28
D ez vuelve a su dormitorio, atontada y más caliente que un volcán. Necesita echarse una siesta para que se le pase el efecto del Soma y liberar la frustración sexual que le ha provocado Rafe por cuarta vez. Pero, al abrir la puerta, se sorprende cuando la reciben con aplausos.
—¡Por fin lo has conseguido! —exclama Yael.
¿Se refiere a la película o al orgasmo imprevisto que acaba de arrebatarle a Rafe de los pantalones? Está reventada. El Soma le recorre el cuerpo poco a poco.
—¿Cómo te has enterado?
—Todo el mundo lo sabe —contesta Simon, que saca el violín y arranca a tocar «Living Thing», de ELO—. ¡Acaban de anunciar a los premiados de la gala de mitad de trimestre! Van a homenajear a todos los de primero que hayan terminado su encargo.
—Eso he oído —afirma Dez.
—Y mañana podremos hacer los preparativos para volver a casa durante las vacaciones —prosigue Simon.
Dez le da un par de vueltas a la idea; no a su casa de verdad, sino a otra versión, en la que Mo no se quemó y ella no es sospechosa de haber perpetrado un robo a mano armada y algo peor.
Una versión en la que puede pasar tres días en Death Valley, su madre se toma unas vacaciones, Silas se presenta sin avisar como de costumbre y salen todos juntos a cenar.
En la que ella y Mo se p asan la noche en vela viendo Hermanos por pelotas y charlando.
En la que le enseña Lazarus en persona, en vez de delegar en Rafe para que se la entregue.
Se pregunta si de verdad va a cumplir con lo que le ha prometido. No sabe si siente agradecimiento o envidia de que Rafe pueda estar con Mo en este momento.
—Suena bien —le susurra a Simon—. Me muero de ganas.
—La fiesta empieza a las ocho, Dez —declara Yael a medida que echa un vistazo a la apariencia trasnochada de Dez. Se da cuenta de que su compañera cree que no va a tener tiempo suficiente para adecentarse.
—¿Qué tipo de fiesta es? —pregunta Dez. No tiene muchas ganas de otra ronda de libertinaje en el Villains, no después de la escapada nocturna al repositorio. No después de lo hechizada que se ha quedado cuando Rafe la ha hecho correrse. Le encantaría meterse en la cama y dormir un siglo.
—En parte es una celebración y en parte es una fiesta de iniciación —dice Yael—. Exponen vuestros trabajos y luego Moriah dice unas palabras.
—Llevo toda la noche sin dormir —se queja Dez—. Me bebí un Soma…
—Ni se te ocurra escaquearte —responde Yael, que luego se pone loca de contenta—. ¡De acuerdo! Tengo que echar una mano con los preparativos. Tienes el vestido en tu cuarto. ¡Y tú ponte el traje!
—¿Va en serio? —pregunta Dez.
—Jet me ha mandado uno —corrobora Simon.
—Nos vemos por la noche, novatos —se despide Yael por encima del hombro mientras baja las escaleras a toda velocidad—. No lleguéis tarde.
Simon y Dez entran al repositorio a las ocho en punto.
Va bien acicalado con ese traje a medida.
El vestido que ha elegido Rafe para ella es precioso y sexi; es ceñido, de color negro y tiene la espalda al aire, detalles de encaje en el cuello y un dobladillo ondeante.
Le sienta igual que las manos de Rafe: como un guante.
El repositorio se ha transformado, y el patio interior del centro está adornado con lucecitas y unos jarrones dorados gigantescos repletos de orquídeas blancas. Desde una cabina para DJ al fondo del repositorio suena «Fly Me to the Moon».
—¿Soy yo o esto huele a trampa? —le dice Dez a Simon cuando un camarero se acerca con una bandeja de copas de champán espumoso.
—Parece como si nos hubiésemos colado en la boda de un oligarca —contesta Simon a la vez que entrechocan las copas—, pero al menos hay alcohol.
Dez alarga el brazo en dirección a otro camarero que pasa con los hors d’oeuvres .
—Y caviar —añade con la boca llena.
—¿Y bien? ¿Qué tal el montaje final?
Dez es incapaz de reprimir una sonrisa. Está pensando en la película de Mo, no en la que le asignaron. Se siente orgullosa de ella.
—¿Tan buena es?
—Simon, ¿cuántos guiones llevas escritos este trimestre?
—Unos ciento cincuenta —responde él, meneando la cabeza.
Dez casi escupe el champán.
—Pero si la última vez que hablamos me dijiste que llevabas unos diez o veinte.
Simon se encoge de hombros.
—He estado en racha. Las cosas han avanzado rápido.
—¿Cómo lo conseguiste exactamente?
—Llevo todo el mes sentado a oscuras en mi objetivo, escuchando grabaciones de las vidas de mis sujetos.
—¿De verdad? ¿Cómo si fuese un diario? —pregunta Dez.
—Como un diario, pero en formato de audiolibro —responde Simon—. Crees que acabarás aburriéndote, pero es mentira. En fin, desde hace poco, digamos que he empezado a… abrirme, a dejarme llevar más por sus voces. Algo cambió. No sé de qué otro modo explicarlo.
Dez cree que entiende a lo que se refiere. Hoy le ha ocurrido algo parecido con las nubes en Lazarus , aunque a menor escala. Aún le queda mucho camino para alcanzar a Simon el resto del trimestre, pero todavía no quiere planteárselo.
Simon echa un vistazo más allá, hacia la pista de baile que se va llenando.
—Mi objetivo esta noche es darle a Esther algo con lo que masturbarse cuando vuelva a casa durante las vacaciones —dice, y Dez se ríe para sus adentros—. ¿Y el tuyo?
Su objetivo de este mes ha sido terminar Lazarus y hacérsela llegar a su hermano. Ahora que ya está hecho, se siente perdida. ¿ Debería tener otro más allá de su trabajo?
Echa una ojeada a la sala. Con la ropa formal que les deja la piel al descubierto, reconoce las partes del cuerpo de algunos de los alumnos de último curso que ha visto hacerlo en público un par de veces en el Villains.
Por ahora, todo el mundo lleva los pantalones puestos, aunque por los pelos.
Le da la sensación de que, después de un par de copas, las cosas se desmadrarán hasta tornarse perversas.
—Vamos a bailar —dice Simon con la vista clavada en la pista de baile, donde Dez ve a Esther bailar sola con ternura.
Deja que Simon la arrastre a la marea de cuerpos que bailan.
La canción que está sonando en los altavoces a todo trapo es un remix de «I Don’t Care», de Charli XCX e Icona Pop; antes de darse cuenta, se está apurando el resto del champán y dando saltos mientras rebota contra Simon, Esther y unos de último curso cuyos nombres no conoce.
Cierra los ojos y deja que la música, el zumbido del champán y el dulce aroma de las orquídeas que están por todas partes le arrebaten la vergüenza, la inquietud y la frustración, hasta que ya no siente nada.
Solo es una fiesta. Puede divertirse sin más.
Cuando acaba la canción y empieza a sonar «Never Tear Us Apart», de INXS, Dez abre los ojos, reacia a dejar de saltar. Descubre a Simon rodeándole la cintura a Esther de forma cuidadosa para un baile lento. Entonces, nota una mano en su propia cintura.
—Hola, Dez —saluda una voz grave.
Ella desliza los brazos alrededor de su cuello antes de ver a Rafe. El traje le sienta espectacular; la bufanda dorada se entrevé por debajo de la chaqueta. Sus cuerpos encajan con facilidad. Qué difícil le pone el resto de las cosas.
—¿Lo has hecho? ¿Le has dado mi peli a Mo?
—Se la he entregado, sí.
No creía que iba a estar de vuelta tan rápido. Se pregunta cómo habrá llegado hasta allí. ¿Ha ido volando en el mismo jet de obsidiana que la trajo hasta aquí?
—¿Cómo se encuentra?
—No te sé decir, pero me he asegurado de que la reciba. Lo más probable es que la esté viendo en estos momentos.
Dez cierra los ojos y suelta el aire. Su hermano por fin entenderá a dónde se fue y por qué se marchó.
—¿Bailas conmigo? —pregunta Rafe.
—Solo un baile —le advierte mientras le pincha el esternón con el índice.
—Aceptaré cualquier cosa.
—Sigo molesta contigo.
—Ay, Dez —contesta él, más triste de lo que esperaba. ¿Por qué? Solo le estaba tomando el pelo. Más o menos.
—Ya van cuatro veces , Rafe. Es absurdo.
La mira a los ojos y le aparta el pelo de la cara.
—Quiero que consigas lo que quieres.
Nunca lo ha visto tan serio. Le toca el lateral de la cara.
—Oye, ¿estás bien?
—Sí, claro.
Se pregunta si ocurre algo con Mo, pero, si hubiese malas noticias, Rafe se lo contaría. Antes de poder insistir, todas las paredes se iluminan con pantallas de varios proyectores.
La cámara inmensa se ha convertido en una sala de cine gigantesca; un objetivo lo bastante grande como para rodear a todo el alumnado.
—Atenta —murmura Rafe mientras le recorre la espalda de arriba abajo con los dedos—. Creo que te gustará.
Dos de las paredes altas del repositorio muestran páginas agrandadas de unos guiones y unas voces leen las frases en voz alta:
Me quiere…
La he cagado…
Es cáncer…
Me han admitido…
Nos hemos casado…
Ella me puso los cuernos…
Se acabó…
Me he enamorado…
A Dez se le eriza la piel de los labios. Son extractos de guiones, muestras de aquello en lo que han trabajado los escribas este trimestre. Son las voces que Simon y los demás han escuchado durante horas; se han abierto a ellas para después recrearlas.
A su alrededor, todos los estudiantes, hasta los demacrados de último curso, levantan la vista, ensimismados con el espectáculo a la vez que señalan fragmentos de guiones, se ríen con algunos o se avergüenzan y se emocionan con otros.
En mitad de la pista de baile, todavía en brazos de Rafe, Dez levanta la vista fascinada conforme las dos paredes restantes del repositorio comienzan a mostrar un montaje de escenas de varias películas. Todas ellas deben provenir de las películas que han creado los visionarios como Dez.
Escenas de bebés llegando al mundo. De niños aprendiendo a hacer un plié en la barra de ballet .
Una mujer llorando en el hueco de una escalera.
Un equipo de cincuenta adultos con la cara pintada perdiendo en un juego de tira y afloja.
Un hombre mirándose al espejo para después cruzarse la cara con fuerza.
Bombas cayendo sobre edificios.
Manifestantes bloqueando las calles.
Un incendio que parece un tornado asolando un barrio.
Alguien soplando un diente de león al viento.
Las imágenes van ganando velocidad hasta el punto de convertirse prácticamente en un torbellino psicodélico a medida que la gente hace el amor en coches, camas, palcos de ópera y salas de la lavadora.
Granizo, coches fúnebres, caballos. Familias sentadas a la mesa.
Familias gritando y portazos. Familias que posan para echarse una foto en playas, montañas y monumentos.
Y entonces…
Dez se ve en pantalla. Sentada en el capó de su coche, el día en el que Moses se tatuó. Ocupa la mitad de la pantalla gigantesca que tiene delante. Es la última escena de Lazarus , la del cierre, que termina con las nubes reflejándose en su mirada.
—Es mi peli —le dice a Rafe con nerviosismo. Su peli secreta —. ¿Qué hace aquí?
—No pasa nada, Dez. Es preciosa.
Dez mantiene la vista clavada en sus ojos en la pantalla, que se van desvaneciendo.
—Lo echo de menos. —Traga saliva—. Ojalá pudiese verlo durante las vacaciones.
—¿Puedo darte un consejo? —contesta Rafe, despacio. Dez lo mira. Se le suavizan las esquinas de los ojos cuando le dice—: Vive el momento, el ahora. La noche es joven. Y el mañana ni siquiera existe.
Le roza los dedos a Rafe con los suyos, atrapada por el trance de su mirada. El deseo late en su interior y la canción termina demasiado rápido. Desde la cabina del DJ, Jet dice en el micro:
—Tomad asiento, juerguistas, ¡y dadle un buen aplauso a la directora Moriah!