dez se ha convertido en el centro de atención. Parpadea y echa un vistazo a su alrededor, pero el resplandor del foco que le ilumina la cara la ciega.

—Sí, la he oído.

—Muy bien —contesta Moriah cuando el foco vuelve a incidir sobre su mesa—. Sin embargo, ¿alguna vez os habéis planteado los entresijos de esa hazaña?

Dez sí . Le fascina la capacidad que tiene el cerebro humano a las puertas de la muerte para almacenar e hilar un final tan significativo.

Pero Moriah no la deja responder.

—Os lo voy a contar —declara la directora despacio, con claridad—.

Cuando un cuerpo humano muere, el proceso se asemeja al del sueño: los músculos de la mente se relajan, la sangre se enfría.

La mente está más centrada de lo que lo ha estado desde su nacimiento.

Eso convierte a los moribundos en el público perfecto, abierto y receptivo.

En un momento dado, el alma comienza a resplandecer y sobrevuela el cuerpo…

y, cuando las ondas cerebrales eléctricas se alzan por última vez, la vida pasa por delante de sus ojos. Eso es el repaso vital.

—¿Cómo…? —murmura Simon.

—Y esas películas no son producto de la mente humana moribunda, sino de un cineasta con mucho talento y formación —prosigue Moriah—. Ahí es donde entráis vosotros.

—¿Qué carajos? —susurra Esther.

—Los escribas de la Aqueronte redactan el guion que seguirá la película —dice la directora—; los visionarios de la Aqueronte recopilan y editan el montaje de escenas que verán al morir.

Entonces, cuando llega la hora, el Departamento de Distribución de la Aqueronte envía la película a la corteza cerebral que está en proceso de morir.

—Se da unos toquecitos en la parte trasera de la cabeza.

Dez se agarra con fuerza al lateral de la mesa, mareada. Es imposible que las palabras de la decana sean ciertas. Pero, de alguna forma, sabe que lo son.

—Estamos en la esencia de todo —declara Moriah—.

Nos adentramos en la humanidad de una forma que quizá hasta ahora os resultase inconcebible.

Al llegar aquí, cuando os unisteis a nosotros para ayudar a los muertos, y esta noche, cuando demos el próximo paso juntos, estaréis aliados con unos amigos poderosos.

Y veréis que casi nada es imposible. —Hace una pausa y echa un vistazo a los de primero con una sonrisa extraña—. Se admiten preguntas.

Una avalancha de objeciones se despierta en su interior. Dez nunca accedió a esto. Y los demás tampoco. Si algo de lo que afirma la directora es cierto, engañarlos para que se formasen en ese tipo de trabajo es siniestro, deshonesto.

—¿Por qué? —pregunta Dez en voz alta antes de darse cuenta de que va a hablar—. ¿Por qué no nos lo habéis contado hasta ahora?

—Para empezar, porque teníais que demostrar ser dignos de confianza a través de vuestro trabajo. Además, tampoco podríais haber gestionado la información antes —responde Moriah.

—¿Y si no podemos gestionarla ahora? —pregunta Simon.

—La responsabilidad nace de los sueños —contesta Moriah—. Nadie pide haber nacido princesa. Se os ha otorgado la grandeza. Siento no poder ponerme a tocar un violín diminuto.

—¿Qué propósito tienen los repasos vitales? —pregunta Paul Rowan.

—Fantástica pregunta —responde Moriah—. Los muertos no pueden seguir adelante sin ellos.

Nuestras películas permiten que el alma transite hasta la muerte al dotar de significado las vidas de los muertos.

Para alcanzar la plenitud, las almas requieren de un significado.

No hay nada más profundo que pasar página.

—¿Y qué pasa cuando termina la película? —pregunta Esther.

—Cuando acaba, el alma humana entra en la luz blanca. —Echa un vistazo y contempla sus rostros un tanto satisfecha—. Sí, eso también es cierto. Un túnel de luz blanca aguarda a todas las almas mortales.

—¿Es el cielo? —pregunta uno de los de primero desde las sombras.

Moriah se detiene un instante, pero no contesta.

—Sin nuestras películas, los muertos ni siquiera pueden hallar la luz blanca —acaba diciendo.

Dez nota que se le entumecen las extremidades. Reflexiona sobre la frase que no deja de usar la directora. Los muertos. Los muertos. Los muertos . Siente un escalofrío que le cala hasta los huesos.

Se levanta, temblando.

—Siéntese, señorita Rae —le indica la directora.

Dez es incapaz de sentarse. Está disociando. Apenas se percata de que se está moviendo.

—Moses —susurra con voz ronca.

Siente que todas las miradas se clavan en ella: la de la directora y las de los de último curso. Por fin, ve a Rafe despegarse de las sombras; la mira a los ojos como si hubiese visto un fantasma. Nota que se le hace un nudo en el estómago.

— Siéntese —vocifera Moriah. La serpiente sisea—. En un primer momento, a todo el mundo le resulta perturbador. Pero la gente muere. Así son las cosas.

—No —murmura Dez. Se aferra al borde de la mesa.

Siente un miedo por dentro que pesa una tonelada.

No puede permitirse creerlo. Aunque en este sitio se hagan películas para los repasos vitales, aunque de algún modo las envíen mágicamente a las mentes de los moribundos, su peli es distinta.

Su trabajo secreto. Solo estaba practicando.

Claro.

Es imposible que Mo esté… muerto.

Hacía unas semanas, quizá estuviese con un pie en la tumba por culpa de lo que le hizo. Pero ha estado en el hospital, recibiendo tratamiento. En algún momento, cuando la dejasen, Dez iría a visitarlo.

—Vuestras películas son las que preservan la paz del mundo tal y como lo conocéis. —La voz de Moriah suena distante en sus oídos—. Al ayudar a los muertos a pasar página.

Escogió hacer una película sobre su hermano. Infringió las normas y se dedicó a hacer una película sobre la persona que más quiere en el mundo. Es imposible que, al crear Lazarus , Dez haya matado a Mo.

Rafe acaba de entregarle la película esta noche. Se lo habría contado…

Le tiemblan las rodillas. Mira a Rafe.

Él la está observando. Parece destrozado. Inspira, cierra los ojos.

Y luego asiente.

Se queda mirando a Rafe en la penumbra del repositorio a medida que el resplandor de una luz dorada rodea su silueta.

Pestañea y se frota los ojos, pero el brillo solo se intensifica.

Nadie más se gira para mirarlo; nadie parece darse cuenta de lo que ella está viendo.

No tarda en darse cuenta de que ese brillo le resulta familiar.

Ya lo había visto en otra ocasión, al subirse al jet en Death Valley.

«Tu primera ruptura», explicó Rafe. Cuando estaban sobre la pista de aterrizaje, le explicó que su intuición había despertado porque sabía que aquel momento marcaría un antes y un después en su vida, en su destino.

Y ahí tiene otro.

No , suplica, a pesar del choque de realidad. Hueco. Resonante. Absurdo. Esto no es ningún juego. De algún modo, lo que acaba de decir la directora es cierto.

—A algunos se os acaban de pasar los efectos de una dosis de Soma —declara Moriah con la vista clavada en ella.

Sabe que esa noche ha tomado Soma. Sabe que hizo la película sobre Mo. Lo ha sabido desde el principio.

—Saber que vuestros sujetos siguen cerca es un regalo. ¿Notáis cómo se adentran en la luz? Os están dando las gracias…

Escucha el rugido de la sangre en los oídos, que acalla la voz de la directora. Se aleja de su mesa dando un traspié y sale del repositorio lo más rápido posible.