Luces blancas 23
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E l grito la hace despertarse de golpe de un sueño sobre su hermano. Se levanta de la cama de un salto y va corriendo hasta la ventana. Clava la vista en la oscuridad con el corazón desbocado.

Una nieve infinita. Es de madrugada y el campus está tranquilo.

Pero Dez no se ha imaginado ese grito.

Vuelve a escucharlo; es largo y escalofriante. Viene de la cara norte del campus.

La única ventana de su suite que está orientada en esa dirección es la del cuarto de Yael. Dez entra a toda prisa en el salón y llama a la puerta de su compañera.

No recibe respuesta.

Prueba a girar el pomo frenéticamente. Cuando se abre, Yael está asomada a la ventana, con el pelo recogido en un gorro blanco de seda y una bata negra del mismo material puesta.

—Anoche te dije que había alguien herido —dice Dez, que va corriendo a su lado.

—Esto es distinto —contesta Yael, impasible—. Esto acaba de ocurrir.

No tarda en ver el cuerpo tirado en el borde exterior del laberinto. Dez se tensa al imaginarse esa caída larga y solitaria, ese final aplastante.

—Tenemos que buscar ayuda —afirma Dez con la voz temblorosa—. ¿Has visto algo? ¿Qué ha pasado?

—Mierda —murmura Yael—. La trenza.

Dez vuelve a bajar la vista y hace una mueca al contemplar los ángulos antinaturales de las extremidades del cadáver. Tiene la cabeza enterrada en la nieve. Al final, se da cuenta de a qué se refiere Yael. Una trenza larga y oscura como una cola sobresale de un gorro de punto.

—Alice —susurra Yael.

—No —responde Dez. Fuera está oscuro, pero, a la luz de la luna, el pelo de esa persona es largo y oscuro, mientras que el de Alice es rubio rojizo y lo lleva a la altura de los hombros, siempre recogido en dos trenzas.

Ahí fuera ha muerto otra persona, pero Dez está segura de que no es la pupila de Yael.

Le da la espalda a la ventana y ve a su compañera de habitación secarse una lágrima.

—¿Yael?

—Estoy bien. Debería haberlo sabido —dice, y se desploma en brazos de Dez.

—¿El qué?

Dez no sabe muy bien cómo actuar. Lleva a Yael a la cama. Hasta la fecha, su compañera no se había preocupado por Alice en lo más mínimo. Y ahora está sacando conclusiones extrañas. Solloza. Se sientan y Yael le apoya la cabeza en el regazo.

—Oye, Yael. No pasa nada. —Ahora es ella la que miente. Pues claro que pasa.

—He sido una mentora horrible.

—No sabemos si es Alice.

— Yo sí —responde Yael como si estuviese en trance mientras traza unos círculos con el dedo en la cama—. Estoy agotada, Dez. Estoy muy cansada de esta batalla.

—¿Qué batalla?

Simon aparece en el umbral de Yael, recién duchado. Las ve en la cama de la alumna de último curso en esa postura tan improbable. Enarca las cejas.

—¿Qué me he perdido? —pregunta.

Yael vuelve a echarse a llorar y Dez le señala la ventana con la mirada. Él se asoma y se queda petrificado.

Yael levanta la cabeza del regazo de Dez.

—¿Qué está pasando?

—Han llegado los de mantenimiento —dice Simon con la voz hueca—. Están tapando algo con una sábana blanca.

—Es Alice —contesta Yael.

A Simon se le desencaja el rostro.

—¿Qué?

—No ha podido aguantar la presión —responde ella—. Lo de Charles se repite.

—¡No lo sabemos! —exclama Dez.

De todas formas, alguien ha muerto ahí fuera. Y Dez se pregunta qué explicación les dará esta vez la directora de la Aqueronte.

—Da Vinci afirmaba que los ojos son el reflejo del alma —explica Zarlengo esa mañana en el auditorio—. ¿Y no es precisamente un retazo del alma lo que cada uno de vosotros está intentando capturar en sus películas?

Es como si no hubiera pasado nada. Como si hace dos horas el equipo de mantenimiento no hubiese retirado un cadáver de un seto.

Alice Quinn no ha aparecido, lo que la aterra, pero sigue sin creerse que esa trenza en la nieve le pertenezca. El resto de las personas del auditorio parecen tan acongojadas como Dez. Ni siquiera Paul Rowan se molesta en tomar apuntes.

¿Cómo es posible que Zarlengo permanezca tan impasible cuando dos personas del campus han perdido la vida durante las últimas semanas? Dez trata de recordar lo que dijo la dirección sobre Charles Costella: que no había seguido avanzando con el resto de su clase. Que no había llegado a último curso.

Y Alice solo estaba en primero. Ni siquiera había terminado su primera película. Dez tiembla. Se pregunta si la directora actuaría del mismo modo de ser Rafe quien apareciese muerto en la nieve. Algo le dice que no. Algo le dice que solo algunos estudiantes de la Aqueronte son prescindibles.

Se abre la puerta del auditorio y entra Moriah, recorriendo los pasillos como un espectro con la cobra alrededor del cuerpo.

Zarlengo aprieta un botón del mando que controla la presentación en PowerPoint para desvelar otra diapositiva. Es otro boceto de un ojo de Da Vinci. Dez observa la imagen. ¿No se da cuenta de que es una locura esperar que los alumnos se queden aquí sentados y asistan a clase después de lo sucedido?

Levanta la mano. Ya no puede soportarlo más.

—Responderé a las preguntas al final de la clase —declara Zarlengo.

—No es sobre la clase —contesta Dez.

Sus compañeros se giran para mirarla. Moriah acaricia la serpiente con frialdad. El silencio sepulcral y la quietud se apoderan de la sala.

—De todos modos es conveniente que solicite una tutoría —sugiere Moriah.

Dez niega con la cabeza.

—¿Qué ha ocurrido esta mañana?

—Va a tener que ser más específica —responde Moriah.

—Muchos nos hemos despertado con la imagen de un cadáver al mirar por la ventana.

A su alrededor, otros estudiantes murmuran para darle la razón. Simon parece preocupado por ella.

—La señorita Quinn estaba sufriendo —contesta Moriah de forma impasible.

Unos gritos ahogados estallan por la sala.

Así que afirman que era Alice. Yael tenía razón. No obstante, Dez percibe la mentira como una nube sobre Moriah.

—Hicimos cuanto pudimos por ayudarla —afirma la directora—, pero en este momento os pedimos que respetéis la privacidad de la señorita Quinn hasta que nos pongamos en contacto con su familia para saber cómo proceder. Estamos dispuestos a ofrecer asistencia psicológica a quien la necesite…

Dez se levanta. Los intentos de Moriah por calmarlos resultan ofensivos. No piensa quedarse a escucharlos.

—Señorita Rae, la asistencia es obligatoria —le recuerda Moriah cuando abre la puerta y abandona la sala sin mirar atrás.

Al salir al patio triangular con los ojos ardiendo por culpa de las lágrimas, se choca contra Rafe.

Parece atormentado, como si llevase semanas sin dormir. Lo más probable es que sea resaca.

—No te preocupes —dice—. No ha sido culpa tuya.

—¿Por qué iba a serlo?

—La gente está comentando que Alice y tú tuvisteis una discusión anoche en el bar.

—Menuda ridiculez. Me choqué contra ella sin querer y se le cayeron las bebidas. Rafe, creo que quien ha muerto no es Alice…

—Y yo que pensaba que después de lo de tu hermano no querrías involucrarte en más drama homicida.

—Eres un imbécil. —Dez intenta apartarlo de un empujón, pero él la sujeta por el brazo y ese roce le provoca una descarga eléctrica.

—Eres peligrosa, ¿verdad, Dez? —La mira como si quisiese que se agachase y le suplicase más de lo que quiera que sea esto.

—Yo no he hecho nada.

—Ya te he sacado de un atolladero. No tengas miedo de confiar en mí.

Vuelven a escocerle los ojos, pero no piensa llorar delante de él.

—Se te da muy mal ser mentor, Rafe. —Lo fulmina con la mirada; necesita que la escuche—. Un día, eres cercano. Al siguiente, distante. Otro vas y me acusas… ¿De qué? ¿De haber cometido un asesinato? Nunca sé por dónde me vas a salir y estoy harta.

—De acuerdo, entonces tratemos de mantener las distancias, ¿te parece?

—Genial.

—Genial.

Pero no le suelta el brazo. Y, donde sus dedos le rozan la piel, siente una calidez tan intensa que le duele por dentro. No consigue apartarse.

—Suéltame, por favor —susurra, a pesar de que una parte de ella quiere que la rodee con los brazos hasta que no quede espacio entre ambos. Una parte de ella quiere que le diga que las cosas no dan tanto miedo como parecen. Que todo saldrá bien.

—Estás temblando —dice, esta vez con más suavidad.

Le suelta el brazo. Dez se los lleva al pecho.

—Tengo miedo.

—¿De que el suicidio sea contagioso?

—En las dos últimas semanas, han muerto dos personas.

—Cada día mueren ciento cincuenta mil personas. No puedo dejar que una me quite el sueño.

—Creo que aquí nadie está a salvo. Me refiero a los de primero.

La mira con seriedad.

—Tú eres la que más segura está.

—¿Por qué?

—Porque yo cuido de ti —contesta—. Y no olvides que aquí estás más a salvo de lo que lo estarías nada más salir del campus.

—Puede que esté dispuesta a arriesgarme.

—¿A ir a la cárcel? —Parece divertido, casi como si la estuviese retando.

—Quizá prefiera esa cárcel a esta —contesta Dez, y se marcha.