24
A l día siguiente, celebran el funeral de Alice Quinn en el repositorio.
Le devolvieron el cadáver a su familia para que la enterrasen en Minnesota; sin embargo, la asistencia al funeral de la Aqueronte es obligatoria.
Alguien encargó un gran ramo de gerberas blancas.
Y otra persona colocó un retrato a tamaño real de Alice en un caballete cerca de la entrada.
Aun así, el funeral parece frío e impersonal.
La foto muestra a Alice esbozando una sonrisa poco entusiasta y vestida con un traje de esquí, en lo alto de la cima de la montaña; la sacaron el día en el que comenzaron las clases, justo antes del ritual de emparejamiento.
Dez la recuerda aquel día, debatiéndose para encontrar su puesto en mitad de una oleada de nombres, igual que el resto.
No se acuerda su segundo nombre y eso le provoca una culpabilidad gigantesca.
¿Por qué no intentó acercarse más a ella?
Se sienta al lado de Simon y de Esther, cansada, helada y conmocionada. Sigue viendo el cadáver sobre el seto del laberinto al cerrar los ojos. No le parece real, y tampoco aprueba que se estén despidiendo de ella de esta forma.
Yael se acerca a la plataforma, ataviada con un vestido y un velo negros.
—Como todos sabéis, estoy destrozada —declara con una voz rota convincente—.
Jamás olvidaré el día en el que me emparejaron con Alice y se convirtió en mi pupila.
Puede que no siempre lo haya demostrado, pero creía en ella.
—Se seca los ojos con la punta de un dedo negro enguantado—. Tenía ganas de…
Empieza a sollozar en silencio, y Dez se pregunta si entre Yael y Alice ocurrió algo de lo que no está al tanto.
La relación de mentoría entre Rafe y Dez alberga más de lo que saben los demás. ¿Con Yael y Alice era igual? ¿Y con Simon y Jet? ¿Y con el resto de los mentores y pupilos?
Se le revuelve el estómago al pensarlo. Es absurdo, está claro.
—Lo siento —solloza Yael a la vez que le apoya una mano en la mejilla a la fotografía—. Buen viaje, pequeña. Ojalá encuentres la paz que te faltó aquí.
Dez deja caer la cabeza. Le duele imaginarse a la familia de Alice enterándose de que ha muerto fuera, en la escuela.
Piensa en Moses. Hoy ha estado acordándose de su familia más de lo habitual.
Daría lo que fuera por estrechar entre los brazos a su hermano y a su madre ahora mismo y decirles que los quiere.
—Aunque ande en el valle de profunda oscuridad, no temeré ningún mal —recita el doctor Ezekiel al lado de Yael.
Dez siente que no puede respirar.
Al acabar el funeral, la recepción se le hace insoportable.
Necesita que le dé el aire. Sale rápidamente del repositorio al campus vacío para intentar recobrar el aliento.
Se abrocha el abrigo, se sube la capucha y echa a andar entre la nieve que cae sobre el patio triangular.
Unas lágrimas se le deslizan por las mejillas cuando se imagina los últimos momentos de Alice.
¿Qué la impulsó a hacerlo? ¿Cómo se sintió al caer?
¿Toda su vida pasó por delante de sus ojos? Y, si es así, ¿qué fue lo que vio?
Le gustaría retroceder en el tiempo y cambiar muchas cosas: ser más amable, más generosa y menos egocéntrica. ¿Habría cambiado eso el rumbo de la vida o de la muerte de Alice?
Dez escucha un ruido extraño que proviene de más arriba. Algo pasa zumbando en el viento.
Lo sigue con la mirada.
Y entonces ve una cosa… una persona precipitarse hacia el suelo.
Se le agitan las extremidades. El abrigo ondea con el viento.
No grita, pero…
A medida que el cuerpo se va acercando, Dez ve una boca ensangrentada, abierta por el terror.
Grita cuando el cuerpo se estampa en la nieve, bocarriba, a unos centímetros de ella.
Impacta con tanta fuerza que despide una niebla rosa y nauseabunda.
Dez se inclina hacia el horripilante cráter en la nieve, aterrada.
El muerto tiene los ojos abiertos, pálidos y atormentados.
Lleva el pelo enmarañado, y le oculta la cara aplastada y deformada.
Su aspecto… no es el adecuado. No son solo las extremidades destrozadas o la mirada vacía, sino la piel hecha jirones, la manera en la que la lleva. Como si no le encajase .
Como si hiciera ya tiempo que hubiese muerto.
—No.
Se le sube la bilis a la garganta mientras trastabilla para alejarse del cadáver mutilado, tropieza y cae de rodillas en la nieve.
Alza la vista al cielo, desde donde ha caído el cuerpo.
No ha saltado desde ningún sitio. Es imposible.
No hay torres lo bastante cerca como para que haya podido hacerlo.
Entonces, ¿qué ha ocurrido?
Es como si el hombre hubiese caído de la nada .
¿Es real? ¿O es otro de esos efectos especiales retorcidos, diseñados para confundirla?
Charles Costella. Alice Quinn. ¿Hay algo que sea real?
Trata de levantarse, pero unos temblores se apoderan de su cuerpo.
Respira.
Sus pulmones hacen oídos sordos.
Se escuchan unos pasos en el patio triangular, detrás de ella.
Sabe que es imposible ayudar al hombre, que ya no puede salvarlo.
Además, tampoco quiere que quienquiera que esté de camino la encuentre y la interrogue.
Se aleja del cadáver a trompicones, con las manos levantadas como para decir que no ha tenido nada que ver.
Varios hombres con trajes de protección química y unas máscaras antigás salen en fila desde el Goliat. El equipo de mantenimiento.
—Parece otro suicidio —comenta uno de ellos sin sorpresa o remordimiento.
Asqueada, observa a los hombres vestidos de negro, que apenas reparan en ella y siguen el protocolo de forma robótica.
Meten el cadáver en una bolsa. Acordonan la zona. Hacen como si no hubiera pasado nada.
Pero sí que ha pasado. Dez lo ha visto.
Y no ha sido un suicidio. Aunque tampoco sabe qué otra cosa ha podido ser.