27
R afe se gira hacia el carrito que tienen detrás, en dirección a los dos expresos que ha servido antes.
—Tómate uno —indica.
Cuando Dez sujeta la taza en las manos, un sssssh le resuena en los oídos.
Siente que, por un segundo, la están sacudiendo con fuerza, como si fuese una alfombra vieja.
Después, la sensación desaparece con la misma rapidez con la que ha llegado.
Se pone bien recta y se le asienta el estómago, pero tiene las extremidades aturdidas. Mira a Rafe.
—¿Qué ha sido eso?
—Te has reconciliado con el tiempo. Eri diseñó la fórmula para que fuese desapareciendo poco a poco a las veinticuatro horas. Aunque, si estás listo para regresar antes, lo único que tienes que hacer es asirlo.
—¿Asirlo?
—Eso es —responde Rafe—. Al tocar una cosa, como esa taza de expreso, se activa la reconciliación —explica—. El Soma desaparece de golpe y regresas al tiempo real. Funciona mejor si usas las dos manos. Ahora bebe.
Dez da un sorbo. Se quema la lengua. Puede que no entienda lo que está pasando, pero es real.
—Falta una cosa —dice Rafe a la vez que se saca una cajita de cerillas del bolsillo con el blasón de la Aqueronte.
Pasa una contra el raspador y un fogonazo blanco y puro se ilumina en la punta de la cerilla.
Sigue el humo que sale de la llama con la mirada hasta un agujero del que nunca se había percatado en el eje oscuro que contiene su objetivo.
Rafe deja que la cerilla se queme hasta que el fuego blanco le llega a los dedos y entonces la sacude.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta Dez.
—He mandado tu película a nuestro Departamento de Distribución. La convertirán a un formato que pueda compartir con tu hermano.
—Pero si lo único que has hecho es encender una cerilla.
Rafe le tira la caja a Dez.
—Cada vez que termines una película, enciende una. El humo envía una señal —explica Rafe, señalando hacia arriba— y nuestro Departamento de Distribución se ocupa del resto. —Señala la pantalla—. Saca la peli sobre O’Rourke. También tenemos que mandarla.
Dez se coloca delante del objetivo y proyecta la película sobre Lexa O’Rourke delante de ella. Echa un vistazo a Rafe, que asiente mientras ella enciende una cerilla y deja que se queme hasta que la llama blanca le llega a los dedos.
—Sopla —indica él.
Dez sopla y observa el humo elevarse a la vez que se pregunta qué tipo de señal está mandando y a quién.
—Ahora, veamos qué vestido te vas a poner para esta noche —suelta Rafe.
—No tengo el cuerpo para salir de fiesta.
—Irás a la fiesta. Todo el mundo va a estar allí.
—¿Qué hora es?
—Las seis menos diez —contesta Rafe tras mirar su reloj.
Hace menos de quince minutos (de tiempo real), Dez había tirado la toalla con Lazarus .
De algún modo, ha conseguido acabarla en cuestión de minutos.
Y Rafe se la va a entregar a su hermano.
Pensar en su hermano viéndola esa noche le transmite un consuelo inconmensurable.
Ojalá también pudiese estar ahí presente.
—Enhorabuena, Dez —dice Rafe con una voz ronca que la hace detenerse y levantar la vista para mirarlo a los ojos.
Baja la mirada hambrienta hasta sus labios.
Dijeron que no volverían a hacer esto.
Antes, Dez no podía parar de pensar en Asher.
Incluso ahora, una parte de ella quiere ver más de él.
Pero Asher no está aquí. Ni siquiera lo ha besado, no tiene ni idea de si tendrán o no química en el plano físico.
Está tan alejado de su vida que fantasear con él es un fin en sí mismo. Y no va a llegar a más.
Rafe, por otro lado, está bastante presente. Y la mira como si fuese plenamente consciente de la situación.
La química está por las nubes.
Da un paso adelante. Dez lo escucha respirar. Su aroma a lluvia recién caída le da ganas de recorrerle el cuello bronceado con la lengua. Pero esta vez, él es quien se acerca. Dez contiene la respiración, entusiasmada.
Rafe le quita la taza de las manos y la deja. Cuando se vuelve para mirarla, ve esa mirada peligrosa que tanto le gusta. Significa que está a punto de darle a su boca el uso para el que está pensada.
Le pasa las manos por el lateral de la cara para sujetarle el pelo. Le da un tirón que le arranca un gemido y le levanta la cara para que lo mire a los ojos.
—Anhelo tu cuerpo a todas horas —dice con un gruñido voraz.
—Dijiste que no pensabas en mí salvo que pudieses evitarlo —se burla ella a medida que él se agacha y le recorre el cuello con la boca, haciéndola soltar unos jadeos rápidos y cálidos.
—Es verdad —contesta, rozándole los labios—. Simplemente no puedo evitar pensar en tu cuerpo a todas horas.
Dez sonríe mientras le recorre el hueco del cuello con los dedos.
—También dijiste que deberíamos mantener las distancias.
—Pero estamos de celebración —le susurra él contra la piel sensible detrás de la oreja.
Por Dios, necesita a este hombre. Ahora. Por completo. Y no hay nada que él pueda hacer para detenerla.
Por suerte, esta vez es Rafe quien la besa. Sus labios se deshacen contra los de ella con una intensidad que iguala a la suya. Tira de Dez para acercarla, la besa como si fuese a morir sin ella, como si la necesitase más que al respirar. Nota su bulto contra la cadera.
La levanta en brazos con un solo movimiento y le coloca las piernas rodeándole las caderas como si estuviese sentada a horcajadas sobre él.
Le tiembla el sexo como si tuviese mente propia y se le hubiese ocurrido una idea de diez.
Empieza a restregarse contra él poco a poco, a montarlo con ropa.
Le pone las caderas contra el extremo duro de la verga y siente que está saciando un deseo de lo más placentero.
Cuando Rafe le baja la camiseta y le hunde la cara entre las tetas, casi se corre.
Se las chupa con la fuerza suficiente como para dejarle unos moratones. Es increíble, pero a la vez no basta.
Estas últimas semanas ha estado bajo muchísima presión, y ahora por fin ha terminado algo. Algo bueno. Necesita conmemorarlo. Necesita liberar todo lo que lleva dentro.
—Te deseo —jadea—. Ahora mismo.
Rafe gime y arquea las caderas mientras le chupa el pezón.
—Aún no —susurra él.
—Te necesito —jadea, pero no puede evitar escuchar el eco de lo que le dijo Yael a Jet la otra noche fuera del Villains. Le gruñó algo al oído a su compañera y ella le contestó con mucho énfasis: «Aún no».
Pero en este momento, Dez no quiere pensar en Jet. Lo que quiere es correrse.
—¿Aún no? —repite a la vez que se restriega y empieza a jadear con más fuerza, chupándole el cuello—. ¿Entonces, pronto?
—Serás zorrita…
Escuchar cómo le dice esas guarradas la manda a la estratosfera y se zambulle en un mar de placer absoluto.
—Rafe, me voy a correr.
—Córrete para mí. Córrete más fuerte.
Así que obedece y cierra los ojos para adentrarse por completo en el abismo de placer. Dez tiembla y unas nuevas oleadas de éxtasis le calan hasta los huesos. Echa la cabeza hacia atrás y saborea hasta la última gota mientras él le besa los senos.
—¿Qué te ha parecido? —pregunta por fin en voz baja y gutural.
—Vamos a seguir.
—Es imposible describir lo increíblemente húmeda que estás, ¿verdad?
—Si lo sabes, ¿por qué me haces esperar?
Le agarra el culo y se lo aprieta, luego sonríe y vuelve a besarla.
—Para que nadie salga herido.
Dez le muerde el labio inferior; todavía sigue un poco aturdida por el orgasmo. ¿Cómo puede hacer que se corra solo con el roce de sus labios?
—Ya te dije que no pienso enamorarme… —empieza a decir Dez.
—No me refiero a tus sentimientos, sino a que voy a echarte un polvazo tan alucinante que te destruirá.
—Jesús, Rafe. —No puede disimular lo excitada que la ha vuelto a poner—. Suena a que para acostumbrarse va a haber que practicar.
—Tienes razón.
—Entonces, ¿cuándo empezamos?
—Ya te avisaré —responde y, entonces, por desgracia, la deja en el suelo—. Tengo que irme. Y tú deberías descansar antes de lo de esta noche.
—¿Por qué siempre haces lo mismo? —Dez aprieta los dientes, frustrada.
—¿Y tú por qué siempre me lo permites?
—Estoy empezando a odiarte.
—Qué pena, porque tú estás empezando a caerme bien —contesta él—. Descansa, te hará falta para esta noche.
—Preferiría llevarte a la cama antes que ir a una estúpida gala.
—¿Y si te prometo que la espera merecerá la pena? —pregunta Rafe, y le planta un beso en cada uno de los ojos cerrados antes de dar media vuelta para marcharse.