Luces blancas 26
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– ¿ D e qué estás hablando? —exige saber Dez.

—Acabamos de llegar a la mitad del trimestre.

—Lo sé. Me he pasado la noche entera sin dormir para terminar la peli sobre O’Rourke. ¿Qué tiene que ver eso con Mo?

—Al llegar a la mitad del trimestre, todos los encargos del objetivo se envían al Departamento de Distribución —explica Rafe—. Lo demás, se borra. Lo vacían para hacer espacio de cara a los siguientes encargos.

—No me lo dijiste.

—Di por sentado que, a estas alturas, ya lo habrías terminado. —Rafe levanta las manos—. No soy yo quien pone las reglas, pero si quieres que tu hermano vea Lazarus , tiene que ser hoy. Puedo escaparme ahora mismo para asegurarme de que la vea.

—No está terminada —espeta Dez.

—Entonces, termínala. Puedo esperar unos minutos, pero no más.

—¿Solo unos minutos? No. —Se ríe con amargura—. No es suficiente.

Rafe le coloca una mano en el hombro. Ella levanta la cabeza para mirarlo. Por Dios, estaría genial olvidarse de todo esto, arrastrarlo a la cama y quitarle todas y cada una de las prendas que lleva, precipitarse hacia su piel.

—Dez, has creado algo precioso para darle ánimos a tu hermano —afirma él—. Él querría verlo.

—¿No podemos almacenarlo en algún sitio? —pregunta—. Puedo terminarlo durante los próximos días. Sé que sí. Pero no he dormido nada y…

Rafe niega con la cabeza.

—Es ahora o nunca.

Dez está agotada. Y lo que Rafe está contando, esa prisa repentina, no tiene ningún sentido.

—Pues entonces, nunca —contesta—, porque no pienso enseñarle a Mo esta película hasta que no esté terminada.

Rafe aprieta la mandíbula. Parece inquieto, casi asustado.

—No te muevas —acaba diciendo.

Va corriendo a la entrada del repositorio, desaparece por la entrada circular y vuelve unos instantes más tarde empujando lo que parece un carrito de bebidas pequeño.

Conforme se va acercando, Dez atisba dos copas con alcohol y una jarra que contiene algo semejante al vino tinto traqueteando en la balda superior.

—¿No hay tiempo para terminar la peli sobre Mo, pero sí para echarse un trago? —pregunta Dez.

—A nadie se le concede más tiempo, pero puedes ralentizar el que te queda —responde Rafe.

—¿Has dicho «ralentizar»?

—Esto se llama Soma, cortesía de la mismísima Ereshkigal.

—¿Lo ha preparado Eri?

Rafe asiente.

—No suele prepararlo, pero he pensado que hoy te vendría bien.

—¿Qué es?

—Una bebida creada hace cinco mil años por las sacerdotisas sumerias. Te permite ganar tiempo. En realidad, te concede atemporalidad . Un momento atemporal para terminar tu peli atemporal.

Dez está acostumbrada a que las horas se le pasen volando en el repositorio, a que se esfumen como si fuesen meros instantes. Ha sucedido justo antes de que apareciese Rafe, cuando estaba absorta en la línea vital de Asher. Y él le está diciendo que esta bebida provoca lo contrario.

—¿Es broma?

—Es real, Dez. —Conforme sirve las bebidas y reparte el líquido de color vino entre las dos copas, el aroma a tomillo y a bayas maduras inunda el ambiente. Le coloca una copa en la mano.

—Es imposible que una bebida pueda ralentizar el tiempo —afirma ella.

—Willie Nelson y yo discrepamos —replica—. Expande el objetivo.

Dez los aísla en el espacio en el que ahora se siente a gusto con él, aunque la tensión no haya llegado a desaparecer, como si sus cuerpos estuviesen siempre a punto de tocarse y ninguno fuese a ser capaz de evitar lo que ocurrirá después.

—Tendremos que tomarnos otra cosa luego —indica Rafe, que vuelve hasta el carrito de las bebidas para revelar dos tazas de expreso y una jarra.

Sirve el café, humeante e intenso, en las tazas—.

Primero, nos tomamos el Soma —explica a la vez que señala la copa que está sosteniendo Dez—.

Después, trabajamos en tu película. Durante todo el tiempo que quieras.

Hasta que haga falta. Cuando terminemos, el expreso seguirá igual de caliente que ahora.

—Menuda bobada.

—Sé que resulta difícil de creer, pero te prometo que… —dice Rafe.

—¿Te apetece hacerlo más interesante? —pregunta Dez.

El chico sonríe.

—Si el primer sorbo de expreso no te quema la lengua —contesta—. Me tendrás a tu disposición durante toda la noche. Haré cualquier cosa que me pidas.

Traga saliva, planteándose las posibilidades, y nota que el calor se extiende rápidamente entre sus piernas.

—Y, si sigue caliente, ¿tendré que ser yo la que esté a tu disposición? —pregunta ella, casi sin aliento.

—No —contesta Rafe—, pero me dejarás elegir tu vestido.

—¿Qué vestido?

—El de la fiesta de esta noche. Cuando todos los de primero terminan el encargo, lo celebramos por todo lo alto.

—Trato hecho —accede—. Te toca.

—Lo sé. —Sonríe cuando los dos levantan las copas de Soma.

—Por Moses —dice Rafe.

—Por Mo.

Dez da un sorbo. Sabe espectacular. Como a moras recién recolectadas de un arbusto.

Frío en la lengua, aunque posee unas notas cálidas de tomillo, jengibre y clavo, y deja un regusto amargo y potente al final.

Lo apura sin darse cuenta y, cuando deja la copa, siente como si acabase de beberse una cerveza de un trago.

—¿Cómo te sientes? —pregunta Rafe, mirándola a los ojos.

—Rara —contesta ella—. Pero también… —Se lleva la mano al corazón—. Despejada.

—Veamos qué tal se te da —dice Rafe.

Dez se planta frente a la pantalla y abre el borrador. Observa la miniatura de la primera imagen a tamaño póster y la ve de otra forma. Como si llevase un mes fuera y la estuviese viendo con otros ojos.

Piensa en la escena que lleva semanas buscando.

En cómo Rafe y Yael hicieron que se cuestionase si existía.

En si de verdad su padre se había subido a Mo a hombros y la cara de su hermano se había iluminado triunfante porque lo quisiesen.

O en si Dez se había inventado un recuerdo que en realidad jamás ocurrió por el dolor y la nostalgia.

Como si hubiese creando una nube conteniendo las lágrimas.

—Nubes —suelta, más para sí misma que para Rafe. Recuerda a Mo en la escena del campo de fútbol. En ese momento, no parecía necesitar a su padre. Se había refugiado en el consuelo de las nubes.

—¿Qué pasa con ellas? —pregunta Rafe.

—Una vez, me dijiste que diese con el concepto de la peli. Creo que eso forma parte de lo que se me ha estado escapando. La imagen de apertura, la de cierre… han estado presentes durante toda la peli en las nubes. Aparecen en la mayoría de las escenas de Mo.

Nota que la mira.

—¿Y eso qué significa?

—He estado demasiado centrada en el dolor de Mo, en querer remediarlo.

O en mitigarlo, en disminuirlo con cosas bonitas.

Porque la cicatriz de Mo parece tan grande, tan profunda.

Pero hay algo aún mayor. Lleva desde siempre levantando la vista al cielo en busca de un sentido.

Si me centro más en las nubes, quizá eso le dé a la película la grandiosidad que le falta.

—He oído que, algunas veces, se pueden ver ángeles entre las nubes —interviene Rafe. Ella lo mira—. Puede que Mo lo sepa.

A Dez le gusta esa idea. Como está inspirada, su mente trabaja a toda pastilla.

En muchas escenas de la línea vital de Mo, las nubes se convierten en un personaje.

Vuelve a visualizar ese vídeo de Mo en el campo de fútbol con la vista levantada hacia las nubes como si ellas albergasen respuestas.

A veces, parece perderse o encontrarse en ellas.

Ahora, Dez sabe cómo desvelar más sobre su hermano a través de las nubes.

Extrae una escena del primer día de colegio de Mo, donde un enorme cúmulo blanco se hincha tras el asta de una bandera.

Ahora, un cielo aborregado sobre su casa, el día en el que vieron a su padre por última vez.

Luego, unas nubes de tormenta que se extienden sobre Mo cuando robó una figura de acción en casa de un amigo, se la echó al bolsillo y volvió corriendo a la suya.

Aumenta la saturación de los colores de las nubes y amplifica su resonancia caleidoscópica a lo largo de la peli.

Va recorriendo la vida de Mo, su luminosidad. Es a la vez consciente e inconsciente del tiempo; siente como si no formase parte de él, como si se hubiese adentrado en el inmenso reino del arte. Al llegar a la última escena, se detiene para verla.

Dez aparece en la secuencia, sentada al lado de Mo sobre el capó de su coche, que está aparcado junto a las vías del tren aquel día que lo llevó a hacerse su primer tatuaje. Lleva la muñeca vendada.

Ocurrió en algún momento de septiembre. Los dos observan el atardecer; unos estratos rosas sobrevuelan lo alto del cielo.

Se atisba algo de humo en el ambiente. Dez recuerda lo que sintió aquel día, solo una semana después de haber rodado Destellos y de haber conocido a Asher.

Todavía tenía la esperanza de que la llamase o de reunir el valor necesario para ponerse en contacto con él.

Sin embargo, esa esperanza ya se estaba torciendo, apagando y resintiéndose en su corazón.

Se le hace raro observar la escena y no ver ese dolor en su mirada, sino verla desde la perspectiva de Mo, que ni siquiera se había dado cuenta.

Está guapa y le recuerda de forma autoritaria que se lave el tatuaje.

—Me lo he hecho por ti —dice Mo en la secuencia, y Dez se acuerda de cuando mantuvieron esa conversación, de que en ese momento no lo había entendido y tampoco se lo había tomado en serio.

—¿Te refieres al tatuaje?

Él asiente.

—Voy a echarte de menos.

—¿Cuándo?

—Cuando te vayas.

—No pienso irme a ninguna parte. —Se sintió molesta, porque quería irse, aunque no sabía cómo hacerlo. Ahora le dan ganas de llorar.

—Así seguirás aquí, conmigo —responde él, dándose unas palmaditas en la muñeca. Se recuesta contra el parabrisas y observa las nubes deshacerse como un caramelo masticable.

Dez sale del ensimismamiento.

—Solo voy a usar las nubes para el final. —Su voz suena tensa—. El resto de la escena no hace falta para la película.

—Hace falta.

—Se centra demasiado en mí. Sobre todo, como para ponerla de final.

—Retrocede un segundo —sugiere Rafe—. Amplía la imagen sobre tu cara, justo cuando te cuenta lo del tatuaje.

Dez obedece.

—Más —indica Rafe.

Acerca la imagen hasta ver el reflejo de las nubes y del atardecer en su mirada. Transmite tanta paz que le arrebata el aliento.

—Pareces feliz —dice Rafe.

Tiene razón.

—No lo cortes —le pide.

Así que le hace caso. Incluye la conversación entera en la película.

Termina con un primer plano de las nubes reflejándose en su mirada p ara que la imagen de conclusión sea la misma que la de apertura con las nubes del atardecer.

Como si se pudiese empezar la película en bucle nada más acabarla, como un uróboro.

Cuando se da cuenta de que la historia entera es un ciclo, un círculo, entiende que la película sobre su hermano está terminada.