25
– ¿¡Q ué es eso!? —chilla el doctor Lebevre en la cocina a la mañana siguiente.
Dez baja la vista hacia el cuenco de acero inoxidable con unos huevos a medio batir. ¿Y ahora qué? No ha pegado ojo en toda la noche, afligida por el recuerdo de ese cadáver que cayó desde el cielo.
—¿No íbamos a preparar tortilla española? —pregunta Dez al chef a la vez que se aferra al cuenco para que no le tiemblen las manos.
—Esto es una abominación. —Lebevre roza la superficie del cuenco con los dedos y luego coloca una punta cicatrizada y con manchas delante de Dez. Ve una mota blanca diminuta—. Cáscara de huevo —sentencia.
—Lo siento.
—Has metido la pata. Otra vez. —Lebevre le sujeta la muñeca con la mano manchada de huevo—. ¿De qué dedo te gustaría despedirte?
—De ninguno —contesta Dez, casi sin aliento—. Volveré a empezar. Seguiré la receta de su abuela a rajatabla. Sin cáscaras.
—Sin malditas cáscaras —le dice Lebevre a Dez y a Simon, y baja las manos antes de apoderarse de una botella de jerez y salir por la puerta trasera hecho un basilisco hacia la nieve.
Dez se tumba y apoya la mejilla contra la encimera para recobrar el aliento.
—Esta vez, ha estado a punto de hacerlo —le dice a Simon mientras él le frota la espalda.
Lebevre los amenaza día sí y día también, pero nunca le ha agarrado la mano así, nunca le ha mirado los dedos como si se muriese de ganas por hacer un carpaccio con ellos.
Se yergue, tira los huevos por el fregadero y busca otro recipiente.
—Estoy planteándome largarme antes en las vacaciones de otoño —dice Simon—. En volver una temporada a Oklahoma. O para siempre.
Dez se lo queda mirando.
—Simon.
—Es culpa de este sitio —contesta él—. El chef quiere hacernos picadillo y…
Deja la frase en el aire; Dez sabe a lo que se refiere. En la Aqueronte hay cosas peores que Lebevre.
—Primero ese tal Charles —suelta—, y luego Alice. La conocíamos . Tengo los nervios… —Hace como que le explota la cabeza—. Jet no deja de decirme que solo queda una semana, pero no sé si puedo aguantar.
Asiente. Lo entiende. Además, él ni siquiera sabe lo del cadáver que vio anoche. Aquí pasa algo más oscuro que unos suicidios. Algo que ni siquiera empieza a entender. Algo peor que incluso sus pesadillas.
Y, por si fuera poco, si Simon vuelve a casa antes de que llegue la mitad del trimestre, no le permitirán regresar. Él es la barrera que mantiene a raya lo más irracional de este sitio. Es el único capaz de hacerla reír.
—¿Se lo has contado a Jet?
Simon niega con la cabeza.
—No quiero que lo sepa.
Dez se ha planteado dejar la Aqueronte mil veces, pero su mano siempre acaba topándose con el bote de pastillas que lleva en el bolsillo y que le recuerda lo que hizo.
Aunque la semana próxima sean las vacaciones de otoño, Dez se quedará encerrada en su cuarto, oteando el cielo en busca de más pesadillas. No tiene ningún otro sitio a donde ir.
—Simon —dice. Tiene que contarle lo que ocurrió ayer después del funeral de Alice. Si los suicidios le han afectado tanto como a ella, entonces merece saberlo—. Ayer vi otro.
—¿Otro qué?
—Otro cadáver.
—¿Qué?
—Pero, esta vez, lo vi caer del cielo.
—Dez…
—Era un hombre. Mayor. Parecía hecho trizas. Pero lo más raro de todo es que cayó de la nada —cuenta Dez—. Lo vi aterrizar en medio del patio triangular. No había ningún edificio en los alrededores desde donde pudiese haber saltado. Además, creo que ya estaba muerto antes de caer.
—Eso es justo a lo que me refiero —responde Simon—. Creo que este sitio no es bueno para ninguno de los dos.
—Hazme caso, por favor. La escuela está encubriendo algo…
—Y quieres averiguar de qué se trata, ¿verdad?
Dez lo mira y siente un rayo de esperanza.
—¿Quieres echarme una mano?
—¡Estás loca! Lo que quiero es agendar una sesión de seis horas con mi terapeuta y darme un atracón de pelis de Kurosawa en la bañera —suspira Simon mientras la fulmina con la mirada—.
Pero ahora tengo miedo de que, si me marcho antes de tiempo, acabes metiéndote en un lío aún más gordo por no estar presente.
—Tienes razón.
—Que te den —masculla, pero le da un golpecito en el hombro.
—No te vayas —suplica Dez—. Por lo menos quédate hasta las vacaciones. Una semana más y ya. Te necesito. —Dez le devuelve el golpe en el hombro y siguen así hasta que ella vierte los huevos batidos en las patatas de Simon y baja el fuego.
No es un abrazo del todo, pero es lo más cerca que han estado de dárselo.
—No se lo cuentes a nadie más —le pide Simon—. Ya están buscando razones para echarte.
A la semana siguiente, el 31 de octubre, Dez se salta la fiesta de Halloween en el Villains para trabajar en la película sobre O’Rourke. No descansará hasta que llegue al plazo. Deja a Simon y a Yael disfrazándose de demonio y de unicornio sexi respectivamente y baja al repositorio a hurtadillas.
Está vacío. El resto de los de primero ya debe de haber terminado el encargo. Seguro ya están subiendo la montaña medio desnudos, de camino al bar. Le da igual perderse la fiesta. En realidad, le gusta estar a solas. Abre el objetivo.
El doctor Ezekiel reparó la grieta de la plataforma la semana pasada, pero ayer volvió a salir; todavía no se lo ha contado a Rafe. Parece hacerse más grande cada vez que la absorbe el trabajo. Se aleja de ella. Trata de centrarse en lo que tiene entre manos.
La película comienza en Egipto y muestra a Lexa de pequeña con un salacot, en un carrito que su padre empuja entre las pirámides.
Se hace mayor de edad en el instituto donde trabajan sus padres, en Connecticut.
Escribe y protagoniza una obra en la que hace de Sylvia Plath.
Contrae la enfermedad de Lyme. Alcanza la fama internacional.
La despiden de un trabajo prestigioso. Se casa con un ebanista y comediante que le prepara todas las comidas.
Aprende a volar y estrella su avión en la costa de la Patagonia.
Dez se pasa la noche en vela, y trabaja a lo largo de la mañana y la tarde siguientes.
Hace caso omiso a la inquietud de que se está dejando algo de la vida de la poeta, de que va a olvidar algo fundamental y no conseguirá hacerle justicia a O’Rourke.
Se centra en las escenas a las que tiene acceso y, casi al anochecer, decide cuál será la última escena.
Muestra a O’Rourke de joven, atrapada en una ventisca espantosa, en el momento que Dez sabe que la inspiró para componer su primera antología de poemas.
Para cuando Dez escribe «La tormenta, vida y obra de Lexa O’Rourke; una película dirigida por Desdemona Rae y escrita por Paul Rowan Wilkes», se siente catatónica pero aliviada. No es su m ejor trabajo. Aun así, se sostiene. Cumple con los requisitos, que es lo que suele buscar el público.
Quiere compartir la emoción de ese logro con alguien, celebrar que ha terminado su primer encargo justo antes del plazo previsto para que no la echen del programa.
Pero sabe que todo el mundo estará durmiendo y que a nadie le impresionará que haya terminado algo que los demás acabaron hace ya tiempo.
Quiere contárselo a una persona a la que vaya a importarle. Pero no se le ocurre nadie.
El subidón que suele sentir al terminar un proyecto se desvanece con rapidez. Dez lleva sin sentirse tan sola desde la noche que abandonó a su hermano en el hospital para venir a la Aqueronte.
Le duele el cuerpo del cansancio. Se le empaña la vista y le escuecen los ojos como si estuviese a punto de llorar.
La sensación retrocede y se le cuela en la parte trasera de los ojos, dentro de la cabeza. Caliente, como si algo se estuviese cocinando en su interior. Se agarra las sienes. El dolor incrementa. ¿Qué ocurre?
Recuerda haber experimentado esa misma sensación antes. La primera vez que utilizó el objetivo.
Se le nubla la vista, la pantalla muestra interferencias y entonces…
Un eje de luz que da vueltas ilumina los bordes del objetivo. Al principio, supone que se trata de Mo, la única línea vital que ha visto, además de la de O’Rourke. Y, aun así, las imágenes contienen algo distinto, algo que no le resulta familiar, incluso desde lejos.
Hace que se pregunte si lo ha encontrado, si ha conseguido dar con la parte que faltaba de la vida de su hermano.
Pero, al prestar más atención, se percata de que esta línea vital pertenece a otra persona.
—Madre mía.
Un Asher Ibrahim adolescente aparece en pantalla.
La línea vital va rotando con escenas de Asher de pequeño, de cuando era un bebé y cuando se convirtió en un hombre.
Se le abren los ojos de par en par y clava la vista en la luz del sol reflejándose sobre los hombros del chico.
En Asher bailando en una discoteca oscura.
En una caída mala con la tabla, en una clavícula rota.
En un funeral, en el que está sentado en primera fila, apático.
En un beso apasionado en el asiento trasero de un coche.
Se le pone la piel de gallina. Creía que nunca volvería a ver a Asher. Pero ahí está; mil versiones suyas dan vueltas frente a ella en el repositorio, espectacular y guapísimo, torpe y extraño.
¿Cómo ha accedido a la línea vital de Asher?
En el mes que lleva en la Aqueronte, solo ha visto la línea vital de su hermano y la de O’Rourke; sin embargo, recuerda lo que ocurrió el primer día que usó el objetivo y lo que dijo Rafe sobre que sus emociones anularon el sistema, permitiéndole acceder a la línea vital de su hermano cuando se suponía que solo debía ver la de O’Rourke.
Aquel día, había estado demasiado abrumada para percatarse de lo que había hecho, pero ahora recuerda que Rafe parecía emocionado, incluso impresionado. Dijo que nunca había presenciado algo así.
Dez ya ni se pregunta por los entresijos del repositorio, sus restricciones secretas y el archivo inquietante. Se le disparan los músculos de la emoción a medida que ve la vida de Asher desplegarse ante sus ojos. Estira el brazo hacia las escenas rotatorias y escoge una al azar.
Solo se quedará un ratito.
Asher está subido al escenario de un auditorio con un traje de color hueso.
Parece reciente. Lleva el mismo pelo y bronceado que cuando lo conoció, pero, de alguna forma, parece distinto al hombre que grabó en Ventura.
Una pantalla grande detrás de él reza: «Doctor Asher Ibrahim, Laboratorios Edén, sobre la Fuente de la Eterna Juventud».
—¿Doctor? —susurra Dez, embobada.
Cuando estaba editando Destellos , pasó días estudiando los gestos de Asher.
Se aprendió cada segundo de la película.
Pero siempre había habido un límite, un tope sobre lo que podía llegar a ver.
Por muy bien que conozca las seis horas que rodó sobre Asher aquel día, hay toda una vida de cosas que no ha visto.
Que nunca soñó con llegar a ver. Hasta ahora.
Observa la piel tersa de Asher, sus ojos color avellana y los gestos seguros que hace con las manos.
Está igual de atractivo que aquel día, a pesar de que esa versión de él sea completamente inesperada.
Es profesional, autoritaria. En su cabeza, Dez había reducido la identidad de Asher al monopatín, así que todo esto es… nuevo.
—Gracias por venir —dice Asher cuando los aplausos cesan en la sala.
Le sorprende lo cómodo que parece frente a ese público, tan a gusto como si estuviese sobrevolando una rampa con la tabla.
¿Por qué nunca se había preguntado en qué trabajaba, a qué se dedicaba cuando no estaba en el skatepark ?
Puede que porque el hombre que conoció aquel día parecía rebosante de vida.
Este destello sorprendente e intelectual le resulta prácticamente insoportable. Como si volviese a gustarle.
Recuerda lo que le dijo aquella noche en el bar.
«Por ahora, todo lo que he visto de ti me gusta, Desdemona Rae. ¿Qué más tienes?».
Es consciente de lo fácil que sería adentrarse en la vida de Asher y no salir nunca. Limitarse a observarlo vivir de forma maravillosa.
—Sospecho que el motivo por el que están hoy aquí tiene que ver con mis infames chistes sobre gerociencia —dice Asher—.
Aunque a veces me planteo si estas conferencias se parecerán un poco a Alcohólicos Anónimos.
Aunque, claro está, nosotros somos adictos al metabolismo. Nos apasiona ese metalcohol …
Unas risitas dispersas y educadas resuenan por el auditorio. Dez se da cuenta de que ella también está sonriendo.
—No —prosigue Asher—. Están aquí porque les atrae la Fuente de la Eterna Juventud.
—Va de un lado a otro del escenario, sin apenas echar un vistazo a los apuntes que lleva escritos en la mano—.
En algún momento, todos escuchamos la llamada.
Aunque yo no siempre quise estudiarla. De hecho, yo me colé por la puerta de atrás.
Cuando era joven, era patinador profesional.
Estaba en lo más alto de mi carrera. Entonces, a mi madre le diagnosticaron alzhéimer.
—Asher —dice Dez en el repositorio.
—Mi única forma de asimilarlo —continúa— fue estudiar la enfermedad que la aquejaba, investigar formas de mitigar el dolor, métodos para alargar el tiempo que me quedaba con ella. Al final, acabé en los Laboratorios Edén. —Hace una pausa y mira al público.
Dez contiene la respiración, nota que algo ha cambiado.
—Mi madre falleció hace un par de semanas —afirma, bajando la voz—.
No pude salvarle la vida, pero tampoco puedo evitar preguntarme si la Fuente de la Eterna Juventud existe en realidad.
—Alarga ambas manos como si estuviese tratando de tocar algo intangible—.
¿Qué aspecto tiene la inmortalidad? ¿Qué supondría para la vida en la tierra?
Dez desea estar en el auditorio para poder levantar la mano, que la vea y que mantengan una conversación. Pero, antes de que Asher pueda continuar, las interferencias ocupan la pantalla, que después se apaga.
—Un momento —suelta Dez mientras piensa que ojalá volviese a sentir la quemazón cerebral, que ojalá Asher volviese a aparecer en el objetivo.
Tantea el sitio donde antes estaban las manos del chico.
Pero han desaparecido. En primer lugar, no sabe cómo ha conseguido que apareciese en el objetivo y tampoco cómo hacer que vuelva.
Siente como si algo se rompiese en su interior.
El objetivo se contrae y, al otro lado, aparece Rafe con una expresión preocupada en la mirada.
—¿Has acabado?
Dez se esfuerza por mantener la compostura. ¿Se ha enterado de lo que acaba de ver? No, pues claro que no. Y no puede dejar que se entere.
Es evidente que le está preguntando por la película sobre O’Rourke. El plazo de entrega. Es su mentor y ha venido para asegurarse de que ha terminado el encargo.
—Acabo de ponerle el título —contesta ella mientras recobra el aliento—. ¿Quieres verla?
—No me refiero a la de O’Rourke —responde Rafe—. Hablo de la de tu hermano.
—¿Qué pasa con la peli sobre mi hermano?
—Me pediste que se la llevara cuando la terminases —declara conforme le echa un vistazo al repositorio vacío y baja la voz—. Hoy tengo un hueco para hacerlo, pero tengo que irme ya. Es tu única oportunidad.